El hombre del billón de dólares.

 

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Cada día escalaba la montaña. Sus viejas botas dejaban traslucir el color de sus calcetines arco iris. Desde la cúspide, unas decenas de metros más abajo, los pequeños cuerpos removían el suelo con sus palos. Algunos cargaban grandes bolsas a su espalda, como sherpas escalando el Himalaya. A veces se sentaba y miraba la ciudad, tan cerca y a la vez tan lejos. En los días de sol, cuando las humeantes chimeneas lo permitían, los cristales de los enormes rascacielos parecían joyas talladas por las gigantes y poderosas corporaciones. Un bosque imponente e inamovible, donde cada árbol lleva escrito su nombre, luchando por ser el más alto en el Skyline del gráfico de la bolsa inmisericorde. Se puso la mano a modo de visera sobre la frente y dividió ese paisaje en dos. Abajo, a la sombra de las torres, las humildes casuchas se extendían como setas escondidas entre ramas podridas, humedades perpetuas y alimañas supervivientes. El paisaje, ahora, le parecía muy diferente, aún siendo la misma hora y la misma ciudad.
-¿Qué tal, Sr. Peric?… ¿Se ha dado cuenta de que el sol brilla hoy?
-Claro Tim, el sol brilla siempre, aunque no lo veamos. Sabes, a veces, para poder apreciarlo, hay que mirar por encima de las nubes. ¿Ves aquel rascacielos, el que tiene una estrella sobre la antena?
-Si Sr. Peric, es uno de mis favoritos. Mi papá trabajaba en la fábrica esa, la que tiene una estrella igual en la fachada.
-Pues hasta allá arriba, hasta la cúpula dorada, hay más de 1000 m. Desde sus ventanas siempre se ve brillar el sol. Había un hombre que sentado frente a su mesa, como estamos tu y yo ahora mismo, cegado por el sol y separado por las nubes de la realidad que tú y yo conocemos, vivía feliz. Al menos eso creía.
-Y ..¿Era rico Sr. Peric?
-Si Tim, muy rico. Era el hombre del billón de dólares. Una cantidad inmensa.
-Mi papá decía que en la fábrica de la estrella lo pasaban mal. Que no querría que yo trabajara allí. Quería que estudiara y ahorrar para que pudiera ir a la escuela. No pudo ser Sr. Peric. Usted ha debido estudiar. Por eso me gusta venir a verle. Sabe muchas cosas Sr. Peric. ¿Alguna vez ha subido a alguna de esas torres?.
-Si Tim. ¿Qué le pasó a tu papá?.
-Un accidente. Dicen que fue debido al cansancio. Trabajaba casi doce horas al día y ese sábado, en el tren de laminación, tuvo un descuido. Se enganchó una mano al desatascar un lingote y los rodillos le destrozaron. Siempre me decía que algún día habría un accidente. Que los sistemas de seguridad estaban desactivados para aumentar la producción.
-A veces pasan esas cosas Tim. Esas gentes que viven por encima de las nubes, nunca ven lo que sucede en el tapiz del bosque. Sólo piensan en ellos mismos.
-Sr. Peric, y…ese hombre del billón de dólares, ¿aún vive?.
-No Tim. Aquel hombre murió hace años. Su vida sólo valía esa cantidad ingente de dinero, cuando no tuvo nada, con el último centavo, se extinguió. Igual que su dinero. Sabes Tim, ese hombre, un día, me recibió en su mirador por encima de las nubes…
-¡De verdad! Sr.Peric.
-Si. Ambos miramos por la ventana. Era un día como hoy, sin nubes, el sol iluminaba toda la ciudad. Se veía perfectamente este montículo. Los niños luchaban por encontrar algo para subsistir; plásticos, vidrios, desechos que no sirven para otros. Él nunca había mirado hacia abajo, jamás hasta ese día. No puedo olvidar su cara. Se giraba y volvía los ojos hacia su lujoso despacho. Los paneles electrónicos bailaban. Las cifras se sucedían en colores rojo o verde y los gráficos dibujaban montañas y valles. De nuevo observó por la ventana. Pude ver sus lágrimas reflejadas en el cristal.
-¿Y porqué lloraba Sr. Peric?. No lo entiendo. Es un hombre rico, tiene fábricas, coches … Incluso gente que le sirve. Lo tiene todo. A mí me gustaría ser como él.
-Ten cuidado mi pequeño amigo. Hoy ves ese edificio que tanto te gusta. No hay nubes. Pero en los días nublados, desde aquí, desde la cúspide de este montículo, no ves lo que sucede allá arriba.
-Bueno Sr. Peric, que más pasó aquel día…
– Se sentó de nuevo en su sillón y escribió y escribió…durante horas. Me enseñaba cada página, pedía mi opinión y ninguna me gustaba.
-Opinión sobre qué Sr. Peric.
-Sobre la vida. Le pregunté si había amado a alguien. -no- me dijo. ¿Has tenido amigos? -no- contestó de nuevo. ¿Con tanto dinero habrás tenido la satisfacción de ayudar a alguien? -.. No!. Lástima -le dije-, es una de las pocas cosas que se pueden hacer con dinero. ¿Que tienes que puedas ofrecerme que no sean riquezas? ¿Qué piensas que podría interesarme de ti?. No hubo respuesta.
– ¿Y qué le pasó? Dijiste que había muerto.
-Así es, Tim. De hecho vas a ser el primero en saberlo. Yo mismo acabé con su vida. Y tienes la posibilidad de ser el nuevo propietario de la Torre y la fábrica de estrella. Puedes ser el Hombre del Billón de Dólares. He subido mil veces esta montaña de basura y desechos intentando encontrar a alguien que me libere de esa carga. Quizá tú puedas ayudarme. Aquí tengo todos los papeles que te convertirán en el hombre más rico. Pero antes de tomar esa decisión, deberás renunciar a todo.
-¿A todo Sr. Peric?
-A todo Tim. Sólo tendrás su dinero.
-Pero…y usted?
-No volverás a verme, no podrás hablar conmigo. No verás más a estos amigos que rebuscan entre la basura. Tendrás que asumir las desgracias de tu decisión. Explotar a tus trabajadores, olvidarte de sus familias, las mujeres te querrán por tu dinero, los amigos serán interesados, las gentes te odiarán y envidiaran y un día, verás tus lágrimas reflejadas en el cristal de la Torre de la estrella. Eso vale un billón de dólares.
Tim se sentó con la cabeza gacha, urgando con su palito entre la basura.
El Sr. Peric, le levanto la cabeza y le miró a los ojos, mientras una lágrima le resbalaba por el corazón.
-Tim, un día quise tanto a una mujer, que lo hubiera dado todo por ella, pero ni todo mi dinero fue suficiente para que me amara. Lo único que de verdad deseaba no pude conseguirlo.
Pasaron muchos años y, un día, Tim fue con Missa a ver la Torre de la estrella. La entrada era libre. La chapa ondulada resplandecía bajo el sol y los niños subían y bajaban por las escaleras. Al fondo del inmenso vestíbulo, a través de la plásticos traslúcidos, cientos de personas comían y reían. Las tiendas de ropa y calzado era un hervidero de pequeños correteando.
-Ven Missa, quiero enseñarte algo.
Tim la condujo de la mano hasta una especie de máquina.
-Mira. Si metes una botella de plástico, una bolsa, pilas, o cualquier cosa de las que la gente tira a la basura, siempre que te reconozca como un niño y contestes adecuadamente, te da un billete de 5 dólares. Tiene un billón de dólares para repartir.
-Y …¿Que haces con todo eso?
-Es fácil. ¿Te acuerdas de aquel montículo de basura donde conocí al Sr. Peric?. Lo llevo allí de nuevo y mis niños lo vuelven a recoger de nuevo.

-¿Eres rico Tim?
Siiii, ¡¡Soy rico… porque me amas!!!

Mario Sender

 

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