Gris marengo.

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GRIS MARENGO

Aún era pronto. Quizá las once de la noche. Esta vez no quería equívocos: zapatos de plataforma, minifalda negra, muy corta, top de lentejuelas doradas y medias con liguero. Sobre sus hombros un precioso abrigo de Carolina Herrera. Ropa insinuante, ni cara ni barata. El Bentley Continental, color zafiro lo dejó en el parking del Hotel Meliá Castilla y se dispuso a disfrutar de la cena en un pequeño y discreto asador, cerca de la Plaza de Castilla. Sentada en una mesa, en el piso superior, podía divisar con detalle el portón de madera, de entrada al restaurante. Era un día de diario y el local estaba medio vacío. En una mesa, frente a ella, un hombre maduro devoraba un chuletón, en compañía de la que debía ser su amante o quizá su hija. Es su amante -pensó-, no vienes aquí con tu hija. El hombre maduro levantó los ojos del plato y se encontró con su sonrisa. Lentamente introdujo el trozo de besugo en su boca, sin dejar de mirarle. Él bajó la vista. Esta noche se había vestido de zorra y quería que nadie lo pusiera en duda. Después de enseñarle un par de veces su cruce de piernas, pago la cuenta con su tarjeta Diner’s, se levantó, recogió su abrigo del perchero y, sin ponérselo, paseó su bonito cuerpo delante de la mesa de los amantes. Él la miró de reojo, ella con envidia o…¿admiración?.

La noche de Madrid se despierta tarde. Oculta por su abrigo, comenzó a caminar por Capitan Haya, observadora, disfrutando antes de recluirse. A ambos lados de la calle y sus aledaños, los depredadores estaban de caza. Y, al contrario que los animales, éstos no se escondían entre la maleza de los altos edificios de oficinas. La”fauna” era diversa: en los bares más elegantes scorts caras, en las esquinas putas dependientes de la heroína o cocaína, algún travesti exhibicionista, y los chulos vigilantes. A medida que la noche avanza, los coches pasan despacio, muchos por morbo, otros esperando ser “cazados”. Ella camina tranquila, solo sus pies, subidos a las altas plataformas, son un indicio.

Es la hora, el portero la saluda bajo el reconocible toldo, D’Angelo es su refugio. Deja el abrigo en el guardarropa y cruza el local hasta sentarse frente a la puerta, de espaldas a la pared en el sofá corrido. Hay otras chicas, todas guapas, todas con un cuerpo moldeado y deseable. Algunas charlan con algún hombre, en las pequeñas mesas. Nadie alza la voz, solo se escuchan susurros, transacciones comerciales de interés mutuo. Los hombres, la mayoría, son ejecutivos y hombres de negocios, de paso o invitados por otros…

Se fija en él nada más verle entrar. Parece diferente, no les mira con ojos depredadores y no parece tener otro fin que divertir a sus acompañantes. El que parece encargado del local se dirige a él. Pronto tienen una mesa, y de forma inmediata, compañía femenina. Exuberantes y diligentes, las mujeres se asignan a los invitados. Todos excepto él, que solo observa a su alrededor… Los dedos inquietos sobre las femeninas rodillas, las miradas perdidas en los escotes, las mujeres dejándose querer lo justo…y los sentidos perdidos en el vaso de wiski. Sin embargo, el hombre de traje gris marengo, es todo control. Esa será su presa.

Con la mirada clavada en él, Claudia se dirige al baño por el estrecho pasillo. Necesita un cambio, algo diferente. Se asegura de que él la mira y vuelve su cara al pasar. Inexpresiva, insinuante pero no descarada. El baño es pequeño pero suficiente. Se quita el top dorado y deja que sus turgentes pechos luchen contra el sujetador negro de fino cuero y corchetes plateados de JP Gaultier. La cremallera lateral de la minifalda, ahora subida, deja ver su pierna hasta la cadera y el fin de sus medias de fina seda. Dentro de su bolso, sus tacones preferidos: Barker Black, los últimos que uso como Sara. Transformada y dispuesta entrega de nuevo su bolso en el guardarropa.

-Hola, ¿me invitas a una copa?

-Hola…¿debería? -dijo volviendo la cabeza-

-Pago yo, tu invitas y yo pago.

-¡Vaya!¿No debería ser al revés? -no pudo apartar la vista de sus impresionantes tetas al inclinarse sobre él. Es lo que tiene el diseño -pensó-, deja ver lo justo para que imagines lo demás.-

Claudia no dijo nada. Sólo se acercó lo suficiente a su boca para que sus labios carnosos casi rozaran los suyos.

-Yo tomo Macallan Ruby, te lo aconsejo. ¿Dos?. ¿Hielo?

-Hielo y agua con gas.

-¿Perrier?

-Tienes buen gusto.

Claudia se acercó a la barra y le dio las instrucciones al barman. Después se acercó de nuevo al hombre del traje gris marengo.

-Vamos a sentarnos juntos, tus amigos ya no te necesitan.

Atado por su perfume Flowerbomb, siguió sus pasos hasta un rincón apartado del pub, sin poder apartar la vista de su precioso culo, pocos centímetros bajo su falda. Claudia se sentó y le hizo un ademán para que se pusiera a su lado.

-Voy a pedir un taxi. ¿Vienes a divertirte un rato?

– Así, ¿sin más?. Está bien, yo elijo el sitio. Este es el trato. Nos llevará un amigo.

-Perfecto, yo la compañía.

En pocos minutos, Claudia y el hombre del traje gris marengo estaban subiendo al Mercedes de Cabify.

-Conduce hasta la plaza de Salamanca, -le ordenó. -Te diré donde nos dejas.

-No, espera, primero tenemos que recoger a alguien -le pidió Claudia-.

Sacó su iPhone y marcó un número. El Mercedes se detuvo a la puerta del Hotel Meliá. Un hombre, vestido totalmente de cuero negro se sentó al lado de Claudia. “te anticipo que no fuma”,-le dijo-. El hombre gris marengo hizo una llamada.

-Está todo pagado, no me esperéis. Llevad mi coche al club.

Nada en el exterior, todo en el interior. Al cruzar la entrada del chalet, la penumbra les envolvió. El hombre del traje gris marengo pasó una tarjeta por el lector y la puerta se abrió. Después se cerró tras ellos tres.

-Yo os es traído hasta aquí. Debéis saber que todo lo que suceda será observado por otros a los que no podréis ver. Ahora tú decides. Tu has traído la compañía y tú serás responsable de él. ¿Estás de acuerdo?

-Es mi marido y hoy será otro observador más. Me gusta sorprenderle y él disfruta con ello. Ahora quiero pedirte algo.

-Tu dirás. No suelo hacer esto. No voy con mujeres que cobran por dar placer. Pero… Pareces diferente.

-No pienso cobrarte nada. Creo que aún no lo has entendido. Le cobraré a él. Mi marido si paga a las putas. Hoy pagará para que me folles. -Claudia empezó a desnudarse mientras colocaba su poca ropa sobre la cama redonda-. Tu siéntate y mira – le dijo.

El hombre del traje gris tomo asiento y observó como el marido de Claudia se despojaba de sus ropas y se vestía. Fibrado y totalmente depilado, se puso el sujetador de cuero, la minifalda, el liguero y las suaves medias de seda. Excepto por el abultamiento de su entrepierna,  sería difícil distinguirle de una bella mujer. Claudia sacó de su bolso un collar de cuero y se lo puso a su marido que se tumbó en la cama sobre un costado. El hombre gris marengo observaba. Claudia encerró los atributos del hombre con una especie de cinturón de castidad para penes, con un pequeño candado. Después quitó la americana al hombre gris marengo y se la puso sobre su cuerpo desnudo. Se recogió el pelo y encendió un cigarro puro. Su marido cerró los ojos y aspiró el humo de las volutas. El olor del Romeo y Julieta Duke, inundó la habitación.

– Es su debilidad, un orgasmo para él. No es el sexo lo que le excita, es la situación, el morbo de ver como otro disfruta de mi. Eso y pagar por ello, es su placer.

– ¿Y tu? ¿Que te excita? ¿Verle humillado, dependiente de ti…?

– Amigo… Te he visto entrar en D’Angelo y no creo que fueras allí en busca de sexo, pensé que no seríamos muy diferentes. ¿Me equivoco?. Este no es un lugar muy común, con acceso restringido, discreto, secreto; ¿Que oculta, quién nos observa?

Claudia, mientras hablaba, recorría con sus manos la piel del hombre gris marengo, bajo su camisa. Su voz era un susurro acentuado por el humo del Romeo y Julieta. Sus cuidados dedos liberaron los botones del pantalón y la camisa. Luego agarró el cinturón del hombre gris marengo con una mano y lo atrajo hasta el borde de la cama donde yacía su marido, le empujó de espaldas sobre el colchón y le desnudó totalmente. Después se puso el pantalón gris sin nada debajo y se apoyó contra el espejo de la pared, insinuante. Claudia volvió la cabeza y suplicó:

-Vamos, fóllame…

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Al otro lado del espejo, los pechos de Claudia se marcaban rotundos en el cristal, con su cara en éxtasis y sus gemidos, mientras su precioso culo y espalda sudorosas se pegaban contra el espejo, cuando el hombre gris marengo la levantó a horcajadas sobre él sin dejar de penetrarla de manera salvaje. Mientras, el marido de Claudia, sumiso, miraba sin perder detalle. El hombre gris marengo dejó a Claudia sobre la cama, poseída por un temblor incontrolable provocado por el orgasmo…

Después de una hora, los tres retomaron su rol y salieron de la habitación. No dijeron nada. La fiesta acabó y cada uno se dirigió a su destino.

Al otro lado del cristal, el ministro y sus acompañantes, mujeres y hombres de altos cargos, firmaron su consentimiento. El hombre del traje gris marengo recogió las cintas y las guardó en la caja fuerte.

Claudia extendió un cheque y lo metió en el bolsillo del traje gris. -…por tus excelentes servicios-….

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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