La tarjeta

La tarjeta

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Nunca pensó que le llevaría media vida. Todo empezó al poco de cumplir los doce años. Observaba entre sus amigos, chicos y chicas divertidos. Algunos con su primera novia/novio; pelo corto, pelo largo, mejor o peor vestidos, altos, bajos… Rubios, rubias, morenos, guapos, guapas…O no tanto. Su círculo se fue ampliando; los primeros bailes, los primeros besos, pantalones campana y minifaldas de infarto. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad de las “boites” y la luz estroboscópica parando los movimientos sincopados. Buscó entre los rincones, entre las caras juntas, pero no encontró nada. Cierto que algunas se parecían, pero al acercarse, aún a pocos centímetros de su piel, no le decían nada.
Pensó que, muy probablemente, debía estar reservado a ambientes fuera de su alcance, el mundo del lujo y la clase alta. Y llegó aquella época dorada, los restaurantes caros, los clubs exclusivos, las mujeres exuberantes, de vestidos que caían con sonido de seda sobre sus tacones, las recepciones diplomáticas, los ojos bellos de otros países. Fueron momentos de satisfacción, de disfrute, de reconocimiento, de deseo y excitación. Aún así, por muy cerca que estuviera de su piel, no encontró lo que buscaba.
El tiempo transcurrió implacable, la vida fue devorando los recuerdos y él se refugió en lo banal: los amigos de vino y charla, de copas alguna vez, de mus y trivial conversación. ¿Había olvidado lo que buscaba o ni tan siquiera lo sabía?
No, no olvidaba. Desde aquel día, la noche del sueño de olor, hace ya muchos años, llevaba su recuerdo en la cartera: Una tarjeta, impregnada con el perfume onírico de aquella noche, el olor inconfundible del deseo.

Cuando el tedio le invadía, cuando la esperanza era una utopía, cuando se sentía ínfimo, en momentos de debilidad, abría su cartera y el olor a flores, a piel fresca, a belleza, a color de paseo, a risa verde… ese olor a tacto escondido, a pintura de museo… a besos… ese olor a poesía de nenúfares… le devolvía la vida.
Al menos una vez al año, la tarjeta de su cartera, renovaba su olor. El perfume que siempre buscó.
M. Sender

 

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