Misterioso deseo…

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Misterioso deseo…

A través de la ventana las gotas de lluvia difuminaban los colores del otoño. El Paseo del Prado emitía un extraño silencio vacío. Inmóvil en la luz gris de la mañana. Posó su mano sobre el cristal y comparó la diferente temperatura de su taza de café humeante. Parecía que el tiempo se hubiera detenido después de la ajetreada semana de trabajo. Entonces fue cuando realmente fue consciente del día de la semana en que se encontraba. Era domingo y pronto la avenida sería invadida por los transeúntes. Un día para disfrutar libre de humo y tráfico, regalo de la nueva Alcaldesa.

Salió dispuesto a pasear bajo la lluvia. Cerró la puerta de su apartamento y se dirigió hacia el ascensor. Era muy temprano y nadie parecía estar despierto aún. El silencio dominaba el edificio. Pulsó el botón de llamada y esperó. El perfume reconocible inundó su cerebro nada más entrar. No tubo dudas, era el suyo; imposible olvidarlo. Instintivamente cerró los ojos y su imagen se hizo tan real…que casi podía tocarla.

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En la calle, las aceras brillaban mojadas por la lluvia y las hojas doradas de los plátanos parecían extenderse como una alfombra bajo sus pies. Caminó despacio por el bulevar central, mirando los edificios que se alzaban majestuosos hacia el cielo plomizo. La fima lluvia tenía un olor especial, un olor a flores de otra estación. A la altura del Museo del Prado se detuvo, era extraño que nadie hiciera cola, que nadie esperará a la entrada, ni tampoco se hubiera cruzado con alma alguna en todo su largo paseo, muy extraño. Rodeó el edificio y subió por la escalinata que lleva hasta los Jerónimos y se detuvo ante la impresionante puerta de bronce diseñada por Cristina Iglesias. Sus dedos recorrieron la textura y el relieve de las intrincadas raíces, entornó los ojos y la piel suave de su cuerpo recorrió sus terminaciones nerviosas, una sensación tan real que le hizo pegar su nariz contra el frío metal… si, también olía a su cuerpo. Un poco más adelante podría descansar; había un pequeño café que le recordaba a París, escondido en un semisótano, cinco o seis escalones bajo el nivel de la calle. Cuando tomaban café allí, se sentían seguros, era como un refugio a salvo de miradas, el lugar del primer beso, de las manos entrelazadas, de las miradas cómplices, el preludio de un día feliz, la certeza de un amor prohibido, el café del deseo. Se acercó a la pequeña barra y pidió un café cortado que se llevó hasta una mesa apartada. Puso su mano sobre el mantel blanco y miró la silla frente a él; sus preciosos ojos tenían el brillo de la felicidad, la ternura de quien te ama y el color del placer compartido. Bebió un sorbo de café, se levantó, volvió sobre sus pasos y, ya en la calle, levantó su cara y dejó que la fina lluvia resbalara por su piel como lo hacen sus caricias, hasta que se abrió un claro por donde se filtraron los rayos del sol otoñal, que le llevaron hasta aquel banco de El Retiro. Allí acercó la tela de su camisa, inspiró y, a pesar de su torpeza del primer día, supo que siempre la querría.

Abrió los ojos y miró de nuevo por la ventana. El paseo estaba lleno de transeúntes, el sol se filtraba entre las ramas vacías de los plátanos y las bicicletas ocupaban el lugar de la coches, los niños patinaban, las parejas paseaban agarradas de la mano y el dorado de la espléndida cúpula de la estación brillaba como sus ojos. Sonó la melodía de su celular y una sonrisa iluminó su rostro… Tenía un mensaje nuevo:

“Ya te echo de menos… Te deseo”

Mario Sender

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