El fotógrafo del tiempo. CAP.VI

El cementerio de los ingleses.

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Desde aquel día, Marina había adquirido un querencia enfermiza por el Cementerio de los Ingleses. Una vez al mes se citaba en la pequeña casa que había para los guardeses. El cementerio casi no se utilizaba y presentaba un estado de abandono lamentable. Amparados por la noche, ella y su amante de ocasión daban rienda suelta a sus fantasías. Le había conocido por casualidad en un funeral y fue quien le habló del sepulturero. A Marina le costaba creer aquella historia que le relató medio en serio medio en broma, aunque le juró que era cierta. Su amante le confió que era primo suyo  y procedía de un pueblo de Sevilla y que, al no tener preparación por haber trabajado toda su vida en las labores del campo, fue el único trabajo que encontró en Madrid.

El cementerio era un lugar donde le gustaba ir preferentemente en invierno, cuando las sombras de los cipreses y el aire helado, bajo la luz de la luna, conferían al lugar un aspecto decadente, de otros tiempos. Oculto bajo su abrigo de Carolina Herrera, el cuidado cuerpo de Marina llegaba a estar  tan caliente que pareciera que las gotas de lluvia se evaporasen al instante. Su amante ocasional se sentía cohibido por el entorno y  la oscuridad de la noche. Justo lo que pretendía. Sentía como su cuerpo crecía frente al hombre hasta dejarle reducido a un simple juguete sexual. Su rol era sistemático: Se colocaba un sombrero con velo negro, abría los botones de su abrigo y adoptaba la personalidad de una desconsolada viuda que iba a llorar a su marido. Los tacones muy altos y la falda muy corta, la blusa ajustada y escotada realzaba sus aún turgentes pechos. El amante ocasional que había cazado en cualquier autobús o tren, difícilmente era capaz de resistir sus encantos. Les costaba articular dos frases seguidas ante la actitud dominante de Marina. Le excitaba dominar la situación, controlar el espacio y el lugar y sentirse poderosa frente a los hombres.

Después del fracaso en el vagón de metro con aquel soso ejecutivo sin reloj su cerebro necesitaba la recompensa del sexo y su marido, no era suficiente. Cuando salió del edificio solo tenía un pensamiento en su mente: el sepulturero. Era su mejor presa, su amante preferido. Pidió un taxi y camino del Cementerio de los Ingleses, se citó con él.

           -Esta noche voy a visitar a mi marido, te espero en el Cementerio de Los Ingleses. 

           -Quieres algo especial esta vez. Haré lo que me pidas -le dijo el hombre-

           -Ponte el mono más viejo que tengas, sin nada debajo…¿entendido?

Marina se presentó con el aspecto de una compungida viuda. Vestida totalmente de negro, con su cuidado aspecto y sus largas piernas cubiertas con medias de seda negra. Su mini vestido apenas ocultaba sus curvas modeladas en el gym. Quien la viera con su abrigo de Carolina Herrera, en su precioso Jaguar S-type de color verde inglés, pensaría que todo se lo debía a su difunto y rico marido.  Nada más lejos de la realidad.

Espérame en el panteón de la familia Bauer, no te será difícil encontrarlo. Es de los más grande del cementerio. Una      especie de templete. No olvides tus herramientas. Estará cerrado.

          -No te preocupes, no tendré problemas para abrirlo. ¿Te espero dentro?

          -No. Tu abre y después deambula por el cementerio. En tu papel. Por si acaso alguien merodea. Te avisaré a tu    número de móvil cuando esté lista. No más tarde de las 21:00.

Al otro lado del teléfono el “sepulturero” asintió con la cabeza y colgó.

A la hora fijada, el hombre, después de abrir la puerta del panteón de los Bauer, recibió la llamada. Caminó entre las lápidas por los estrechos pasillos cubiertos de malas hierbas hasta llegar frente a la verja de entrada. Un chirrido puso en alerta a Marina que ya se encontraba en el interior, esperando impaciente sobre la lápida. El hombre no dijo una palabra. Se acercó por la espalda y con las tijeras de podar cortó la blusa y la cinta del sujetador de Marina. Un escalofrío recorrió su espalda y sus pezones libres de su prisión se endurecieron instantaneamente. El enterrador pasó su lengua despacio por el surco de su espalda mientras sus manos apretaban sus tetas. Marina inclino la cabeza hacia adelante y arqueó la espalda. Parecía una leoparda en celo entre las garras de su macho.  Después la tumbó de espaldas y “la viuda” sintió como el relieve de las letras se clavaba en su piel.  El enterrador sacó las mangas y la parte superior del mono y lo ató a su cintura. Sus enormes manos rasgaron las medias y ató sus piernas con ellas a las anillas de latón que adornaban la lápida. Cada embestida del enterrador era acompañada de las palabras más soeces que se puedan imaginar. Agarrada al mono de su amante, poseída por la pasión, intentaba -si esto fuera posible- meterse dentro todo su cuerpo. El pobre hombre solo gemía y se movía al ritmo que Marina marcaba. Su saliva chorreaba sobre sus pechos hasta mezclarse con el sudor, formando sobre el  frío mármol un charco de fluidos y olor a sexo.

El enterrador era un hombre rudo y primitivo, salvaje, con la piel curtida por el viento y el sol, y un instinto animal con respecto al sexo. A Marina le resultaba de un atractivo fuera de lo normal. Un amante diferente. Muy lejos de esos otros hombres a los que seducía en los vagones del metro. Era el único que le hacía sentirse poseída.

Cuando se incorporó las letras de la lápida, con caracteres hebreos, se marcaban en su espalda. Entonces, sucedió algo que le sorprendió: el enterrador sacó una cámara instantánea y la fotografió. Satisfecho, cuando llegó a casa, imprimió la foto de la espalda de Marina y la clavó en el mural,  junto a las de las demás viudas…

Ya en el coche, mientras el magnífico cuero de su Jaguar calmaba el calor entre sus piernas, Marina, camino de casa, no dejaba de pensar en  lo sucedido,

          -No debí dejarle fotografiar mi espalda. ¿para qué lo hará?

Continuará…

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