El fotógrafo del tiempo. CAP. VI

Capítulo VI

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Obsesión

Habían pasado casi dos años desde que encontró a su mujer sobre la cama y las pistas y el resultado de la investigación por parte de la policía no había dado ningún resultado y la confianza en su amigo, el Comisario Pablo, después de haberle visto en esa situación era nula.  Carmelo estaba totalmente abatido. Sumido en una profunda depresión, se limitaba a dejar que el tiempo marcara su cara como si se tratara de un papel arrugado. No podía pensar…imaginar, ni comprender como podía haber sucedido semejante atrocidad. Se movía con la mirada perdida de un lugar a otro del salón como un autómata.  En un momento de su deambular se detuvo frente a la librería y fijó su mirada en los múltiples volúmenes que poseía sobre alquimia, esoterismo, astronomía, astrología y ciencia. Todos ocupaban un lugar destacado. Eran parte de su afición. Por alguna razón que desconocía, su subconsciente le trasladó a los años en que, mucho más joven, comenzó a interesarse por esos temas. Pensó que quizás entre todos aquellos libros habría algo que le haría entender los misterios de nuestra existencia y el porqué de lo sucedido. Probablemente no le serviría como consuelo, pero aliviaría el dolor que se había instalado en su alma. Las circunstancias y la forma en que fue ejecutada su esposa no eran tampoco nada habituales y necesitaba encontrar alguna explicación más allá de lo que mostraban las apariencias. Su colaboración con el comisario Pablo, no había hecho más que revivir aquellos recuerdos. El supuesto crimen de Valgamedios le devolvía al pasado.

Sin pensarlo, sus dedos se dirigieron a un ejemplar de  Las Moradas Filosofales, un libro que había leído muchas veces. El autor, Fulcanelli, fue un personaje anónimo sobre el que se han escrito cientos de teorías sobre su identidad. Ni tan siquiera existe la certeza de que se tratara de un solo personaje y se especula con que podría ser un colectivo de alquimistas. La dificultad de entender a Fulcanelli es que escribe con “qualia” y ello hace muy difícil, si no eres un adepto avanzado, inmerso en la realidad de la alquimia, la interpretación de sus exposiciones.

<Lástima que no acabara su tercera obra, Finis Gloriea Mundi, sin duda hubiera sido el colofón de su trilogía>

Se sentó junto a la ventana y se dispuso a comenzar la lectura. Estaba aún en el prólogo y sintió como su cuerpo rejuvenecía repentinamente. Tenía veinte años menos. Había nacido en un pueblo pequeño, Guadalcanal, que presta su nombre a una isla del archipiélago de las Salomón en el Pacífico, por haber sido ésta descubierta por Álvaro de Mendaña en 1568, quien la bautizó así en honor a su pueblo extremeño. Guadalcanal pertenece a Andalucía, a la provincia de Sevilla, pero hasta 1833 fue parte de Extremadura. Allí pasó su infancia y se empapó de las historias  que se contaban sobre las aventuras de los notables del pueblo. No dejaba de soñar con viajar a esos lugares allende los mares o en descubrir uno de esos filones de plata que tanto revuelo levantaron en su época.  Apenas tuvo conciencia comenzó a leer todo lo que cayó en sus manos sobre la historia de sus orígenes. Lo primero que descubrió es que durante los siglos XV y XVI llegaron al pueblo, procedentes de toda Europa, una legión de alquimistas y metalúrgicos atraídos  por la explotación de las minas de plata Pozo Rico. Él, entonces, poco sabía de alquimia y menos de la filosofía que ésta encierra. Con el tiempo y la lectura supo que no sólo buscaban transmutar los metales, si no, como fin último, alcanzar la iluminación; el conocimiento absoluto. Entre los estudiosos, Fulcanelli, ocupaba un lugar destacado. Incluso podría haber estado allí a principios del siglo XX. Si como había leído estuvo en Sevilla, casi con seguridad que habría viajado a Guadalcanal. El misterioso personaje era citado por Jacques Bergier en El Retorno de los Brujos, como uno de los dos alquimistas que visitaron a físicos nucleares de renombre en el periodo comprendido entre las dos grandes guerras mundiales. Se cree que tenían conocimiento muy avanzados sobre el funcionamiento de los reactores nucleares y no dudaron en advertirles del peligro que el manejo de partículas subatómicas conlleva. Pero sus advertencias no fueron tenidas en cuenta  , hasta que el premio nóbel E. Fermi, muchos años después, consiguió la primera reacción en cadena.

En plena lectura, al pasar una de las páginas, encontró un recorte de prensa que le llamó poderosamente la atención:

“Inventata la macchina che fotografa il passato”.

El artículo del semanal Domenica del Corriere, hacía referencia a un personaje llamado Alfredo Pellegrino Ernetti, que junto a un equipo de doce físicos había inventado una máquina capaz de fotografiar el pasado. El principio de su funcionamiento tenía lógica. La energía, y todo en el universo es energía en una forma u otra, persiste por siempre. Imágenes, sonidos, absolutamente todo debía impregnar el espacio desde el Big Bang.

<¿acaso no están los físicos enfrascados en descubrir el origen del universo estudiando el eco de la radiación original? -pensó para si mismo Carmelo- Sería un invento que haría temblar los cimientos de nuestro conocimiento, de la historia y lo que a priori damos por cierto.>

Carmelo, como si de una iluminación se tratara, dedicó toda la tarde y los siguientes días a repasar una y otra vez sus libros de física y estudiando las últimas noticias sobre los más recientes descubrimientos de la nueva teoría sobre la composición de todo el universo: la física cuántica. Descubrió que aquel aparato al que hacía referencia el artículo, no llegó a ser tomado en serio y la noticia se diluyó en el tiempo sin que nadie hubiera vuelto a interesarse por ello. Desde 1972, fecha del artículo, nada más se supo. Por su cabeza se sucedieron todo tipo de ocurrencias donde aplicar ese invento, pero, sobre todas ellas, una:

<si fuera capaz de conseguir fotografiar el tiempo, lograría encontrar a quien o quienes mataron a mi mujer y quizá resolver el misterio del hombre “al revés”. Desde 1972 la ciencia ha avanzado mucho. La visión de los científicos era muy diferente y todo lo que hace 40 años fue ciencia ficción ahora es una realidad. Nada es imposible -se dijo Carmelo->

¿Pero como podría él, un simple fotógrafo, llegar a conseguir algo que los científicos más brillantes aún luchaban por entender?.  Entonces su mente lógica le envió una señal, un pensamiento racional con una idea irracional: <si Fulcanelli y aquel otro alquimista, sabían algo que Fermi desconocía, aún siendo un físico de renombre… ¿de donde procedía aquel conocimiento?.

Empezaría por regresar a Guadalcanal. Si Fulcanelli estuvo allí o en Sevilla, seguiría la pista aunque tuviera que recorrer todas las galerías de las minas de Pozo Rico. En algún lugar debía encontrarse ese conocimiento perdido.

<Ernetti ha tenido acceso a algún documento o conocimiento que tiene una base científica indiscutible. No sé la razón del olvido de tan significativo hallazgo. Puede que sea tan solo una patraña más de otro parapsicólogo con afán de notoriedad, pero estoy convencido de que el “Cronovisor” es posible>

Carmelo de despertó sobresaltado, aún con el libro sobre su pecho, perdido entre la realidad y su ensoñación, obsesionado con el”Cronovisor”. Dispuesto a buscar “esos poderes especiales” a los que hacía referencia el Comisario Roig, y que poco tiempo después de convertirían en una obsesiva realidad.

Continuará…

 

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