El otro lado.

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EL OTRO LADO
Todos esperaban impacientes. Sin verse, sin sentirse, sin moverse, sin ser nada. Negrura. No son tinieblas. Es falta de luz. Oscuridad total. Ni tan siquiera recuerdos. Sólo el tiempo inexorable que les había llevado hasta allí. A este lado, también pasaba el tiempo. Siempre hacia adelante, medido con precisión atómica. Mientras tanto, todos pensando en lo mismo: vivir. Sin darse cuenta que cada minuto cuenta, que lo pasado no volverá a existir, y, atrapados en la vorágine de la rutina diaria, contemplan sin compasión las desgracias que vomitan los telediarios, las redes sociales, la prensa. ¡Infelices!… Que no saben lo que vale un solo día, 24 horas de vida que para muchos seres serán los últimos, antes de que la luz se apague tras sus ojos, su corazón deje de amar y su piel solo sienta el frío acero aséptico de la morgue. Todo para tener un solo día de gloria al año.
Y llegó la hora, todos los inexistentes ojos recorriendo aquellos lugares de la tierra que les vio nacer. Sus nombres en la lápida de los miles de cementerios, algunos con letras de oro, otros escritos en una simple cruz de madera, muchos perdidos en alguna fosa junto a la cuneta y muchísimos deambulando sin saber ni tan siquiera como se llaman, que hacen o porqué siguen en este mundo.
Es la noche de los difuntos, uno de noviembre. Se dice que algunos los han visto, que vuelven a saldar cuentas pendientes, pero, la realidad es muy distinta. Los fantasmas no existen excepto en nuestra mente. Las cuentas pendientes son cosa de los vivos. El remordimiento; ese es el fantasma que habita en muchos de nosotros. Quizá sea posible expiarlo… cuando lo veamos desde “el otro lado”.
Mario Sender

Te regalo…

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Cincuenta años. Cuando salió le había dicho que quizá no volviera. Cincuenta años era mucho tiempo, aunque para él no existiría el tiempo.
“Ya te echo de menos”, le dijo en la primera órbita, peleando contra la ingravidez, al igual que hacía contra sus piernas inquietas, en esas camas secretas. Un día le había dicho que si pudiera le traería la luna para encerrarla en sus ojos. Ahora estaría muy cerca. Cada minuto, la rotación de su cápsula le permitía ver el disco plateado a través de la ventana. Parpadeó y la imagen quedó grabada en su ojo biónico. No le fue complicado realizar la composición. Luego la proyectó sobre la interface de comunicación y la envió directamente a casa, con prioridad en las noticias del día. La microcápsula abandonó la nave impulsada por la explosión controlada del propulsor de iones. Reducido al tamaño de un átomo, tenía por delante cincuenta años terrestres hasta el último universo conocido: Galileo; bautizado así en honor del gran astrónomo. Galileo estaba a la distancia de Planck y nadie podía imaginar que efectos tendría la gravedad cuántica sobre las partículas.
Celia se miró al espejo, acercó sus ojos a la pantalla de inserción y de forma instantánea las lentes dieron luz a sus ojos. No tardaba más de una décima de segundo en recuperar la visión. Se acercó un poco más…tenía una sensación extraña. Enfocó la mirada y se le aceleró el corazón. Allí, justo en el centro de su pupila color lluvia, estaba la luna.
Él tenía el secreto, el universo estaba en sus ojos.
M. Sender y la chica de los ojos verde lluvia.

LA CUEVA ARDIENTE (En la mente del asesino)

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LA CUEVA ARDIENTE.
El bar estaba abarrotado. Era viernes noche. Juan acudía allí cada semana, solo, esperando encontrar alguien conocido. Al día siguiente vería a sus hijas. Le tocaba. Estaba deseando volver a abrazarlas. Era el único vínculo que le quedaba con su ex. Aún a sabiendas de que élla, siempre les hablaba de él con desprecio, procuraba hacerles el día lo más feliz posible.
Sentado en el taburete, apoyado en la barra, consumía su tercer wiski. Fue como un relámpago. Algo indescriptible e imposible de comprender. El bar desapareció ante sus ojos y la oscuridad apagó los colores. Las paredes rugosas desprendían un extraño resplandor, semejante a la luz de las hogueras. Pero no había fuego. En un rincón, unos pequeños paquetes con forma humana se movían. Estaban sobre una rampa, una especie de cinta transportadora, cuyo fin era un pozo del que no se veía el fondo. No tardó mucho en sentirlo. El calor empezó a hacerse evidente. Su ropa estaba caliente, parecía recién planchada. La camisa se adhería a su piel y la suela de sus zapatos se fundía en el suelo de esa especie de cueva. Los paquetes seguían cayendo uno a uno al fondo del pozo.
Cuándo sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y la temperatura se volvió insoportable, alzó la vista y los vio. Ahora iluminaban el techo. Chillaban y colgaban boca abajo. Los cuerpos incandescentes alcanzaban el rojo blanco a medida que los paquetes caían al fondo del foso. Todos los colgajos tenían la cara de su ex. Horrorizado, corrió como pudo al principio de la cinta, intentando parar aquella pesadilla. Eran pequeños seres sin rostro, como si les hubieran borrado la cara. Fue insoportable.
– ¡Salvanos papá! -susurraban con un hilo de voz-.
Según caía, pensaba en el dolor. El fondo del pozo se iluminó y observó a los peatones los coches detenidos en el semáforo y, por último, el dibujo de los adoquines. Después nada. Dejó de existir.

“Ayer, un hombre ha incendiado el domicilio de su ex pareja. Los bomberos han rescatado el cuerpo de la madre y sus dos hijas. Las tres víctimas estaban atadas por los pies a una de las vigas del techo. Al parecer, el que fuera su marido, se ha arrojado por la ventana del quinto piso, falleciendo en el acto”.

M. Sender