Efecto MUÉRDAGO

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EL EFECTO MUÉRDAGO
Manyn conducía otra vez con esa extraña sensación. La lucha interna que tantas veces le había invadido. Las líneas se sucedían intermitentes frente a sus ojos, mientras sus manos se mantenían fijas en el volante. Era sencillo, tan solo tenía que dar media vuelta.
Todo empezó esa tarde atípica, de un día atípico. Se levantó, se duchó y se vistió, también, de una forma poco usual para su trabajo habitual. Así que el comienzo, no pudo ser más premonitorio.
Manyn acabó su jornada antes de tiempo, tuvo esos sentimientos, antes de tiempo y también sintió ese especial cosquilleo… demasiado tiempo. Hacía años que padecía el efecto MUÉRDAGO. Y, aquél día, aquella tarde, le invadió.
Empezó a media tarde, con un par de miradas de soslayo, dos entradas por la puerta de cristal, dos sonrisas inocentes y su voz: “soy yo… ” El efecto MUÉRDAGO le envenenó los labios con su mirada de chocolate. Fue tan sólo la primera vez… antes de que su mano agitara aquel vidrio de contenido espumoso envenenado con los labios de la tentación… fue como si le atara con el deseo de la pasión. Pero, como otras veces, un poco más tarde, la ilusión desapareció.
Y, entonces, aún atrapado en el otro lado, se dejó llevar por esa mano que le guía por ese espacio vacío, inconfesable, que libera su otro yo.

Estaba sentada, escondida en la penumbra, invisible, esperando… ¿a que alguien la encontrará?. Una sencilla presentación, dos palabras, nada más. Ni tan siquiera se fijó en ella…

Media hora después, estaba sentado a su lado, sin saber cómo ni por qué. Y, otra vez, aquella sensación especial, dos veces en una sola tarde. Rubia como la cerveza, picante como un jalapeño, sutil como un beso de hermanos y segura como el Everest. Sandy desplegó las faldas de su montaña, lanzó las cuerdas de escalada, apartó las nubes y, en un gesto de soledad, le enseñó la ruta de sus labios. Faltaba muy poco para llegar a la cumbre. Sandy estaba dispuesta a dejar que Manyn lo intentará, incluso lo deseaba. Manyn solo debía hacer el último esfuerzo: solo tenía que girar las manos del volante, volver, recogerla en sus brazos y besarla.
Mientras conducía, recordó un detalle, que quizá sólo fuera su imaginación: en el dedo de su mano izquierda, Sandy, llevaba un anillo… con semillas de muérdago. Las manos en el volante no se movieron. Su mente envenenada no dejaba de enviar esas señales que le embriagan: belleza, rareza, deseo, tentación….
Luego pensó en ella. La única que consiguió vencer el EFECTO MUÉRDAGO.
Las puertas del garaje se abrieron como dos alas, solo, Manyn apagó la luz.

Mario Sender

 

 

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