Bésame en un rincón.

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BÉSAME EN UN RINCÓN

Daniela se sentía cómoda, aunque los nervios nunca desaparecían del todo. Verle, siempre despertaba una sensación única en ella. Estar a su lado y no poder tocarle, mirarle a escondidas, que no se notará el brillo de sus ojos, que no le delatara una palabra, era difícil, muy difícil. Alguna vez se había atrevido a rozarle al pasar, incluso le susurró alguna palabra al oído. Se sentaba a su lado en cada cena, a su izquierda en el cine, frente a él en los bancos del tren, delante de él en la cola de espera de la carnecería… Daniela estaba perdidamente enamorada.
Cuando se vestía, lo hacía para él. ¿Le gustaría blanco o negro?. Era verano y su piel tenía un precioso color tostado. El blanco. Seguro que en la penumbra, resaltaría sobre su precioso cuerpo. Se ajustó las finas medias de seda, transparentes como el cristal, al liguero. Se miró en el espejo subida a sus tacones y se puso el vestido. Se sentó al borde de la cama mirando su reflejo. Cruzó y descruzó un par de veces las piernas. El corto vestido dejaban ver el bordado del final de sus medias y cualquiera que la mirara con atención, no tendría muchas dudas sobre el color de su cara lencería. Entorno los ojos, pasó sus manos acariciando sus muslos hasta donde empieza la piel y volvió a tener su imagen en la cabeza. Cerró las piernas atrapando sus dedos contra su sexo y pensó en él. No tardó en sentir sus dedos húmedos y ese temblor intenso, ese fuego abrasador que le recorre la espina dorsal hasta terminar endureciendo los pezones entre sus labios. Imaginó su boca, suave y caliente, descendiendo por el valle de su ombligo, los besos descendiendo uno a uno, suspendidos, discontinuos… Hasta desear, irremediablemente, sentirse una cereza en su boca. Rodar al ritmo de su lengua, la presión de sus labios, la suavidad de su saliva, las curvas recorridas… hasta que un ligero mordisco y después otro y otro, hicieran estallar su interior derramando dulzura, sabor y néctar maduro, hasta sentirse privada de todo, un hueso desnudo en su boca. Necesitó unos segundos para recuperar el conocimiento. Luego bajó despacio cada escalón, sintiendo su regalo en el interior.
El pub, como cada viernes, estaba a rebosar. Daniela pasó entre la gente y se sentó junto a sus amigos. Como siempre, observó a los hombres, le buscó con deseo, siempre solía ir a ese lugar y aunque sabía que tendría que conformarse con tan poco, una mirada, un roce… Ahora tenía su regalo, esa “cosa” que, según él, podría hacer lo que tanto deseaba: dejar de limitarse al onanismo.
La primera vez casi se le cae el zumo de las manos. Fue como un calambre interior, sorprendente. A continuación, se sucedieron un par de vibraciones entre sus piernas cerradas, entornó los ojos y sus amigos le preguntaron, ¿Te encuentras bien?, Siiii -contestó con una sonrisa sospechosa-. Sonó el teléfono. Era él. -¿Te ha gustado? -. No le dió tiempo a responder. Su “regalo” volvió a moverse en su interior hasta hacer que sus manos temblaran. Esta vez con mayor intensidad, como si alguien controlara su orgasmo.
Daniela era incapaz de dominar aquella “cosa”. Se le escapó un gemido y todos la miraron. Un nuevo zumbido entrecortó su voz y sólo acertó a decir  “bé…same en…en un … rincón”, mientras se levantaba camino de la puerta, con sus acompañantes perplejos.
Esa era la clave: “bésame en un rincón”. Su “regalo”, comenzó un baile infinito entre sus piernas, ejecutando el programa que con ese nombre, su amante imposible, controlaba con su smartphone, sentado en la penumbra. Daniela, en el parking, dentro de su coche, se entregó al placer, mientras se quitaba la ropa y mandaba fotos de su cuerpo a ese “regalo” que llevaba dentro y que no deseaba que parara nunca. El intercambio de sexo virtual continuó hasta que agotó la batería.

“Bésame en un rincón”, es una aplicación que controla un vibrador a distancia a través de un terminal móvil. ¿Es mi imaginación… Es real? Os dejo con la duda.
M. Sender

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