El rey Corazón

COPERINA

El corazón tiene alrededor de 40.000 neuronas y neurotransmisores.

Yo, como suponía que todos, era rojo. Y, como también suponía, latía. Desde que era pequeño, a la medida del resto de mi cuerpo, tuve la tentación de tomar el mando de las decisiones, pero siempre tenía un conflicto con mis amigas las neuronas, que en mayoría, hacían que mis deseos quedarán en un segundo plano. Esto es democracia, me decían, gobierna la mayoría. Tu limítate a seguir nuestro ritmo. Así estuve trabajando día y noche. Así crecí, sometido e indeciso. Con mi precioso color rojo y mi alimento preferido: el zumo de latidos. Me encantaba aprovecharme de las engreídas neuronas. Ellas eran mis ojos y mis manos sin saberlo. Dependían tanto de mi que ni tan siquiera eran conscientes de ello. Son tan simples…No tienen ni color, ni latidos, ni jamás podrán ser atravesadas por una flecha.
Así que, con el tiempo, diseñe un plan para burlarme de ellas. Un despiadado plan digno de un rey. Comencé a desobedecer sus imperativas órdenes: “… “Corre más deprisa… salta más lejos… no ves que tus amigos nos ganan… corazón haz un esfuerzo, tenemos que ser como ellos… ” . Pero, yo, decidí economizar. No me importaba no ser el corazón más fuerte… Ni el más resistente… Ni el más valiente… Quería ser el Rey Corazón. Y, para ello, tenía que ser único. Empecé a chantajear a las creídas neuronas. Estaban tan acostumbradas a mi zumo de latidos, que harían cualquier cosa por mi. Así que, cuando ellas quieren correr, yo hacía un pequeño esfuerzo y latía a toda velocidad, para luego descansar… Pero cuando las tontas neuronas leían, yo, muy hábilmente les suministraba una dosis extra de zumo de latidos, cuando escuchaban algo interesante sobre la existencia…y no palabras banas o sin sentido, mi preciado zumo las inundaba de color hasta alcanzar el éxtasis emocional. Hubo rebeliones, claro está, las neuronas siempre estaban interesadas en las modas: el culto al dinero, la mentira interesada, la envidia, el egoísmo, los deseos de venganza… Me costó reprimirlas con tan sólo latidos. A veces mi zumo ardía, me causaba un daño insoportable y, ellas, siempre alerta, intentaban tentarme. Con los años, el zumo de latidos, ganó en potencia, la “droga” fue surtiendo efecto y, algunas de las neuronas más listas, comprendieron que merecía la pena emigrar al corazón que las alimenta. Fue un gran acierto, me hicieron más fuerte, con más armas, ayudándome a conservar los recuerdos, a entender el ritmo de mis emociones, a convencer a esas otras rebeldes, de que, a veces, vale más un latido, que mil pensamientos.
Hace tiempo que soy el rey, un rey que intenta ser justo, consecuente, veraz, sensible y atravesado por una flecha. A veces, aún existe algún brote de rebeldía, las impredecibles neuronas intentan tomar el mando, dictarme normas, decirme lo que está bien…o mal… Pero están perdidas. Conozco su debilidad: el zumo de latidos. No pueden prescindir de él, y, en eso, soy irreductible.

Mario Sender

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