Cataluña 1-O

Así… yo voto NO

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Se acerca el 1-O
Muchos se preguntarán porqué hemos llegado hasta aquí. Cataluña está a punto de escribir una de las páginas más negras en la historia de España. Después de siglos de convivencia y varias guerras por medio, sorprende que en estos últimos diez años del periodo más progresista que haya conocido España, no hayamos sido capaces de gestionar un problema latente, entre Cataluña y el resto del Estado.
España es un país democrático, no hay duda, pero también con poca experiencia en su gestión. Nuestros dirigentes, imbuidos por un sentimiento ególatra, no han sido capaces de detectar los fallos implícitos en la administración del Estado, ignorando las diferencias culturales y sentimentales de los distintos pueblos, regiones, naciones o nacionalidades -no importa el nombre-, que conforman el Estado Español. Desde 1978 han pasado 39 años, tiempo suficiente para haber conseguido adaptar nuestra Constitución a la realidad surgida de un periodo de paz y prosperidad, nunca antes conocido. Tras la dictadura, el proceso de apertura democrática se llevó a cabo, con un amplio consenso, con un fin: finiquitar cuarenta años de oscurantismo, represión y falta de libertades. La nueva Constitución no era perfecta, pero servía como punto de partida, y contó con el apoyo de todas las fuerzas políticas: republicanos, democristianos, comunistas, socialistas, conservadores y nacionalistas. La unión de todos y la renuncia a muchos ideales, nos llevó de la mano de la democracia, a construir una nueva Nación, moderna, libre, progresista y desarrollada.
El nuevo Estado de las Autonomías, comenzó herido. Un grupo de comunidades: Euskadi, Cataluña, Galicia, Navarra, recibieron privilegios frente a otras. Se dividió el territorio con criterios poco objetivos y el número de comunidades autónomas se amplió en exceso, para contentar a todos. Lo que parecía un éxito, con el tiempo se demostraría un error histórico. Durante estos 39 años, las reivindicaciones han sido constantes: concierto económico desigual, competencias, régimen fiscal, etc. Para acabar de complicarlo todo, se transfirieron las competencias en educación, dejando en manos de los nacionalismos el adoctrinamiento de varias generaciones, en el odio al resto del estado, tergiversando la historia y educando en la parcialidad. El caldo de cultivo del radicalismo separatista. El gobierno central les dió la olla y ellos hicieron el cocido. El miedo y el deseo de contentar a todos, fue la clave. Válido para salir de la dictadura, pero peligroso a largo plazo. La desidia, la ignorancia de las peculiaridades de las distintas regiones, la desigualdad económica, la insolidaridad y la educación partidista, todo ello agravado por la crisis económica que comenzó en 2008, han hecho el resto. Las enfermedades son más fáciles de curar si se detectan a tiempo, que abordarlas cuando la metástasis es imparable.
Y así estamos. Diálogo imposible. Posiciones encontrarás. Amenazas mutuas, manifestaciones reivindicativas y un proceso separatista que el Gobierno no ha sabido neutralizar a tiempo. Ante las reivindicaciones del derecho a decidir, de un referéndum consultivo o vinculante, los políticos de turno han preferido abstenerse y confiar tan solo en la fuerza de la ley, de la justicia democrática, para impedirlo. Y, de nuevo, comenten un error: el cáncer se seguirá extendiendo y, desgraciadamente, solo serán cuidados paliativos.
Sólo un milagro, una luz que ilumine a nuestros políticos, tanto del Gobierno como Catalanes, evitará que Cataluña se convierta en un lunar de nuestra democracia. Sus consecuencias son imprevisible. La incapacidad de diálogo para construir un estado moderno y consensuado, adecuado a las realidades económico-culturales e identitarias de las distintas regiones, nos han conducido hasta un callejón sin salida o con una salida tan estrecha que no cabemos todos.
La culpa no la tienen los ciudadanos, ni catalanes, ni vascos, ni andaluces, etc. Los culpables son nuestros representantes, tan cortos de miras. Sólo nos queda confiar en su inteligencia… Que es mucho confiar.
Mario Sender

 

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