Confesiones de una mujer sincera (Entrevista).

 

CONFESIONES EN LIBERTAD (Entrevista a una mujer sincera)

Marta, es una mujer como otra cualquiera. Que fue amada y amó, que se sintió poco deseada por su físico. Que temía mostrar su sexualidad, por el que dirán. Que tenía, tuvo y tendrá algún prejuicio. Aunque cada vez menos. Ésta es una parte de su vida.

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-¿Como le conociste?

-Fue en una fiesta con algunos amigos comunes. Me llamó la atención su educación y su trato, atento y complaciente. Era muy respetuoso y pronto se ganó mi corazón.

-¿A pesar de su condición de musulmán, de la diferencia de culturas, decidiste continuar la relación?

-Si, nunca me demostró ser diferente. Es verdad que tenía un cierto carácter posesivo. Pero no más que cualquier otro hombre.

-¿Que fue lo que te enganchó, para llegar a sentirte tan dependiente?

-El sexo. Con él era diferente. Me sentía desinhibida. Disfrutaba de su placer, y del mío, claro. Me hizo sentir sexualmente deseada. A él le gustaba que me miraran. Yo le decía que eso me excitaba. Que imaginara como sería con otro. Luego llegó mi viaje a Marruecos

-¿Llegó a compartirte con otros?

-Si .En Rabat. Antes de la ruptura.

-¿Que cosas te pedía?

-Ya en nuestro tercer encuentro, hice cosas que no me gustaba hacer con mi ex o nunca había hecho.

-Te imagino excitada todo el día, esperando complacerle.

-Fueron dos semanas de estar totalmente salida.

-¿Nunca lo habrías hecho con tu ex, por miedo a que diría? . Te hubieras sentido una puta y tu ex no lo comprendería. ¿Es eso?

-Es que no quería por no gustarme. Nunca me gustó hacer sexo oral.

-¿Con el chico árabe era distinto?

-Si.

-Lo entiendo.

-Me gustaba mucho hacérselo.

-Ahora, seguro que, a pesar de todo, lo echas de menos.

-Estudiaba sus reacciones, su cara, sus movimientos…

-El sexo es adictivo.

-Si, a veces, mucho, y si pasas de una edad ya te da igual.

-Para un hombre, al menos algunos, es imprescindible que la mujer disfrute .Yo no te obligaría a hacer algo que no quisieras, nunca.

-Él se pasaba por casa todas las veces que podía y los fines de semana. Y yo ansiaba verle.

-¿Le esperabas impaciente?

-Si. En lencería o desnuda. Sólo quería follar con él. Eran maratones de sexo los fines de semana.

-¿Te masturbas aún, pensando en aquellos días?

-Muchas veces. Tenía un pollón de más de 20 cm, ni muy gorda, ni muy delgada.

-Los árabes tienen fama de dotados…

-Los que conocí, por lo general, sí.

-Pero más que su polla lo que te excitaba era la situación, tu deseo, lo nuevo, el sentirte muy puta con él.

-¡Si! sin duda. Era un salvaje. Había mucha química.

-Lo entiendo. El morbo me fascina.

-Llegaba a casa .Y yo le esperaba abierta. Otras veces metía su mano entre mis piernas en un restaurante y me decía como me iba a follar. Eso, creo que excita a cualquiera.

-Puedo imagínarlo.

-Cuando empezamos a practicar anal me enganchó. Veíamos cine porno…Te imaginas ir al cine, pedirte que no te pongas nada debajo, … Solo eso te excita sobremanera.
Tuvo que volverse a Marruecos su padre murió

-Pobre, ¿le acompañaste?

-Ya estaba él allí. Fui en coche.Cerca de Rabat.

-Antes me dijiste que te compartío en Rabat, ¿Con quién?

-Con su mejor amigo de la infancia.
Pasamos dos días follando en su cuchitril. Estaba incómodo conmigo. Su familia no aprobaba nuestra relación. Nos desahogabamos en el sexo.

-Te diré una cosa, por eso de tus complejos que comentaste al principio, a los hombres el físico nos importa, pero no tanto, nos excita más una mujer decidida y morbosa, sin tabúes, cómplice y viciosa, en el buen sentido.

-Pues yo me arriesgué mucho viajando sola a Marruecos.

-Eres una mujer muy valiente. Supongo que él nunca se atrevió a imponer su criterio a su familia.

-Nunca, y empezó al tercer día a tratarme mal.

-¿Has tenido alguna relación después? ¿Con otros?

-Si muchas. Ese tercer día vino su amigo a cenar.

– Con esos otros, ¿tenías el mismo rol de sumisa?.

-No siempre.

-Cuéntame que pasó en esa cena.

-Puso porno en su portátil, fumamos hachís y me ordenó ponerme lencería.
Yo también quería sexo, la tensión y el mal rollo me hacía desearlo. Enseguida e vi magreada por los dos.Chupé sus penes.Y me follaron con doble penetración.

-¿No te pidió permiso?

-Me tomaron como quisieron.

-Te gustó supongo…

-Su amigo siguió, cuando Ahmed durmió.

-Tuviste un sentimiento encontrado.

-Supe lo que era estar con otro amante. Me excitó.

-Te sentiste tan zorra que te enganchó ¿Es eso?

-Si. No duró mucho. Al día siguiente tuvimos una fuerte discusión.

-¿Por tu culpa?

-Me dijo que me fuera. Me pegó.
Y cogí mis cosas y me fui.

-¿Te maltrató?

-Una bofetada. Suficiente. Cogí el coche y me fui.

-¿Nunca te había tocado, ni jugando?

-Jugando sí pero con otra intención. -A eso me refiero. Que sabes la diferencia entre consentimiento y maltrato.

-Cuandome empotraba duro, me azotaba y cogía del pelo pero eso era otra cosa.

-Si. Si fue así, hiciste bien en marcharte. A una mujer no se la toca.

-Cogí el coche y me encontré en una ciudad camino de Ceuta, una ciudad industrial, Mequinez. Estaba destrozada.

-Me imagino que no fue nada fácil tomar esa decisión.

-Dormí en un hotel cutre. Hundida. Me desperté y tuve que tocarme.Me sentía una puta.

-También lo suponía. Conozco esa sensación.

-Por la mañana fui al Zoco, hacia calor, quería llevarle algo a mi hermana de recuerdo.

-Es esa parte oscura de nosotros…

-Iba atontada, hundida.

-Deseando desahogarte. ¿Es así?

-Cuatro hombres me miraron desde una tienda. Entré sabiendo que no me convenía.Dos jóvenes y dos mayores.

-¿Te dejaste mirar?

-Hacía mucha calor. Sí.

-¿Te gustó?

-Si.

-¿Te sentiste deseada?

-Sí.

-¿En ese momento?

-Si.

-Eras diferente.

-No pude controlarlo.

-Lo entiendo, pero ahora decidías tu.

-Si. Era una fulana. Quería vengarme de Ahmed. Muchos pensamientos me asaltaban.

-Pero imaginaste a esos cuatro dispuestos…

-Iban a cerrar…

-Y te excitó, no la venganza, sino que eras tú quien tenía el control.

-Algo así, mi corazón latía fuerte, sabía del riesgo.Mequinez, un zoco cutre…Y mojada.
Uno hablaba español. Elegí un plato ornamental para mí hermana, mientras ellos hablaban de mí y reían. La adrenalina recorría mi cuerpo. Marruecos es un país peligroso para una mujer sola. El que hablaba español me hizo un gesto para que me acercara. Asentí con la cabeza y subimos a un cuchitril donde había un colchón en el suelo. Olía a cuero e incienso.
Me miraban como leones.
Me desnudé mientras observaban sentados en la alfombra.

-¿Y tú, como les mirabas a ellos?

-Como una puta.Deseaba tener sexo y de esa forma.

-Me gusta que tengas esas sensaciones sinceras.

-Se levantaron y me magrearon. Me hablaban en árabe. Sacaron condones, uno de los jóvenes llevaba, y yo también, en mi bolso.
Me lamieron y tocaron.

-¿Se los pudiste con la boca como una buena zorra?

-Ocho manos sobre mi cuerpo. A alguno sí. Se las chupé. Gemían y se turnaban para darme por detrás. El tiempo pasaba rápido. Me penetraban a dúo, se turnaban. Respetaban al hombre más mayor, muy velludo, era el dueño de la tienda. Me lo cabalgué hasta hacerle explotar con un gemido animal.
Uno de los jóvenes se ofreció a acompañarme al hotel. Todo acabó con buen rollo. Me hicieron varios regalos.

-No es para menos, … Es broma!..

-Subió conmigo y nos duchamos. Pasó la noche conmigo.
Al final no pasó nada, disfruté dando placer a cuatro hombres.

-Me alegro.

-El chico que me acompañó me hizo compañía. Pasé allí un día más.Fue toda una aventura para recordar.Me enseñó la ciudad y fuimos al hotel a follar. Buen empotrador.

-¿Que es lo que más te excitó de esa situación?.

-El que pudiera ser violada, el peligro y esa sensación de tener el control a través del sexo.

-¿Cuál sería tu fantasía ahora mismo?

-Repetir lo de Mequinez.

-¿No fue suficiente?

-No. Me masturbaría delante de ti recordándolo.

-¿Tienes pareja actualmente?

-Si, es camionero. Pasa mucho tiempo fuera. Somos liberales.
A mí me gusta exhibirme y a él que lo haga.

-¿Te comparte con otros hombres?

-A veces. Con otras parejas o algún joven que me guste. Disfruta dándome placer. No importa como.

-¿Tienes algún interés económico?

-No, en absoluto. Solo compartir el placer. Alguna vez han querido pagarnos, pero yo puedo ser muy “puta” en la cama, pero ni me compran, ni me vendo.
Por eso acepté contarte esta historia, puta es solo una palabra, el daño lo hace quien no sabe emplearla.

-Tienes toda la razón. Ha sido un placer…

Muchas mujeres son víctimas de la trata de blancas, otras son víctimas del machismo crónico de nuestra sociedad. Muchos hombres tienden a confundir la posesión con la propiedad, el sexo con el dinero, el placer con la humillación y a las mujeres con objetos destinados a su propio y único placer. Ninguno tiene derecho a convertir a una mujer en “puta”. Sólo ella es dueña de su cuerpo y de su mente, de su nombre y de su condición. Solo ella puede decidir que es “puta”.

Mario Sender

Explorando ese otro “mundo”.

Explorando ese otro mundo

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Era muy temprano y la luz se filtraba perezosa. Hacía calor, mucho, y le esperaba un duro trabajo. Tenía tres años y estaba en la plenitud de la vida, aunque echaba de menos aquellos bosques verdes, interminables, donde el agua siempre estaba disponible. A veces era un grave problema por las inundaciones que obligaba a todos a emigrar a zonas más altas y volver a reconstruir. En muchas ocasiones, a pesar de su tremenda fuerza, era un esfuerzo descomunal. Los nuevos miembros, aún en embrión, debían ser puestos a salvo en primer lugar. Eran el futuro de su especie; seres indefensos y dependientes de sus cuidadores.
En la oscuridad de su hogar, al abrigo de las inclemencias del tiempo, los más viejos, contaban cosas increíbles. Una de las historias que nunca olvidará fue la que le contó un día la reina:
Una larga tarde, cuando el sofocante calor empezaba a decaer, un mensajero de acercó a ella y le comunicó una terrible noticia. La cosecha acumulada en las diversas entradas había sido arrasada por algo que no era capaz de describir. La tierra temblaba y unas enormes cosas se precipitaban sobre trabajadores y trabajadoras que llevaban toda la jornada faenando. El espectáculo era dantesco; cientos de cadáveres, multitud de heridos y un desconcierto total. La reina desplegó a todo el ejército y ordenó a las obreras y obreros que ayudarán a poner a salvo a los más pequeños. El suceso ponía en peligro de extincióna todo su pueblo. Así que, sin tregua, con un orden admirable, los pequeños fueron llevados uno a uno a los búnkers de seguridad.
Aquellas dos cosas incomprensibles seguían cayendo una y otra vez sobre su pueblo indefenso. De vez en cuando, otras máquinas provistas de un arma desconocida, hacían desaparecer, como por arte de magia, muchos miembros heroicos que luchaban sin éxito contra lo que parecía el fin de su mundo. Ni su increíble fuerza, ni su gran número, causaban el más mínimo daño en esa cosa desconocida.
Cuando desaparecía y volvía a aparecer, su tamaño inimaginable cubría por completo el cielo y, los que encontrarán bajo ella estaban condenados a una muerte cruel e inevitable. Los más fuertes de los guerreros se dedicaban sin descanso a retirar las enormes rocas que amenazaban con aplastar a todos.
Dentro de su refugio, la reina y los pequeños se creían a salvo, pero entonces, algo desconocido comenzó a destruir todas las galerías como si fueran simples briznas de hierba. Muchos de ellos se sacrificaron formando una enorme barrera de cuerpos y rocas entremezclados que desviaron el enorme y flexible ariete que amenazaba con acabar con todos.
La reina no supo explicar el porqué,  pero igual que comenzó, la enorme y desconocida cosa desapareció y la calma volvió a su pueblo. Las víctimas y heridos se contaban por centenares, pero pronto, los pequeños tomarían el relevo. Habían conseguido salvarlos.
Al cabo de algunos días, un explorador regresó con noticias:
“He estado en otros poblados, al otro lado de la tierra conocida. Hay enormes muros insalvables, tan altos como árboles; es horrible, esas cosas desconocidas son muy comunes, hay miles de ellas y tienen máquinas infernales que rugen y exhalan un aliento tóxico sin parar. Me ha dicho una compañera, que a algunos de esos seres a los que llaman “niños”, les divierte destrozar nuestros hormigueros. Que son crueles y disfrutan haciendo sufrir a nuestra especie. Incluso disfrutan mutilando nuestras antenas y creando así la locura y el enfrentamiento entre nosotras.”
El niño tiró su junco y se alejó del hormiguero pataleando cuantas hormigas encontraba a su paso.
Dentro, en la cámara de la reina, reinaba la oscuridad y la eficacia. Cada uno de los miembros de la comunidad, sabía que tendría que hacer.

M. Sender

El chico “pequeño”.

“No temo al hombre que ha practicado 10.000 patadas, sino al que ha practicado una patada 10.000 veces”(Bruce Lee)

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Bruce Lee. Ese era su héroe de juventud, aunque antes lo había sido el Capitán Trueno. No tenía un físico comparable con aquellos héroes, pero confiaba en que con el tiempo crecería y sería fuerte, rápido y poderoso. Pero el tiempo le quitó esa ilusión. No pasó del 1,70 y su mejor virtud no era la fuerza.
Así que tomó como ejemplo a ese chino pequeño y flacucho. Leyó todo sobre artes marciales, sobre la filosofía de defensa, sobre como, nunca, debería emplearse en ataque contra nadie, excepto como legítima defensa y en último extremo. Lo curioso de él, es que no practicaba. Tan sólo estaba en su cabeza, memorizado, esperando que nunca tuviera que emplearlo. Él confiaba en sí mismo, en su capacidad para resolver esas situaciones embarazosas, con el único arma de sus palabras.
Su filosofía funcionaba. Hasta aquel día en el colegio. Algo hizo que perdiera su inquebrantable calma. Aquel amigo, que siempre se metía con él, aunque la verdad nunca fue demasiado, le retó. Mientras caminaban, le agarró por la muñeca y le subió el brazo por la espalda. Fue un segundo, pero le hizo daño. Fue la primera vez que se dió cuenta de su habilidad. Giró su muñeca y se liberó por la parte más débil, haciendo palanca contra su palma. Después fue sencillo: agarró su cabeza con la otra mano, sobre su nuca… Metió su pierna entre las de él y lo volteó. El chico cayó de espaldas contra el suelo y quedó sin respiración. Se asustó mucho y le ayudó a incorporarse. Siguieron caminando y su amistad duró muchos años, hasta convertirse en su compañero de juegos, de discoteca y de rivalidad por las chicas que, casi siempre, le gustaban a los dos. Los chicos “pequeños”, siempre son un objetivo para los matones de pandilla. Alguien que entienden que están al alcance de los más fuertes, para hacer una demostración de su supuesta superioridad. El admirador de Bruce Lee, lo sabía. Conocía como funciona el cerebro y como librarse de ellos sin necesidad de pelear. Utilizaba las palabras. Tan solo tuvo que hacer uso de la fuerza en otra ocasión. Esta vez no fue por una discusión, fue durante una de esas tonterías que hacen los hombres para demostrar su hombría. “El chino”, así le llamaban, inventó un jueguecito. Uno de los cuatro amigos, de unos 14/15 años, recibiría el beso de una de las chicas de la pandilla, si ganaba en un lucha, dónde solo valía inmovilizar, al “chino”, que no hace falta decir que era el más fuerte y grande de todos. Odiaba esas tonterías, esas demostraciones de testosterona, pero no pudo evitarlo. Cuando llegó su turno ya tenía claro que hacer. El “chino” era fuerte pero muy lento. No le dio ninguna opción. Se apartó cuando intentó agarrarle y se situó a su espalda. Agarrado por el cuello le derribó. Pasó sus piernas alrededor de su cintura y le mantuvo inmóvil, estrangulado hasta que se rindió.
Nunca más tuvo que emplear esas “habilidades” hasta que se fue a la mili. Su amigo de campaña, la verdad, desconocía todo sobre él. Como ese problema que tiene con el pelo: odia que le toquen el pelo. Y, mira que se lo había dicho. Aquel día fue un reflejo automático, fruto de su entrenamiento mental. Fue sentir los dedos sobre su pelo, por detrás, y el codo derecho impacto con fuerza sobre el estómago prominente de aquel chaval.
-Ya te lo dije… No he podido evitarlo…-se disculpó-.
La mayoría de las ocasiones, generalmente acompañado, siempre fue capaz de resolver esas situaciones de tensión (que no fueron pocas) que otros provocaban. No soportaba la violencia y le producía terror hacer daño a nadie.
Tantas noches oscuras, tantos lugares donde se palpaba el riesgo, y, nunca un solo suceso. Sus palabras eran suficientes para calmar ánimos y evitar que una simple discusión acabara con alguien herido.
Aquel chico “pequeño”, acabó por despertar tantas simpatías, que muchos de sus amigos estaban dispuestos a defenderle, en su juventud y posteriormente. Nunca usó esa influencia y, al contrario, les disuadió muchas veces de emplearla.
El miedo es fundamental. Forma parte del sistema de defensa de los seres vivos. Crea una alerta en los sentidos y, a veces, te salva la vida. Nunca hay que perder la calma. Siempre estar alerta, buscando la mejor solución a los problemas. Ejercer la violencia contra otros, nunca. Solo en casos extremos, cuando sea la última opción, para defenderse.
Aún ahora, después de tantos años, el chico “pequeño”, visualiza esos movimientos aprendidos mentalmente: el crujir de la tibia contra su pie, el respirar dificultoso tras el golpe en la tráquea o el grito de dolor de un brazo luxado…
“Dinamita”, su amigo, el gigante bueno, se lo dijo un día de charla y reproches hasta las tres de la mañana, con lágrimas en los ojos:
“Si hubiera sido otro el que me ha dicho estas cosas, le hubiera matado a hostias”
Las palabras, sirven también como armas… que desarman.
Algunas veces, a lo largo de su vida, aquel chico “pequeño”, se sintió como Bruce Lee o el Capitán Trueno. Ahora, de vez en cuando, una chica le besa, por sus palabras.
M. Sender

No, no hablan

No, no hablan como nosotros.

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No, no hablan como nosotros.
Cuando llegamos a casa, cuando salimos, cuando tardamos, cuando estamos tristes o alegres, cuando las cosas no salen como queremos, cuando el amor nos abandona, cuando llega; los días fríos del invierno, en los momentos de calor de un verano asfixiante; cuando gritamos con ira, en la desesperación, las tardes de sofá frente a la TV; a nuestro lado o al de sus “hermanos” pequeños; sus besos húmedos, sus ronroneos amorosos, sus “caricias” rasgando nuestra débil piel, su incondicional lealtad. Los que no reprochan, los que no se enfadan, los que siempre saludan. No, no hablan como nosotros. No lo hacen porque entonces serian iguales: egoístas, insensatos, malhumorados, insolidarios, iracundos, rencorosos… Serían humanos.
Ellos no hablan para no expresar un pensamiento común: pobres humanos, que infelices pueden ser a veces. Pero siempre puedes leer en sus ojos su agradecimiento. Sólo piden respeto, comida y agua. Tan solo que les dejes quererte.
Van pasando los años y su corta vida se apaga. Entonces recuerdas su barriguita rosada, su “peluche” suave, su cara redonda y sus ojos de felicidad correteando por la casa, arañando el sofá o subido en lo alto de cualquier mueble. Sus primeras marcas en tus manos, sus pequeños dientes como agujas y los mayores momentos de felicidad que un ser vivo, sin nada a cambio, puede compartir con otro.
Y te sientes triste, muy triste, porque cuando llegues a casa, a cualquier hora, nadie te va a recibir como éllos; sin preguntar nada, sin reproches, sin más que un movimiento de rabo, un ronroneo, un “te quiero”.
Y seguro que ese día que se van, no, no dirán nada. Sólo…gracias por darme un hogar.

(Dedicado a esos amigos y amigas que han perdido a sus compañeros sin habla).
M. Sender