El fotógrafo del tiempo, CAP.II

EL FOTÓGRAFO DEL TIEMPO
Capítulo II

(Capítulo I)

IMG_20180204_214316
Carmelo seguía utilizando cámaras analógicas, tradicionales. Le gustaba esa sensación de incertidumbre. El revelado de las imágenes que iban tomando forma sobre el papel blanco como si se tratara de un espectro que se estuviera materializando. Tenía su laboratorio en una habitación de la casa donde no dejaba que entrara nadie. Era como la cueva del oso. Cuando se encontraba dentro, iluminado por la luz rojiza, se trasladaba a otro mundo. Era un viaje en el tiempo que le permitía ver lo que ya había sucedido. Instantes felices o trágicos, bellezas u horrores…pero siempre instantes únicos, irrepetibles. Su cámara preferida era una vieja Leica motorizada, de gran formato. Le permitía disparos continuos y elegir posteriormente, después del revelado, las mejores imágenes.
Llevaba años viajando por todo el mundo y su colección de fotografías era su tesoro. No quería que su memoria olvidara aquellos momentos que desaparecerían para siempre. Lo consideraba un legado para la posteridad. En verdad que había visto cosas maravillosas: monumentos creados por el hombre al largo de milenios, naturaleza salvaje, amaneceres y ocasos que, como un rito, los seres humanos contemplaban. Fiestas y celebraciones de pueblos escondidos en recónditos lugares del planeta y detalles que pasarían desapercibidos a cualquiera que no tuviera, como él, el hábito de mirar a través del objetivo de su cámara; pero también momentos terribles vividos en los campos de refugiados que provocan las guerras, tratos inhumanos en las cárceles de medio mundo, los horrores de los conflictos armados en oriente medio, asesinatos, maltratos y todo tipo de crueldades. Un universo digno de figurar en su memoria. Estos últimos años, tenía como afición fotografiar parejas: matrimonios, solteros, amigos, homosexuales, lesbianas, incluso parejas de policías, bomberos, parejas de baile, compañeros de trabajo…
No pretendía realizar un trabajo artístico, no quería otra cosa que, a través de la impresión fotográfica de ese instante que transcurre entre que el obturador se abre y vuelve a cerrarse, captar, como lo haría un buen pintor de retratos, la esencia de su alma. Espiar como un voyeur, por la cerradura, sus secretos. Robarles su subconsciente, sin necesidad de preguntar nada. Estaba completamente seguro que ese momento dejaba un agujero negro en el cerebro de los sujetos, una ventana en el tiempo, por el que penetrar con su mirada. Un don que el poseía sin saber porqué, ni con que fin. En realidad no sabía por que lo hacía. Decidido y con la excusa de realizar un trabajo antropológico, empezó a retratar a algunas parejas de su entorno. Les pidió que le dejaran fotografiarlas donde el quisiera: en el trabajo, en casa, en su tiempo libre, en vacaciones, o en sus momentos más íntimos. Se había convertido en una especie de obsesión, una droga que le hacía viajar a un universo de sensaciones placenteras. Otra forma de ver la realidad. Era como espiar a través de la cerradura, el interior de la habitación donde habita el alma.

El encuentro
Pasaban largas horas patrullando juntos, unas veces a pie y otras en su vehículo oficial. Era un lugar tranquilo, donde casi nunca sucedía nada, a excepción de algún alboroto vecinal o cuando tenían que intervenir para mediar en alguna discusión en el local de alterne que se encontraba a las afueras del termino municipal. Un garito que solían frecuentar solterones y algún casado que buscaba lo que no encontraba en casa, aunque últimamente los clientes cada vez parecían más jóvenes. Mantenían una actitud de total discreción cuando alguno de los implicados tenía familia y las chicas se sentían seguras con su presencia. Su relación era cordial. Por lo demás, la vida transcurría entre multas de tráfico y un aburrido trabajo administrativo repartiendo mandatos o notificaciones del pequeño ayuntamiento.
La diferencia de edad no era un obstáculo para que se compenetraran perfectamente. Pablo le sacaba casi veinte años; los mismos que llevaba como policía. Virginia, con poco más de veintiuno, tenía la placa desde hacía poco. Cuando convocaron las plazas, se esforzó al máximo para asegurarse que nadie estuviera tan preparado como ella. Pasó las pruebas físicas con la mejor nota, por delante de todos los hombres. Ya lo había intentado antes en la gran ciudad, pero los candidatos eran muchos y muy buenos. Cuando se enteró, a través de una amiga del pueblo, de que allí había una plaza libre, no lo dudó un instante y se presentó.
Virginia y Pablo formaban una buena pareja, aunque era imposible no fijarse primero en ella. Su metro setenta, su cuerpo atlético, sus ojos verdes y su melena negra, aunque recogida por necesidades del servicio, le hacían destacar a los ojos de cualquiera. Pablo estaba encantado con su nueva compañera. Podía pasarse horas mirando sus ojos color lluvia, mientras ella conducía. Al fin y al cabo no tenia otras cosas más importantes que hacer. Ella sonreía de vez en cuando. Era una sonrisa escondida, apenas un esbozo. Se sentía alagada y sus sentimientos hacía Pablo eran de agradecimiento. Desde que llegó había sido su compañero, su guía, y le había puesto al tanto de casi todo lo que podía encontrarse en el pueblo, que, la verdad, no era mucho.
-Te queda muy bien el uniforme -dijo Pablo, mirándola de arriba abajo-, mejor que a mi. Es muy agradable tener una compañera. Aunque en tu caso, por la edad, pudieras ser mi hija.
-¿No te sentirás intimidado “mi señor mayor” ?…
-Ja, ja, ja..¡no! Solo constato un hecho. Lo veo en los ojos de la gente. Los hombres atraviesan el azul del uniforme como si se zambulleran en el agua, mientras que las mujeres te envidian. Supongo que eres consciente de que ser guapa y atractiva es una ventaja, pero ten cuidado, a la vez puede ser un inconveniente. ¿No creerás que por que seas mujer tendré un trato diferente que si fueras hombre? Eres mi compañera y da igual el sexo. No pienso cuidarte como si fuera tu padre.
Mientras conversaban, Pablo pensaba: <no creo que le haga falta la verdad, estoy seguro que en una situación difícil se defenderá mejor que yo. Está mejor preparada, es más joven y parece tener muy claro que su condición de mujer le ofrece ciertas ventajas. Seguro que no dudaría en utilizarlas>.
-Ni lo necesito, ni pretendo que seas mi padre. A no ser que te guste que te llamen “papi”….-lo dijo con intención de que él captara una acepción distinta y con un mohín en sus labios. A Virginia le gustaba jugar, utilizar su atractivo para incomodarle. En eso Pablo no se equivocaba. Tenía muy claro que era consciente de su atractivo-
-¿Pero…es que siempre estas pensando en lo mismo?. Mira niña, he tenido muchas experiencias a lo largo de mi vida y cuando necesito algo lo pido, siempre con respeto, incluso las cosas más extremas que te puedas imaginar…deja ese tema. Puedes quemarte. Ahora quiero que me hagas un favor. ¿Te acuerdas de lo que te comenté…de mi amigo el fotógrafo?
-Si claro, aunque no acabo de entender lo que pretende.
-Me ha pedido que vayamos a verle cuando acabemos el servicio. Iremos en mi coche, serán cinco minutos. Nos hacemos la foto y después te dejo en Madrid.
-De acuerdo, pero que sepas que a pesar de ser “mi señor mayor”… -Virginia le miró a los ojos y le dedicó una maliciosa sonrisa, mientras se pasaba un dedo por sus labios…
(Continuará)

 

Un comentario en “El fotógrafo del tiempo, CAP.II

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s