LA NOCHE DEL DÍA (Los ojos que me salvan)

Suele ser casi siempre igual. Rutinario. Los días se suceden cumpliendo un patrón: casa-trabajo-casa. Un triángulo nada amoroso, necesario para sobrevivir. Y es muy importante, como a un plato soso y vulgar, añadirle un condimento que te devuelva la sonrisa, excite tu imaginación y despierte tus ganas de vivir. Esto es lo que no ves, el aliño especial que hace de un minuto vulgar un momento excepcional.

LA NOCHE DEL DÍA (Los ojos que me salvan)
A veces, empieza muy pronto. En la ducha. Consciente del paso del tiempo, dejo correr el agua por mi cuerpo con mis ojos mirándote. Allí dentro de mi mente. Sintiendo tus preciosas manos recorriendo mi piel. Con esa cara de estar conmigo. El agua caliente como tú sexo y el susurro de tus versos. Elijo una camisa recién planchada, de esa tela que siempre te gusta, que se desliza con gemidos abrochada como la última tarde. Aún huele a ti por encima de mi perfume. Es difícil aceptar otra noche en el día. Así, te veo en cada esquina, en los labios de alguna mujer, en algunos ojos que me miran, en la cercanía, en olores mezclados, en sonrisas. Invisible e inimaginable excepto para mí.
Mientras pasan las horas y el trabajo devora frágiles neuronas, miro a mi alrededor e imagino esas noches en el día. Hombres ciegos con la luz de los ventanales, mujeres viudas de amor, ilusiones escondidas, besos sin labios, vicios ocultos y penas gloriosas.
También adivino enfermedades del alma frustraciones y mala fortuna. Traiciones y mentiras. Poder que no se tiene pero se cree tener, sumisión inconsciente, sacrificio necesario, rutina.  Pecados inconfesables que si fuera de noche no se verían.
Y pasa el día inmisericorde y espera la casa caliente/fría/soñada/terrible/dulce/amor/sexo/nada.
Y me quedo con ella, mi noche en el día, dentro de mi, agua caliente que transforma la fría rutina, en vida.

Mario Sender

Felicidad en un cajón de la inconsciencia.

FELICIDAD en un cajón de la inconsciencia.
Diecisiete. Faltan trece. Lo pienso y me parece un número bonito. Siempre me dice que el 13 trae suerte. La verdad es que el tiempo no me preocupa aunque no pare de avanzar hacia adelante. Si un día los seres humanos conseguimos dominar el tiempo, tendremos un grave problema: nos quedaríamos inmóviles en un momento de felicidad. Quizá en un beso, una caricia, un orgasmo eterno, un paseo agarrados de una sola mano…
Es lo que me pasa con Celia. Consigue lo imposible, parar el tiempo. Regresar a ese instante congelado. Y, como son tantos esos momentos, tan inolvidables, juntos forman otro universo. Fotogramas aislados, discontinuos, dónde la ropa es distinta, los ojos, el pelo de diferentes colores, el perfume , el sabor de la piel… pero todo unido…uf.
Sí, en la vida hay momentos duros, trágicos, desesperantes, nos enfermamos y curamos, reímos y lloramos, sufrimos, disfrutamos y a veces, muchas, no entendemos el motivo. Ahí está el misterio. Nuestra incapacidad para comprenderlo. Sólo, contigo mismo, como el montador que convierte horas de filmación en una obra maestra, debes ser capaz de extraer los momentos importantes; los que te hacen tan feliz que desearías que no acabaran nunca. Así que, dentro de trece días, otra vez, guardaré los fotogramas intrascendentes en un cajón y me quedaré con un instante.

M. Sender

Lovers in Paris

Cuantos años soñando. Le había hablado cientos de veces de aquella ciudad para pasear y recorrer las riberas del Sena cogidos de la mano, con la brisa en el rostro. Soñó con esa torre iluminada, entre sus brazos, mirando desde Los Campos de Marte, mientras sentía sus labios cálidos acariciando su cuello. No sabe cuándo, pero está segura que algún día llegará. Y cierra la ojos e imagina las calles impresionistas de Montmartre a los pies del Sacre Coeur. Incluso siente los pasos de su amante observándola. Sonríe recordando lo que siempre le decía: “andas de una manera especial”.

Ya casi puede verle, allí, bajo el ala del “pájaro de hierro”, la ciudad se dibuja esperando. Se impacienta por encender su móvil, cuando el caucho chirría sobre la pista. Nerviosa conecta su teléfono y mira los mensajes:

-“Hemos tardado mucho, pero sigo esperando. París siempre espera mi amor…a los amantes”

Esta vez también se le escapó una lágrima, igual que aquel día en la cama. Una lágrima de felicidad.

-“Ahora, el “cabify” te espera. Hotel Lamarck.”

Celia conectó sus cascos y, con las manos entre sus piernas, puso su tema preferido:

Cerró los ojos y repasó sus recuerdos entre los brazos de su amante. El que siempre la quiere llevar a París.

M. Sender

LECHE EN POLVO

Dibujo de J.L. Herrero

Dibujo de J.L. Herreros

LECHE EN POLVO
Hoy pensaba que soy de pueblo. Muy de pueblo, a pesar de vivir en una gran ciudad. Creo que los que somos “de pueblo” tenemos algo especial. No es necesario haber vivido muchos años allí, es suficiente haber nacido y vivido un poquito de nuestra infancia. -Que suerte tú que tienes pueblo-, me dicen a veces. Y si, es cierto. La infancia en un pueblo es incomparable.

El invierno en La Moraña es duro. El pueblo se cubre de nieve y el viento dibuja una cruz en las cuatro calles.

-No vayas hoy al colegio -dice su madre-. Pero el pequeño insiste y abrigado hasta los ojos, camina con sus botas hundiéndose en la nieve. El colegio está a la otra punta del pueblo. Su cuerpo aún esta caliente después de haber pasado por el balde de agua calentado en la lumbre. Me pongo en su lugar, a un metro escaso de altura. Todo es diferente. Gigantescos álamos bordean el regato, que tarda cinco pasos en cruzar, mientras observa el ya inexistente potro de herrar. Algún día imitará a “los mayores” colgándose de sus barras. Pero aún queda tiempo. No hay gente en la calle, aunque al pasar por las ventanas, de puntillas, puede ver el resplandor de la lumbre ya encendida. Mira el Torreón por encima de la visera de su gorra de orejeras. Inmenso y firme. Como una muralla de entrada a las cuatro calles.

-¡Que frío!, razón tenía mi mamá -piensa-.

Cruza con la cabeza gacha resguardándose del viento, delante del viejo cine, donde a veces toca su abuelo, cuando recogen las sillas para el baile. A pesar del temporal, siempre, cuando pasa por aquí, respira hondo el olor a pan recién hecho proveniente de la cercana tahona.

-Tengo que venir a poner punta al peón a la fragua -recuerda según camina-.

Y, allí en la plaza, el Santo. Impasible, abrazado a su cruz, enrejado, como encarcelado en un pueblo que le debe tanto. Como si tuvieran miedo a que pudiera escapar de su letargo.
Casablanca, el bar de los bocadillos de mejillones, de las señoras amables, de la foto de Rocío Dúrcal. Que dice mi abuelo, que no hay mujer más guapa en el mundo. Del aguardiente y los golpes de dominó. Tantos años después y aún se pregunta, -entonces ni tan siquiera se le pasaba por su mente-, si es por la inmortal película o simplemente por su color.

-Ya queda poco -se dice al cruzar la plaza-.

La ermita del Santo, con su Vía Crucis, donde dan el chocolate de las comuniones. Se acerca al colegio. Es un chico tímido, con pocos amigos, amigos. Quizá él no sea tan niño. Ensimismado en sus lecturas y con una habilidad innata para el dibujo, no es precisamente el chico travieso e inquieto que debería ser para su edad. Hoy toca Evangelio. Parábola de las bodas de Caná. Le gusta dibujar en la pizarra. Sus tizas de colores ilustran el tema. Es sábado y luego irá con su amigo Deme a la casa de su abuela a cambiarse los tebeos del Capitán Trueno.

El patio, a la hora del recreo, aún tiene charcos helados. Es una hora feliz. La fila de niños espera impaciente para llenar su vaso de plástico, de leche en polvo americana.

Si, seguramente no fueran buenos tiempos, pero, ¿quien que no sea de pueblo, ha pisado garbanzos verdes, subido a un trillo, echar de comer a los cerdos, comprar un cuartillo de leche, comido espigas tiernas, entrar en un palomar, ver Bonanza desde la ventana, besar el anillo al cura, tomar leche en polvo o coger renacuajos en la laguna?
Si, soy de pueblo y sé lo que es una fanega.
La gran ciudad es un cine de ilusiones y esperanzas, un escaparate inmenso de proyectos de vida…que se ha llevado a muchos niños como yo, de pueblos como el mío. Algún día, seguro que dentro de muchos, muchos años, volverán. Es un deseo.
Mientras tanto, en cada pueblito, algunos héroes luchan contra molinos de viento.

Mario Sender