LA CUEVA ARDIENTE (En la mente del asesino)

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LA CUEVA ARDIENTE.
El bar estaba abarrotado. Era viernes noche. Juan acudía allí cada semana, solo, esperando encontrar alguien conocido. Al día siguiente vería a sus hijas. Le tocaba. Estaba deseando volver a abrazarlas. Era el único vínculo que le quedaba con su ex. Aún a sabiendas de que élla, siempre les hablaba de él con desprecio, procuraba hacerles el día lo más feliz posible.
Sentado en el taburete, apoyado en la barra, consumía su tercer wiski. Fue como un relámpago. Algo indescriptible e imposible de comprender. El bar desapareció ante sus ojos y la oscuridad apagó los colores. Las paredes rugosas desprendían un extraño resplandor, semejante a la luz de las hogueras. Pero no había fuego. En un rincón, unos pequeños paquetes con forma humana se movían. Estaban sobre una rampa, una especie de cinta transportadora, cuyo fin era un pozo del que no se veía el fondo. No tardó mucho en sentirlo. El calor empezó a hacerse evidente. Su ropa estaba caliente, parecía recién planchada. La camisa se adhería a su piel y la suela de sus zapatos se fundía en el suelo de esa especie de cueva. Los paquetes seguían cayendo uno a uno al fondo del pozo.
Cuándo sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y la temperatura se volvió insoportable, alzó la vista y los vio. Ahora iluminaban el techo. Chillaban y colgaban boca abajo. Los cuerpos incandescentes alcanzaban el rojo blanco a medida que los paquetes caían al fondo del foso. Todos los colgajos tenían la cara de su ex. Horrorizado, corrió como pudo al principio de la cinta, intentando parar aquella pesadilla. Eran pequeños seres sin rostro, como si les hubieran borrado la cara. Fue insoportable.
– ¡Salvanos papá! -susurraban con un hilo de voz-.
Según caía, pensaba en el dolor. El fondo del pozo se iluminó y observó a los peatones los coches detenidos en el semáforo y, por último, el dibujo de los adoquines. Después nada. Dejó de existir.

“Ayer, un hombre ha incendiado el domicilio de su ex pareja. Los bomberos han rescatado el cuerpo de la madre y sus dos hijas. Las tres víctimas estaban atadas por los pies a una de las vigas del techo. Al parecer, el que fuera su marido, se ha arrojado por la ventana del quinto piso, falleciendo en el acto”.

M. Sender

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