La piedra de pedernal.

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Había un hombre que nació pobre. Soñó que tendría la mejor casa, el mejor coche y la mujer más guapa. Que sería rico. Cuando lo consiguió, siguió pensando. Insatisfecho, dejó de pensar en riquezas que ya tenía hasta que un día, perdió su casa, se quedó sin coche y no tuvo a la mujer soñada. Pasó el tiempo y la vida se hizo monótona. Nada le complacía. Aunque ahora ya tenía un problema menos; ya no quería ser rico. Entonces miró al cielo y se dió cuenta de su pequeñez. ¿Quién era él? Un ínfimo ser entre millones de trillones de estrellas…
Volvió a pensar recordando su infancia. Intentó recordar algo que le hubiera hecho feliz desde entonces. A su mente infantil, pérdida en el fondo de su cerebro, vino un precioso recuerdo: era verano y se encontró sentado en un trillo. La mula giraba alrededor de la empedrada era sobre los haces desparramados de trigo. Se sintió feliz. Luego, sentado sobre una gavilla, examinó una pequeña piedra de pedernal desprendida del trillo, mientras al otro lado, un par de campesinos lanzaban al viento los granos de trigo para separarlos de la paja.
Aquello, tan simple, le resultó muy útil. El hombre que nació pobre y que llegó a ser rico, decidió quedarse tan solo con lo que le había hecho feliz. Se quitó las máscaras. Se deshizo de lo superfluo y dedicó sus esfuerzos a encontrar todos esos granos de felicidad entre los montones de paja que le rodeaban. Escondió su mente acomodada, encerró bajo siete llaves ese cerebro modelado para la sociedad y sacó del fondo de su alma sus pensamientos infantiles, los más puros e intocables.
Así, otro día de alguno de sus muchos años, observó el cielo de nuevo. Buscó una estrella que le dijera algo y la encontró, igual que aquella preciosa piedra de pedernal. Y de la misma manera, subido al trillo de sus deseos, comenzó a separar los granos de su vida.
Encontró a la mujer más bella, recobró su afición a la lectura, aprendió a ordenar las palabras, encontró los amigos que no tenía o había olvidado y decidió que su vida debería tener un sentido. Habló, escribió, pintó, enseñó y difundió. Por fin se había dado cuenta que su felicidad, también es la de otros. Desde entonces siempre busca esa piedra de pedernal que le ayude a no olvidar lo que siempre tuvo. Incluso le puso nombre, cuerpo, ojos, cara, deseo, amor y besos.
M. Sender

 

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