Romance de Delgadina

Este romance está recogido de la versión oral de Pilar Tejeda Martín, abuela del autor del estudio, Luis Miguel Gómez. Según cuenta, Pilar la escuchó por primera vez en Vega de Santa María (Ávila).

Garridohttp://www.culturaspopulares.org/textos4/articulos/gomezgarrido.pdf

Tiempo ha, que por la nuestra comarca, La Moraña verde y llana, entre caminos de arrieros y pinares piñoneros, mendicantes y ciegos copleros, vendían, de sus labios, romances dichos o en pliegos.

Romance de Delgadina

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Un padre tenía tres hijas
más hermosas que la playa,
y la más chiquirritita
Delgadina se llamaba.
Un día, estando en el campo,
su padre la remiraba:
–¿Por qué me remiras, padre,
y tan atento en la cara?
–Te remiro, Delgadina,
porque has de ser mi enamorada.
–No lo querrá Dios del cielo,
ni la Virgen Soberana.
–¡Andad, todos mis criados,
a Delgadina a encerrarla,
en un cuarto muy oscuro
que no tenga ni ventanas!
Y no dadla de comer
más que sardinas saladas,
y no dadla de beber
más que zumo de retama.
A eso de los ocho días,
Dios la abre una ventana;
desde allí ve a su madre,
que está barriendo la casa:

–¡Por Dios, madrecita mía!,
¡Por Dios, un vaso de agua!,
Que el corazón me lo pide,
y la vida se me acaba.

–Te lo daría, Delgadina,                        pero de muy buena gana;                    pero si padre se entera,                              la cabeza nos cortara:                                 a ti, porque lo bebías,                                  y a mí, porque te lo daba.

Ya se mete Delgadina,
tan triste y desconsolada.
A eso de los quince días,
Dios la abre otra ventana.
Desde allí ve a su hermana,
que está fregando la casa:

–¡Por Dios, hermanita mía!,
¡Por Dios, dame un vaso de agua!,
que el corazón me lo pide,
y la vida se me acaba.

–Te lo daría, Delgadina,
pero de muy buena gana;
pero si padre se entera,
la cabeza nos cortara:
a ti, porque lo bebías,
y a mí, porque te lo daba.

Ya se mete Delgadina,
muy triste y desconsolada.
A eso de un mes,
Dios la abre otra ventana;
desde allí ve a su padre,
paseando por la playa:

–¡Por Dios, padrecito mío!,
¡Por Dios, un vaso de agua!,
Que el corazón me lo pide,
y la vida se me acaba.

–Te lo daré, Delgadina,
si eres mi enamorada.

Ya se mete Delgadina,
muy triste y desconsolada.
Y a eso de un mes y medio,
ya doblaban las campanas.
Se preguntaba la gente:

–¿Por quién doblan las campanas?

–Doblan por Delgadina,
que ha muerto desconsolada.

Y debajo de Delgadina
hay una fuente que mana;
y la Virgen la está guardando
con su manto de plata.
–Padre, por ser mi padre,
por Dios, una jarra de agua,
que el alma tengo en un hilo
y el corazón se me arranca,
y de aquí en adelante
he de hacer lo que usted manda.
–Alto, alto, los mis pajes,
a Delgadina a dar agua.
Unos por las escaleras
y otros por las ventanas,
unos con jarras de oro
y otros con jarras de plata.

Un padre tenía tres hijas
más hermosas que la plata,
y estando un día en la mesa,
se enamoró de Lisarda

Este es un homenaje a los que recogen los recuerdos y los guardan con celo. A nuestros ancestros, que boca a boca, por no tener ni tinta ni pluma, ni alfabeto ni in/cultura, muchos días, a la luz de la lumbre iluminaron nuestros ojos, nos abrieron la boca y nos hicieron amar las palabras. A aquellos que recorrieron los pueblos de La Montaña, y que, en cada plaza, al menos una vez en su vida, cantaron romances, trovaron versos, cuentos y fantasías, para alegrar las duras jornadas de tantas abnegadas y humildes gentes.

M. Sender

 

La viuda de La Moraña

Y de cómo llegó la familia Yepes a Fontiveros…

Fontiveros_convento_Carmelitas_calzadasAl parecer vivía en Fontiveros una mujer conocida como la viuda de La Moraña, dueña de un pequeño taller de tejer. Según figura en los libros de contaduría de don Hernando, cumplidora con sus pagos y que contaba con el aprecio de la familia Yepes, que como sabemos se dedicaba al negocio de los paños.

Un domingo de verano, se encontraba Gonzalo en Fontiveros, camino de Arévalo, para arreglar algunos asuntos del negocio con la viuda de la Moraña, cuando entró a una pequeña iglesia de un convento de Carmelitas, aprovechando la fresca de la mañana. Al lado de un ventanal, una bella joven sentada a su lado, le sonrió a modo de saludo. Gonzalo, prendado a primera vista, con el respeto hacia el piadoso lugar, no podía dejar de mirarla de reojo. La joven vestía una mantilla que enmarcaba su rostro y seguía el oficio con devoción. Acabada la misa, la muchacha salió apresuradamente, no sin antes hacer un gesto de saludo a Gonzalo, que, a duras penas, contuvo su deseo de salir corriendo tras ella. No dudó Gonzalo en hacer coincidir su próximo viaje a Fontiveros, en domingo y a la misma hora. Y acertó: allí estaba la misteriosa joven, junto al mismo ventanal. Iluminado por un sentimiento al que no podía dar explicación, decidió quedarse el lunes y preguntar a la viuda por la joven que había atravesado su corazón. Sin duda, la viuda, que conocía a todos los habitantes de nuestro pueblo, le daría razón. Al día siguiente, Gonzalo, se llevaría una grata sorpresa.

Nada más entrar al pequeño telar de la viuda, se encontró de espaldas con la mujer que le traía a mal traer. Ella se volvió para ver quién entraba y le dirigió la misma sonrisa que le dedicó en la iglesia la primera vez. No entendía cómo no se había dado cuenta antes de tanta belleza y lo achacó a la vestimenta: su pelo recogido por una pañoleta y la bata de trabajo, como tejedora.

Catalina Álvarez, que así se llamaba la joven, era natural de Toledo, huérfana de padre y madre, recogida bajo su protección por la viuda, amiga de sus difuntos padres. Gonzalo no dejo domingo de guardar sin ir a misa, dónde la joven le esperaba a la puerta de la iglesia. Juntos caminaban hacia el telar de la viuda, la cual, sabiendo que el joven Yepes era el favorito de don Hernando Aguilera, destinado a casarse con una de sus hijas, no sospechaba de las intenciones de Gonzalo. Así, durante un tiempo, la viuda le habló de las virtudes de Catalina, incendiando, sin saberlo, cada vez más, su corazón.

El joven Gonzalo, recorrió la distancia que separa Medina de Fontiveros, en una nube, en un sin vivir, por encontrarse con Catalina. Hasta que un día la viuda, sospechando que el propósito del joven, era tan sólo un amorío destinado al placer carnal, le hizo saber que Catalina no merecía eso, aunque comprendía que un comerciante de buena familia intentará atraer a una pobre huérfana. Ante la actitud de ofendido de Gonzalo, la viuda le preguntó: “¿No estaréis pensando en desposarla?”. La afirmación del joven irritó a la viuda que temió ofender a la familia y perder a uno de sus principales proveedores del género necesario para su taller. Así que, tajante, le ordenó al joven Yepes, que no volviera por allí, nunca más.

Cuando le advirtió a Catalina de sus ilusas esperanzas, del compromiso de Gonzalo de Yepes con la hija de don Hernando, la respuesta de la joven fue tajante: “tía, Gonzalo no tiene compromiso, aún ni tan siquiera don Hernando se lo ha propuesto. Yo le amo desde el primer día que le vi entrar, aunque él no se fijara en mi. Observaba cada uno de sus gestos, su agraciada palabra, sus maneras. Con disimulo, pues nunca pensé que se fijara en mi. Mientras arreglaba cuentas con usted, yo no perdía detalle de su visita.” El asombro de la viuda le dejó sin habla ni argumentos.

Así fue como el futuro padre de San Juan de la Cruz, recabó en Fontiveros.

Las fuentes de este pequeño relato han sido: Los amores de San Juan de la Cruz, de José Luis Olaizola. Interesantísimo y ameno libro, que cuenta la historia con todo detalle.

Mario Sender

 

USB 4.0

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Pronto amanecerá -pensó -. Como cada día, se metió en la ducha y dejó que el agua cayera sobre su espalda. Luego se enjabonó el pelo con los ojos cerrados, para evitar que se irritaran. Después de secarse volvió a mirar por la ventana. Seguía oscuro.

Siempre tenía un ritual para el desayuno: café caliente, dos click de su microondas, una nube de leche fría, tostada con tomate, aceite y sal. Mientras daba pequeños sorbos a su taza de café, volvió a asomarse a la ventana. Seguía oscuro, demasiado oscuro para la hora que era. Sus ojos observaron el reloj colgado en la pared. Las 10:00. Su perro le miraba fijamente, sentado al lado de la silla. Siempre lo hacía. Sabía que los domingos era su amo quien le sacaba de paseo.
Sam le puso su collar, se colocó la zamarra y atravesaron la puerta en dirección al parque. Como siempre, soltó la correa esperando que Rusty saliera disparado a inspeccionar sus lugares habituales. Entonces se dió cuenta. No solo faltaba la luz, tampoco estaban el parque, las aceras, los coches, los pájaros, ni el viento en la cara. Silbo a Rusty, golpeó el bolso donde llevaba su pelota, pero no acudió. De hecho ni tan siquiera escuchó su propio silbido. Intentó volver sobre sus pasos, pero sus pies parecían clavados al suelo. A duras penas consiguió sacar el teléfono móvil del bolsillo. La batería estaba a punto de agotarse, eso lo explicaba todo.
Casi no pudo desabrochar el botón de su camisa. Le temblaban los dedos, pero ¡Por fin!, el cable encajó perfectamente en el USB4.0 de su pecho y recobró la vida.
Rusty seguía a su lado moviendo el rabo, esperando que le lanzara la pelota.
M. Sender

El lenguaje de la tierra.

El lenguaje de la tierra.

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Sonaba la obertura de la Caballería Ligera, de Von Suppe, inundando el auditorio y pensaba yo: Seguramente el origen de la música, ese lenguaje universal, naciera por el deseo de los seres humanos de conectar con eso que Einstein y otros grandes científicos dicen que tienen las ecuaciones perfectas: la belleza. Y para crear esas melodías que nos hacen comulgar con lo más profundo del yo, se necesita talento.
En la oscuridad de las cavernas, nuestras primeras casas, en un mundo silencioso y virgen, aquellos primeros seres debían tener un oído más desarrollado. Escucharían el rumor del viento agitando las hojas, el silbido del aire entre las rocas, el crujir del rayo y el trueno tormentoso. También el aullar del lobo, el canto de las aves y el susurro de las olas. Sonidos que, en algunos momentos, traerían alegrías y en otros, terribles desgracias. Nunca solemos pensarlo, pero nuestro planeta habla, toca instrumentos, hace música, nos susurra y llena nuestra mente de belleza. Sin embargo no escuchamos. Hacemos demasiado ruido, no estamos alerta. Hemos perdido oído.
No tenemos en cuenta que todo lo que hemos aprendido, nos lo ha enseñado la naturaleza; la tierra, nuestro planeta. Somos y formamos parte de él.
Cuando conseguimos dominar el fuego, la luz iluminó las cavernas e hizo que el tiempo se alargara. Ya no estábamos sujetos al ciclo solar de luz y oscuridad. Aquellos ancestros empezaron a escuchar despiertos. Al calor de las hogueras, disfrutaron del crepitar de las llamas, de la música de las tormentas, del aullido de las fieras, del ulular del aire, y de sus guturales palabras de satisfacción. Comenzaba una nueva era.
Imagino un día de rayos y truenos; uno de ellos golpeó un par de huesos, otro chocó las palmas de sus manos y los demás emitieron sonidos cortos, de incontenible alegría. Aquella fue la noche de los tiempos en los que apareció, por primera vez, la música. Pasaron siglos y siglos, aprendimos a fabricar flautas, rudimentarios tambores, las primeras “guitarras” de tendones salvajes y a usar el más versátil de los instrumentos: nuestra voz. Así comenzó a surgir esa sucesión de sonidos acompasados que hoy llamamos música . Quizá sucedió antes que el lenguaje. Antes de
descubrir la siembra, la domesticación de algunos animales, como cocinar los alimentos y a disfrutar de lo único que no era sobrevivir, que no era trabajo, que no daba miedo: música.
Y tras una partida de caza de fructuoso resultado, una cosecha espléndida o una comida en comunidad, empezaron a resonar los tambores de piel, las flautas de caña y las gargantas satisfechas.
Muchas veces, sentado en un acantilado, cierro los ojos y siento esos momentos. Siento como las olas rompen cadenciosas contra las rocas, como el agua canta libre, como el viento acompaña, en perfecta armonía, las gotas de agua salpicada.
La música ha cambiado, por que el mundo es diferente. La hemos encerrado, enlatado, radiado, televisado, manipulado y usado para fines tan antagónicos como la guerra y la paz, la pena y la alegría, el amor o el odio, para sufrir con su recuerdo o disfrutar añorando tiempos de felicidad.
La música es uno de los mensajeros, que nos traen felicidad. La que los seres humanos han creado es magnífica, fantástica, sin igual… Pero, escuchar a la naturaleza…la cascada de un río, el crujir de las hojas de otoño, el viento silbando caricias, …es inigualable.
La Caballería Ligera seguía resonando en mi cabeza, mientras sentado a tu lado, imaginé esa cueva escondida tras la cascada, dónde sobre un montón de pieles, la luz de las brasas, dibujaba tu cuerpo.
Leí hace tiempo, en los Upanishads, que “si tienes el instrumento, serás dueño de su sonido” . Búscalo.

M. Sender

Los ojos de la luna.

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¿AMANTES?
Dice la tradición, que una amante es un privilegio de clases opulentas o poderosas (ricos, nobles, Reyes, Papas, etc). Mujeres jóvenes que solían ser mantenidas y cuyo placer era exclusivo del “poderoso” a cambio de un bienestar social y económico difícilmente alcanzable de otra manera.
Esta es la carta de una de ellas, en agradecimiento a su amante de toda la vida:
“Mi querido amante:
Aún recuerdo aquella primera vez. Mis dudas sobre tu aspecto, lo intrigante de cuál sería tu actitud al verme, frente a frente, tus ojos buscando entre la gente y mi sorpresa al encontrar a un hombre joven escondido entre la edad y la experiencia. Siento al escribir, como mi corazón se acelera, mi pulso se vuelve tembloroso y aquellos minutos de miedo.
Ya sabes mi amor, que mi imaginación no se corresponde con las palabras que tanto te excitan, que quiero darte y sentir lo que nunca fue con otros, y, eso, podría ser frustrante. Todo desapareció en aquella habitación fucsia, bajo tus expertas manos, iluminado por tus ojos, mi cuerpo tembló, mi garganta gimió y, frente la espejo, me sentí la mujer más deseada y guapa del mundo. Si viviéramos en otro siglo, si tú fueras un poderoso caballero, me dejaría encerrar en una torre de marfil y ser tu “mantenida”. No necesito cosas materiales, ni comer, ni beber, ni lujos, ni joyas, ni oropeles. Sólo ser tu tesoro. Vivir entre tus brazos, escuchar mi nombre, alimentarme de tu deseo, beber el placer de sentirte dentro de mi, entre mis piernas o, cada minuto, soñar tus recuerdos. Amor mío, no necesito nada más que saber que me quieres, no te necesito cada día, imposible sería, pero si saber que nunca me olvidas. Y, lo sé.
Siempre tuya, Leo. ”

Emocionado, Maurice, le responde:

“Mi preciosa amante:
Nunca imaginé que las palabras y el deseo fueran capaces de crear algo como tú. ¿Te acuerdas cuando te dije que, cuando nos encontráramos, sería la tormenta perfecta?. Te vi aparecer, brillante como un relámpago en la noche oscura, que impactó en mi corazón sin matarme. Aquel día no fue cualquiera. Una corriente eléctrica entró por los dedos de mi mano y continúa recorriendo mi cuerpo en un bucle infinito. A veces excita mis pies, otras mueve mis manos en tu busca, muchas, mis ojos te imaginan en cualquier lugar. No fue la tormenta perfecta por que hay que aprender a tocar las olas. Un día, mi barca aprendió a navegar entre las curvas de tu cuerpo, a tensar las velas de tu deseo, a soportar la calma chicha, ausentes tus suspiros…y así poco a poco, mi preciosa amante, a falta de bienes materiales, encendí una hoguera. Lo peor es entender que el fuego es lento, pero que, cuando la temperatura alcanza su cenit, nada es capaz de pararlo. Es cuestión de mantener las brasas, que el calor sea el suficiente, que el fuego no se apague.
Desde entonces, desde aquella primera vez, he acumulado una montaña enorme de leños caliente, de troncos grandes y pequeños, que pacientes, esperan alimentar tu fuego. Busco, entre todos, ése que, entre el fuego de tu cuerpo, jamás se consuma, brasas calientes como tu lengua, llamas que incendien mis ojos, cenizas incombustibles que formen un lecho de cielo o infierno.
Nada hay que pueda regalarte, nada tan valioso, como dejarme decir: te quiero. Contigo soy Rey, Poderoso, Opulento por tenerte, pecador como el más célibe de los Papas, rico por tu tesoro…”

Las dos misivas fueron encontradas en la espina de una rosa, en un jardín cualquiera, de un pueblo imaginario. Al parecer, su autor, pasó decenas de años, escondido en los ojos de la luna.
Mario Sender