EL MUSEO Y LA DAMA

EL MUSEO Y LA DAMA

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La Condesa de Haussonville, J.A.D. Ingres

Hay dos cosas que le atraían de los museos: las maravillas que cuelgan de sus paredes y observar como la gente las mira.
Cuando atravesaba esas puertas era como entrar en otro mundo. Imaginaba las manos del artista y sus ojos críticos hablando a los lienzos blancos. El olor de la trementina, los pigmentos, la luz de los ventanales de un estudio parisino y la soledad de los pinceles esperando acariciar de nuevo la tela. Le gustaba ir solo. Aunque casi nunca lo hacía, la compañía era accesoria. En el museo reina la paz, se respira el silencio de la voz interior. Él podía escuchar esas voces. A veces se sentaba en uno de los bancos de piedra de la galería principal y observaba como la gente pasaba delante y detrás de él. Otras, fijaba sus ojos en un punto de alguna obra, recorriendo el mundo enmarcado, mientras escuchaba a cualquier pareja sentada a su lado. Después de tantos años sumido en la monotonía, de esfuerzo inútil, le parecía que estaba perdiendo el tiempo, que algo faltaba en su vida. Aunque ni tan siquiera él sabía qué.
Quizá le gustaban demasiadas cosas, quizá era un indeciso, un inconformista. Le atenazaba esa sensación de ansiedad, que no podía identificar.
Aquel día estaba absorto contemplando la exposición de Ingres. Hechizado por la belleza de la Condesa de Haussonville, hipnotizado por esa mirada de amante secreta; la blancura de su piel y el inimitable tono azul de su vestido pomposo. Admiraba la maestría con la que estaba tratada la tela de raso, sus pliegues perfectos, el detalle de sus joyas y sobre todo sus ojos. Su mirada mágica. Nunca podría imitar a los grandes maestros, nunca. Pensó en Ingres contemplando esa belleza, acariciando la tela, colocando ese gesto y pidiendo a la condesa que le mirara como solo ella sabía. Como lo haría en sus encuentros secretos delante de su amante, antes de que sus labios y sus dedos se perdieran en el océano blanco y cálido de sus pechos. Por algo la condesa no era una dama cualquiera: liberal, artista, independiente y amante de la literatura y la música. Sin duda una belleza y actitud muy rara para su época.
Un olor a perfume le sacó de su aturdimiento. Delante de él, una mujer de pelo negro y corto, contemplaba la misma pintura. Era menuda, ya en la madurez, con una bonita nuca enmarcada por su blusa amplia y de fina tela. Estaba a tan solo unos pocos centímetros, casi podía sentir su respiración. Volvió a mirar a la Condesa mientras inspiraba ese perfume único e inconfundible. El precioso cuello reflejado en el espejo de la pintura lo tenía ante sus ojos. Se acercó un poco más, hasta rozar sus pantalones ajustados y sentir el roce de su cabello en la cara y poder admirar la nuca de la dama. Por un momento la respiración se hizo una y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Acercó el dorso de su mano a los azules de su blusa y se dejó mirar por los ojos de la Condesa, que parecían decirle…bésame.
La mujer giró levemente la cabeza esbozando una sonrisa y comenzó a caminar, no sin antes mirarle con unos ojos que no olvidaría nunca.
Aquella tarde, la Condesa, no dejó de mirar a los dos amantes. Con gusto hubiera cambiado su vestido de raso por esa blusa azul, sus ojos por los de la dama, su suave y blanca piel por la seda de sus muslos y su riqueza por la pasión y el amor de una discreta habitación de hotel.
El hombre aturdido, se sentó en el banco del parque, acercó la tela de su camisa y la olió. No había duda, era su perfume, era real. Era su dama del museo. Ya nada volvería a ser igual. Siempre le acompañaría la ansiedad… Pero ahora sabía que era.

Mario Sender

Dedicado a mi amigo Carlos Mata y a los amantes del arte.

 

 

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