Hiélame

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Hielo fino. M.Sender

Es invierno y el hielo cubre el lago. Es fuerte, grueso, sólido. Tu joven cuerpo se mueve sin miedo sobre el, tu poco peso apenas incide sobre su espesor. Cada día, el sol implacable hace su trabajo unos minutos más. Las noches se acortan y tu creces. La capa es mas fina, como si se adaptara de forma inversamente proporcional al aumento de tu peso y poco a poco el color blanco se torna traslucido dejando adivinar lo que se encuentra bajo tus pies.
Tu caminas, un pie delante del otro, sopesando la consecuencia, tensando el espacio, mirando la otra orilla, dejando atrás el hielo indemne, afrontando la delgadez que se avecina. Y, a pesar de las líneas quebradas que se dibujan, del crujir amenazante, nunca se detiene.
Piensas volver atrás, a la seguridad del pasado, o detenerte sobre ese pedazo de agua dura, a salvo en la inmovilidad.Detener el momento, detener el miedo, paralizar el riesgo. Pero el corazón bombea impasible sangre caliente que derrite el momento bajo tus pies. Es obligado avanzar, cada vez con más cuidado, lentamente, sintiendo como la vida helada pasa entre crujidos y grietas amenazantes. Intenta ser leve, casi como una pluma, observando la transparencia bajo tus pies, como el río de la vida se desliza a pocos milímetros de ti. Y piensas, piensas en cada movimiento, cada latido de tu corazón, cada sonido imperceptible, alerta al más mínimo indicio de riesgo extremo. Ha pasado el tiempo desde que abandonaste la orilla, tienes experiencia y estás preparado para lo que pueda suceder. Incluso tienes decidido que hacer si, por cometer un error, te precipitas. No quieres tener que recurrir a esa tabla de salvación, no deseas tener que nadar en las aguas heladas y enfrentarte a la lucha que supone agarrarse al resbaladizo mundo de la vida. Y cuanto más cerca está la otra orilla más débil se siente, menos seguro de sus fuerzas. Así, extrema las precauciones y cada paso es más lento, disfrutando de la adrenalina, sintiendo como su corazón se acelera, pero ahora, es consciente, lo siente latir en su pecho, siente el calor de la sangre recorrer sus venas, igual que esas líneas que se dibuja en la vida helada bajo tus pies. A veces, cuando la presión de tu cuerpo hace crujir el silencio, cierras los ojos y esperas. Es ese momento especial, el que más te gusta. Giras la cabeza y miras hacia atrás, la otra orilla queda lejos. La vida helada se extiende hasta ti y enfrente, más fino, casi como papel de cristal, un espacio aún virgen, espera tu caminar. Hay una forma segura de cruzarlo: extender tu cuerpo sobre el para repartir la presión, retener la respiración y avanzar como si te deslizaras, como una de agua sobre su piel.
Cruzar la vida helada tiene sus riesgos, pero merece la pena conseguir alcanzar la otra orilla.

Mario Sender

Séptima sensible; no todo son bestseller…

La escritura, toda, tiene magia. La poesía… es la escritura del corazón, la magia de los latidos.

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En un pequeño pueblo, conocí hace unos años a una persona que escribe. Es verdad que hay muchas y esto no tendría nada de particular, si no fuera porque sus palabras des/ordenadas transmiten una sensación diferente. Difícil, cierto, indescifrables a veces, ocultas entre las líneas blancas, como su apellido, la sucesión de frases, entre/cortadas, dejan las neuronas sin aliento, vibrando como las notas musicales, a/sincopadas.

Es María Pilar Blanco (Zaragoza, 1943), autora de “Séptima sensible”. De profunda formación musical, cuando leo sus poemas, me parecen notas en el cierzo, que debo ordenar para encontrar el ritmo, el compás y la melodía de los sentimientos de su dueña. Porque de ella son los acordes, de ella el pentagrama y nuestro el instrumento que debe interpretarlas.

Para aquellos que aman la poesía, la lectura de Séptima sensible, no les dejara impasibles. Seguramente deberán hacer un ejercicio de interpretación, como el que aprende los primeros acordes de guitarra. Al final, la melodía sonará inconmensurable, la cadencia inundará la caja mágica del corazón y los latidos ordenarán las palabras que Pilar… des/ordena.

”                 DORSAL

vendrá la página azul hilada a hilos                        ochenta nada más de enhebrarte junto a mi. o no más lejos    si eso quieren                                           los círculos concéntricos hincados en la gruta desnuda de tu seno anfibio

y ahí llamará el poema a tu puerta para que lo hagas entrar tan placentero   muy simple, de hasta cierzo tibio en la cara.                                                             de hasta un lirio en el gen atrevido, hamacado en tus labios                       antes que el vendaval lo abisme         letra a letra                                                 sin más permiso. ”

No es un bestseller, es música para leer.

Mario Sender

 

Mireia es de oro.

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Ser una estrella del deporte en España y ser mujer, es una excepción. Para que alguien se fije en ti, escriba sobre ti y seas portada de un diario deportivo… Tienes que ser excepcional, campeona olímpica, campeona de Wimbledon, medalla de oro, campeona del mundo…o sino nadie hablará de ti.

Mireia Belmonte es una de esas, una excepción. Una mujer (hay otras) que son capaces de arrebatar una portada al fútbol. Para ello es necesario un sacrificio excepcional y tener una capacidad mental extraordinaria. La diferencia reside en el sacrificio, el entrenamiento y el corazón.

El entrenamiento te prepara, el sacrificio te hace más fuerte, el corazón te dice que es capaz. Mireia casi nunca falla. Puedes apostar por ella, sin miedo, sin duda, sabiendo que su corazón latirá hasta que no tenga oxígeno. Ha habido atletas excepcionales que han entrado a meta con las muletas del corazón, pero Mireia además tiene talento. Un don innato que le dice cuando acelerar, cuando decidir el ritmo, cuando puede ganar. Y casi siempre puede. Ayer no necesito hacer su mejor registro. No tuvo que nadar por debajo de 2:05…(el récord del mundo es 2:04:06), pero, estoy seguro de que si el ritmo hubiera sido ese, lo habría hecho.

Hay deportistas a los que la carta les delata. Mireia es “cariconfiable”, cercana, humilde, modesta. No necesita nada… Bueno si… Nada-r….

Ser mujer, destacar, ganar, está al alcance de pocos. Aún existe ese reminiscente “machismo”. Ese que minusvalora el éxito de las mujeres en el deporte. Tienen su reconocimiento, pero… Si ésto lo hace un hombre…

Para mi, tiene mucho más valor. Porque las mujeres siempre serán mejores, en todo. Si ganan su batalla, tendremos un mundo nuevo, inimaginable. También las hay malvadas… Pero es por nuestra influencia de machos alfa, animales sin razón, críticos hasta la extenuación, dominantes por naturaleza y resistentes al “dolor” de perder la hegemonía.

Mireia es la sirena de Ulises, déjate encantar.

Mario Sender

Nación/nacionalismo/Cataluña

Ante mi preocupación por la situación creada por las reivindicaciones de Cataluña, frente al estado de derecho, como dice mi amigo Santi, voy a tomar parte… En el debate.

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Nación: Conjunto de los habitantes deun país regido por el mismo Gobierno.

NacionalismoSentimiento fervoroso  de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia.

Estas son las primeras acepciones del diccionario de la RAE. Pero hay otras:

Anthony D. Smith. Su visión y estudio sobre el nacionalismo y el concepto de nación, dista mucho de la opinión vertida por los nacionalistas catalanes y de la consideración de nación del Gobierno de España:

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Sin embargo, para Eric John Ernest Hobsbawm, es el nacionalismo quien inventa la nación y no a la inversa.

  • Nations and Nationalism since 1780: programme, myth, reality (1990). >> Trad. Naciones y nacionalismo, Crítica, 1998.

Para Benedicto Anderson, la artificialidad del concepto nación tiene su nacimiento en el siglo XVIII, lo cual explica en su obra La Comunidad Imaginada:

“La comunidad imaginada es un concepto acuñado por Benedict Anderson que sostiene que una nación es una comunidad construida socialmente, es decir, imaginada por las personas que se perciben a sí mismas como parte de este grupo. En su libro Comunidades imaginadas (1983), Anderson explica el concepto en profundidad. ”

Roberto Augusto afirma que «una “nación” es lo que los nacionalistas creen que es una “nación”»,

Ernest Gellner nos aporta dos conceptos, que subraya insuficientes, del concepto de nación:

” Dos personas son de la misma nación si comparten la misma cultura, entendiendo por cultura un sistema de ideas y signos, de asociaciones y de pautas de conducta y comunicación.”

“Dos personas son de la misma nación siempre y cuando se reconocen como pertenecientes a esa misma nación.”

Podría nombrar otros muchos estudiosos y sociólogos, sin que llegásemos a una conclusión. El concepto de nación es ambiguo, desigual en función de quien lo siente, lo reivindica o lo niega.

En el caso de Cataluña, hay multitud de razones para ponerse a favor de quien reivindica el concepto de Nación y otras muchas para negárselo.

Durante siglos, las naciones han sido construidas a través de la fuerza (guerras), emparejamientos de conveniencia (matrimonios), intereses de defensa (alianzas), razones económicas (estatus/estados), leyes por acuerdo (que no justicia), etc

España ha transitado por todos esos conceptos: distintos reinos, Unión por casamiento, guerras… Hasta desembocar en nuestra actual democracia. Constituida como Monarquía Parlamentaria, nuestra Constitución fue aprobada con todas las garantías por los ciudadanos que conforman la unión administrativa, política, social y geográfica del territorio. La organización del territorio es el Estado de las Autonomías, y mientras no se modifique, tal y como la Constitución contempla, la segregación de cualquier parte del territorio español, es contraria a la ley y por tanto ilegal de todo punto.

Hasta aquí, la ley, pero…¿ Impide esto hablar, escuchar, reflexionar, dialogar entre las partes, negociar si es necesario…? No. Rotundamente no. Las aspiraciones de uno o una parte de los ciudadanos de cualquier lugar del mundo son legítimas, y deben tenerse en cuenta. Cataluña, sus gobernantes legítimos autonómicos, parte de sus ciudadanos o todos, reivindican el derecho a decidir y deben ser escuchados y no rechazados, por que la Constitución no permita lo que pretenden. Debe explicarse con argumentos sólidos las razones de la negativa (no solo legales), debe procurarse el convencimiento de los que lo defienden, intentar entenderse. Lo otro, el no porque no, el llamado choque de trenes, los palos en las ruedas, el chantaje, la intransigencianos llevará al odio, el rechazo, la desunión, el enfrentamiento entre la sociedad catalana y al enfrentamiento entre el resto de los pueblos de España.

Debemos mirar atrás, revisar la historia, aprender de sucesos desgraciados en situaciones similares y negociar. Eso es la política: negociación para encontrar la mejor solución que complazca a todas las partes.

Me da igual como se llame: referéndum, consulta, plebiscito… Si se quiere se puede hacer, por supuesto con condiciones: condiciones de participación mínima, de mayoría suficiente, de porcentajes mínimos necesarios para que el resultado pueda ser considerado como representativo, etc.

Me preocupa que nadie sea consciente del peligro que representa la actual situación para el futuro de todos.

Y… nuestro Gobierno intentando evitar que no se compren las urnas. Patético. Una broma. ¿Eso es todo lo que se les ocurre para solventar este grave problema?

¿Y los periodistas, los creadores de opinión, los intelectuales, los empresarios, los sindicatos?…¿Dónde están? ¿De verdad nadie es consciente de la gravedad de la situación?

Mario Sender.

 

El rey Corazón

COPERINA

El corazón tiene alrededor de 40.000 neuronas y neurotransmisores.

Yo, como suponía que todos, era rojo. Y, como también suponía, latía. Desde que era pequeño, a la medida del resto de mi cuerpo, tuve la tentación de tomar el mando de las decisiones, pero siempre tenía un conflicto con mis amigas las neuronas, que en mayoría, hacían que mis deseos quedarán en un segundo plano. Esto es democracia, me decían, gobierna la mayoría. Tu limítate a seguir nuestro ritmo. Así estuve trabajando día y noche. Así crecí, sometido e indeciso. Con mi precioso color rojo y mi alimento preferido: el zumo de latidos. Me encantaba aprovecharme de las engreídas neuronas. Ellas eran mis ojos y mis manos sin saberlo. Dependían tanto de mi que ni tan siquiera eran conscientes de ello. Son tan simples…No tienen ni color, ni latidos, ni jamás podrán ser atravesadas por una flecha.
Así que, con el tiempo, diseñe un plan para burlarme de ellas. Un despiadado plan digno de un rey. Comencé a desobedecer sus imperativas órdenes: “… “Corre más deprisa… salta más lejos… no ves que tus amigos nos ganan… corazón haz un esfuerzo, tenemos que ser como ellos… ” . Pero, yo, decidí economizar. No me importaba no ser el corazón más fuerte… Ni el más resistente… Ni el más valiente… Quería ser el Rey Corazón. Y, para ello, tenía que ser único. Empecé a chantajear a las creídas neuronas. Estaban tan acostumbradas a mi zumo de latidos, que harían cualquier cosa por mi. Así que, cuando ellas quieren correr, yo hacía un pequeño esfuerzo y latía a toda velocidad, para luego descansar… Pero cuando las tontas neuronas leían, yo, muy hábilmente les suministraba una dosis extra de zumo de latidos, cuando escuchaban algo interesante sobre la existencia…y no palabras banas o sin sentido, mi preciado zumo las inundaba de color hasta alcanzar el éxtasis emocional. Hubo rebeliones, claro está, las neuronas siempre estaban interesadas en las modas: el culto al dinero, la mentira interesada, la envidia, el egoísmo, los deseos de venganza… Me costó reprimirlas con tan sólo latidos. A veces mi zumo ardía, me causaba un daño insoportable y, ellas, siempre alerta, intentaban tentarme. Con los años, el zumo de latidos, ganó en potencia, la “droga” fue surtiendo efecto y, algunas de las neuronas más listas, comprendieron que merecía la pena emigrar al corazón que las alimenta. Fue un gran acierto, me hicieron más fuerte, con más armas, ayudándome a conservar los recuerdos, a entender el ritmo de mis emociones, a convencer a esas otras rebeldes, de que, a veces, vale más un latido, que mil pensamientos.
Hace tiempo que soy el rey, un rey que intenta ser justo, consecuente, veraz, sensible y atravesado por una flecha. A veces, aún existe algún brote de rebeldía, las impredecibles neuronas intentan tomar el mando, dictarme normas, decirme lo que está bien…o mal… Pero están perdidas. Conozco su debilidad: el zumo de latidos. No pueden prescindir de él, y, en eso, soy irreductible.

Mario Sender

¿Qué y para qué?

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Era muy joven, apenas 14/15 años, cuando empezó su inquietud por el sentido de la vida y del universo. Dios, ese dios que le habían enseñado en sus primeros años, no daba respuestas que no estuvieran basadas en la fe. Y, la fe, no era suficiente. Algunas noches, noches despejadas de verano, miraba al cielo intentando entender que significaba tanto espacio, tantas estrellas, tanto vacío. Que misterios se ocultan a su mente infantil. Porqué y para qué, tanta inmensidad y derroche. Si Dios lo creó todo y sólo la vida en la tierra, un pequeño planeta girando alrededor de su estrella…¿Para que todo lo demás? No tenía ningún sentido.
Entonces su curiosidad le llevó a leer a los filósofos, los Vedas, los Upanishads y los conceptos de los que hablan los libros sagrados del hinduismo.
Así, aquellos años se convirtieron en una búsqueda de lecturas, un estudio sobre el conocimiento de los monjes tibetanos, su control sobre el cuerpo y la mente y de ahí hasta la práctica del yoga. Algo que, visto desde la perspectiva actual, estoy seguro que labró mi personalidad, modeló mi mente y me convirtió en lo que hoy soy. Una persona en paz, capaz de sentir y ver un poco más allá. Capaz de entender este mundo desde un concepto diferente. Creer en lo que sé y en lo que los demás nunca creerán. Aquellos tiempos me enseñaron a ser yo mismo, no lo que los demás esperan, no lo que quisieran que fuera, no lo que les gustaría… Sólo lo que soy: una parte del todo.
Después de tantos años, he recordado un pequeño relato que me resultó inolvidable. El autor es Arthur C. Clarke (2001 Odisea del Espacio), que transcribo a continuación:

Los Nueve Billones De Nombres De Dios

Por Arthur C. Clarke

-Esta es una petición un tanto desacostumbrada- dijo el doctor Wagner, con lo que esperaba podría ser un comentario plausible-. Que yo recuerde, es la primera vez que alguien ha pedido una computadora de secuencia automática para un monasterio tibetano. No me gustaría mostrarme inquisitivo, pero me cuesta pensar que en su… ejem… establecimiento haya aplicaciones para semejante máquina. ¿Podría explicarme que intentan hacer con ella?
-Con mucho gusto- contestó el lama, arreglándose la túnica de seda y dejando cuidadosamente a un lado la regla de cálculo que había usado para efectuar la equivalencia entre las monedas-. Su computadora Mark V puede efectuar cualquier operación matemática rutinaria que incluya hasta diez cifras. Sin embargo, para nuestro trabajo estamos interesados en letras, no en números. Cuando hayan sido modificados los circuitos de producción, la maquina imprimirá palabras, no columnas de cifras.
-No acabo de comprender…
-Es un proyecto en el que hemos estado trabajando durante los últimos tres siglos; de hecho, desde que se fundó el lamaísmo. Es algo extraño para su modo de pensar, así que espero que me escuche con mentalidad abierta mientras se lo explico.
-Naturalmente.
-En realidad, es sencillísimo. Hemos estado recopilando una lista que contendrá todos los posibles nombres de Dios.
-¿Qué quiere decir?
-Tenemos motivos para creer- continuó el lama, imperturbable- que todos esos nombres se pueden escribir con no más de nueve letras en un alfabeto que hemos ideado.
-¿Y han estado haciendo esto durante tres siglos?
-Sí; suponíamos que nos costaría alrededor de quince mil años completar el trabajo.?2
-Oh- exclamó el doctor Wagner, con expresión un tanto aturdida-. Ahora comprendo por qué han querido alquilar una de nuestras maquinas. ¿Pero cuál es exactamente la finalidad de este proyecto?
El lama vaciló durante una fracción de segundo y Wagner se preguntó si lo había ofendido. En todo caso, no hubo huella alguna de enojo en la respuesta.
-Llámelo ritual, si quiere, pero es una parte fundamental de nuestras creencias.
Los numerosos nombres del Ser Supremo que existen: Dios, Jehová, Alá, etcétera, sólo son etiquetas hechas por los hombres. Esto encierra un problema filosófico de cierta dificultad, que no me propongo discutir, pero en algún lugar entre todas las posibles combinaciones de letras que se pueden hacer están los que se podrían llamar verdaderos nombres de Dios. Mediante una permutación sistemática de las letras, hemos intentado elaborar una lista con todos esos posibles nombres.
-Comprendo. Han empezado con AAAAAAA… y han continuado hasta ZZZZZZZ…
-Exactamente, aunque nosotros utilizamos un alfabeto especial propio.
Modificando los tipos electromagnéticos de las letras, se arregla todo, y esto es muy fácil de hacer. Un problema bastante más interesante es el de diseñar circuitos para eliminar combinaciones ridículas. Por ejemplo, ninguna letra debe figurar mas de tres veces consecutivas.
-¿Tres? Seguramente quiere usted decir dos.
-Tres es lo correcto. Temo que me ocuparía demasiado tiempo explicar por qué, aun cuando usted entendiera nuestro lenguaje.
-Estoy seguro de ello- dijo Wagner, apresuradanente- Siga.
-Por suerte, será cosa sencilla adaptar su computadora de secuencia automática a ese trabajo, puesto que, una vez ha sido programado adecuadamente, permutará cada letra por turno e imprimirá el resultado. Lo que nos hubiera costado quince mil años se podrá hacer en cien días.
El doctor Wagner apenas oía los débiles ruidos de las calles de Manhattan,
situadas muy por debajo. Estaba en un mundo diferente, un mundo de montañas
naturales, no construidas por el hombre. En las remotas alturas de su lejano país,
aquellos monjes habían trabajado con paciencia, generación tras generación,
llenando sus listas de palabras sin significado. ¿Había algún limite a las locuras de
la humanidad? No obstante, no debía insinuar siquiera sus pensamientos. El
cliente siempre tenia razón…?3
-No hay duda- replicó el doctor- de que podemos modificar el Mark V para que imprima listas de este tipo. Pero el problema de la instalación y el mantenimiento ya me preocupa más. Llegar al Tíbet en los tiempos actuales no va a ser fácil.
-Nosotros nos encargaremos de eso. Los componentes son lo bastante pequeños para poder transportarse en avión. Este es uno de los motivos de haber elegido su máquina. Si usted la puede hacer llegar a la India, nosotros proporcionaremos el transporte desde allí.
-¿Y quieren contratar a dos de nuestros ingenieros?
-Sí, para los tres meses que se supone ha de durar el proyecto.
-No dudo de que nuestra sección de personal les proporcionará las personas idóneas.- El doctor Wagner hizo una anotación en la libreta que tenía sobre la mesa- hay otras dos cuestiones… -Antes de que pudiese terminar la frase, el lama sacó una pequeña hoja de papel.
-Esto es el saldo de mi cuenta del Banco Asiático.
-Gracias. Parece ser… hum… adecuado. La segunda cuestión es tan trivial que vacilo en mencionarla… pero es sorprendente la frecuencia con que lo obvio se pasa por alto. ¿Qué fuente de energía eléctrica tiene ustedes?
-Un generador diesel que proporciona cincuenta kilovatios a ciento diez voltios.
Fue instalado hace unos cinco años y funciona muy bien. Hace la vida en el monasterio mucho más cómoda, pero, desde luego, en realidad fue instalado para proporcionar energía a los altavoces que emiten las plegarias. Desde luego – admitió el doctor Wagner-. Debía haberlo imaginado.
La vista desde el parapeto era vertiginosa, pero con el tiempo uno se acostumbra a todo. Después de tres meses, George Hanley no se impresionaba por los dos mil pies de profundidad del abismo, ni por la visión remota de los campos del valle semejantes a cuadros de un tablero de ajedrez. Estaba apoyado contra las piedras pulidas por el viento y contemplaba con displicencia las distintas montañas, cuyos nombres nunca se había preocupado de averiguar.
Aquello, pensaba George, era la cosa más loca que le había ocurrido jamas. El “Proyecto Shangri-La”, como alguien lo había bautizado en los lejanos laboratorios. Desde hacía ya semanas, el Mark V estaba produciendo acres de hojas de papel cubiertas de galimatías.?4 Pacientemente, inexorablemente, la computadora había ido disponiendo letras en todas sus posibles combinaciones, agotando cada clase antes de empezar con la siguiente. Cuando las hojas salían de las maquinas de escribir electromaticas, los monjes las recortaban cuidadosamente y las pegaban a unos libros enormes. Una semana más y, con la ayuda del cielo, habrían terminado. George no sabía qué oscuros cálculos habían convencido a los monjes de que no necesitaban preocuparse por las palabras de diez, veinte o cien letras. Uno de sus habituales quebraderos de cabeza era que se produjese algún cambio de plan y que el gran lama (a quien ellos llamaban Sam Jaffe, aunque no se le parecía en absoluto) anunciase de pronto que el proyecto se extendería aproximadamente hasta el año 2060 de la Era Cristiana. Eran capaces de una cosa así.
George oyó que la pesada puerta de madera se cerraba de golpe con el viento al tiempo que Chuck entraba en el parapeto y se situaba a su lado. Como de costumbre, Chuck iba fumando uno de los cigarros puros que le habían hecho tan popular entre los monjes, que, al parecer, estaban completamente dispuestos a adoptar todos los menores y gran parte de los mayores placeres de la vida. Esto era una cosa a su favor: podían estar locos, pero no eran tontos. Aquellas frecuentes excursiones que realizaban a la aldea de abajo, por ejemplo…
-Escucha, George -dijo Chuck, con urgencia-. He sabido algo que puede significar un disgusto.
-¿Qué sucede? ¿No funciona bien la maquina? -ésta era la peor contingencia que George podía imaginar. Era algo que podría retrasar el regreso, y no había nada más horrible. Tal como se sentía él ahora, la simple visión de un anuncio de televisión le parecería maná caído del cielo. Por lo menos, representaría un vinculo con su tierra.
-No, no es nada de eso. -Chuck se instaló en el parapeto, lo cual era inhabitual en él, porque normalmente le daba miedo el abismo-. Acabo de descubrir cuál es el motivo de todo esto.
-¿Qué quieres decir? Yo pensaba que lo sabíamos.
-Cierto, sabíamos lo que los monjes están intentando hacer. Pero no sabíamos por qué. Es la cosa más loca…
-Eso ya lo tengo muy oído -gruñó George.
-…pero el viejo me acaba de hablar con claridad. Sabes que acude cada tarde para ver cómo van saliendo las hojas. Pues bien, esta vez parecía bastante excitado o, por lo menos, más de lo que suele estarlo normalmente. Cuando le dije que estábamos en el ultimo ciclo me preguntó, en ese acento inglés tan fino que?5 tiene, si yo había pensado alguna vez en lo que intentaban hacer. Yo dije que me gustaría saberlo… y entonces me lo explicó.
-Sigue; voy captando.
-El caso es que ellos creen que cuando hayan hecho la lista de todos los nombres, y admiten que hay unos nueve billones, Dios habrá alcanzado su objetivo. La raza humana habrá acabado aquello para lo cual fue creada y no tendrá sentido alguno continuar. Desde luego, la idea misma es algo así como una blasfemia.
-¿Entonces que esperan que hagamos? ¿Suicidarnos?
-No hay ninguna necesidad de esto. Cuando la lista esté completa, Dios se pone en acción, acaba con todas las cosas y… ¡Listos!
-Oh, ya comprendo. Cuando terminemos nuestro trabajo, tendrá lugar el fin del mundo. Chuck dejo escapar una risita nerviosa.
-Esto es exactamente lo que le dije a Sam. ¿Y sabes que ocurrió? Me miró de un modo muy raro, como si yo hubiese cometido alguna estupidez en la clase, y dijo:
“No se trata de nada tan trivial como eso”.
George estuvo pensando durante unos momentos.
-Esto es lo que yo llamo una visión amplia del asunto -dijo después-. ¿Pero qué supones que deberíamos hacer al respecto? No veo que ello signifique la más mínima diferencia para nosotros. Al fin y al cabo, ya sabíamos que estaban locos.
-Sí… pero ¿no te das cuenta de lo que puede pasar? Cuando la lista esté acabada y la traca final no estalle -o no ocurra lo que ellos esperan, sea lo que sea-, nos pueden culpar a nosotros del fracaso. Es nuestra máquina la que han estado usando. Esta situación no me gusta ni pizca.
-Comprendo – dijo George, lentamente-. Has dicho algo de interés. Pero ese tipo de cosas han ocurrido otras veces. Cuando yo era un chiquillo, allá en Louisiana, teníamos un predicador chiflado que una vez dijo que el fin del mundo llegaría el domingo siguiente. Centenares de personas lo creyeron y algunas hasta vendieron sus casas. Sin embargo, cuando nada sucedió, no se pusieron furiosos, como se hubiera podido esperar. Simplemente, decidieron que el predicador había cometido un error en sus cálculos y siguieron creyendo. Me parece que algunos de ellos creen todavía.
-Bueno, pero esto no es Louisiana, por si aún no te habías dado cuenta. Nosotros no somos más que dos y monjes los hay a centenares aquí. Yo les tengo aprecio;?6 y sentiré pena por el viejo Sam cuando vea su gran fracaso. Pero, de todos modos, me gustaría estar en otro sitio.
-Esto lo he estado deseando yo durante semanas. Pero no podemos hacer nada hasta que el contrato haya terminado y lleguen los transportes aéreos para llevarnos lejos. Claro que – dijo Chuck, pensativamente – siempre podríamos probar con un ligero sabotaje.
-Y un cuerno podríamos. Eso empeoraría las cosas.
Lo que yo he querido decir, no. Míralo así. Funcionando las veinticuatro horas del día, tal como lo está haciendo, la máquina terminará su trabajo dentro de cuatro días a partir de hoy. El transporte llegará dentro de una semana. Pues bien, todo lo que necesitamos hacer es encontrar algo que tenga que ser reparado cuando hagamos una revisión; algo que interrumpa el trabajo durante un par de días. Lo arreglaremos, desde luego, pero no demasiado aprisa. Si calculamos bien el tiempo, podremos estar en el aeródromo cuando el último nombre quede impreso en el registro. Para entonces ya no nos podrán coger.
-No me gusta la idea -dijo George-. Sería la primera vez que he abandonado un trabajo. Además, les haría sospechar. No, me quedare y aceptare lo que venga.
-Sigue sin gustarme -dijo, siete días mas tarde, mientras los pequeños pero resistentes burritos de montaña les llevaban hacia abajo por la serpenteante carretera-. Y no pienses que huyo porque tengo miedo. Lo que pasa es que siento pena por esos infelices y no quiero estar junto a ellos cuando se den cuenta de lo tontos que han sido. Me pregunto como se lo va a tomar Sam.
-Es curioso -replicó Chuck-, pero cuando le dije adiós tuve la sensación de que sabía que nos marchábamos de su lado y que no le importaba porque sabía también que la máquina funcionaba bien y que el trabajo quedaría muy pronto acabado. Después de eso… claro que, para él, ya no hay ningún después… George se volvió en la silla y miró hacia atrás, sendero arriba. Era el último sitio desde donde se podía contemplar con claridad el monasterio. La silueta de los achaparrados y angulares edificios se recortaba contra el cielo crepuscular: aquí y allá se veían luces que resplandecían como las portillas del costado de un transatlántico. Luces eléctricas, desde luego, compartiendo el mismo circuito que el Mark V. ¿Cuánto tiempo lo seguirían compartiendo?, se preguntó George. ¿Destrozarían los monjes la computadora, llevados por el furor y la desesperación?
¿O se limitarían a quedarse tranquilos y empezarían de nuevo todos sus cálculos?
Sabía exactamente lo que estaba pasando en lo alto de la montaña en aquel
mismo momento. El gran lama y sus ayudantes estarían sentados, vestidos con?sus túnicas de seda e inspeccionando las hojas de papel mientras los monjes
principiantes las sacaban de las maquinas de escribir y las pegaban a los grandes volúmenes. Nadie diría una palabra. El único ruido sería el incesante golpear de las letras sobre el papel, porque el Mark V era de por sí completamente silencioso mientras efectuaba sus millares de cálculos por segundo. Tres meses así, penso George, eran ya como para subirse por las paredes.
-¡Allí esta! -gritó Chuck, señalando abajo hacia el valle-. ¿Verdad que es hermoso?
Ciertamente, lo era, pensó George. El viejo y abollado DC3 estaba en el final de la pista, como una menuda cruz de plata. Dentro de dos horas los estaría llevando hacia la libertad y la sensatez. Era algo así como saborear un licor de calidad. George dejó que el pensamiento le llenase la mente, mientras el burrito avanzaba pacientemente pendiente abajo.
La rápida noche de las alturas del Himalaya casi se les echaba encima. Afortunadamente, el camino era muy bueno, como la mayoría de los de la región, y ellos iban equipados con linternas. No había el más ligero peligro: sólo cierta incomodidad causada por el intenso frío. El cielo estaba perfectamente despejado e iluminado por las familiares y amistosas estrellas. Por lo menos, pensó George, no habría riesgo de que el piloto no pudiese despegar a causa de las condiciones del tiempo. Esta había sido su ultima preocupación. Se puso a cantar, pero lo dejó al cabo de poco. El vasto escenario de las montañas, brillando por todas partes como fantasmas blancuzcos encapuchados, no animaba a esta expansión. De pronto, George consultó su reloj.
-Estaremos allí dentro de una hora -dijo, volviéndose hacia Chuck. Después, pensando en otra cosa, añadió-: Me pregunto si la computadora habrá terminado su trabajo. Estaba calculado para esta hora.
Chuck no contesto, así que George se volvió completamente hacia él. Pudo ver la cara de Chuck; era un ovalo blanco vuelto hacia el cielo.
-Mira – susurro Chuck; George alzó la vista hacia el espacio.
Siempre hay una ultima vez para todo. Arriba, sin ninguna conmoción, las estrellas se estaban apagando.

Aún sigo buscando ese “nombre de Dios”.

Mario Sender

Abrevaderación

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¡¡Abrevaderación !!
Si, si… Es una palabra inventada. Su origen es abrevadero. Lugar donde los animales calman su sed. Los seres humanos también somos animales. Y, como ellos, pasamos sed, aunque de carácter y naturalezas muy diferentes.
Estaba yo pensando en esa sed que, de vez en cuando, te deja la mente seca, el espíritu invisible y el deseo goteando por tu piel, sin necesidad de que el implacable sol de Julio, te gratine. Vamos que yo sufría de “abrevaderación”.
Cuando esto sucede, hasta la mínima partícula que el aire te acerque, el olor insinuado del perfume de ese cuerpo deseado, una mirada furtiva, el leve roce de un solo cabello al cruzarse… Te consuela. Incluso un espejismo te alarga la vida. El simple reflejo de unos ojos, del color de las Rosario, o el encuentro con la sonrisa de una brizna de hierba.

A veces, cuando lo tienes tan cerca, cuando la “abrevaderación” es tan incontenible y el oasis del deseo es tan solo una palmera, cualquier cosa, es mejor que nada. Incluso una sola e insignificante gota de rocío.
Esa gota de rocío calma la “abrevaderación”, como nada en el mundo. Es como el soplo de Neptuno, baña tu cuerpo, lubrica tu espíritu y calma el fuego en la piel.
Es lo que tienen los espejismos y ese estado de palabra inventada, que cuando crees en ellos, aunque al llegar solo exista una palmera y ni rastro de ese agua incolora, inhodora e insípida, tragar saliva, es un placer, que te sabe a élla y no precisamente te recuerda al agua.
A estas alturas del texto, probablemente estés perdido… Pero de eso se trata, de ponerle imaginación…
Mario Sender

Angustia.

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Angustia

Sentado en el cómodo sofá, que recorría toda una pared del garito,  bajo los efectos del suave mareo que provoca el alcohol, Carlos miró la tarima, dónde, como hojas mecidas por el viento, un par de mujeres se movían agarradas a las ramas de acero. Sobre sus cabezas, una cortina horizontal de humo dejaba pasar las luces de colores bailando como los rayos de una tormenta. Era una sensación extraña, como si el cielo se desplomara sobre su cabeza y le hundiera poco a poco en el lodo de aquel desgastado sofá. Humo, música, alcohol y mujeres. Una mezcla a la vez peligrosa y excitante. Llevaba horas en aquel lugar y la tentación se arrastraba como una serpiente del paraíso. Se levantó y se acercó a la barra; era como asomarse al borde del precipicio. Pidió un nuevo wiski con agua, en vaso ancho, como siempre. Carlos no tardó en notar su presencia.

-Llevas mucho tiempo solo -le dijo-, ¿esperas a alguien?

Carlos la miró haciendo un esfuerzo por mantener los ojos bien abiertos. Era delgada, con el pelo ondulado, morena y, por su inconfundible acento, brasileña.

-O… me esperas a mi?,

-Espero a unos amigos, pero parece que se retrasan-

Tenía unos preciosos labios y su minifalda, extremamente corta, dejaba intuir esa parte del cuerpo que tanta fama tiene entre las mujeres de su país. Estaba tan pegada a él que podía sentir su piel reptando por su entrepierna. El wiski acarició su garganta en un largo trago, dejando un placentero calor en su recorrido. Eso y un par de miradas insinuantes de la bella brasileña terminaron por vencer su resistencia.

Aún le esperaba una sorpresa. La joven se volvió y miró al fondo del local y sin mirarle, le preguntó:

¿te importa que nos acompañe mi novia?
Ni tan siquiera contestó. Solo asintió con la cabeza y empezó a dirigirse hacia las escaleras.
Fueron unas horas donde su mente estuvo ausente. Se dejó llevar tumbado bajo el ventilador que lentamente esparcía las volutas de humo por la habitación, como la niebla abraza a las montañas. Ensimismado en la piel de esos dos cuerpos, acelerados por el polvo blanco que el nunca esnifa, el tiempo de comprimió entre las cuatro paredes.

-Déjame que te enseñe como le gusta – le dijo la chica.

Observó el placer de las dos mujeres …y entonces, volvió a él esa sensación de angustia. Sus manos recorrieron su piel, sus muslos, sus caderas jóvenes y sus turgentes pechos,  pero, por mucho que lo intentaba no tenía tacto. Algo invisible, una distancia infinitesimal lo impedía. Quería, lo deseaba, le excitaban, pero era como un sueño imposible. Y así, como encerrado en un pozo profundo del que no podía escapar, transcurrieron las horas hasta la madrugada. Hasta que la luz iluminó la habitación a través del pequeño ventanal y las siluetas desnudas y abrazadas se hicieron reales ante sus ojos.
Mientras se duchaba, se miró las manos. Repasó lo sucedido e intento entender esa sensación que a veces le embargaba.; como cuando se dirigía en coche a ese lugar. Era consciente pero sus sentidos no obedecían a su mente. Le costaba un terrible esfuerzo mantener la dirección del coche, la carretera de convertía en un túnel y las líneas blancas del arcén parecían empujarle hacia uno y otro lado. Una angustia terrible que hacía que unos pocos kilómetros se convirtieran en un viaje eterno. Ese sentimiento de querer que algo suceda, de deseo inmenso y de impotencia. De esforzarse al máximo, de intentar levantar un peso, acariciar un cuerpo, de saber que puedes hacerlo y cuando alargas la mano, está detrás del espejo.
Le costó encontrar su coche. En ocasiones, su cerebro le juega esa mala pasada, mezclando los sueños con la realidad y esos intervalos donde no percibe el tiempo. De hecho no era consciente de las últimas horas ¿dónde estaban sus amigos?
En la inmensa recta, un coche de policía se cruzó en dirección contraria. Su sirena se fue apagando por el efecto doppler y, de nuevo, esa angustia en el estómago… los dos cuerpos desnudos… Tuvo que parar confundido. Abrió la puerta y salió del coche. La brisa de madrugada le hizo inspirar profundamente y, entonces, lo escuchó en la radio:

“… La policía ha encontrado los cuerpos de dos mujeres en la habitación de un motel. Aunque aparentemente no tienen signos de violencia, no se descarta el homicidio…”

No era la primera vez que la angustia le invadía, ni tampoco la primera que le asaltaban las dudas. Pero, curiosamente, con los primeros rayos del sol, después de una reconfortante ducha y un frugal desayuno, en el periódico de la mañana, no aparecía ninguna noticia sobre las información radiofónica.

Se detuvo un momento a reflexionar sobre esa teoría del multiuniverso:

“cada posibilidad de acción se lleva a cabo en un universo diferente y todas se suceden inevitablemente…”

Volvió a leer las páginas de sucesos y se alegró de ser consciente, tan sólo, de ese momento.

Mario Sender

Cuero en las manos.

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Cuero en las manos.

Durante los años que pasé en Fontiveros, mi pueblo para siempre, no fue el fútbol mi deporte. Fue el aro y las carreras y, sobre todo, la pelota.
Eran años de esplendor del remozado frontón. Años en los que los chiquillos como yo, hinchabamos nuestras manos con las primeras pelotas. Días en los que el frontis acariciado por el cuero, despertaban el enfado de la “habitantes” del vecino bar, en las tardes de toros.. “¡chiquillos parad ya con la pelota!”…
Recuerdo como fabricamos las nuestras: una canica como núcleo, y tiras y tiras de globos recortados, recubiertos de lana hasta alcanzar el diámetro adecuado, y, después un poco de cuero cosido por alguna madre o abuela.
No olvido los desafíos de mi tío Kiko, mi tío Andrés y mi padre, queriendo emular a los pelotaris llegados de Valladolid o la Rioja y algunos del país vasco.

El frontón, en las fiestas, se cerraba y los partidos eran una parte importante de las mismas.
He visto y sigo viendo muchos partidos de pelota. Pero aquellos, en Fontiveros y otros pueblos de alrededor tenían algo especial. Como en cada pueblo, el mío, también tenía su figura, yo recuerdo a Moreta, un jugador al que le faltaban las primeras falanges de los dedos de su mano izquierda. Era aguerrido y muy bueno en las arrimadas a pared. Además, en aquellos tiempos, no se protegían las manos como ahora. Se podía percibir el sufrimiento, el dolor… y podías ver como, algún jugador, se pisaba la mano para mitigar la congestión…
Nuestro frontón, a diferencia del actual, no tiene pared izquierda ni trinquete, lo que puede considerarse una ventaja o desventaja, según se mire. Solo tenía el frontis (también denominado en algunos lugares trinquete), en la modalidad llamada “plaza libre”, practicada en el País Vasco Francés y en muchos pueblos de Castilla y León.

Pervive en mi memoria la cara de felicidad de mi padre, cuando, en uno de mis innumerables viajes al País Vasco, le traje, como regalo, un par de pelotas profesionales -“¡que bien suenan!”, me decía.

Tiene razón Santi de Paulas así como Benito Gago, la pelota es un bello deporte, en su día, deporte rey de nuestro pueblo.

Tenemos mejor frontón, más moderno y más vistoso, una imagen más acorde a lo que todo el mundo conoce, pero… el antiguo frontón, con su cara nueva, es una reliquia, una parte de nuestro pueblo, dónde aún se escuchan el murmullo y la admiración de épocas pasadas, las zapatillas y los pantalones cortos, las pequeñas manos doloridas y, muy cerca, al inolvidable Matías Prats, con sus negras gafas, narrando un muletazo, un cambio de mano y un pase de pecho, ante un imponente miura. Es historia de Fontiveros.
Para los curiosos, a continuación un ejemplo de diversos tipos de frontón: