La serpiente de metal

My picture 320e7fdf-1c9d-42e3-bac3-5186c6a2f8ed

LA SERPIENTE DE METAL
Al fondo, el oscuro túnel se traga y vomita serpientes con su vientre hinchado. Mientras esperas imaginas. Hasta que un rugido se acerca y se detiene junto a ti, para abrir su panza y mezclar tu ser con esa amalgama de “comida” inclasificable. A mi lado, esperando ser devorado, un hombre habla en árabe. Lleva dos mochilas, una en la mano y la otra a la espalda. Son abultadas y su piel cetrina le delata. Podría ser un simple trabajador en cualquier obra en construcción, el dueño de algún locutorio o uno de esos terroristas que siembran el pánico y la confusión. Podría ser cualquier cosa, incluso nadie.
Muy cerca, una madre cobija a sus tres hijas, de distintas edades. La madre tiene el pelo rizado, las dos más pequeñas también, solo la mayor luce su melena lisa y rubia como el trigo. Destila adolescencia y a pesar del frío, su corto jersey deja al descubierto un pequeño orgullo: su piercing umbilical.
Dos asientos más allá, un sacerdote hojea un libro, quizá de salmos, a la vez que consulta otro, abierto por una página: Carta I de San Juan. Enfrente la rubia adolescente se hace “la mayor”.
El sacerdote parece estar en “una nube”, su nube. Lleva una sotana larga, pelo corto y gafas. Sus manos regordetas toman notas en latín. Ni tan siquiera ha levantado la vista desde que me senté. También lleva un abultado bolso de viaje, pero ni su aspecto, ni su silencio y menos el latín, despiertan ninguna sospecha, ni invitan a tomar ninguna precaución.
La rubia adolescente deja claro que es la mayor, incluso no le importa que su habitación sea morada. La pequeña insiste: “somos mayoría”… no tiene que ser lo que tú dices”…”tú no tienes voto para hablar -réplica la rubia-. El diálogo intergeneracional, termina por acentuar la rebeldía de la pequeña, callada en última instancia por su madre, de forma radical, para evitar tener que argumentar contra la evidencia: los pequeños nunca tienen razón, pues su mente aún no ha sido debidamente “educada”. Nuevos Ministerios. El vagón vomita para continuar su marcha. La pequeña intenta enternecer a su adolescente hermana, sentándose en sus rodillas. La hermana intermedia, pena observando por la ventanilla el sin fin de líneas que recorren la piel del túnel. Esta en otro mundo, ni es pequeña, ni tampoco lo suficientemente mayor. Está en tierra de nadie. Sol. Ya no hay sacerdote, ni la familia femenina.
En el pasillo, tres orientales abrazan sus maletas; están muy juntos, como con miedo a perderse. He vuelto junto al hombre árabe. Está solo, con sus mochilas negra y roja, entre las piernas. Atocha: las mochilas negra y roja, salen por la puerta, se quedan los orientales cargados de maletas, con sus ojos extraviados y las manos crispadas sobre sus equipajes. Atocha es una estación fría, cercanías es gélida, se agradece el tumulto de gente esperando a la gran serpiente. Paseo a lo largo del andén para mitigar el frío. Las voces en varios idiomas se mezclan con la megafonía. Pienso en mi infancia, intento recordar la primera vez que escuché otro idioma, pero no lo recuerdo. Sin embargo, la memoria me dibuja un viejo álbum: las razas humanas. Me encantaba. Era como viajar a un mundo diferente. Ese mundo que ahora me acompaña. La panza que traga está llena de raza negra, caucásica, amarillos y aceitunados. Me da un poco de pena, a mi me gustaban de otra manera: con sus coloridos vestidos, sus pinturas de gala, su sonrisa de felicidad y sus hábitats humildes “incivilizados”. Tengo la sensación de que algo se perdió por el camino. Tengo mis dudas de si alguna vez tuvieron envidia de lo que nosotros llamamos civilización occidental. Quizá cometimos un error, ¿les “infectamos” de prosperidad…o les arruinamos la vida?. Miro al fondo del vagón donde dos hombres altos, de raza negra, sujetan sus manos a la barra. Uno lleva guantes de lana, quizá los mismos que uso para saltar la valla y que ahora ocultan las heridas de las concertinas. El otro es elegante, bien vestido, las manos cuidadas, los zapatos limpios… No se distinguiría de cualquiera. Pero es negro. Esto me hace reflexionar sobre esta idiotez: ¿es diferente un blancuzco sueco de un moreno andaluz?, y la respuesta es si y no. Son diferentes porque uno es sueco y el otro español… pero no por el color.
Vicálvaro. Tengo hambre. El tren me acerca para realizar un acto, no al alcance de todos: comer.
La serpiente de acero me vomita al gélido día… en TV escucho una inquietante noticia: “… Aumenta el negocio del alquiler de balcones, en Madrid, …”. No puedo dejar de sentir tristeza e impotencia. ¿De verdad tenemos derechos? ¿Se puede vivir en un balcón?

Mario Sender

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s