El fotógrafo del tiempo. CAP. XI

Capítulo XI

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El pequeño pueblo costero comenzaba su actividad muy temprano; antes de amanecer. En las noches de luna llena, a través de su ventana, observaba las faenas de los marineros con sus aparejos de pesca. Sus ojos recorrían el horizonte por encima de las viejas y coloridas barcas de madera que se mecían al compás de las suaves olas. De vez en cuando, algunos destellos plateados rompían la oscuridad, intentando competir con las estrellas. Tenía apenas trece años.  La vida de pescador de su padre era dura; a veces pasaba meses en el mar. Ella y su madre sólo esperaban. Hoy era un día de esos en que regresaba a casa.

El padre de Marina tenía las manos grandes, duras, curtidas por el salitre del mar y la cara horadada por el viento. No era muy alto, pero si fuerte y fibroso. Él y su madre llevaban casados más de quince años. Cuando era más pequeña, un recuerdo que aún perdura, les miraba embelesada, como un árbol al borde del camino contempla a los caminantes sin poder hacer nada. Él se sentaba a su lado mientras hablaba con su madre. Siempre pensó que se refería a ella. Su padre tenía un tono de voz extraño. Le inquietaba y asustaba hasta provocarle el llanto, haciendo que la cara de él adquiriera una tonalidad rojiza, como azotada por el viento de una dura jornada de pesca. Por el contrario, su madre, una mujer muy guapa, permanecía en silencio, con la cabeza inclinada sobre la mesa. Marina no sabía que estaría pensando, solo deseaba estar entre sus brazos. Tenía la sensación de que su corazón la acariciaba y sus ojos le cantaban la más alegre de las nanas. Con su padre nunca tenía esa sensación de placer. Las pocas veces que la tomaba entre sus rudas manos, aquellos ojos le parecían interrogativos, como si buscaran algo que ella desconocía.

El sonido de los motores diesel se apagaba en la distancia, como si el suave murmullo del mar hubiera cogido la delantera y se acercara a su ventana. Aquel día juro que nunca dejaría que ningún hombre la dominará.

La puerta entreabierta dibujaba una linea dorada sobre el suelo del estrecho pasillo, una frontera que nunca debería pasar. Pero lo hizo. Miró por la rendija y el collar de su madre se dibujo en sus pupilas infantiles. Se restregó los ojos, pero no pudo notarb aquella imagen. Su padre estaba de espaldas a la puerta y sujetaba la cadena con una mano. Tuvo que hacer un esfuerzo para contener el aliento y ahogar un grito.

¡Lame perra inútil…! – las palabras soeces de su padre, la saliva esparcida por el suelo resbalando desde el cuerpo de su madre… Su cara descompuesta, su actitud sumisa, la dejaron petrificada. No podía apartar la vista. Su padre hacia movimientos compulsivos y empujaba la cabeza de su madre, de rodillas, contra él. Observó cómo le ponía la cadena entre los labios y la abofeteaba, mientras le escupía en la cara. Marina no conseguía recordar cuanto tiempo permaneció inmóvil en “la frontera”. Sólo quedó grabada en su mente la imagen de su madre desnuda, dormida en el suelo en posición fetal, con su collar de perro.

Las sardinas seguían compitiendo con las estrellas y el murmullo del mar ocupó todos sus pensamientos. Tampoco podía recordar cuánto tiempo estuvo mirando por la ventana. Quizá su padre estuviera en una de esas barcas. Quizá, un día, no regresará.

Cuando bajó a desayunar se abrazó a su madre, cerró los ojos y escuchó su corazón. Le servía acariciando como cuando era un bebé. Eso no había cambiado, pero sus ojos ya no le cantaban.

Continuará….

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