Los ojos de la luna.

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¿AMANTES?
Dice la tradición, que una amante es un privilegio de clases opulentas o poderosas (ricos, nobles, Reyes, Papas, etc). Mujeres jóvenes que solían ser mantenidas y cuyo placer era exclusivo del “poderoso” a cambio de un bienestar social y económico difícilmente alcanzable de otra manera.
Esta es la carta de una de ellas, en agradecimiento a su amante de toda la vida:
“Mi querido amante:
Aún recuerdo aquella primera vez. Mis dudas sobre tu aspecto, lo intrigante de cuál sería tu actitud al verme, frente a frente, tus ojos buscando entre la gente y mi sorpresa al encontrar a un hombre joven escondido entre la edad y la experiencia. Siento al escribir, como mi corazón se acelera, mi pulso se vuelve tembloroso y aquellos minutos de miedo.
Ya sabes mi amor, que mi imaginación no se corresponde con las palabras que tanto te excitan, que quiero darte y sentir lo que nunca fue con otros, y, eso, podría ser frustrante. Todo desapareció en aquella habitación fucsia, bajo tus expertas manos, iluminado por tus ojos, mi cuerpo tembló, mi garganta gimió y, frente la espejo, me sentí la mujer más deseada y guapa del mundo. Si viviéramos en otro siglo, si tú fueras un poderoso caballero, me dejaría encerrar en una torre de marfil y ser tu “mantenida”. No necesito cosas materiales, ni comer, ni beber, ni lujos, ni joyas, ni oropeles. Sólo ser tu tesoro. Vivir entre tus brazos, escuchar mi nombre, alimentarme de tu deseo, beber el placer de sentirte dentro de mi, entre mis piernas o, cada minuto, soñar tus recuerdos. Amor mío, no necesito nada más que saber que me quieres, no te necesito cada día, imposible sería, pero si saber que nunca me olvidas. Y, lo sé.
Siempre tuya, Leo. ”

Emocionado, Maurice, le responde:

“Mi preciosa amante:
Nunca imaginé que las palabras y el deseo fueran capaces de crear algo como tú. ¿Te acuerdas cuando te dije que, cuando nos encontráramos, sería la tormenta perfecta?. Te vi aparecer, brillante como un relámpago en la noche oscura, que impactó en mi corazón sin matarme. Aquel día no fue cualquiera. Una corriente eléctrica entró por los dedos de mi mano y continúa recorriendo mi cuerpo en un bucle infinito. A veces excita mis pies, otras mueve mis manos en tu busca, muchas, mis ojos te imaginan en cualquier lugar. No fue la tormenta perfecta por que hay que aprender a tocar las olas. Un día, mi barca aprendió a navegar entre las curvas de tu cuerpo, a tensar las velas de tu deseo, a soportar la calma chicha, ausentes tus suspiros…y así poco a poco, mi preciosa amante, a falta de bienes materiales, encendí una hoguera. Lo peor es entender que el fuego es lento, pero que, cuando la temperatura alcanza su cenit, nada es capaz de pararlo. Es cuestión de mantener las brasas, que el calor sea el suficiente, que el fuego no se apague.
Desde entonces, desde aquella primera vez, he acumulado una montaña enorme de leños caliente, de troncos grandes y pequeños, que pacientes, esperan alimentar tu fuego. Busco, entre todos, ése que, entre el fuego de tu cuerpo, jamás se consuma, brasas calientes como tu lengua, llamas que incendien mis ojos, cenizas incombustibles que formen un lecho de cielo o infierno.
Nada hay que pueda regalarte, nada tan valioso, como dejarme decir: te quiero. Contigo soy Rey, Poderoso, Opulento por tenerte, pecador como el más célibe de los Papas, rico por tu tesoro…”

Las dos misivas fueron encontradas en la espina de una rosa, en un jardín cualquiera, de un pueblo imaginario. Al parecer, su autor, pasó decenas de años, escondido en los ojos de la luna.
Mario Sender

 

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