El fotógrafo del tiempo, CAP V

Capítulo V

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El secreto del Comisario

La relación de Carmelo y Pablo se remontaba a su época de policía local, después de la muerte de su mujer aquella aciaga noche y cuando ya había decidido tomar parte por su cuenta en la búsqueda del asesino. Carmelo y Virginia fueron la primera pareja que fotografió con la escusa del estudio antropológico. Pablo siempre tuvo la certeza de que la situación en que encontró a su mujer parecía producto de un ritual o de alguna práctica sexual extrema. Necesitaba conocer algo más sobre esas prácticas. Sumergirse en ese mundo oscuro y cerrado. No le fue difícil conseguirlo a través de Internet, en una de las miles de páginas existentes.

Aquella noche había conseguido una invitación para presenciar algo muy especial; una sesión en el sórdido mundo, lleno de tabúes y prejuicios, de las prácticas sexuales denominadas  BDSM. Son muchas las parejas que lo practican, pero muy pocas las que lo confiesan. Podría decirse que, incluso los no practicantes, lo tienen como una de sus fantasías más recurrentes. Carmelo deseaba presenciar con sus propios ojos el fascinante mundo de las mazmorras, la sumisión, el spanking, la disciplina, y todo lo que conlleva lo que se conoce como BDSM. Le intrigaba sobremanera la relación entre esas parejas que, voluntariamente, acceden a la práctica de las mal llamadas desviaciones sexuales.

En un lugar solo conocido por los iniciados, en las cercanías de Madrid, asistiría a la presentación y entrega en público de un sumiso. Su Amo le pondría a prueba públicamente. Pablo no podía evitar un cierto nerviosismo. El lugar impresionaba. En el centro de la amplia habitación había una especie de potro de gimnasia, algo más bajo, cubierto de cuero negro sobre una tarima. Más allá, en la pared del fondo, pudo observar dos maderos en forma de aspa, con unas ataduras que supuso que eran para las manos. Y, sobre un estante, varas, fustas y látigos de diversas medidas y materiales, además de otros instrumentos que nunca había visto, ni podía imaginar cual era su utilidad.
Acomodado en la penumbra, a su lado se encontraban hombres y mujeres de edades diversas que aguardaban expectantes a qué comenzara la sesión. Se respiraba un ambiente de secretismo, un aroma a sexo animal. La iluminación era escasa y centrada en rincones puntuales de la habitación. Muchos de los asistentes llevaban el rostro cubierto, sin duda con el fin de preservar su identidad. Aunque a él le pareció que una gran mayoría se conocía. No era un sitió donde cualquiera accediera en busca de diversión. Aunque no lo pareciera, le habían informado acerca del extraordinario respeto con el que se siguen esas prácticas y las normas que rigen entre los participantes. A pesar de todo, le daba la sensación de encontrarse en un lugar de otro mundo. Intentó prestar atención a la música de fondo. Era una pieza de música clásica, seguramente un concierto para violonchelo. El látex, el cuero, las máscaras…esa iluminación y la melodía, conseguían su objetivo: romper con la visión rutinaria de la realidad. No había duda, resultaba hipnótico.

La mujer avanzó con paso seguro vestida totalmente de látex rojo. Un corsé realzaba sus pechos y las botas altas enmarcaban sus piernas torneadas hasta la mitad de sus muslos. Llevaba máscara y una especie de plumero en una de sus manos. En la otra sujetaba una cadena metálica al final de la cual, como si de un animal se tratara, se arrastraba a cuatro patas un hombre. Vestía un correaje de cuero negro sobre el torso desnudo y un pantalón corto del mismo material que dejaba sus nalgas al descubierto. La mujer se dirigió al que parecía el maestro de ceremonias y le entregó un documento. El hombre lo examinó y le hizo un gesto afirmativo al devolvérselo. Inmediatamente levantó al sumiso del suelo y sujetó sus manos a las ataduras del aspa, de cara a la pared. Le puso una capucha de tela que impedía su visión y se dirigió a los espectadores.

 –¿Algún voluntario dispuesto a infligir un duro castigo a mi esclavo?. Cuatro por favor. Serán series de cinco golpes cada uno,  a  no ser que el os elimine antes. Si averigua quién es el castigador, este dejará el juego. Decidle vuestros nombres.

Carmelo contempló aterrado como el primero de ellos, apodado Khan, cogió una de las varas de la mesa y la probó en el aire. El silbido al sobrepasar la velocidad del sonido le heló la sangre. El hombre se colocó en un lateral del sumiso y descargó un golpe preciso sobre sus nalgas. Se escuchó un gemido ahogado.

-¿Nombre?
– Pedro –dijo el esclavo con un hilo de voz-
– No, Khan -contestó su Ama-

Uno tras otro los cuatro hombres fueron dejando sus marcas hasta que el hombre averiguó los nombres de sus castigadores. Las heridas de sus nalgas tenían un tono morado y parecían a punto de estallar en un río de sangre. Después la mujer le acarició y le dejó libre las manos. Pablo se inclinó y le besó los pies, entre el aplauso del público.

A Carmelo, aquella experiencia le dejó confuso y hasta cierto punto preocupado. En otros lugares de la sala parejas de distintas edades, físicos y apariencias se entregaban a diversas prácticas relacionadas con la dominación, la iniciación y el placer en todas las formas imaginables. Se excitó. No debería, pero fue así. Entonces imaginó el sufrimiento que ese hombre, igual que su mujer, había experimentado e intentó entender su comportamiento. A pesar del castigo el hombre parecía encontrar placer en ello. -Que extraño es nuestro cerebro y como engañan las apariencias -pensó-.

El verdadero motivo por el que decidió fotografiar a Virginia y Pablo era comprobar si ese secreto que Pablo ocultaba quedaba a la vista en el momento del revelado, aunque el ya había visto, a través del visor de su Leika, indicios de su particular forma de placer. Quizá la transmutación había comenzado. Lo vio en sus ojos, en su lenguaje corporal; …desde que le dijo que solo accedería a fotografiarse con determinadas condiciones. Observó su mirada huidiza, su caminar alrededor de Virginia indeciso, su forma de preguntar la postura a adoptar… ¿Como podía ser tan distinto?. Le había observado en situaciones muy diferentes, como aquel día en que coincidió con Pablo en el Pigmalión, uno de los locales de alterne más conocido de Madrid:

Había salido solo a tomar una copa. Echaba de menos la compañía femenina y allí estaban las chicas más guapas de la ciudad; la mayoría aspirantes a modelo a la caza de algún caballo blanco…y que finalmente terminaban ejerciendo la prostitución de lujo, a pesar de que hubieran tenido alguna oportunidad en el mundo del espectáculo o la televisión. Pablo estaba al fondo de la barra, charlando con una exótica brasileña, bastante más joven que él. En cuanto se dio cuenta de su presencia se acercó y le invitó a una copa…. Charlaron sobre el ambiente de la ciudad y se rieron un rato en compañía de las bellas chicas. Una de ellas parecía muy interesada en Pablo y no hacía más que rogarle que le llevará a casa. No parecía ser un simple interés económico. Se la veía nerviosa y algo preocupada por salir de allí lo antes posible. Al otro lado de la barra, cerca de la entrada, unos hombres jóvenes no dejaban de observarla.

-Ya nos veremos Carmelo. Yo voy a llevar a esta preciosidad a casa. Voy a pedir que me traigan el coche -le dijo             al mismo tiempo que llamaba al guarda coches-.

-Señor – dijo balbuceando el portero- no encuentro las llaves, ¿seguro que me las dejó al llegar?
¿…que? estás diciendo que no tienes las llaves de mi coche?. ¿me tomas por un mentiroso?, ¿sabes quién soy yo?

No terminó de cerrar los labios cuando con un frenazo seco, el coche del comisario, un pequeño Matra Simca de tres plazas, se detuvo delante de ellos. Estaba conducido por tres jóvenes con aspecto de matones de discoteca. Pablo se puso hecho una furia. Aunque su lenguaje corporal era relajado, sus palabras eran imperativas. Quizá eran las palabras que acostumbraba a usar en el trato con los delincuentes de los barrios más conflictivos de la ciudad. Sin duda eran intimidantes y seguramente necesarias. Carmelo se limitó a observar con una mueca de preocupación en su cara.

 -¿se puede saber que hacéis con mi coche gilipollas?!!!
-Esa zorra que va contigo es mi novia carca, y ya que te invita a coño…tendrás que pagar algo por ello…que                     pensabas?…
-No le he rozado ni la piel…¿..que demonios queréis?. Solo me ha pedido que la lleve a casa.

          -¿Quieres tu coche?… Pues deja a mi chica y lárgate vejestorio…

La “escort”intenta interceder sin éxito y el joven la empuja sin miramientos al mismo tiempo que, de una patada, cierra la puerta del pequeño deportivo. Pablo empieza a comprender que la situación se complica por momentos. Son tres hombres jóvenes y ellos, contando a Carmelo, sólo dos. No quiere usar su condición de policía. Tiene que intentar evitar la pelea o de lo contrario saldrán mal parados… pero su carácter le pierde…

 -Está bien, tu ganas, dame el coche y quédate con ella. Ya sé por qué quiere invitarme a coño, su novio no tiene          huevos para enfrentarse a un carca el solo.
        -¡Serás hijo de puta!. ¡Te voy a matar abuelo!

No puedo olvidar como, ciego de furia, el chulo arremetió contra Pablo, que le evitó con un simple paso lateral, que no hizo mas que sacar de quicio al “novio”. Casi no le ha dado tiempo a pensar, cuando escucha pisadas a su espalda. Es como si se tratara de un búfalo cafre embistiendo a un árbol. No puede fallar. Fruto del entrenamiento, de forma automática la pierna de Pablo, impactó con fuerza a la altura de su rodilla. El crujido de la rotula es perceptible y pude ver la cara de dolor del chulo, retorciéndose en el suelo. Cuando por el rabillo del ojo, percibe a otro de los hombres a punto de alcanzarle, se gira y el canto del empalme del pulgar se estrella contra su garganta. Queda inmóvil, sin respiración.

  -¡tú! pide una ambulancia o llévales al hospital. -le grita al portero-

Carmelo se sube al coche junto a Pablo , con la chica en uno de los tres asientos delanteros y desaparecen por la estrecha calle hasta girar por la calle de Serrano entre el tráfico de la noche madrileña…

Terminada la sesión de BDSM, Carmelo salió discretamente, amparado en el anonimato que le brindaba su máscara. No acababa de comprender como a una persona así, podía gustarle ese tipo de prácticas. Carmelo necesitaba saber cómo se puede ser, al mismo tiempo, sumiso y dominante. Quizá este secreto tan bien guardado por Pablo, era la razón por la cual se mostró tan reacio a investigar en profundidad la muerte de su mujer.

Continuará…

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