Explorando ese otro “mundo”.

Explorando ese otro mundo

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Era muy temprano y la luz se filtraba perezosa. Hacía calor, mucho, y le esperaba un duro trabajo. Tenía tres años y estaba en la plenitud de la vida, aunque echaba de menos aquellos bosques verdes, interminables, donde el agua siempre estaba disponible. A veces era un grave problema por las inundaciones que obligaba a todos a emigrar a zonas más altas y volver a reconstruir. En muchas ocasiones, a pesar de su tremenda fuerza, era un esfuerzo descomunal. Los nuevos miembros, aún en embrión, debían ser puestos a salvo en primer lugar. Eran el futuro de su especie; seres indefensos y dependientes de sus cuidadores.
En la oscuridad de su hogar, al abrigo de las inclemencias del tiempo, los más viejos, contaban cosas increíbles. Una de las historias que nunca olvidará fue la que le contó un día la reina:
Una larga tarde, cuando el sofocante calor empezaba a decaer, un mensajero de acercó a ella y le comunicó una terrible noticia. La cosecha acumulada en las diversas entradas había sido arrasada por algo que no era capaz de describir. La tierra temblaba y unas enormes cosas se precipitaban sobre trabajadores y trabajadoras que llevaban toda la jornada faenando. El espectáculo era dantesco; cientos de cadáveres, multitud de heridos y un desconcierto total. La reina desplegó a todo el ejército y ordenó a las obreras y obreros que ayudarán a poner a salvo a los más pequeños. El suceso ponía en peligro de extincióna todo su pueblo. Así que, sin tregua, con un orden admirable, los pequeños fueron llevados uno a uno a los búnkers de seguridad.
Aquellas dos cosas incomprensibles seguían cayendo una y otra vez sobre su pueblo indefenso. De vez en cuando, otras máquinas provistas de un arma desconocida, hacían desaparecer, como por arte de magia, muchos miembros heroicos que luchaban sin éxito contra lo que parecía el fin de su mundo. Ni su increíble fuerza, ni su gran número, causaban el más mínimo daño en esa cosa desconocida.
Cuando desaparecía y volvía a aparecer, su tamaño inimaginable cubría por completo el cielo y, los que encontrarán bajo ella estaban condenados a una muerte cruel e inevitable. Los más fuertes de los guerreros se dedicaban sin descanso a retirar las enormes rocas que amenazaban con aplastar a todos.
Dentro de su refugio, la reina y los pequeños se creían a salvo, pero entonces, algo desconocido comenzó a destruir todas las galerías como si fueran simples briznas de hierba. Muchos de ellos se sacrificaron formando una enorme barrera de cuerpos y rocas entremezclados que desviaron el enorme y flexible ariete que amenazaba con acabar con todos.
La reina no supo explicar el porqué,  pero igual que comenzó, la enorme y desconocida cosa desapareció y la calma volvió a su pueblo. Las víctimas y heridos se contaban por centenares, pero pronto, los pequeños tomarían el relevo. Habían conseguido salvarlos.
Al cabo de algunos días, un explorador regresó con noticias:
“He estado en otros poblados, al otro lado de la tierra conocida. Hay enormes muros insalvables, tan altos como árboles; es horrible, esas cosas desconocidas son muy comunes, hay miles de ellas y tienen máquinas infernales que rugen y exhalan un aliento tóxico sin parar. Me ha dicho una compañera, que a algunos de esos seres a los que llaman “niños”, les divierte destrozar nuestros hormigueros. Que son crueles y disfrutan haciendo sufrir a nuestra especie. Incluso disfrutan mutilando nuestras antenas y creando así la locura y el enfrentamiento entre nosotras.”
El niño tiró su junco y se alejó del hormiguero pataleando cuantas hormigas encontraba a su paso.
Dentro, en la cámara de la reina, reinaba la oscuridad y la eficacia. Cada uno de los miembros de la comunidad, sabía que tendría que hacer.

M. Sender

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