El fotógrafo del tiempo, CAP. I

EL FOTÓGRAFO DEL TIEMPO
Mario Sender

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Capítulo I

Era viernes. Un día agotador revisando cientos de pruebas tipográficas, correcciones, reseñas e indicaciones para el editor.
-¿Por qué nadie entiende mis deseos a la primera?, quizá sea demasiado exigente. -pensó- Debería desconectar de mi trabajo. No tengo remedio

El trabajo, siempre esa obsesión tan profesional, que le impedía disfrutar de su tiempo libre, sin pensar en más. Por delante tenía un fin de semana para disfrutar. Cerró la puerta tras de sí y dejó el bolso y su maletín de trabajo sobre la mesa del salón, al mismo tiempo que se bajaba de sus tacones. Camino del baño conectó su exclusivo equipo de sonido Bang&Olufsen. El número cuatro del dial reprodujo el concierto en B menor para violonchelo y orquesta, Op. 104 de Antoni Devorák, dirigido por el maestro Rostropovich. La melodía inundó cada rincón de su ático. El vaho comenzó a inundar el cuarto de baño, como la niebla matinal que acariciaba el valle donde pasó su infancia. Probó la temperatura del agua sobre los dedos de un pie y luego dejó que su cuerpo se adaptara al nuevo elemento. Se relajó, y su mente se fundió como un acorde al ritmo del chelo de Rostropovich. Su cuerpo desnudo de reflejaba en los espejos de la ducha. Se acercó y apoyó sus pechos contra el suave cristal. Echaba de menos el peso del cuerpo de su amante. Sus manos acariciando sus caderas, sus dedos entre sus suaves muslos…se excitó. Se sentó con las piernas abiertas y dirigió el agua de la ducha sobre su clítoris, mientras sus dedos le llevaban hasta el éxtasis. Un orgasmo incontrolable hizo temblar todo su cuerpo. Cuando acabó, salió de la bañera, se secó y se vistió de manera informal con una camiseta larga y un coulote.
-tengo que acabar el dichoso trabajo. El lunes es el último día.

Miró a través de la ventana. Abajo, El jardín había perdido los colores del verano. La luz había desaparecido hacía un par de horas y su cara ya no reflejaba en el cristal el tostado aspecto de los meses estivales. No pudo evitar un sentimiento de melancolía…
-siempre me pasa lo mismo, en invierno deseo el calor y en cuanto acaba el verano quiero volver a disfrutar del placer de sentirme arropada por un precioso abrigo. Tengo que comer algo.

La luz procedente del frigorífico enmarcó su cara angulosa, y sus ojos verdes parecieron reflejar el resplandor al interior, devolviendo el color a los alimentos.No tuvo tiempo de girarse, el golpe le dejó atontada y cayó de bruces sobre el suelo de la cocina, golpeándose la nariz y dejando un reguero de sangre al ser arrastrada por el pelo. El hombre la levantó como si se tratara de una pluma, le puso un pañuelo en la boca y le cubrió la cabeza con una bolsa de plástico. La puso boca abajo sobre la cama y le ató, pies y manos, a las patas. Intentó respirar pero solo sentía como el material plástico se introducía por su boca. Estaba a punto de perder el conocimiento, pero el agresor perforó la bolsa a la altura de su nariz. Respiró con desesperación como si hubiera salido de una inmersión en apnea y se sintió aliviada. Sólo fueron unos segundos, después un terrible dolor recorrió sus entrañas durante horas, hasta que su vida se borró como la espuma elimina las huellas en la playa.
Aquella noche, cundo regresó a casa, le deparó una visión dantesca que, ni en la peor de sus pesadillas, hubiera imaginado. Estaba sobre la cama, en un charco de sangre que chorreaba enlazando las blancas sábanas y la moqueta de la habitación.Semidesnuda, con la ropa hecha jirones y con la cabeza cubierta por una bolsa. El cuerpo estaba lleno de profundas marcas y en su sexo tenía introducido algo, que parecía un instrumento médico, de los que se usan en las exploraciones ginecológicas. Sobre la espalda, como si estuvieran grabadas con tipografía, tenía marcas de letras o signos, que debido a las heridas, no era posible distinguir con claridad. Las manos y pies estaban atados con cable eléctrico de cobre, retorcidos con tal fuerza que llegaban a lacerar la carne y clavarse en el hueso. En el suelo encontró un fleje metálico de color negro tornasolado, de los que se usan para embalar con máquina, con una empuñadura hecha de esparadrapo enrollado en un extremo, que, seguramente, había servido para azotarla hasta desangrarse lentamente. Se quedó paralizado; ni tan siquiera lloró, ni esbozó una mueca…ni un sonido. Salió de la habitación y se sentó en un sofá con la cara entre sus manos. Pasaron varios minutos hasta que su mente asumió la realidad y pudo marcar el número de emergencias en su teléfono móvil.
-Han matado a mi mujer, en casa…¡es horrible!
-Dígame su nombre y dirección, no toque nada. La policía y los servicios de asistencia estarán ahí en unos minutos.

En un gesto de personalidad, tomó su cámara y lo fotografió todo. Tanto el cuerpo como el estado de la habitación. Quería estar seguro de que no era una pesadilla. Se acurrucó en un rincón y sintió como el corazón le dolía. No era un dolor afectivo, era un dolor muscular, como si alguien agarrara sus testículos con una presión constante.

LA DUDA
Desde su precioso ático en el Barrio de Salamanca, en las noches de silencio, podía escuchar las conversaciones de la gente que pasaban por la calle, cinco plantas más abajo. La terraza ocupaba toda la fachada del edificio y le parecía increíble que la acústica le hiciera partícipe de los secretos de los viandantes, que contaban sus historias al amparo de la noche. Tenía la sensación de ser parte de una confesión. Como el párroco que escucha al otro lado de la rejilla del confesionario. Carmelo leía embelesado. Le tenía enganchado la trama de la novela que le habían recomendado. Este verano no era excesivamente caluroso, pero esa tarde el cielo tenía un aspecto plomizo y tormentoso. Hacía bochorno y parecía que el cielo amenazara con abrazar la ciudad. Sintió como una gota de sudor acariciaba su cuello ayudada por la gravedad. Su mente se distrajo por un momento y una imagen se hizo real ante sus ojos. Igual que si estuviera impresa sobre las páginas del libro. Sucedía pocas veces y no conseguía saber si era un recuerdo o una vivencia real. De lo que si estaba seguro es del sentimiento de felicidad que le embargaba. Podía apreciar como su respiración agitaba el vello de su pecho, igual que el viento agitaba los álamos de su pueblo cuando aún era un niño. Sentía el peso de su cabeza sobre él y el silencio. Un silencio que le hablaba a través del contacto con su piel. Como cuando te tiendes boca arriba en el agua y el cielo te habla. Una lágrima se deslizaba acariciando el valle entre su pecho y el vientre, hasta depositarse en el hueco de su ombligo, como el barco que atraca a salvo de las tempestades. Nada más.
-¿será posible que haya olvidado algo?. Puede ser un deseo inconsciente de felicidad o una falta de afecto o quizá un momento pasado que yo haya idealizado. Si pudiera ver su cara es muy probable que pudiera asociarlo…¡joder! -respiró profundamente y el perfume de su pelo le hizo entornar los ojos-. No puede ser tan real…no puede ser. Después volvió a su lectura hasta que le venció el sueño.

Algunas veces, al despertar, le costaba discernir la realidad. Tenía la sospecha de haber estado realizando algo en otro lugar, algo de lo que no era consciente. Era como ver una fotografía que has realizado y en la que a la vez estás presente. “no, no es posible” – se repetía siempre-. Por alguna razón esa duda le causaba inquietud. No quería pensar que tan solo fuera un sueño.

(Continuará)

3 comentarios en “El fotógrafo del tiempo, CAP. I

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