El lago que no tenía monstruo.

El lago que no tenía monstruo

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M.Sender, ilustración sobre pantalla 5″ S.Galaxy

El más alto de los edificios se alzaba imponente proyectando su sombra, quebrada por las olas de viandantes y vehículos de primera hora de la mañana. Puntuales como las mareas, las avenidas crecían en su cauce de coches y cuerpos y ruidos y rumores y confluían en las plazas rodeando las orillas de islas de cemento y hormigón y cristales que reflejan la superficie poblada de juncos de acero y carne. Así un día tras otro se levanta madrugadora la marea y se retira puntual cada verano, cada invierno … En un ciclo perfecto de ajustado horario. Nada distinto, nada diferente. Todo es metódico, monótono, predecible. El lago urbano, el lago plácido, conocido, recorrido mil veces. Tomás se sentaba cada mañana en la orilla, en el mismo banco, bajo el mismo árbol, en el mismo parque. Su mirada hace años que no tenía brillo. Delante de él, se cruzaban inevitablemente los habituales pobladores: la señora que corría con un niño en cada mano, el ejecutivo colgado de la oreja del móvil, el perro de Antonio que se acercaba a olisquear la orilla, el hombre del chaleco reflectante que mantenía la superficie tan limpia como podía … Tomás había dejado de pensar. También su mente se movía como las mareas del lago de asfalto: automática, mecánica, puntual, inevitable. El mismo remo entre sus manos, que le ayudaba a mantener el equilibrio entre las olas de la mañana. Cuando el sol se levantó y empezó a filtrarse entre las ramas, Tomás se movió unos pocos centímetros, como siempre, hacia una esquina del banco, como un pez que busca la sombra de la orilla. Miró hacia el infinito cielo protegiendo sus ojos cansados con la mano y luego los cerró. Fue un momento. Un instante. Una ilusión. Sobre sus párpados formó la imagen de un cristalino lago. Bullicioso, lleno de niños saltando, de remeros esforzados, de juncos vigorosos poblando sus orillas, nadadores con gafas de snorkel, jóvenes tumbados al sol sobre las piedras de la ribera… Incluso le pareció ver la elegante silueta de un monstruo de lago. Pensó que sería su mayor ilusión, contemplar aquel mítico animal surcando las aguas negras con sus brillantes escamas bajo el sol. Pero, al abrir los ojos, todo seguía igual. Sus manos se aferraron al remo y su mirada se perdió en el fondo de su alma.
Luego notó como las tablas del banco se hundían ligeramente. Se giró. Antonio, el dueño del perro olisqueador, estaba sentado a su lado. Tenía su remo apoyado entre las piernas y en sus manos un libro. Le preguntó:

-¿Que haces?

– Es un libro, leo -le dijo,  enseñando su portada-, una novela: El lago que no tenía monstruo -respondió-

-¿Tu has visto alguna vez un monstruo de lago? -preguntó Tomás-

-¡Claro que si!

-¿Dónde?

-Habitan en los libros, entre sus hojas, y tienen brillantes escamas de palabras…

A la mañana siguiente, con la marea, a la misma hora, en el mismo banco, bajo el mismo árbol, Tomás se sentó, apoyó su remo entre las piernas, abrió el libro por la primera página y comenzó a buscar al monstruo en el lago. Luego, como otras veces, protegió sus ojos y miró al sol. Éste se apagó por un instante, en un guiño, y una sonrisa brilló en los ojos de Tomás.

Dedicado a los que no leen,a los que leen, y, especialmente, a los miembros del Club de Lectura de la Almunia y otros colectivos que enseñan donde buscar y encontrar “monstruos de lago ” para que tus ojos brillen.

Mario Sender

 

 

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