La Champions y el gato de Schrodinguer

La Champions y el gato de Schrodinguer.

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Había en Milán una caja cerrada, con dos gatos dentro, uno blanco y otro rojiblanco. Tenían 120 minutos de oxígeno para sobrevivir uno de los dos. Pero hasta que no mirasen dentro, nadie sabía si ambos estarían muertos o vivos. Hasta entonces cabía la posibilidad de que estuvieran vivos y muertos al mismo tiempo. Pasaron los minutos previstos y los defensores de cada gato, decidieron mirar por turnos. Primero los del gato blanco, después los del gato rojiblanco. El primero miró y vio a su gato vivo, el segundo también, y el tercero … El cuarto rojiblanco tuvo dudas al abrir la caja, recordó las últimas dos veces que lo hizo, y no pudo dejar de pensar en aquellos gatos muertos. Ese fue el resultado: el gato rojiblanco estaba muerto. El defensor blanco miró dentro de la caja, igual que lo había hecho las últimas diez veces, convencido de que su gato estaría vivo, como siempre.

El resultado es imprevisible y nada sucede hasta que no miras. El observador decide el resultado. Aunque quizá el Universo se divida en dos y el Atlético, en ese otro mundo, sea campeón de Champions.

Nunca, como en esta emocionante e histórica final, los dos equipos estuvieron tan vivos y tan muertos. Pero, como en el experimento mental de Schrodinguer, el observador decidió el resultado. No importa ni el como, ni el porqué, importa lo que sucedió. Al mirar el partido, al contemplar esta final, los aficionados del gato blanco, vieron que estaba vivo… Con una”orejona”entre sus patas. La Undécima vez.

Los aficionados del Real Madrid, nunca lo dudan: cuestión de fe. El Atlético, digno rival, ha conseguido entrar en la caja, pero sus aficionados, están muy acostumbrados a encontrar a su gato muerto y eso les hace dudar. Quizá un par de “cajas finales”más y se acostumbren a mirar para hacerlo realidad.

Al menos, si algún día, los dos”gatos”se vuelven a encontrar, tendremos una cosa segura: la orejona estará en Madrid

La última vez.

La última vez

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Sara apenas había dado unos pasos cuando la luz se apagó a su alrededor. Se detuvo, miró a su espalda, intentando adaptar sus pupilas a la oscuridad, y siguió avanzando despacio, con cuidado, casi arrastrando los pies. Dobló la esquina y se topó con una barrera trasparente que impedía el paso. Al otro lado todo seguía igual: coches, neones, escaparates, gente paseando entre risas y conversaciones y un cielo estrellado típico de una noche de verano. Se dio la vuelta y miró al frente: todo había desaparecido en la negrura. Se dirigió en dirección contraria hasta el final de la calle y tomó la siguiente a la derecha. De nuevo la esquina transparente, infranqueable y la vida frente a ella.
Se quedó inmóvil y gritó con todas sus fuerzas… pero no escuchó sus propias palabras. Tenía la boca seca, pero no sentía esa necesidad de beber. No tenía calor a pesar de ser pleno verano. Al contrario, una sensación de frío seco le embargaba. Era un frío metálico, inquietante, angustioso. Se sentía cansada, angustiada.  Decidió sentarse. Pensar. Ni tan siquiera sabía que hacía en la calle a esas horas.  Apenas llevaba su pijama de verano, las zapatillas. ¿Como había salido así de casa?. Sin embargo llevaba su móvil. Lo encendió. Sólo tenía un mensaje:

“necesito verte… por favor… por favor…será la última vez…”

Su mirada extraviada quedó fijada en la única luz entre el cercado, la luz de la pantalla de su smartphone.

Al otro lado, Sara pudo ver las sirenas y destellos azules de policía y ambulancias. Una mujer parecía hablar por teléfono, andaba tambaleándose, ensangrentada, hasta caer tendida sobre la calzada.
Unos metros más atrás, la policía llevaba a un hombre esposado, desaliñado, fuera de si, descamisado.

La sangre tiñó de rojo la pantalla y sus ojos se cerraron para siempre. Entonces sintió frío, mucho frío y la caja de acero cercando su desnudo cuerpo. Aún tuvo un último pensamiento: “que nunca sea la última vez “….

M.Sender