Anaid

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Melkart.

Melkart descendió con su carro de fuego para contemplar la obra de sus adeptos. Mientras bajaba lentamente sobre la bahía, a través de las aguas transparentes, observó como cientos de atunes, los Reyes del Mar,  con sus lomos plateados, formaban una isla donde sus pies no tocaran la tierra. Había pedido que allí, en Gadeira, se levantara el santuario más bello y admirable de todo Occidente. Melkart consideró el lugar de una belleza sin igual. A pesar de ser un Dios, el más grande y poderoso, también necesitaba un descanso. La guerra de Troya, al otro lado del Mare Nostrum, consumía muchas de sus energías.

Melkart ordenó construir dos gigantescas columnas, que precedían la entrada del templo, símbolos de su fuerza y poder. Más allá se extendería un mundo desconocido: el gran océano sin fin. Solo él, con su carro de fuego atado a las inmensas columnas, osaría enfrentarse al desafío. También comprobó como se había cumplido otro de sus deseos; alrededor y en el interior del templo, dentro de grandes vasijas de bronce, el fuego ardía día y noche. Desde cualquier punto de la bahía, en la oscuridad nocturna, un dorado resplandor pintaba la costa.

Cómo Dios de la fecundidad, para celebrar su llegada y agradecer su lealtad, aquella noche todas las mujeres fueron fecundadas, a los niños que nacieran, les concedería el don de la gracia y el teatro; a las niñas, la belleza de las flores. A sus fieles Reyes del Mar, por librarle de pisar con sus pies divinos las moradas terrenales, les confirió el poder de cruzar cada año el pequeño estrecho y vivir en el océano sin fin, atados por el invisible hilo de las divinas columnas.

Melkart, como todos los Dioses, por último, pidió un deseo. Un capricho sólo posible para las divinidades: yacer con la luna. Si los habitantes de Gadeira le complacían, el nombre de su pueblo sería conocido durante toda la eternidad. Así, reunido el Consejo de Sabios, idearon un plan tan ingenioso que no podía fallar.

La luna llena ocupaba majestuosa el cielo. Melkart seguía de pie sobre los atunes. Los sabios habían encargado fabricar un enorme aljibe, con forma trapezoidal, cuya única entrada era el mar. Desde esa entrada, un largo pasillo continuaba hasta rodear a los Reyes del Mar. Erguido sobre sus lomos, Melkart esperaba. Las paredes del aljibe fueron recubiertas de brillantes escamas, que a modo de espejo reflejaban de forma infinita la luna llena. Dentro del aljibe, tumbada sobre el círculo de la luna, estaba Anaid, la más bella de las mujeres de Gadeira. Sus irresistibles ojos negros, su pelo de azabache y su piel de luna, sin duda, la hacían digna de un Dios.

Los atunes, Reyes del Mar, condujeron complacientes a Melkart a yacer con la luna. Siguieron diligentes el camino marcado hasta el aljibe y el Dios de la fecundidad quedó prendado de la luna llena que se reflejaba sobre el cuerpo de Anaid, el cual, recubierto totalmente de escamas, brillaba sin igual.

Pasaron los años, los siglos, llegaron Romanos, Árabes…y la actual Cádiz, la bahía de los Reyes del Mar, la elegida por Melkart, sigue sorprendiendo por su belleza y sus gentes, sin igual.

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No sé si es verdad o mentira, pero este es el origen de la belleza de las mujeres de Cádiz.

M. Sender

 

 

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