El fotógrafo del tiempo, CAP. III

Capítulo III

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Pablo enfiló la N-I en dirección a Burgos. Ahora se sentía observado por Virginia. Las tornas habían cambiado y podía sentir como sus ojos ya no eran los de la policía que le acompañaba cada día. Llegaron a un desvío a unos quince kilómetros, una salida asfaltada de unos cientos de metros y después un camino de tierra que cruzaba un estrecho puente sobre un brazo del río Jarama. Era una zona rural salpicada de casas de campo y algunas fábricas instaladas sin permiso legal. En lo alto de un cerro se alzaba la casa del fotógrafo. Era de una sola planta. Se pararon delante de la gran puerta de entrada y Pablo llamó al timbre. La puerta se abrió y pasaron con el coche. En el centro de la finca había una especie de foso que al principio no supieron identificar para que demonios serviría. Cuando descendieron del coche, camino de la casa, vieron unos pequeños cubículos identificados cada uno con un número.
-Creo que ya sé que es esto -comentó Pablo-. Son box de caballos. Seguramente ha sido una finca de cría y el foso debía estar destinado a la monta. A la reproducción.
-Sabes muchas cosas, me sorprendes. Podrías explicarme como se realiza la monta…me cuesta imaginarlo. -no era una pregunta, mas bien una sugerencia. Sus labios volvieron a esbozar esa sonrisa escondida-
-Otro día. No quiero entretenerte.
EntraronEnt estudio del fotógrafo y allí, en el set, completamente pintado de negro, sin nada más, les pidió que posaran como mas cómodos se sintieran. Tan solo había un par de puf de cuero negro. No quería que nada interfiriera en las instantáneas.
-Ya nos enseñaras las fotos, ¿no? -preguntó Virginia.
-Cuando acabe mi tesis. Ahora quiero que cerréis los ojos y penséis en algo que os gustaría hacer juntos. Luego cuando os de la orden los abriréis.
Ambos se miraron y sonrieron como dos cómplices. Virginia sacó la punta de la lengua y se humedeció los labios. Luego cerró los ojos.
Después de un minuto…
-¡ahora ! miradme!.
El flash iluminó de forma repetida el fondo negro del set como el relámpago que cruza el oscuro cielo en una noche de tormenta. Se despidieron y continuaron por la pequeña pendiente hacía el coche.
-Vaya tío más raro….-comentó Virginia-.

MARINA
Solía coger el metro a la misma hora, le gustaba la hora punta a pesar de que su trabajo le permitía un horario flexible. Abarrotado, en el vagón se daban cita un mundo diverso de personajes: almas en pena con la cara apagada, con los hombros caídos y un rictus en sus labios de suma tristeza, camino de alguna lúgubre oficina donde pasarían el día sin pena ni gloria. Mujeres vestidas con llamativas prendas que dejaban adivinar el deseo de muchos sin importarles las miradas. Más bien les hacían sentirse alagadas. Luego estaban los ejecutivos, bien trajeados, los zapatos lustrados y un aire de suficiencia…como si estuvieran parados con el semáforo en rojo, en su exclusivo deportivo. Solían leer algún periódico salmón o un libro de esos que nadie compra, excepto ellos. Entre todos, éstos eran su presa favorita. Marina se había vestido con un ligero abrigo de primavera, imitando piel de leopardo, sobre un fondo gris plata, que no llegaba más abajo de sus rodillas. Debajo, una minifalda negra y una blusa ajustada, con escote. Ya había entrado en la cincuentena, pero a pesar de su edad, estaba impresionante. No medía más de uno sesenta, pero su delgadez, sus tacones, su pelo corto, su cuerpo cuidado y su estilo, no dejaban a nadie indiferente. Entró la última al vagón. Así se aseguraba de que todo el mundo se fijaría en ella. Con el abrigo desabrochado se agarró a la barra superior. Este gesto acortaba aún más su falda y hacía que sus pechos se desbordaran luchando por salir de su angosta prisión. Tenía una mirada altiva y segura…desafiado a los ojos que la contemplaban. A su lado con un impecable traje, un joven, la miraba de reojo. Era alto y bien parecido. Pero lo que más le llamo la atención a Marina, es que no leía y no llevaba reloj, algo extraño en un ejecutivo. En la siguiente estación el vagón se lleno aún más, podía sentir como los cuerpos a su alrededor hacían lo posible para no incomodarla con su roce, eso le excitaba y no colaboraba para impedirlo. Un mar de cuerpos moviéndose al ritmo de cada curva, de cada frenazo. Marina estaba pegada al joven. Por su nariz pudo percibir su olor a perfume caro. Para acomodarse, se giró frente a él asegurándose de sentir como los cuerpos de alrededor acariciaban sus nalgas, sin dejar de mirar a todos a los ojos.
-Perdona..-le dijo, a la vez que se agarraba a su cintura, y le clavaba literalmente sus pechos. Tenía una voz seductora, que podía modular a voluntad para adaptarla como un engranaje de precisión a lo que pretendía transmitir-.
-Por nada-balbuceó el joven-
-Hoy está muy lleno.
Marina podía sentirle pegado a ella. Entreabrió las piernas. para guardar el equilibrio, dejando que, en cada vaivén, rozaran la del joven. De vez en cuando, sin dejar de mirarle, esbozaba una cómplice sonrisa, o humedecía ligeramente sus labios con un gesto sensual, casi un tic, que no parecía causar el más leve gesto en el rostro impenetrable del hombre. El ejecutivo parecía intentar evitar su perturbadora mirada. Sus ojos verde lluvia atraían el centro de las miradas. No solía llevar carmín, ni pendientes, ni collares. Ningún adorno superfluo. No le hacían falta. Pero, por alguna razón, aquel hombre, aunque turbado, no respondió a sus insinuaciones. Le hubiese gustado sentir como sus manos rozaban su precioso culo, su mirada explorando su escote… En la siguiente estación se bajó contrariada, no sin antes hacerle sentir la dureza de sus pezones al pasar junto a él.

<A los tíos no hay quien los entienda. ¿Estaré haciéndome mayor?.

Al pasar frente al escaparate de Fnac, se detuvo un momento.

<Estoy estupenda, ese hombre debe estar ciego o …quizá no le gusten las mujeres…>.

Continúo andando hasta el edificio de telefónica por la acera derecha de la Gran Vía. Sintió como un cosquilleo en todo su cuerpo a cada paso. Era como si las miradas de los transeúntes acariciaran el bello de su piel sin llegar a tocarla. Suspiró.

<No puedo evitarlo, es mi droga>.

Como cada día, ascendió las escaleras hasta el segundo piso -nunca cogía el ascensor- de forma cadenciosa, despacio, sintiendo como se tensaba cada músculo de sus torneadas piernas y la bala intravaginal vibraba en su interior. Nunca descompuesta, controlando su entorno por si alguien estuviera observándola.

EL CADÁVER

La calle Válgame Dios, en el barrio de Chueca, es corta, angosta, y transcurre entre las de Augusto Figueroa y Gravina. El curioso nombre obedece a una leyenda de la edad media:

«Una noche de luna llena, dos hombres llegaron al convento de San Francisco en busca de un sacerdote, con el pretexto de socorrer a un moribundo.

El sacerdote accedió con la condición de que le acompañara un lego, el cual desconfiando de esos dos, escondió una espada entre sus ropas.

Cuando llegaron a las afueras de la Villa, los dos hombres apresaron y vendaron los ojos al sacerdote y ataron al lego. A continuación llevaron al cura hasta una cabaña y le ordenaron que tomara confesión a una mujer a la que tenían secuestrada y que bautizara después al hijo de ésta, pues, según le manifestaron, ambos iban a morir.

El sacerdote cumplió con lo que le mandaban. Mientras tanto, el lego se desató como pudo y fue en busca del religioso. De repente, a orillas de un pequeño barranco oyó un grito: “¡Válgame Dios!”. Era la voz de la mujer a la que intentaban matar los dos malhechores. El lego llego a tiempo y pudo impedir el asesinato, poniendo en fuga a los agresores.

 De vuelta al convento la mujer les contó que esos dos hombres eran sus amantes y el niño era producto de su relación con un tercero.

Cabe suponer que serían entonces el sacerdote y el lego quienes exclamarían al unísono lo de “Válgame Dios”.

Y es que esta expresión que en sus orígenes significaba “Socorro” ha paso a querer decir algo así como: “Qué barbaridad”.

Las gentes, al conocer este hecho dieron a aquel barranco el nombre de Válgame Dios.»

La estrecha calle está cortada al tráfico por el suceso, aunque no causa muchos problemas. Son alrededor de las 23:30. Tan sólo han pasado veinticinco minutos desde que un vecino avisó a la policía. Aquí, se encuentra la casa de la familia Torres Quevedo, de estilo afrancesado, es un precioso edificio de principios del siglo XX. En el primer piso, que está alquilado, es donde han encontrado el cadáver.

Sentado sobre un sillón isabelino, no parece tener signos de violencia a simple vista. Viste pantalón de alpaca, de corte pitillo, y camisa blanca ajustada; aparenta unos cuarenta y cinco años y, a juzgar por su aspecto musculado, su ropa cara y el moreno de su piel, debía cuidarse con esmero.

Pablo Roig es meticuloso, paciente, frío y de pocas palabras. De carácter taciturno, no era precisamente alguien con quien te irías una noche de juerga. Daba la sensación de que algo o alguien había forjado en el un rictus de desconfianza, tristeza y amargura imborrables. Sin embargo era un buen policía, con experiencia y conocedor de los entresijos de la calle como nadie.

 -¡No quiero a nadie dentro de la escena!…ni preguntas!. Fotografiarlo todo, y cuando digo todo, es todo; la estancia al completo. ¡No toquéis nada.!. ¡Cualquier cosa extraña, detalle, dudas o las bobadas de siempre… Consultarme!

Cuando se encontraba en una situación así, sus sentidos se agudizaban y solo existía un universo: la escena del suceso. Así que tardó poco en encontrar algo extraño,  anormal: el cadaver no tenía zapatos, ni calcetines. Observó detenidamente los pies desnudos; las uñas estaban perfectamente cortadas, y no tenía callosidades. Sin duda les prestaba atención. Al acercarse más se dio cuenta de que su pie derecho era diferente. Estaba cubierto en parte por un extraño polvo blanco y tenía un olor peculiar. Roig extrajo de su bolsillo un test y recogió una muestra. Sobre la mesa auxiliar observó un cronógrafo Hublot . Marcaba las 22:00 horas. Estaba parado y le extrañó que una máquina de 100.000€, fallara. En los armarios la ropa estaba cuidadosamente ordenada: camisas de diferentes colores en un estante y pantalones con sus perchas individuales. Los zapatos en cajas transparentes con sus hormas ajustables. Los cinturones colgados de un extraible, al igual que las corbatas. Las chaquetas eran todas de colores oscuros. En un rincón del armario había un par de mancuernas de 17 kg., un banco de abdominales y un tensor de gomas.  Dentro de la mesilla de noche, tan solo una caja de preservativos, monedas sueltas, algún ticket de compra y una radio-despertador. Le sorprendió que no hubiera fotografía alguna, ni agenda, ni ordenador, ni móvil. Quizá el asesino– -suponiendo que fuera un crimen- se lo hubiera llevado. El vecino dijo haber escuchado un extraño ruido y luces similares a un relámpago. Se asustó porque, al mirar por su ventana, al otro lado del patio, los cristales y las paredes del apartamento parecieron comportarse de manera muy extraña. Como si se hubieran reblandecido y se tornaran transparentes. Así es como vio al hombre inconsciente sobre el sillón.

Cuando Pablo terminó de examinar todo, al recorrer el largo pasillo cubierto por una alfombra, se detuvo. Retrocedió unos pasos y volvió de nuevo al mismo lugar. Su fino oído, su instinto de policía, captó una diferencia de presión en las pisadas. Levantó la alfombra y lo encontró: una pequeña caja de seguridad empotrada en el suelo. <no se por qué pero creo que aquí está la clave. Nadie esconde nada que no sea importante… aunque puede que tan solo sean sus ahorros>. El interior de la caja fuerte era difícil de evaluar: una novela bastante manoseada, que el único valor que podía tener era su antigüedad o que se tratará de una primera edición o una rareza. Algo no le cuadraba.  <creo que voy a tener que volver a retomar la lectura. ¿buscaria el asesino precisamente este libro?>.  –se preguntó-.

Pablo caminaba hacía casa. Era muy tarde, casi de madrugada. La luz de las últimas farolas se confundía con los primeros rayos de sol. Seguía dándole vueltas al caso de Válgame Dios. Su cerebro luchaba para no dejarse llevar por las apariencias. El barrio de Chueca es un lugar donde hace tiempo que los homosexuales han establecido su residencia preferida. Se han hecho un hueco en la sociedad y pueden presumir de ser un colectivo reconocido y al que las grandes firmas de moda y comercio en general, tienen en cuenta, dado su poder adquisitivo y su preocupación por la imagen y las tendencias estéticas. El cadáver parecía disfrutar de una holgada economía. Olía a perfume de marca, cutis cuidado y ropa cara. Además los alquileres en el barrio no son baratos. No hay duda de que podría tratarse de un crimen sexual, pero también no serlo. No quería condicionarse. Su propia experiencia, su conocimiento de las prácticas sexuales más extremas, le invitan a considerar esa posibilidad…pero, al mismo tiempo, le frenaba.

<No tengo ni una sola pista, tan solo un viejo libro, un pie manchado y miles de posibilidades. Ni siquiera sabemos qué, quién o como le han matado. Espero que la autopsia me ayude en algo. La historia del vecino me parece increíble, producto del despertar de alguna pesadilla. Se habrá quedado dormido viendo la televisión y se habrá despertado sobresaltado por los ruidos. Tengo verdadera curiosidad por saber de que ha muerto ese hombre. Según los bomberos la puerta estaba cerrada con llave y no había signos de haber sido forzada, y nadie ha visto entrar o salir a  ninguna persona del edificio a esas horas. No me apetece verle de nuevo, pero voy a tener que llamar a Álvaro para que me eche una mano>. 

Ensimismado en sus pensamientos, cuando se quiso dar cuenta estaba en el Barrio de las Letras. Bajando por la calle de las Huertas en dirección a la Estación de Atocha, todavía se encontró gente por la calle; los últimos habitantes de la noche madrileña. En su caminar llegó a la esquina con la calle del León. Se fijó en la placa donde un hombre sujetaba a un león atado con una cadena. Pensó que era un nombre extraño para una calle de Madrid, tanto o más que Válgame Dios. A pesar del cansancio debido a la tensión, el paseo en solitario le reconfortaba. Pensó en sus años como policía local en aquel pequeño pueblo y la satisfacción que – ya como policía de la brigada criminal- le producía recorrer todos los rincones de la noche madrileña, casi siempre solo. Claro que, entonces, tenía casi veinte años menos. <La noche, el alcohol y las drogas dejan al descubierto la verdadera esencia del alma. Somos como los depredadores cuya mayor actividad es nocturna. La habilidad queda limitada por las especiales condiciones de luz y hay que estar siempre alerta. Algunas personas, sin embargo, esas fantasías nocturnas, esa libertad de consciencia, la suplen con los sueños. Yo prefiero las pesadillas del mundo nocturno.> 

Tenía muy claro que el ser humano es de por sí perverso. Consciente del bien y del mal, pero tendente a disfrutar de las cosas prohibidas, experimentar el deseo de lo que no le está permitido.

<Mañana llamaré a Álvaro, y comeremos en el Comunista. Después iremos al apartamento y al depósito de cadáveres. Marina debe estar preocupada>.

Al día siguiente le esperaba una sorprendente revelación: la autopsia.

(continuara…)

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