Hiélame

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Hielo fino. M.Sender

Es invierno y el hielo cubre el lago. Es fuerte, grueso, sólido. Tu joven cuerpo se mueve sin miedo sobre el, tu poco peso apenas incide sobre su espesor. Cada día, el sol implacable hace su trabajo unos minutos más. Las noches se acortan y tu creces. La capa es mas fina, como si se adaptara de forma inversamente proporcional al aumento de tu peso y poco a poco el color blanco se torna traslucido dejando adivinar lo que se encuentra bajo tus pies.
Tu caminas, un pie delante del otro, sopesando la consecuencia, tensando el espacio, mirando la otra orilla, dejando atrás el hielo indemne, afrontando la delgadez que se avecina. Y, a pesar de las líneas quebradas que se dibujan, del crujir amenazante, nunca se detiene.
Piensas volver atrás, a la seguridad del pasado, o detenerte sobre ese pedazo de agua dura, a salvo en la inmovilidad.Detener el momento, detener el miedo, paralizar el riesgo. Pero el corazón bombea impasible sangre caliente que derrite el momento bajo tus pies. Es obligado avanzar, cada vez con más cuidado, lentamente, sintiendo como la vida helada pasa entre crujidos y grietas amenazantes. Intenta ser leve, casi como una pluma, observando la transparencia bajo tus pies, como el río de la vida se desliza a pocos milímetros de ti. Y piensas, piensas en cada movimiento, cada latido de tu corazón, cada sonido imperceptible, alerta al más mínimo indicio de riesgo extremo. Ha pasado el tiempo desde que abandonaste la orilla, tienes experiencia y estás preparado para lo que pueda suceder. Incluso tienes decidido que hacer si, por cometer un error, te precipitas. No quieres tener que recurrir a esa tabla de salvación, no deseas tener que nadar en las aguas heladas y enfrentarte a la lucha que supone agarrarse al resbaladizo mundo de la vida. Y cuanto más cerca está la otra orilla más débil se siente, menos seguro de sus fuerzas. Así, extrema las precauciones y cada paso es más lento, disfrutando de la adrenalina, sintiendo como su corazón se acelera, pero ahora, es consciente, lo siente latir en su pecho, siente el calor de la sangre recorrer sus venas, igual que esas líneas que se dibuja en la vida helada bajo tus pies. A veces, cuando la presión de tu cuerpo hace crujir el silencio, cierras los ojos y esperas. Es ese momento especial, el que más te gusta. Giras la cabeza y miras hacia atrás, la otra orilla queda lejos. La vida helada se extiende hasta ti y enfrente, más fino, casi como papel de cristal, un espacio aún virgen, espera tu caminar. Hay una forma segura de cruzarlo: extender tu cuerpo sobre el para repartir la presión, retener la respiración y avanzar como si te deslizaras, como una de agua sobre su piel.
Cruzar la vida helada tiene sus riesgos, pero merece la pena conseguir alcanzar la otra orilla.

Mario Sender

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