El chico “pequeño”.

“No temo al hombre que ha practicado 10.000 patadas, sino al que ha practicado una patada 10.000 veces”(Bruce Lee)

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Bruce Lee. Ese era su héroe de juventud, aunque antes lo había sido el Capitán Trueno. No tenía un físico comparable con aquellos héroes, pero confiaba en que con el tiempo crecería y sería fuerte, rápido y poderoso. Pero el tiempo le quitó esa ilusión. No pasó del 1,70 y su mejor virtud no era la fuerza.
Así que tomó como ejemplo a ese chino pequeño y flacucho. Leyó todo sobre artes marciales, sobre la filosofía de defensa, sobre como, nunca, debería emplearse en ataque contra nadie, excepto como legítima defensa y en último extremo. Lo curioso de él, es que no practicaba. Tan sólo estaba en su cabeza, memorizado, esperando que nunca tuviera que emplearlo. Él confiaba en sí mismo, en su capacidad para resolver esas situaciones embarazosas, con el único arma de sus palabras.
Su filosofía funcionaba. Hasta aquel día en el colegio. Algo hizo que perdiera su inquebrantable calma. Aquel amigo, que siempre se metía con él, aunque la verdad nunca fue demasiado, le retó. Mientras caminaban, le agarró por la muñeca y le subió el brazo por la espalda. Fue un segundo, pero le hizo daño. Fue la primera vez que se dió cuenta de su habilidad. Giró su muñeca y se liberó por la parte más débil, haciendo palanca contra su palma. Después fue sencillo: agarró su cabeza con la otra mano, sobre su nuca… Metió su pierna entre las de él y lo volteó. El chico cayó de espaldas contra el suelo y quedó sin respiración. Se asustó mucho y le ayudó a incorporarse. Siguieron caminando y su amistad duró muchos años, hasta convertirse en su compañero de juegos, de discoteca y de rivalidad por las chicas que, casi siempre, le gustaban a los dos. Los chicos “pequeños”, siempre son un objetivo para los matones de pandilla. Alguien que entienden que están al alcance de los más fuertes, para hacer una demostración de su supuesta superioridad. El admirador de Bruce Lee, lo sabía. Conocía como funciona el cerebro y como librarse de ellos sin necesidad de pelear. Utilizaba las palabras. Tan solo tuvo que hacer uso de la fuerza en otra ocasión. Esta vez no fue por una discusión, fue durante una de esas tonterías que hacen los hombres para demostrar su hombría. “El chino”, así le llamaban, inventó un jueguecito. Uno de los cuatro amigos, de unos 14/15 años, recibiría el beso de una de las chicas de la pandilla, si ganaba en un lucha, dónde solo valía inmovilizar, al “chino”, que no hace falta decir que era el más fuerte y grande de todos. Odiaba esas tonterías, esas demostraciones de testosterona, pero no pudo evitarlo. Cuando llegó su turno ya tenía claro que hacer. El “chino” era fuerte pero muy lento. No le dio ninguna opción. Se apartó cuando intentó agarrarle y se situó a su espalda. Agarrado por el cuello le derribó. Pasó sus piernas alrededor de su cintura y le mantuvo inmóvil, estrangulado hasta que se rindió.
Nunca más tuvo que emplear esas “habilidades” hasta que se fue a la mili. Su amigo de campaña, la verdad, desconocía todo sobre él. Como ese problema que tiene con el pelo: odia que le toquen el pelo. Y, mira que se lo había dicho. Aquel día fue un reflejo automático, fruto de su entrenamiento mental. Fue sentir los dedos sobre su pelo, por detrás, y el codo derecho impacto con fuerza sobre el estómago prominente de aquel chaval.
-Ya te lo dije… No he podido evitarlo…-se disculpó-.
La mayoría de las ocasiones, generalmente acompañado, siempre fue capaz de resolver esas situaciones de tensión (que no fueron pocas) que otros provocaban. No soportaba la violencia y le producía terror hacer daño a nadie.
Tantas noches oscuras, tantos lugares donde se palpaba el riesgo, y, nunca un solo suceso. Sus palabras eran suficientes para calmar ánimos y evitar que una simple discusión acabara con alguien herido.
Aquel chico “pequeño”, acabó por despertar tantas simpatías, que muchos de sus amigos estaban dispuestos a defenderle, en su juventud y posteriormente. Nunca usó esa influencia y, al contrario, les disuadió muchas veces de emplearla.
El miedo es fundamental. Forma parte del sistema de defensa de los seres vivos. Crea una alerta en los sentidos y, a veces, te salva la vida. Nunca hay que perder la calma. Siempre estar alerta, buscando la mejor solución a los problemas. Ejercer la violencia contra otros, nunca. Solo en casos extremos, cuando sea la última opción, para defenderse.
Aún ahora, después de tantos años, el chico “pequeño”, visualiza esos movimientos aprendidos mentalmente: el crujir de la tibia contra su pie, el respirar dificultoso tras el golpe en la tráquea o el grito de dolor de un brazo luxado…
“Dinamita”, su amigo, el gigante bueno, se lo dijo un día de charla y reproches hasta las tres de la mañana, con lágrimas en los ojos:
“Si hubiera sido otro el que me ha dicho estas cosas, le hubiera matado a hostias”
Las palabras, sirven también como armas… que desarman.
Algunas veces, a lo largo de su vida, aquel chico “pequeño”, se sintió como Bruce Lee o el Capitán Trueno. Ahora, de vez en cuando, una chica le besa, por sus palabras.
M. Sender

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