Angustia.

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Angustia

Sentado en el cómodo sofá, que recorría toda una pared del garito,  bajo los efectos del suave mareo que provoca el alcohol, Carlos miró la tarima, dónde, como hojas mecidas por el viento, un par de mujeres se movían agarradas a las ramas de acero. Sobre sus cabezas, una cortina horizontal de humo dejaba pasar las luces de colores bailando como los rayos de una tormenta. Era una sensación extraña, como si el cielo se desplomara sobre su cabeza y le hundiera poco a poco en el lodo de aquel desgastado sofá. Humo, música, alcohol y mujeres. Una mezcla a la vez peligrosa y excitante. Llevaba horas en aquel lugar y la tentación se arrastraba como una serpiente del paraíso. Se levantó y se acercó a la barra; era como asomarse al borde del precipicio. Pidió un nuevo wiski con agua, en vaso ancho, como siempre. Carlos no tardó en notar su presencia.

-Llevas mucho tiempo solo -le dijo-, ¿esperas a alguien?

Carlos la miró haciendo un esfuerzo por mantener los ojos bien abiertos. Era delgada, con el pelo ondulado, morena y, por su inconfundible acento, brasileña.

-O… me esperas a mi?,

-Espero a unos amigos, pero parece que se retrasan-

Tenía unos preciosos labios y su minifalda, extremamente corta, dejaba intuir esa parte del cuerpo que tanta fama tiene entre las mujeres de su país. Estaba tan pegada a él que podía sentir su piel reptando por su entrepierna. El wiski acarició su garganta en un largo trago, dejando un placentero calor en su recorrido. Eso y un par de miradas insinuantes de la bella brasileña terminaron por vencer su resistencia.

Aún le esperaba una sorpresa. La joven se volvió y miró al fondo del local y sin mirarle, le preguntó:

¿te importa que nos acompañe mi novia?
Ni tan siquiera contestó. Solo asintió con la cabeza y empezó a dirigirse hacia las escaleras.
Fueron unas horas donde su mente estuvo ausente. Se dejó llevar tumbado bajo el ventilador que lentamente esparcía las volutas de humo por la habitación, como la niebla abraza a las montañas. Ensimismado en la piel de esos dos cuerpos, acelerados por el polvo blanco que el nunca esnifa, el tiempo de comprimió entre las cuatro paredes.

-Déjame que te enseñe como le gusta – le dijo la chica.

Observó el placer de las dos mujeres …y entonces, volvió a él esa sensación de angustia. Sus manos recorrieron su piel, sus muslos, sus caderas jóvenes y sus turgentes pechos,  pero, por mucho que lo intentaba no tenía tacto. Algo invisible, una distancia infinitesimal lo impedía. Quería, lo deseaba, le excitaban, pero era como un sueño imposible. Y así, como encerrado en un pozo profundo del que no podía escapar, transcurrieron las horas hasta la madrugada. Hasta que la luz iluminó la habitación a través del pequeño ventanal y las siluetas desnudas y abrazadas se hicieron reales ante sus ojos.
Mientras se duchaba, se miró las manos. Repasó lo sucedido e intento entender esa sensación que a veces le embargaba.; como cuando se dirigía en coche a ese lugar. Era consciente pero sus sentidos no obedecían a su mente. Le costaba un terrible esfuerzo mantener la dirección del coche, la carretera de convertía en un túnel y las líneas blancas del arcén parecían empujarle hacia uno y otro lado. Una angustia terrible que hacía que unos pocos kilómetros se convirtieran en un viaje eterno. Ese sentimiento de querer que algo suceda, de deseo inmenso y de impotencia. De esforzarse al máximo, de intentar levantar un peso, acariciar un cuerpo, de saber que puedes hacerlo y cuando alargas la mano, está detrás del espejo.
Le costó encontrar su coche. En ocasiones, su cerebro le juega esa mala pasada, mezclando los sueños con la realidad y esos intervalos donde no percibe el tiempo. De hecho no era consciente de las últimas horas ¿dónde estaban sus amigos?
En la inmensa recta, un coche de policía se cruzó en dirección contraria. Su sirena se fue apagando por el efecto doppler y, de nuevo, esa angustia en el estómago… los dos cuerpos desnudos… Tuvo que parar confundido. Abrió la puerta y salió del coche. La brisa de madrugada le hizo inspirar profundamente y, entonces, lo escuchó en la radio:

“… La policía ha encontrado los cuerpos de dos mujeres en la habitación de un motel. Aunque aparentemente no tienen signos de violencia, no se descarta el homicidio…”

No era la primera vez que la angustia le invadía, ni tampoco la primera que le asaltaban las dudas. Pero, curiosamente, con los primeros rayos del sol, después de una reconfortante ducha y un frugal desayuno, en el periódico de la mañana, no aparecía ninguna noticia sobre las información radiofónica.

Se detuvo un momento a reflexionar sobre esa teoría del multiuniverso:

“cada posibilidad de acción se lleva a cabo en un universo diferente y todas se suceden inevitablemente…”

Volvió a leer las páginas de sucesos y se alegró de ser consciente, tan sólo, de ese momento.

Mario Sender

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