Un verano muy lejano…

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Debe ser la edad, que desafía a Fahrenheit, el calentamiento global o quizá esos dos grados de más que mi piel siempre tiene. También el recuerdo de la infancia, el frío de La Moraña, el frescor de los chopos inexistentes de mi pueblo…¡ o nada de eso!. Un insoportable y caluroso mes de Julio en Madrid, a casi cuatrocientos kilómetros de la playa más cercana. Esto no ocurría antes…¿o sí?. Un verano muy lejano, hace mucho tiempo, allá por los primeros años setenta, fue mi primer viaje de vacaciones ¡al mar!. Claro que, pensándolo bien, todo era muy diferente: los coches, la mayoría, no tenían aire  acondicionado, los autobuses tampoco, los trenes menos, las casas…sólo las de las familias pudientes. Es probable que el calor fuera el mismo, todo lo demás no. Mis dieciocho años me permitían flirtear con Fahrenheit, con el calor, con el frío, con la falta de esos aparatos que echan aire helado, con el desafío de recorrer los kilómetros que fueran necesarios, con escasos recursos monetarios y con lo que se pusiera por delante. ¡Yo quería ver el mar!. Y así, un par de amigos, abandonamos a su suerte a nuestras novias y preparamos un viaje alucinante al mundo de los sueños: el mar, las olas, las discotecas de moda, las exuberantes extranjeras, los idilios de verano, las noches interminables, y quizá…nuestra primera vez, si como decían las malas o buenas lenguas, las rubias nórdicas o centroeuropeas eran más fáciles y cariñosas a la hora de folgar con el sexo débil, el masculino.

Que importaba el calor, ni tan siquiera estaba en nuestro pensamiento. Era verano, eramos jóvenes, un poco guapos, jajaja, y estábamos deseando ver el mar, sentir el sabor de la sal, rebozarnos en la arena y bailar con la luna y las estrellas hasta que el sol las mandara a la cama. Y además imaginábamos a cientos de novias del Capitán Trueno, correteando por aquellas arenas finas, semidesnudas, con sus pies dejando huellas que seguir donde el agua besa la playa.

Nuestros recursos eran escasos pero suficientes. Dinero poco, aunque ya trabajaba, una tienda de campaña, si de campaña, nada de modernidades, una tienda militar, sin nada. Ni cremalleras, ni suelo, ni ventanas. Unas cuantas toallas, unos cuantos utensilios de cocina, bañadores a la moda, y un cargamento incalculable de ilusión, emoción y juventud. Eramos los reyes del verano.  Aún tengo el recuerdo del olor del mar entrando por la ventanilla del autobús, anunciando la presencia muy cercana de la gran masa de agua. Los paisajes cambiantes desde Madrid hasta Cullera, nuestra inexperiencia. Todo era la primera vez. Y llegó la tarde, y se hizo de noche buscando el camping. Ahora resulta extraño, pero entonces…no había móviles, no había GPS, no había casi de nada…excepto nuestro deeo infinito, nuestra alegría y la camaradería. Tu amigo era tu amigo, el de siempre, el de tu barrio, el de tu equipo de futbol, el de los billares, el de cada fin de semana. Y eso era muy importante. Si discutías era por alguna chica…y allí no estaban, se quedaron en Madrid, esperando. Así que, ahora eramos un equipo inquebrantable.

Como decía, llegó la noche a la entrada del camping. No imaginéis un camping de ahora, con todo tipo de comodidades, co sus calles señalizadas, sus parcelas marcadas, su iluminación, sus piscinas, sus vigilantes… de eso nada. Tampoco importaba. Buscamos entre la oscuridad un lugar para montar la tienda, nos pusimos manos a la obra y en poco tiempo estuvo en pie. Al fin y al cabo eran cuatro palos, una enorme tela color caqui y unos pocos vientos. Metimos todos nuestros dentro, cerramos con una cuerda y una aguja la no puerta y corrimos como locos hacía el mar.  La playa estaba desierta. La espuma brillaba con la luz de la luna y el rumor en el silencio de la noche, parecía mágico. Cerré los ojos y deje que el agua me alcanzara los pies. Fue como una caricia de esas que no se olvidan. El agua salada es suave, muy suave (tardaría cuarenta y tantos años en volver a sentir una caricia igual), es de ida y vuelta, solo tienes que esperar inmóvil, y siempre vuelve, nunca te falla, es incansable, insaciable y fiel.

 

Y una noche, de madrugada, entre las tiendas, con la torpeza que dan algunas cervezas de más, sucedió. Desde luego, no eran españolas, ni por su aspecto ni por su idioma. Una, altísima, rubia y desgarbada, la otra morena, mucho más baja. Esta última, lloraba desconsoladamente y nunca supe la razón. Pero mi instinto me decía que algo no muy bueno le había pasado. Nos acercamos e intenté entender algo, pero fue imposible, mi inglés se limitaba a algunas pocas palabras aprendidas a través de la música o el cine. Poco más. No se si sigo teniendo ese don, pero entonces inspiraba confianza y eso fue suficiente. La chica se calmó, y les ofrecimos a las dos pasar la noche en la tienda, por si tenían miedo y no dejarlas solas en mitad de la noche. Fue curioso, nunca lo entenderé. Caminamos y la chica alta, me indicó una pequeña tienda para dos personas. La morena y más baja me cogió de la mano y con un gesto me invitó a entrar. Pasamos un largo rato tumbados con la cabeza fuera de la tienda, uno al lado del otro, mirando las estrellas y dibujando bajo la luna figuras en el suelo que ayudaran a ilustrar nuestras palabras. Pasé cada noche de esa semana con ella en la tienda. Era polaca y vivía en Londres, artista (pintora), de piel muy blanca. Los tres amigos y su amiga compartimos noches de baile, comidas de camping, baños de mar y sol, amistad incondicional.

Hablo de un verano muy lejano…pero instalado en mi recuerdo para siempre. Esa chica, la primera, se llamaba y deseo que siga llamándose Ana Marya Proust Kostecka (espero haber escrito su nombre correctamente). Me pidió que me fuera con élla a Londres. No me atreví y regresé a la gran meseta madrileña. Ella se quedó con las mismas lagrimas en los ojos que la encontré, mirando a la ventanilla del autobús que habría un espacio insalvable entre los dos.

Este relato, en parte, es una carta en una botella, lanzada a las olas de la red. Nunca se sabe. La he buscado sin éxito. Solo pretendo que sepa que me acuerdo de ella cuarenta y dos años después.

M. Sender

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