Patria o muerte….

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PATRIA, lo difícil de los perdones.
He leído muchas críticas a la novela de Aramburu y creo que muchos no han entendido nada de lo que pretende. No es la historia de ETA, ni tampoco del conflicto vasco. Un pequeño pueblo y dos familias amigas, íntimas. Un carácter campechano, una vida compartida entre amigos y aficiones. Dos caminos diferentes. Un obrero de la fundición y un emprendedor dedicado a sacar adelante su pequeña empresa de transportes. El ambiente consentido a la fuerza, controlado y vigilado como en las peores dictaduras. Opción: estar dentro o estar fuera. No hay otra postura diferente. He leído incluso críticas lingüísticas a la forma narrativa y poco convencional de Aramburu, sin duda por desconocimiento de esa parte de España que es Euskadi. Aramburu nos sumerge en el lenguaje llano del pueblo, con giros y errores gramaticales consentidos. Un ejercicio valiente que fotografía una parte del país vasco.
Trata la novela de una generación perdida, confundida e ignorante. Una generación arrollada por los ideales inculcados desde la nada. Unos chicos que representan a otros en muchos conflictos del mundo. Jóvenes, de sangre ardiente, erráticos y con pájaros en la cabeza. Héroes sin patria, asesinos en ciernes, manipulados, engañados. Habla de una sociedad cobarde, de lo difícil que es perdonar cuando uno ha creído estar en posesión de la razón. De lo poco que piden las víctimas: reconocimiento y arrepentimiento por parte de los asesinos. Del círculo cerrado de amigos, dónde es fácil ser señalado y muy fácil seguir la corriente del río.
Habla del odio, de la amistad sufrida en silencio, de lo difícil de la convivencia con ideales distintos. También de como las personas cambian, los años que te enseñan, que te descubren mentiras y es difícil aceptarlas. A través de las relaciones Aramburu insinúa que no todo es lo que parece, que el amor te confunde, igual que lo hace la violencia. Un día deseas matar a cualquiera y años más tarde lo lamentas.
He conocido nacionalistas vascos apellidados “garcía” y con ocho apellidos enamorados de España.
Un amigo de Donosti, en una noche triste, lejos de su querida “patria”, me dijo en un hotel: que pidan lo que quieran, que hablen en euskera o arameo, que toquen el txistu desde la mañana a la noche…¡pero que no maten, que no maten coño!
Años perdidos, años de sufrimiento, familias destrozadas, amigos de pensamiento,…total para nada. Un pueblo dividido en dos familias: los asesinos y las víctimas. La cerrazón ignorante y la cultura presa. No hables alto…por si te oyen.
Su lectura merece la pena.
PATRIA, Fernando Aramburu.
M. Sender

Besos…

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Mario Sender

Besos en el aire, besos perplejos, besos olvidados, besos soñados, besos infinitos, besos.
Besos que acercan, besos de lejos, besos por ti, besos para esos, besos escritos, besos.
Besos de familia, besos de hola, besos de adiós, besos que quiero, besos de trabajo, besos.
Besos de cine, besos de cama, besos cantados, besos de almohada, besos de noche, besos.
Besos de barra, besos de baile, besos de copas, besos que drogan, besos que atan, besos.
Besos de amor, besos de amante, besos con sexo, besos de deseo, besos que excitan, besos.
Besos dulces, besos amargos, besos que se encuentran, besos hasta nunca, besos.
Besos a oscuras, besos secretos, besos de nadie, besos solos, besos.
Besos caníbales, besos egoístas, besos crédulos, besos de mentira, besos sin beso, besos.
Besos de hombres, besos prohibidos, besos arco iris, besos disfrazados, besos imperfectos, besos.
Besos cortos, besos fundidos, besos que te como, besos que te quiero, besos en el cielo, besos y besos, besos.
Besos de pasión, besos animales, besos irremediables, besos inquietantes, besos insistentes, besos.
Besos imposibles, besos pintados, besos de blanco y negro, besos sosos, besos de fresa, besos dulces, besos con miel, besos de piel, besos.
Besos infinitos, besos, besos, besos…

Mario Sender

Madrid, en tren.

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Cinco de abril
Hoy miro al suelo. Acaba de llenarse el vagón. Estación: Universidad Autónoma. Sobre el suelo gris, punteado de colores, diversidad. Zapatos clásicos, castellanos,deportivas y lujo-deportivas. Frente a mi: pies de mujer, deportivas clásicas, blancas… Con un toque dorado. Dos chicas y un chico. Ojos oscuros y claros. Ellas gafas sobre la cabeza. Francés, hablan francés. Sin embargo, a mi lado, la joven habla español con marcado acento extremeño. Su interlocutor… Quizá Colombiano… Ecuatoriano… Parece autosuficiente, ¿rico?, Es colombiano. Suelo tener buen oido para mi propio idioma, Jajaja. Me trae recuerdos de mis viajes a Colombia. Bien vestido, zapatos castellanos, ante, bolso a juego, de piel, camiseta con leyenda inglesa “british school”. Es educado y mi compañera extremeña no duda en iniciar un diálogo… Un último esfuerzo por atraer su atención. Se conocen…¿de la Universidad?…Si.
Las chicas francesas, con zapatillas blancas y doradas, conversan distendidas con el joven francés. Sin duda, en la confianza de que su conversación no está siendo entendida. La más guapa, de ojos gris-azulado, le insinúa lo que le gusta su amiga… Tanto como a ella. Se ríe ante su respuesta. Es mi novia, le dice, ante la perplejidad del joven. Escucho intentando descifrar toda la conversación. El chico cambia la conversación, sus expectativas parecen frustradas. El vagón es un cajón de jóvenes. Risas bulliciosas. Mi vecina de asiento, la extremeña, no pierde el tiempo. Es extrovertida y dirige la conversación con “su colombiano”. Es mayor que ella, educado. Seguramente de clase adinerada. Su ropa, sport, se adivina exclusiva, cara. No es un estudiante cualquiera. Quizá curse una segunda carrera. Ambos están terminando. Preparan el TFG. “Quince páginas llevo escritas… Este es mi teléfono 66********, llámame algún día…”.
Sol, mi estación. Les gasto una pequeña broma a los “franceses”: me levanto delante de ellos y les pido que me permitan pasar, en francés. Me miran sonrientes sabiendo que entendí su conversación…
Ahora toca correr, llego tarde. Pienso cuanto hubiera disfrutado en la Universidad. No pudo ser, pero nunca es tarde. Una hora de tren, da para mucho. Observar es un placer y escribir a la vez, aún más. Siempre, aún de los jóvenes, se aprende algo.

M.Sender

 

La tarjeta

La tarjeta

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Nunca pensó que le llevaría media vida. Todo empezó al poco de cumplir los doce años. Observaba entre sus amigos, chicos y chicas divertidos. Algunos con su primera novia/novio; pelo corto, pelo largo, mejor o peor vestidos, altos, bajos… Rubios, rubias, morenos, guapos, guapas…O no tanto. Su círculo se fue ampliando; los primeros bailes, los primeros besos, pantalones campana y minifaldas de infarto. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad de las “boites” y la luz estroboscópica parando los movimientos sincopados. Buscó entre los rincones, entre las caras juntas, pero no encontró nada. Cierto que algunas se parecían, pero al acercarse, aún a pocos centímetros de su piel, no le decían nada.
Pensó que, muy probablemente, debía estar reservado a ambientes fuera de su alcance, el mundo del lujo y la clase alta. Y llegó aquella época dorada, los restaurantes caros, los clubs exclusivos, las mujeres exuberantes, de vestidos que caían con sonido de seda sobre sus tacones, las recepciones diplomáticas, los ojos bellos de otros países. Fueron momentos de satisfacción, de disfrute, de reconocimiento, de deseo y excitación. Aún así, por muy cerca que estuviera de su piel, no encontró lo que buscaba.
El tiempo transcurrió implacable, la vida fue devorando los recuerdos y él se refugió en lo banal: los amigos de vino y charla, de copas alguna vez, de mus y trivial conversación. ¿Había olvidado lo que buscaba o ni tan siquiera lo sabía?
No, no olvidaba. Desde aquel día, la noche del sueño de olor, hace ya muchos años, llevaba su recuerdo en la cartera: Una tarjeta, impregnada con el perfume onírico de aquella noche, el olor inconfundible del deseo.

Cuando el tedio le invadía, cuando la esperanza era una utopía, cuando se sentía ínfimo, en momentos de debilidad, abría su cartera y el olor a flores, a piel fresca, a belleza, a color de paseo, a risa verde… ese olor a tacto escondido, a pintura de museo… a besos… ese olor a poesía de nenúfares… le devolvía la vida.
Al menos una vez al año, la tarjeta de su cartera, renovaba su olor. El perfume que siempre buscó.
M. Sender