El hueco del 111

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EL HUECO DEL 111
Se asomó por el hueco del día, abrió todo lo que pudo las cuencas vacías y alargó su mano inexistente. A su lado, en ese espacio compartido sin ocuparlo, miles como él, hicieron lo mismo. Todos eran iguales, uno solo, todos no tenían nada, todos estaban en ese lugar de imposible abandono. Les hubiera gustado vernos.
Sus ojos inexistentes y su corazón desparecido hubieran comprobado, que a pesar de todo, de sus errores, sus crímenes, sus delirios, sus pecados o su mala vida, no les olvidan.
Por ese hueco del día, una vez al año, con el símbolo de la unidad, en el undécimo mes, habrían visto sus tumbas limpias, las flores que un día olieron, pisaron o cortaron para el amor de su vida. Las velas que piden por ellos, los ojos llorosos, que un día fueron de alegría, la vida eterna que vive en su descendencia y el tañir de las campanas que tocan a muerte o a vida. Los ojos miran al cielo, hacia el agujero del día. Se buscan con la mirada, se dice que viven en nuestros corazones y, en nuestros labios, nuestras manos, solo sentimos el mármol de una lápida fría.
Arriba, por el hueco del día, miles de almas nos miran.
M. Sender

 

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