El fotógrafo del tiempo. CAP.VIII

IMG_20180204_214316Carmelo había pensado muchas veces como sería su vida sin ella. A pesar de los años transcurridos, una y otra vez volvía a pasear por los lugares que habían recorrido juntos, sin dejar de sentirla a su lado. Parecía tan real que a veces, inconscientemente, movía los dedos de su mano acariciando la suya. Sus poderes especiales, al menos en gran parte, a pesar de su ausencia, se los debía a ella. Nada era comparable. Nada era igual. Le había enseñado a mirar dentro de sí mismo, a buscar en su corazón y entregar esos sentimientos tanto tiempo escondidos, hundidos entre los pliegues del tiempo, entre la inconsciencia, en lo más profundo de sus sueños de juventud. Le debía tantas cosas que necesitaría varias reencarnaciones para poder compensarle. Las probabilidades de que millones de átomos volvieran a ordenarse de la misma forma eran remotas. Una entre miles de miles de millones y tanto tiempo como la vida del universo. Una y otra vez recordaba cada palabra que se habían dicho. Su muerte era tan extraña como la forma en que la conoció. Sus primeras palabras fueron para dejarle claro sus intenciones -estoy casada, por nada del mundo dejaré a mi familia, no quiero que te hagas ilusiones-. Le dejó perplejo su seguridad y sinceridad. Al fin y al cabo tampoco era algo que él pretendiera. -Podemos estar juntos ahora o en el futuro, sin necesidad de asesinato-, le había comentado Carmelo. Un día, con esa voz dulce que parecía acariciarte, le confesó que le llevó un tiempo entender que significaba sin necesidad de asesinato. Como muchas veces, consiguió arrancarle una sonrisa. Era capaz de ser la mujer más dulce y la más morbosa, salvaje y atrevida, dispuesta a compartir sus deseos y fantasías sexuales. No podía asumir su falta. Algo debió suceder para que una persona tan única fuera asesinada de aquella manera.

Sumido en sus recuerdos, Carmelo se dirigió hacia Chueca, donde le había citado Pablo aquella mañana.

-Te he citado para saber si has descubierto algo nuevo. Si has encontrado algo extraño en las fotografías.

-Hay algunas cosas extrañas. Al revelar las fotos del apartamento, el fondo estaba algo difuminado, confuso. Al principio pensé que era debido a la profundidad de campo, un error al elegir el diafragma, pero no. Comprobé mis notas y utilicé el correcto. Luego observé las fotos con la lupa y mi sorpresa fue en aumento. Parecía una doble exposición… los muros parecían transparentes. Podía verse claramente al vecino de enfrente mirando por la ventana. En realidad parece un montaje de varias fotografías tomadas desde múltiples puntos de vista, una especie de collage. Estoy un poco desconcertado. Tendré que examinarlas con mayor detenimiento.

-¿Recuerdas que te dije que había encontrado algo en el apartamento?

-Si, ¿vas a decirme de qué se trata?.

-Es un viejo manuscrito, recopilación de unas libretas de notas plagadas de ecuaciones y dibujos geométricos. He averiguado a través de Internet que son anotaciones de un genio hindú de las matemáticas. Una copia de unos cuadernos que se consideraban perdidos. Parece que el tal Ramanujan fue uno de los mejores matemáticos de la historia.

-Ya… y ¿por qué me has llamado?

-La verdad es que no estoy muy seguro.  Anoche no podía dormir y decidí echarle un vistazo. Cuando se desató la tormenta estaba acabando de repasarlo. Me quedé mirando detenidamente un dibujo geométrico, una especie de mandala tridimensional… cuando un tremendo relámpago, o eso me pareció, iluminó toda la estancia.

-Con la tormenta de fondo, parecería el fin del mundo. Imagínate como se vive en pleno campo. Las tormentas impresionan Pablo. Nos hacen sentir pequeños, nos recuerdan el poder de la naturaleza. Nuestra falta de control, impotencia.

-Ya, pero esa luz, no fue normal Carmelo. Las paredes se volvieron transparentes y pude ver a mi mujer dormida en la otra habitación. Instintivamente alargué la mano y tuve la sensación de haberla tocado. Me asustó la situación.

-Me estás diciendo… ¿que crees que lo que vio aquel vecino, lo que nos contó,  no fue una alucinación?

-Creo que no Carmelo. Creo que decía la verdad. Su verdad. Hay algo fuera de lo normal que no consigo entender. En un primer instante pensé que era producto de mi imaginación. Sugestión inducida por la preocupación del caso… pero luego algo se hizo real.

-¿Qué…?, me tienes en ascuas.

-Ese olor… el polvo blanco. Mi mano estaba manchada de la misma forma que el pie del hombre de Valgamedios.

-¡Joder!…

Abrió la puerta de la cápsula y se relajó. Lo había repetido miles de veces, pero aún así no podía evitar un cierto nerviosismo. Poco a poco su cuerpo fue desapareciendo, su respiración se fue apagando hasta que su corazón alcanzó un ritmo de tan sólo un latido por minuto. La tremenda energía generada, de miles de billones de electrovoltios, le llevó más allá de la distancia de Planck y su cuerpo desapareció en alguna de las dieciséis dimensiones. Ahora solo necesitaba encontrar la puerta de salida y no podía fallar. Alterar el colapso de onda no era sencillo y menos aún situarse para que la mirada de Pablo a través del objetivo de la cámara no cambiara su probabilidad. Si lo conseguía Pablo podría ver lo que ella sabía y podría ayudarle. Si no se posicionaba correctamente, él no vería más allá de lo que ven otros seres humanos: su realidad. Era un hombre inteligente, ya se había dado cuenta de que algo en sus fotografías era diferente. Ahora sólo necesitaba entrelazarle con Pablo. Le enseñaría la verdadera naturaleza de aquel policía. El interior de su alma. Su maldad. Algo de lo que, ni el mismo Pablo, era consciente.

Continuará…

Anaid

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Melkart.

Melkart descendió con su carro de fuego para contemplar la obra de sus adeptos. Mientras bajaba lentamente sobre la bahía, a través de las aguas transparentes, observó como cientos de atunes, los Reyes del Mar,  con sus lomos plateados, formaban una isla donde sus pies no tocaran la tierra. Había pedido que allí, en Gadeira, se levantara el santuario más bello y admirable de todo Occidente. Melkart consideró el lugar de una belleza sin igual. A pesar de ser un Dios, el más grande y poderoso, también necesitaba un descanso. La guerra de Troya, al otro lado del Mare Nostrum, consumía muchas de sus energías.

Melkart ordenó construir dos gigantescas columnas, que precedían la entrada del templo, símbolos de su fuerza y poder. Más allá se extendería un mundo desconocido: el gran océano sin fin. Solo él, con su carro de fuego atado a las inmensas columnas, osaría enfrentarse al desafío. También comprobó como se había cumplido otro de sus deseos; alrededor y en el interior del templo, dentro de grandes vasijas de bronce, el fuego ardía día y noche. Desde cualquier punto de la bahía, en la oscuridad nocturna, un dorado resplandor pintaba la costa.

Cómo Dios de la fecundidad, para celebrar su llegada y agradecer su lealtad, aquella noche todas las mujeres fueron fecundadas, a los niños que nacieran, les concedería el don de la gracia y el teatro; a las niñas, la belleza de las flores. A sus fieles Reyes del Mar, por librarle de pisar con sus pies divinos las moradas terrenales, les confirió el poder de cruzar cada año el pequeño estrecho y vivir en el océano sin fin, atados por el invisible hilo de las divinas columnas.

Melkart, como todos los Dioses, por último, pidió un deseo. Un capricho sólo posible para las divinidades: yacer con la luna. Si los habitantes de Gadeira le complacían, el nombre de su pueblo sería conocido durante toda la eternidad. Así, reunido el Consejo de Sabios, idearon un plan tan ingenioso que no podía fallar.

La luna llena ocupaba majestuosa el cielo. Melkart seguía de pie sobre los atunes. Los sabios habían encargado fabricar un enorme aljibe, con forma trapezoidal, cuya única entrada era el mar. Desde esa entrada, un largo pasillo continuaba hasta rodear a los Reyes del Mar. Erguido sobre sus lomos, Melkart esperaba. Las paredes del aljibe fueron recubiertas de brillantes escamas, que a modo de espejo reflejaban de forma infinita la luna llena. Dentro del aljibe, tumbada sobre el círculo de la luna, estaba Anaid, la más bella de las mujeres de Gadeira. Sus irresistibles ojos negros, su pelo de azabache y su piel de luna, sin duda, la hacían digna de un Dios.

Los atunes, Reyes del Mar, condujeron complacientes a Melkart a yacer con la luna. Siguieron diligentes el camino marcado hasta el aljibe y el Dios de la fecundidad quedó prendado de la luna llena que se reflejaba sobre el cuerpo de Anaid, el cual, recubierto totalmente de escamas, brillaba sin igual.

Pasaron los años, los siglos, llegaron Romanos, Árabes…y la actual Cádiz, la bahía de los Reyes del Mar, la elegida por Melkart, sigue sorprendiendo por su belleza y sus gentes, sin igual.

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No sé si es verdad o mentira, pero este es el origen de la belleza de las mujeres de Cádiz.

M. Sender

 

 

El viajero estelar. Contacto.

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Faltaban tan solo unos pocos”tagots” y era una ocasión única en su vida. Tenía la gran suerte de haber nacido en el “jaro” donde su universo burbuja se tocaría con otro de los multiversos existentes. Concretamente en un punto de un conglomerado de millones de estrellas conocido como Vía Láctea. Estaba excitado, expectante. Deseando poder ver por si mismo lo que tantas veces había leído en la biblioteca digital, en el catálogo de mundos paralelos. El extraordinario suceso sólo sucedía cada 3.000 ó 4000 “jaros”.
Había entrenado esta conexión durante media vida y estaba preparado. Así que se colocó en el centro del círculo de interacción, se conectó la interface a su “cerbo” y se relajó. La experiencia no era agradable, sus circuitos neuronales parecían estallar mientras se acercaba el momento. Pero solo fueron un par de “milisekundoj”. Los programadores del encuentro habían elegido un pequeño planeta azul, el tercero de un sistema estelar llamando “tero”. Aprendió un nuevo idioma que tan solo le llevó un segundo, por si acaso. Había leído en la biblioteca que en “tero”, otro como él, intentó que todos los seres se comunicaran así. Su misión era recopilar todo el conocimiento posible sobre aquellos otros mundos y aprovechar los pocos minutos que se mezclarían los dos universos, cuando su existencia se hiciera real al ser avistados desde Tero. Después, la incompatibilidad de la antimateria, les haría invisibles en esa dimensión.
La tarde estaba a punto de rendirse ante el inexorable rotar del planeta y la oscuridad empujaba al Sol tras las montañas, tiñendo de carmín los blancos labios de las nubes. Hacía calor y disfrutaba del frescor amargo de su jarra de cerveza, sin apartar la vista de la mesa de al lado. Los ojos verdes de aquella mujer le tenían hipnotizado. Disfrutaba de aquellos momentos de soledad escuchando sus pensamientos. De vez en cuando sus ojos se cruzaban y no podía evitar una sonrisa. Tenía una duda; acercarse y sentarse en la mesa de la preciosa chica o esperar lo inesperado. De pronto se escucho un murmullo, la gente se puso de pie y señaló hacia el cielo. Se levantó y, con la mano a modo de visera, dirigió su vista hacia el horizonte. Por encima del perfil de las montañas, entre los labios de las nubes, un enorme vórtice de colores centelleaba intermitentemente. ¡Un OVNI! gritaban algunos, mientras otros sacaban instantáneas con sus móviles o discutían acerca del efecto del Sol entre las nubes.
Fueron tan sólo unos segundos. El vórtice desapareció de la misma manera que se apaga la luz. Se sentó de nuevo con una extraña sensación, como si algo se hubiera instalado en su mente. Volvió la vista hacia la mesa de los ojos verdes. Celia le miró de nuevo, se quitó el suave pañuelo de su cuello, se levantó, se acercó a él y le ató a su universo para siempre. El “viaje” había merecido la pena.
Mario Sender

Universos paralelos/Multiverso

 

La piedra de pedernal.

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Había un hombre que nació pobre. Soñó que tendría la mejor casa, el mejor coche y la mujer más guapa. Que sería rico. Cuando lo consiguió, siguió pensando. Insatisfecho, dejó de pensar en riquezas que ya tenía hasta que un día, perdió su casa, se quedó sin coche y no tuvo a la mujer soñada. Pasó el tiempo y la vida se hizo monótona. Nada le complacía. Aunque ahora ya tenía un problema menos; ya no quería ser rico. Entonces miró al cielo y se dió cuenta de su pequeñez. ¿Quién era él? Un ínfimo ser entre millones de trillones de estrellas…
Volvió a pensar recordando su infancia. Intentó recordar algo que le hubiera hecho feliz desde entonces. A su mente infantil, pérdida en el fondo de su cerebro, vino un precioso recuerdo: era verano y se encontró sentado en un trillo. La mula giraba alrededor de la empedrada era sobre los haces desparramados de trigo. Se sintió feliz. Luego, sentado sobre una gavilla, examinó una pequeña piedra de pedernal desprendida del trillo, mientras al otro lado, un par de campesinos lanzaban al viento los granos de trigo para separarlos de la paja.
Aquello, tan simple, le resultó muy útil. El hombre que nació pobre y que llegó a ser rico, decidió quedarse tan solo con lo que le había hecho feliz. Se quitó las máscaras. Se deshizo de lo superfluo y dedicó sus esfuerzos a encontrar todos esos granos de felicidad entre los montones de paja que le rodeaban. Escondió su mente acomodada, encerró bajo siete llaves ese cerebro modelado para la sociedad y sacó del fondo de su alma sus pensamientos infantiles, los más puros e intocables.
Así, otro día de alguno de sus muchos años, observó el cielo de nuevo. Buscó una estrella que le dijera algo y la encontró, igual que aquella preciosa piedra de pedernal. Y de la misma manera, subido al trillo de sus deseos, comenzó a separar los granos de su vida.
Encontró a la mujer más bella, recobró su afición a la lectura, aprendió a ordenar las palabras, encontró los amigos que no tenía o había olvidado y decidió que su vida debería tener un sentido. Habló, escribió, pintó, enseñó y difundió. Por fin se había dado cuenta que su felicidad, también es la de otros. Desde entonces siempre busca esa piedra de pedernal que le ayude a no olvidar lo que siempre tuvo. Incluso le puso nombre, cuerpo, ojos, cara, deseo, amor y besos.
M. Sender

 

El fotógrafo del tiempo. CAP.VII

Capítulo VII . 

El cuaderno.

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Después de conocer el informe negativo del Instituto Nacional de Toxicología, Pablo Roig se encontraba en un callejón sin salida. No tenía ni una sola pista sobre el supuesto asesinato del hombre de Valgamedios. Tan sólo el extraño testimonio de un vecino que aseguraba haber presenciado como las paredes se hacían transparentes …y un viejo libro. Todas sus esperanzas estaban puestas en los “poderes especiales” de su amigo Carmelo, el fotógrafo. Desvelado e inquieto pensó en aprovechar el tiempo para repasar el libro que había encontrado en la caja fuerte oculta en el piso de Valgamedios. En realidad no era un libro, parecía más bien una recopilación de cuadernos de trabajo. No tenía título  y estaba repleto de formulaciones matemáticas y dibujos geométricos de lo más extraño, que para él no tenían ningún significado. Además las anotaciones se hallaban escritas en un idioma que no reconocía. Parecía de origen oriental, quizá persa, Indi o hebreo.

La noche era desapacible, típica de mediados de otoño. Podía oír el aire acariciar las persianas venecianas y como la luz de las farolas agitadas por el viento se filtraba a intervalos, creando un ambiente un tanto espectral en su dormitorio. Pablo se dispuso a investigar en su tablet con el suave arrullo de Eolo. Parecía que la tormenta estuviera amasando las nubes para hacerles estallar en un orgasmo de luz y sonido. Abrió el traductor de google y después de tomar una fotografía con la cámara y editarla, seleccionó y pegó lo que pudiera ser un nombre en la portada de los cuadernos: ராமானுஜன். En menos de una milésima de segundo tuvo la respuesta: Ramanujan. A continuación lo introdujo en el buscador y a la misma velocidad aparecieron multitud de resultados con información sobre el que parecía ser el autor de los cuadernos, Srinivāsa Aiyangār Rāmānujan, ஸ்ரீனிவாஸ ஐயங்கார் ராமானுஜன் en tamil, su idioma materno. Entonces supo que Ramanujan fue un extraordinario matemático indio, sin formación académica, autor de ecuaciones y teoremas geométricos muy avanzados, considerados la obra de un genio. Uno de los mejores teóricos de la historia. Entre la documentación que encontró en internet le llamo la atención la carta que Ramanujan dirigió a G.H.Hardy, miembro del Trinity College de Cambridge:

“Apreciado señor:

Me permito presentarme a usted como un oficinista del departamento de cuentas del Port Trust Office de Madrás con un salario de 20 libras anuales solamente. Tengo cerca de 23 años de edad. No he recibido educación universitaria, pero he seguido los cursos de la escuela ordinaria. Una vez dejada la escuela he empleado el tiempo libre de que disponía para trabajar en matemáticas. No he pasado por el proceso regular convencional que se sigue en un curso universitario, pero estoy siguiendo una trayectoria propia. He hecho un estudio detallado de las series divergentes en general y los resultados a que he llegado son calificados como “sorprendentes” por los matemáticos locales…

Yo querría pedirle que repasara los trabajos aquí incluidos. Si usted se convence de que hay alguna cosa de valor me gustaría publicar mis teoremas, ya que soy pobre. No he presentado los cálculos reales ni las expresiones que he adoptado, pero he indicado el proceso que sigo. Debido a mi poca experiencia tendría en gran estima cualquier consejo que usted me hiciera. Pido que me excuse por las molestias que ocasiono.

Quedo, apreciado señor, a su entera disposición .

S. Ramanujan.”

Pablo, aún no siendo un hombre al que le apasionara la ciencia, estaba totalmente impresionado por las capacidades de aquel humilde indio sin formación, para formular teorías que no estaban al alcance de los más ilustres cerebros de la ciencia de su tiempo. Continúo leyendo y anotó una frase en su cuaderno: “Ramanujan atribuye su talento a que la diosa de Namakkal le inspira las formulas en sueños…”

Por muchas vueltas que le daba, a pesar de lo extraordinario de la historia de tan ilustre personaje, Pablo no conseguía encontrar ningún nexo de unión entre los cuadernos y el suceso de Valgamedios. Desorientado pasó la última pagina de los cuadernos…y, entonces, pegado en la contraportada se fijó en un extraño dibujo…lo observó detenidamente.
Parecía una simple mandala. Se quitó las gafas y lo acercó a sus ojos para poder enfocarlo detenidamente… De pronto, un resplandor iluminó la habitación. La luz era tan potente que todo pareció desvanecerse.

Cegado por la luz estroboscópica, miró como sus manos parecían moverse a un ritmo distinto y se perdían en un punto de fuga que atravesaba la pared de su dormitorio hasta converger en la habitación donde Marina dormía apaciblemente. Solo fue un instante, aunque no podría precisar su duración. De lo que si estaba seguro es de una cosa: había visto a Marina a través del tabique. Se levantó sudoroso y cerró las persianas venecianas hasta evitar que un solo fotón entrara en la estancia. Fue entonces cuando se dio cuenta. Su mano derecha tenía una extraña mancha blanquecina en los dedos. Instintivamente la acercó a su nariz….

-Santo Dios!… huele como el pie de ese hombre…

La luz se apagó y un trueno hizo temblar los cristales del apartamento. Marina corrió asustada desde su habitación y se refugió entre los brazos de Pablo.

-Hoy prefiero dormir a tu lado. No me gustan las tormentas.

La lluvia repiqueteaba sobre las persianas metálicas como una sinfonía para piano. Pablo se sintió aliviado al tenerla a su lado. A pesar de todo, quería a Marina. Sentir la piel suave de sus pechos, al ritmo de su respiración agitada, le hizo olvidar por un momento lo que había sucedido. Le hubiera gustado poder complacer sus deseos sexuales… pero no tenía su permiso.

“Mañana iré a ver a Caramelo, necesito su magia o… Me volveré loco”

Se dio medida vuelta en la cama y se durmió. El sueño se llenó de placeres ocultos y su respiración se volvió profunda y acompasada. De vez en cuando, un gemido ahogado, seguía al silbido del látigo.

Continuará…

Fontiveros en América.

Fontiveros en América.

800px-Republica_del_GuayraCorría el año de 1554 y los españoles recorrían América en busca de nuevos lugares y fortuna. Allí al otro lado del Atlántico, el mar sin fin, un paisano, el Capitán García Rodríguez de Vergara formaba parte de una expedición que pretendía conquistar el Paraguay.
Entre conjuras, envidias y tradiciones, con el fin de conservar o conseguir poder en los diferentes territorios, acceder a las riquezas o recibir prebendas del Rey, muchos españoles murieron con gloria o deshonra en la conquista de América.
Después de varias guerras y expediciones, el Rey concede licencia a Juan de Sanabria para continuar la conquista del Paraguay, mediante contrato de pactos.
Elegido Gobernador de la Asunción Domingo Martínez de Irala, vista la pobreza de metales y riquezas del Paraguay, decide comandar una nueva expedición al Perú, dejando al mando de la provincia a Francisco de Mendoza. No tardó Irala en conocer la situación en el Perú; las revueltas y muerte de Pizarro y los peligros que encerraba su misión. Después de enviar mensajeros a Lima, para cumplimentar al licenciado Pedro de la Gasca y ofrecerle sus tropas, concluyendo con que le confirmase en el gobierno del río de la Plata, la Gasca le ordenó que no se internase más en el Perú (en cierto modo por miedo a que se uniera a los vencidos seguidores de Pizarro). Irala decidió cumplir la orden y ocultarla sibilinamente a sus soldados, que eran partidarios de continuar avanzando. Eran tiempos de supervivencia y si sus soldados hubieran sabido que obedecía órdenes de la Gasca, probablemente no hubieran dudado en matarle acusado de traición y falta de ambición.
Irala no fue nombrado gobernador del río de la Plata ya que, la Gasca, prefirió a Diego Centeno por haberle ayudado a destruir a Pizarro, y también, porque no se fiaba de Irala. Éste, enterado del nombramiento, informó a sus tropas y se retiraron con gran disgusto, de vuelta al Paraguay. Mientras tanto, en Asunción, Mendoza especulaba con la muerte de Irala (había pasado más de un año desde su partida) y promulgaba su elección como nuevo Gobernador. Expidió consulta al Cabildo, en España, y recibió la negativa hasta no tener certeza del fallecimiento de Irala. Pero ya entonces existían las conspiraciones, Mendoza hizo caso omiso al mandato y convocó a sus leales; entrando en liza Diego Abreu, que con sus amigos e influencias derrotó en la votación a Mendoza, quien avergonzado y resentido quiso hacer buena la decisión del Cabildo y arrestar a Abreu. Éste al enterarse apresó a Mendoza y le condenó a ser cortada su cabeza, por rebelión contra la República. Sobrevivió Irala y reconquistó el mando como gobernador haciendo huir a Abreu. Aprovechando el episodio de su expedición al Perú, su obediencia a la Gasca, le confirió poder y confianza contra el usurpador. Irala, un hombre con suerte, salió ileso de un intento de asesinato, que no sabemos si fue instigado desde Lima o por los partidarios de Abreu.
Las revueltas se sucedieron por un tiempo y Abreu no cejó en su empeño por tomar el mando. Hasta que, Irala, ordenó su muerte. Un grupo de 20 hombres, sorprendieron una noche a Abreu. De forma sigilosa, uno de ellos, le atravesó el costado con una flecha de ballesta, que le mató en el acto.
Muerto Abreu, cesaron los disturbios y nuevos objetivos aparecieron en el horizonte. Irala pensó en la idea de fundar una ciudad cerca de la desembocadura del río de la Plata, que sirviera como puerto de referencia, avanzadilla y escala a las embarcaciones que llegaban del viejo continente. Así que envió al Capitán Juan Romero al mando de dos embarcaciones. Llegados a la confluencia del río Paraná con el Uruguay y en la boca del Río San Lorenzo, decidieron fundar la ciudad de San Juan. Quizá en honor del nombre del capitán o por ser el día de su fundación el 24 de junio de 1553.
Ese mismo año recibió Irala una delegación de indios de la provincia del Guairá a solicitar protección contra los portugueses que les hacen presos y venden en Brasil como si fuesen esclavos negros. Accedió a sus súplicas y decidió recorrer esa provincia poco conocida. Tomada conciencia de su situación geográfica y las ventajas que concurrían, decidió enviar un destacamento para fundar una población que diera protección a aquellos indios y otros y, además, sirviera de salida al mar por sitio distinto, del río de la Plata.
Aquí aparece nuestro paisano, el Capitán García Rodríguez de Vergara, quien con 60 españoles, víveres y pertrechos suficientes, en 1554, en la costa oriental del Paraná, sobre un salto grande, en un poblado del cacique Canendiyú, fundaron la villa de Ontiveros, en honor al nombre de la patria chica del Capitán García Rodríguez de Vergara, en España.

Todos los datos de esta historia y su recreación, proceden del volumen cuya portada de reproduce más abajo.

Mario Sender

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El fotógrafo del tiempo. CAP.VI

El cementerio de los ingleses.

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Desde aquel día, Marina había adquirido un querencia enfermiza por el Cementerio de los Ingleses. Una vez al mes se citaba en la pequeña casa que había para los guardeses. El cementerio casi no se utilizaba y presentaba un estado de abandono lamentable. Amparados por la noche, ella y su amante de ocasión daban rienda suelta a sus fantasías. Le había conocido por casualidad en un funeral y fue quien le habló del sepulturero. A Marina le costaba creer aquella historia que le relató medio en serio medio en broma, aunque le juró que era cierta. Su amante le confió que era primo suyo  y procedía de un pueblo de Sevilla y que, al no tener preparación por haber trabajado toda su vida en las labores del campo, fue el único trabajo que encontró en Madrid.

El cementerio era un lugar donde le gustaba ir preferentemente en invierno, cuando las sombras de los cipreses y el aire helado, bajo la luz de la luna, conferían al lugar un aspecto decadente, de otros tiempos. Oculto bajo su abrigo de Carolina Herrera, el cuidado cuerpo de Marina llegaba a estar  tan caliente que pareciera que las gotas de lluvia se evaporasen al instante. Su amante ocasional se sentía cohibido por el entorno y  la oscuridad de la noche. Justo lo que pretendía. Sentía como su cuerpo crecía frente al hombre hasta dejarle reducido a un simple juguete sexual. Su rol era sistemático: Se colocaba un sombrero con velo negro, abría los botones de su abrigo y adoptaba la personalidad de una desconsolada viuda que iba a llorar a su marido. Los tacones muy altos y la falda muy corta, la blusa ajustada y escotada realzaba sus aún turgentes pechos. El amante ocasional que había cazado en cualquier autobús o tren, difícilmente era capaz de resistir sus encantos. Les costaba articular dos frases seguidas ante la actitud dominante de Marina. Le excitaba dominar la situación, controlar el espacio y el lugar y sentirse poderosa frente a los hombres.

Después del fracaso en el vagón de metro con aquel soso ejecutivo sin reloj su cerebro necesitaba la recompensa del sexo y su marido, no era suficiente. Cuando salió del edificio solo tenía un pensamiento en su mente: el sepulturero. Era su mejor presa, su amante preferido. Pidió un taxi y camino del Cementerio de los Ingleses, se citó con él.

           -Esta noche voy a visitar a mi marido, te espero en el Cementerio de Los Ingleses. 

           -Quieres algo especial esta vez. Haré lo que me pidas -le dijo el hombre-

           -Ponte el mono más viejo que tengas, sin nada debajo…¿entendido?

Marina se presentó con el aspecto de una compungida viuda. Vestida totalmente de negro, con su cuidado aspecto y sus largas piernas cubiertas con medias de seda negra. Su mini vestido apenas ocultaba sus curvas modeladas en el gym. Quien la viera con su abrigo de Carolina Herrera, en su precioso Jaguar S-type de color verde inglés, pensaría que todo se lo debía a su difunto y rico marido.  Nada más lejos de la realidad.

Espérame en el panteón de la familia Bauer, no te será difícil encontrarlo. Es de los más grande del cementerio. Una      especie de templete. No olvides tus herramientas. Estará cerrado.

          -No te preocupes, no tendré problemas para abrirlo. ¿Te espero dentro?

          -No. Tu abre y después deambula por el cementerio. En tu papel. Por si acaso alguien merodea. Te avisaré a tu    número de móvil cuando esté lista. No más tarde de las 21:00.

Al otro lado del teléfono el “sepulturero” asintió con la cabeza y colgó.

A la hora fijada, el hombre, después de abrir la puerta del panteón de los Bauer, recibió la llamada. Caminó entre las lápidas por los estrechos pasillos cubiertos de malas hierbas hasta llegar frente a la verja de entrada. Un chirrido puso en alerta a Marina que ya se encontraba en el interior, esperando impaciente sobre la lápida. El hombre no dijo una palabra. Se acercó por la espalda y con las tijeras de podar cortó la blusa y la cinta del sujetador de Marina. Un escalofrío recorrió su espalda y sus pezones libres de su prisión se endurecieron instantaneamente. El enterrador pasó su lengua despacio por el surco de su espalda mientras sus manos apretaban sus tetas. Marina inclino la cabeza hacia adelante y arqueó la espalda. Parecía una leoparda en celo entre las garras de su macho.  Después la tumbó de espaldas y “la viuda” sintió como el relieve de las letras se clavaba en su piel.  El enterrador sacó las mangas y la parte superior del mono y lo ató a su cintura. Sus enormes manos rasgaron las medias y ató sus piernas con ellas a las anillas de latón que adornaban la lápida. Cada embestida del enterrador era acompañada de las palabras más soeces que se puedan imaginar. Agarrada al mono de su amante, poseída por la pasión, intentaba -si esto fuera posible- meterse dentro todo su cuerpo. El pobre hombre solo gemía y se movía al ritmo que Marina marcaba. Su saliva chorreaba sobre sus pechos hasta mezclarse con el sudor, formando sobre el  frío mármol un charco de fluidos y olor a sexo.

El enterrador era un hombre rudo y primitivo, salvaje, con la piel curtida por el viento y el sol, y un instinto animal con respecto al sexo. A Marina le resultaba de un atractivo fuera de lo normal. Un amante diferente. Muy lejos de esos otros hombres a los que seducía en los vagones del metro. Era el único que le hacía sentirse poseída.

Cuando se incorporó las letras de la lápida, con caracteres hebreos, se marcaban en su espalda. Entonces, sucedió algo que le sorprendió: el enterrador sacó una cámara instantánea y la fotografió. Satisfecho, cuando llegó a casa, imprimió la foto de la espalda de Marina y la clavó en el mural,  junto a las de las demás viudas…

Ya en el coche, mientras el magnífico cuero de su Jaguar calmaba el calor entre sus piernas, Marina, camino de casa, no dejaba de pensar en  lo sucedido,

          -No debí dejarle fotografiar mi espalda. ¿para qué lo hará?

Continuará…

El fotógrafo del tiempo. CAP. VI

Capítulo VI

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Obsesión

Habían pasado casi dos años desde que encontró a su mujer sobre la cama y las pistas y el resultado de la investigación por parte de la policía no había dado ningún resultado y la confianza en su amigo, el Comisario Pablo, después de haberle visto en esa situación era nula.  Carmelo estaba totalmente abatido. Sumido en una profunda depresión, se limitaba a dejar que el tiempo marcara su cara como si se tratara de un papel arrugado. No podía pensar…imaginar, ni comprender como podía haber sucedido semejante atrocidad. Se movía con la mirada perdida de un lugar a otro del salón como un autómata.  En un momento de su deambular se detuvo frente a la librería y fijó su mirada en los múltiples volúmenes que poseía sobre alquimia, esoterismo, astronomía, astrología y ciencia. Todos ocupaban un lugar destacado. Eran parte de su afición. Por alguna razón que desconocía, su subconsciente le trasladó a los años en que, mucho más joven, comenzó a interesarse por esos temas. Pensó que quizás entre todos aquellos libros habría algo que le haría entender los misterios de nuestra existencia y el porqué de lo sucedido. Probablemente no le serviría como consuelo, pero aliviaría el dolor que se había instalado en su alma. Las circunstancias y la forma en que fue ejecutada su esposa no eran tampoco nada habituales y necesitaba encontrar alguna explicación más allá de lo que mostraban las apariencias. Su colaboración con el comisario Pablo, no había hecho más que revivir aquellos recuerdos. El supuesto crimen de Valgamedios le devolvía al pasado.

Sin pensarlo, sus dedos se dirigieron a un ejemplar de  Las Moradas Filosofales, un libro que había leído muchas veces. El autor, Fulcanelli, fue un personaje anónimo sobre el que se han escrito cientos de teorías sobre su identidad. Ni tan siquiera existe la certeza de que se tratara de un solo personaje y se especula con que podría ser un colectivo de alquimistas. La dificultad de entender a Fulcanelli es que escribe con “qualia” y ello hace muy difícil, si no eres un adepto avanzado, inmerso en la realidad de la alquimia, la interpretación de sus exposiciones.

<Lástima que no acabara su tercera obra, Finis Gloriea Mundi, sin duda hubiera sido el colofón de su trilogía>

Se sentó junto a la ventana y se dispuso a comenzar la lectura. Estaba aún en el prólogo y sintió como su cuerpo rejuvenecía repentinamente. Tenía veinte años menos. Había nacido en un pueblo pequeño, Guadalcanal, que presta su nombre a una isla del archipiélago de las Salomón en el Pacífico, por haber sido ésta descubierta por Álvaro de Mendaña en 1568, quien la bautizó así en honor a su pueblo extremeño. Guadalcanal pertenece a Andalucía, a la provincia de Sevilla, pero hasta 1833 fue parte de Extremadura. Allí pasó su infancia y se empapó de las historias  que se contaban sobre las aventuras de los notables del pueblo. No dejaba de soñar con viajar a esos lugares allende los mares o en descubrir uno de esos filones de plata que tanto revuelo levantaron en su época.  Apenas tuvo conciencia comenzó a leer todo lo que cayó en sus manos sobre la historia de sus orígenes. Lo primero que descubrió es que durante los siglos XV y XVI llegaron al pueblo, procedentes de toda Europa, una legión de alquimistas y metalúrgicos atraídos  por la explotación de las minas de plata Pozo Rico. Él, entonces, poco sabía de alquimia y menos de la filosofía que ésta encierra. Con el tiempo y la lectura supo que no sólo buscaban transmutar los metales, si no, como fin último, alcanzar la iluminación; el conocimiento absoluto. Entre los estudiosos, Fulcanelli, ocupaba un lugar destacado. Incluso podría haber estado allí a principios del siglo XX. Si como había leído estuvo en Sevilla, casi con seguridad que habría viajado a Guadalcanal. El misterioso personaje era citado por Jacques Bergier en El Retorno de los Brujos, como uno de los dos alquimistas que visitaron a físicos nucleares de renombre en el periodo comprendido entre las dos grandes guerras mundiales. Se cree que tenían conocimiento muy avanzados sobre el funcionamiento de los reactores nucleares y no dudaron en advertirles del peligro que el manejo de partículas subatómicas conlleva. Pero sus advertencias no fueron tenidas en cuenta  , hasta que el premio nóbel E. Fermi, muchos años después, consiguió la primera reacción en cadena.

En plena lectura, al pasar una de las páginas, encontró un recorte de prensa que le llamó poderosamente la atención:

“Inventata la macchina che fotografa il passato”.

El artículo del semanal Domenica del Corriere, hacía referencia a un personaje llamado Alfredo Pellegrino Ernetti, que junto a un equipo de doce físicos había inventado una máquina capaz de fotografiar el pasado. El principio de su funcionamiento tenía lógica. La energía, y todo en el universo es energía en una forma u otra, persiste por siempre. Imágenes, sonidos, absolutamente todo debía impregnar el espacio desde el Big Bang.

<¿acaso no están los físicos enfrascados en descubrir el origen del universo estudiando el eco de la radiación original? -pensó para si mismo Carmelo- Sería un invento que haría temblar los cimientos de nuestro conocimiento, de la historia y lo que a priori damos por cierto.>

Carmelo, como si de una iluminación se tratara, dedicó toda la tarde y los siguientes días a repasar una y otra vez sus libros de física y estudiando las últimas noticias sobre los más recientes descubrimientos de la nueva teoría sobre la composición de todo el universo: la física cuántica. Descubrió que aquel aparato al que hacía referencia el artículo, no llegó a ser tomado en serio y la noticia se diluyó en el tiempo sin que nadie hubiera vuelto a interesarse por ello. Desde 1972, fecha del artículo, nada más se supo. Por su cabeza se sucedieron todo tipo de ocurrencias donde aplicar ese invento, pero, sobre todas ellas, una:

<si fuera capaz de conseguir fotografiar el tiempo, lograría encontrar a quien o quienes mataron a mi mujer y quizá resolver el misterio del hombre “al revés”. Desde 1972 la ciencia ha avanzado mucho. La visión de los científicos era muy diferente y todo lo que hace 40 años fue ciencia ficción ahora es una realidad. Nada es imposible -se dijo Carmelo->

¿Pero como podría él, un simple fotógrafo, llegar a conseguir algo que los científicos más brillantes aún luchaban por entender?.  Entonces su mente lógica le envió una señal, un pensamiento racional con una idea irracional: <si Fulcanelli y aquel otro alquimista, sabían algo que Fermi desconocía, aún siendo un físico de renombre… ¿de donde procedía aquel conocimiento?.

Empezaría por regresar a Guadalcanal. Si Fulcanelli estuvo allí o en Sevilla, seguiría la pista aunque tuviera que recorrer todas las galerías de las minas de Pozo Rico. En algún lugar debía encontrarse ese conocimiento perdido.

<Ernetti ha tenido acceso a algún documento o conocimiento que tiene una base científica indiscutible. No sé la razón del olvido de tan significativo hallazgo. Puede que sea tan solo una patraña más de otro parapsicólogo con afán de notoriedad, pero estoy convencido de que el “Cronovisor” es posible>

Carmelo de despertó sobresaltado, aún con el libro sobre su pecho, perdido entre la realidad y su ensoñación, obsesionado con el”Cronovisor”. Dispuesto a buscar “esos poderes especiales” a los que hacía referencia el Comisario Roig, y que poco tiempo después de convertirían en una obsesiva realidad.

Continuará…

 

El fotógrafo del tiempo, CAP V

Capítulo V

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El secreto del Comisario

La relación de Carmelo y Pablo se remontaba a su época de policía local, después de la muerte de su mujer aquella aciaga noche y cuando ya había decidido tomar parte por su cuenta en la búsqueda del asesino. Carmelo y Virginia fueron la primera pareja que fotografió con la escusa del estudio antropológico. Pablo siempre tuvo la certeza de que la situación en que encontró a su mujer parecía producto de un ritual o de alguna práctica sexual extrema. Necesitaba conocer algo más sobre esas prácticas. Sumergirse en ese mundo oscuro y cerrado. No le fue difícil conseguirlo a través de Internet, en una de las miles de páginas existentes.

Aquella noche había conseguido una invitación para presenciar algo muy especial; una sesión en el sórdido mundo, lleno de tabúes y prejuicios, de las prácticas sexuales denominadas  BDSM. Son muchas las parejas que lo practican, pero muy pocas las que lo confiesan. Podría decirse que, incluso los no practicantes, lo tienen como una de sus fantasías más recurrentes. Carmelo deseaba presenciar con sus propios ojos el fascinante mundo de las mazmorras, la sumisión, el spanking, la disciplina, y todo lo que conlleva lo que se conoce como BDSM. Le intrigaba sobremanera la relación entre esas parejas que, voluntariamente, acceden a la práctica de las mal llamadas desviaciones sexuales.

En un lugar solo conocido por los iniciados, en las cercanías de Madrid, asistiría a la presentación y entrega en público de un sumiso. Su Amo le pondría a prueba públicamente. Pablo no podía evitar un cierto nerviosismo. El lugar impresionaba. En el centro de la amplia habitación había una especie de potro de gimnasia, algo más bajo, cubierto de cuero negro sobre una tarima. Más allá, en la pared del fondo, pudo observar dos maderos en forma de aspa, con unas ataduras que supuso que eran para las manos. Y, sobre un estante, varas, fustas y látigos de diversas medidas y materiales, además de otros instrumentos que nunca había visto, ni podía imaginar cual era su utilidad.
Acomodado en la penumbra, a su lado se encontraban hombres y mujeres de edades diversas que aguardaban expectantes a qué comenzara la sesión. Se respiraba un ambiente de secretismo, un aroma a sexo animal. La iluminación era escasa y centrada en rincones puntuales de la habitación. Muchos de los asistentes llevaban el rostro cubierto, sin duda con el fin de preservar su identidad. Aunque a él le pareció que una gran mayoría se conocía. No era un sitió donde cualquiera accediera en busca de diversión. Aunque no lo pareciera, le habían informado acerca del extraordinario respeto con el que se siguen esas prácticas y las normas que rigen entre los participantes. A pesar de todo, le daba la sensación de encontrarse en un lugar de otro mundo. Intentó prestar atención a la música de fondo. Era una pieza de música clásica, seguramente un concierto para violonchelo. El látex, el cuero, las máscaras…esa iluminación y la melodía, conseguían su objetivo: romper con la visión rutinaria de la realidad. No había duda, resultaba hipnótico.

La mujer avanzó con paso seguro vestida totalmente de látex rojo. Un corsé realzaba sus pechos y las botas altas enmarcaban sus piernas torneadas hasta la mitad de sus muslos. Llevaba máscara y una especie de plumero en una de sus manos. En la otra sujetaba una cadena metálica al final de la cual, como si de un animal se tratara, se arrastraba a cuatro patas un hombre. Vestía un correaje de cuero negro sobre el torso desnudo y un pantalón corto del mismo material que dejaba sus nalgas al descubierto. La mujer se dirigió al que parecía el maestro de ceremonias y le entregó un documento. El hombre lo examinó y le hizo un gesto afirmativo al devolvérselo. Inmediatamente levantó al sumiso del suelo y sujetó sus manos a las ataduras del aspa, de cara a la pared. Le puso una capucha de tela que impedía su visión y se dirigió a los espectadores.

 –¿Algún voluntario dispuesto a infligir un duro castigo a mi esclavo?. Cuatro por favor. Serán series de cinco golpes cada uno,  a  no ser que el os elimine antes. Si averigua quién es el castigador, este dejará el juego. Decidle vuestros nombres.

Carmelo contempló aterrado como el primero de ellos, apodado Khan, cogió una de las varas de la mesa y la probó en el aire. El silbido al sobrepasar la velocidad del sonido le heló la sangre. El hombre se colocó en un lateral del sumiso y descargó un golpe preciso sobre sus nalgas. Se escuchó un gemido ahogado.

-¿Nombre?
– Pedro –dijo el esclavo con un hilo de voz-
– No, Khan -contestó su Ama-

Uno tras otro los cuatro hombres fueron dejando sus marcas hasta que el hombre averiguó los nombres de sus castigadores. Las heridas de sus nalgas tenían un tono morado y parecían a punto de estallar en un río de sangre. Después la mujer le acarició y le dejó libre las manos. Pablo se inclinó y le besó los pies, entre el aplauso del público.

A Carmelo, aquella experiencia le dejó confuso y hasta cierto punto preocupado. En otros lugares de la sala parejas de distintas edades, físicos y apariencias se entregaban a diversas prácticas relacionadas con la dominación, la iniciación y el placer en todas las formas imaginables. Se excitó. No debería, pero fue así. Entonces imaginó el sufrimiento que ese hombre, igual que su mujer, había experimentado e intentó entender su comportamiento. A pesar del castigo el hombre parecía encontrar placer en ello. -Que extraño es nuestro cerebro y como engañan las apariencias -pensó-.

El verdadero motivo por el que decidió fotografiar a Virginia y Pablo era comprobar si ese secreto que Pablo ocultaba quedaba a la vista en el momento del revelado, aunque el ya había visto, a través del visor de su Leika, indicios de su particular forma de placer. Quizá la transmutación había comenzado. Lo vio en sus ojos, en su lenguaje corporal; …desde que le dijo que solo accedería a fotografiarse con determinadas condiciones. Observó su mirada huidiza, su caminar alrededor de Virginia indeciso, su forma de preguntar la postura a adoptar… ¿Como podía ser tan distinto?. Le había observado en situaciones muy diferentes, como aquel día en que coincidió con Pablo en el Pigmalión, uno de los locales de alterne más conocido de Madrid:

Había salido solo a tomar una copa. Echaba de menos la compañía femenina y allí estaban las chicas más guapas de la ciudad; la mayoría aspirantes a modelo a la caza de algún caballo blanco…y que finalmente terminaban ejerciendo la prostitución de lujo, a pesar de que hubieran tenido alguna oportunidad en el mundo del espectáculo o la televisión. Pablo estaba al fondo de la barra, charlando con una exótica brasileña, bastante más joven que él. En cuanto se dio cuenta de su presencia se acercó y le invitó a una copa…. Charlaron sobre el ambiente de la ciudad y se rieron un rato en compañía de las bellas chicas. Una de ellas parecía muy interesada en Pablo y no hacía más que rogarle que le llevará a casa. No parecía ser un simple interés económico. Se la veía nerviosa y algo preocupada por salir de allí lo antes posible. Al otro lado de la barra, cerca de la entrada, unos hombres jóvenes no dejaban de observarla.

-Ya nos veremos Carmelo. Yo voy a llevar a esta preciosidad a casa. Voy a pedir que me traigan el coche -le dijo             al mismo tiempo que llamaba al guarda coches-.

-Señor – dijo balbuceando el portero- no encuentro las llaves, ¿seguro que me las dejó al llegar?
¿…que? estás diciendo que no tienes las llaves de mi coche?. ¿me tomas por un mentiroso?, ¿sabes quién soy yo?

No terminó de cerrar los labios cuando con un frenazo seco, el coche del comisario, un pequeño Matra Simca de tres plazas, se detuvo delante de ellos. Estaba conducido por tres jóvenes con aspecto de matones de discoteca. Pablo se puso hecho una furia. Aunque su lenguaje corporal era relajado, sus palabras eran imperativas. Quizá eran las palabras que acostumbraba a usar en el trato con los delincuentes de los barrios más conflictivos de la ciudad. Sin duda eran intimidantes y seguramente necesarias. Carmelo se limitó a observar con una mueca de preocupación en su cara.

 -¿se puede saber que hacéis con mi coche gilipollas?!!!
-Esa zorra que va contigo es mi novia carca, y ya que te invita a coño…tendrás que pagar algo por ello…que                     pensabas?…
-No le he rozado ni la piel…¿..que demonios queréis?. Solo me ha pedido que la lleve a casa.

          -¿Quieres tu coche?… Pues deja a mi chica y lárgate vejestorio…

La “escort”intenta interceder sin éxito y el joven la empuja sin miramientos al mismo tiempo que, de una patada, cierra la puerta del pequeño deportivo. Pablo empieza a comprender que la situación se complica por momentos. Son tres hombres jóvenes y ellos, contando a Carmelo, sólo dos. No quiere usar su condición de policía. Tiene que intentar evitar la pelea o de lo contrario saldrán mal parados… pero su carácter le pierde…

 -Está bien, tu ganas, dame el coche y quédate con ella. Ya sé por qué quiere invitarme a coño, su novio no tiene          huevos para enfrentarse a un carca el solo.
        -¡Serás hijo de puta!. ¡Te voy a matar abuelo!

No puedo olvidar como, ciego de furia, el chulo arremetió contra Pablo, que le evitó con un simple paso lateral, que no hizo mas que sacar de quicio al “novio”. Casi no le ha dado tiempo a pensar, cuando escucha pisadas a su espalda. Es como si se tratara de un búfalo cafre embistiendo a un árbol. No puede fallar. Fruto del entrenamiento, de forma automática la pierna de Pablo, impactó con fuerza a la altura de su rodilla. El crujido de la rotula es perceptible y pude ver la cara de dolor del chulo, retorciéndose en el suelo. Cuando por el rabillo del ojo, percibe a otro de los hombres a punto de alcanzarle, se gira y el canto del empalme del pulgar se estrella contra su garganta. Queda inmóvil, sin respiración.

  -¡tú! pide una ambulancia o llévales al hospital. -le grita al portero-

Carmelo se sube al coche junto a Pablo , con la chica en uno de los tres asientos delanteros y desaparecen por la estrecha calle hasta girar por la calle de Serrano entre el tráfico de la noche madrileña…

Terminada la sesión de BDSM, Carmelo salió discretamente, amparado en el anonimato que le brindaba su máscara. No acababa de comprender como a una persona así, podía gustarle ese tipo de prácticas. Carmelo necesitaba saber cómo se puede ser, al mismo tiempo, sumiso y dominante. Quizá este secreto tan bien guardado por Pablo, era la razón por la cual se mostró tan reacio a investigar en profundidad la muerte de su mujer.

Continuará…

El fotógrafo del tiempo, CAP. IV

Capítulo IV

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DANIELA Y LAURA

Estaba enamorada perdidamente.Lo supo enseguida, incluso antes de retratarla junto a su amiga Laura. Las dos son jóvenes y guapas. Daniela es menuda y morena, aunque es italiana, su español es perfecto. Ya antes de vivir en España, lo hablaba correctamente. Su madre se había preocupado de que aprendiera el idioma de su país. Ahora hacía años que vivían en Madrid. Su pelo negro y liso, su cara de grandes ojos y sus labios marcados le hacían sumamente atractiva. No tenía un cuerpo estilizado, ni largas piernas… pero era armónica. Un conjunto de átomos coherentes.

-¡Vamos chicas…! ¡.. dejad un momento los chupitos y mirad las dos al pajarito!

 -Joder!..¿ahora?…-dijeron las dos al unísono-.

 -Si, os dije que sería cuando yo quisiera…y es ahora. Cerrad los ojos…abrirlos…

 Miró la foto en su iphone. Le hubiera gustado usar su vieja Leica de gran formato, pero estos últimos años había descubierto las ventajas de la fotografía digital. De todas maneras siempre las imprimía en papel. Por alguna razón desconocida, siempre encontraba algo que no aparecía en la pantalla.

Los labios de ambas esbozaron un beso. Los ojos de Daniela no miraban a cámara, estaban clavados en las pupilas de Laura. Eran muy distintas, pero ambas tenían algo que le atraía. Si hubiera sido más joven habría tenido dificultades para elegir. Ahora sólo le interesaba lo que se escondía tras la foto.

Al otro extremo de la barra, sus chicos charlaban animadamente sin hacerles el menor caso. No entendía el motivo por el cual los jóvenes de esta generación mostraban tan poco interés por las mujeres. Aunque el motivo pudiera ser la facilidad para entablar relaciones si lo comparaba con las dificultades de su juventud. Su edad le daba la ventaja de la confianza. El las conocía mejor que nadie. Podía ser el guardián de sus secretos o el señor mayor al que le pides consejo. Ésto, a veces, hacía inevitable que perturbara sus sentidos. <¿Serán conscientes de sus sentimientos?, no puedo creer que Laura no se haya dado cuenta. Es tan evidente…>. Puede que no dejaran de ser imaginaciones suyas…o quizá no.

El timbre de su móvil le abstrajo de sus pensamientos…

-Hola, soy Pablo. La verdad es que no quería llamarte, no es algo que me apeteciera. Pero es algo a nivel profesional. Necesito tu ayuda. Quiero que me acompañes al Instituto Anatómico Forense y que fotografíes un cadáver antes de que se le practique la autopsia. Podemos quedar en Plaza de Castilla. Deja tu coche en el parking y te recojo. Iremos en el mío. Eso sí, tráete contigo tu “magia”, la vamos a necesitar. Cuando acabemos te invito a comer en El El Comunista.

Carmelo colgó y se quedó pensativo. ¿Que quería Roig?. Le conocía desde su época de policía local y de hecho fue la primera pareja a la que estudió. Aún tenía la imagen de su compañera tratada en su cerebro. Desde entonces su relación no era precisamente cordial. No siempre te gusta que descubran tus secretos.

LA AUTOPSIA

Antes de comer, Pablo y Carmelo se dirigieron al IAF. Para ninguno de los dos era una experiencia ingrata. Ambos habían visto muchos cadáveres y en situaciones mucho más desagradables. Sobre la mea de acero inoxidable, totalmente desnudo se encontraba el hombre de Valgamedios. No difería mucho de los aproximadamente treinta “fiambres” a los que se practica la autopsia en Madrid. Su piel era pálida. Como si le hubieran extraído toda la sangre y con ello la vida. Nada anormal, por otra parte. Después de que el forense tomara las fotos reglamentarias, Pablo le pidió permiso para que su amigo “el fotógrafo de poderes especiales” hiciera un reportaje con su propia cámara. Carmelo les pidió que salieran de la habitación y a solas con la muerte tomó una y otra vez imágenes desde todos los ángulos posibles.

-Gracias por dejarnos tomar estas fotos Calderón -dijo Pablo-. Le ruego que me informe lo antes posible del resultado de la autopsia.

-Antes de las diez de la noche podré decirle algo Comisario. En cuanto remita el informe al Juez, podrá conocer los detalles. No parece una muerte violenta. Seguramente tendremos que esperar a los análisis de toxicología. Esperemos que todo sea tan sencillo…

 Ya en el coche, camino del barrio de Chueca, Pablo le puso en antecedentes a Carmelo.

-Lo encontramos en un piso alquilado de Valgamedios. Un vecino dice que se llevo un buen susto. Según cuenta vio al hombre inconsciente a través de las paredes del apartamento, después de que un enorme resplandor hiciera el milagro de hacer transparentes las paredes. Después de hablar con él… joder… es que me siento ridículo contando esto…. Dice que instintivamente alargo su brazo y atravesó la pared hasta lograr tocar a ese individuo…Creo que o estaba drogado o medio dormido. Pero la realidad es que fue él quien avisó al 112.

Carmelo escuchaba atentamente sin decir una palabra. Dejó que Pablo se explayara en sus explicaciones y sus pensamientos. Su rostro no mostraba el menor signo de interés y se limitaba a mirar hacia adelante como si el fuera el conductor del vehículo. Si Pablo tuviera el poder de mirar a través de la materia, en lo más profundo de los ojos del fotógrafo, lo que vería sería tan incomprensible para él, como no verlo.

– Necesito que fotografíes el lugar de los hechos y me des tu opinión. Está todo tal y como lo encontramos. Bueno… casi todo.

 ¿Casi todo? -Ahora, Carmelo, si giró la cabeza reforzando la pregunta-. ¿Y dónde está …lo que ya no está?

-Encontré algo que se nos pasó por alto en la primera inspección. Algo que puede tener valor o simplemente no ser nada. Ya sé que es una irregularidad ocultar pruebas… pero tu me conoces, yo no soy precisamente “regular”. Déjame unos días… ya te lo contaré. Antes vamos a terminar con tu trabajo.

Igual que en el IAF, Carmelo entró solo al apartamento. El comisario se quedó en la puerta. Nunca entendía por qué tenia que hacer las fotos en solitario…

Después de casi una hora, el “fotógrafo de poderes especiales”, dio por terminada la sesión.

-¿Has visto algo fuera de lo normal?

 -Nada. Parece el apartamento de un tío soltero, deportista, sin pareja, que no lee….que no fuma…sin fotos de familia…ni agenda, ni teléfono. Nada de valor, excepto un cronógrafo caro, que por cierto, estaba parado. No lo parece pero… cuando lo he cogido para agitarlo y ver si volvía a funcionar…me pareció falso.

 -¿Falso? ¿Por qué?.

 -No pesaba lo suficiente. Un Hublot de ese tamaño y precio debería ser más pesado. Éste es ligero como un reloj de cuarzo barato.

 Sin decir nada y con su cabeza llena de datos comenzó a bajar las escaleras seguido de Carmelo. Si seguía dando vueltas a esta historia, las croquetas de El Comunista, le sentarían fatal.,

Comieron, tomaron un par de orujos  -para él no había diferencia entre estar o no de servicio- y  dejó a Carmelo en Plaza de Castilla. Llegó a casa alrededor de las 19:00. Marina aún no había llegado y Laura, la chica que se ocupaba de la limpieza le había dejado una nota en su mesa del pequeño despacho:  <ha llamado Marina, llegará sobre las 22:00. Va de compras con una amiga>. Se quitó los zapatos y, sentado en el sofá del salón, miró sus pies intentando encontrar una respuesta: ¿por qué no tenía zapatos ni calcetines?. La vibración de su móvil interrumpió una larga secuencia de preguntas.

 -¿Sr. Roig?, soy Calderón. Tengo los informes.

 -Bien, cuénteme.

 -No es lo que esperaba. Estaba en lo cierto que no tiene ningún signo de violencia ni señal alguna de arma blanca, pinchazos o cualquier marca o erosión en su piel. Tampoco hemos conseguido averiguar la causa de la muerte examinando sus órganos. Están sanos, demasiado sanos para un hombre de su edad, diría que, o bien es un tipo con un físico privilegiado o su edad no se corresponde con las apariencias externas. No hay nada que determine el motivo de la muerte. Ningún fallo somático aparente. Si respirase, estaría vivo. Estamos a falta de recibir los informes del Instuto Nacional de Toxicología, es lo único que podría darnos el motivo de que no lo esté. 

 -Calderón, le habrán envenenado o se habrá intoxicado. Eso sería lo más lógico. Nadie deja de respirar porque si. Ni tan siquiera voluntariamente eso es posible.

 -Tiene usted una mente muy lógica, pero dudo que esa sea la razón. Nada en el examen permite aventurar esa hipótesis. Pero ahora viene lo más increible. -Pablo sitió como su corazón bombeaba a mayor ritmo la sangre a su cerebro-, Todos sus órganos están dispuestos de forma invertida. Como si los viéramos frente a un espejo. Podría ser una anomalía congénita. He consulado toda la bibliografía médica disponible, he consultado a mis colegas, y nada.  Nunca nadie, que se sepa, en todo el mundo, ha sido encontrado con esta “particularidad”.

 -Y eso…¿podría haberle matado?. 

 -Técnicamente no. Si ha vivido así durante cuarenta años no tendría por que ser el motivo del fallecimiento. No se que decirle Comisario.

 -Gracias CAlderón. Ésto no facilita mi tarea. Una última pregunta, ¿Podría ser una muerte natural?

 -Sr. Roig, la muerte natural, ese concepto tan manido, no existe. Algo deja de funcionar: el corazón, los pulmones, riñones, higado… y quedan indicios. Siempre quedan indicios. Creo que no me ha entendido…o no me he explicado correctamente: no hay ninguna razón para que ese hombre no esté vivo. Aparte del “simple” hecho de que no respira, está sano como un roble. ¡Ah lo olvidaba!. ¿Se acuerda del polvo del pie?. ¡Adivine!, no lo va a creer, es tan solo talco. Bueno contiene novocaina, un anestésico local que se usa en pequeñas dosis en los preservativos para retardar la eyaculación. No se que sentido tiene esa sustancia en un pie…usted es el policía.  

-Gracias Calderón. Es un detalle, lo tendré en cuenta. Espero el informe del INT, quizá ahí esté la clave.

Continuará…