Deseo astral

DESEO EN LA DISTANCIA
Sentado junto al fuego en su sillón favorito,  observó como las llamas formaban figuras, desvestidas por el humo etéreo. Con la mirada fija en los colores rojo-anaranjados fugándose por la chimenea, inspiró profundamente, despacio, hasta llenar sus pulmones como un vaso bajo el grifo. Después expiró lentamente con los labios entreabiertos, dejando que todos sus músculos se relajaran en una caída hacia la ingravidez del vacío. Cerró los ojos y se liberó de todo pensamiento, incluso de la agradable sensación de calor del fuego.
Allí abajo, fundido con el sillón se encontraba él. Apenas cubierto por el kimono de seda, inmóvil, con la mirada perdida en las crepitantes llamas. A su lado, sentada en el suelo sobre sus piernas, ella, jugaba con sus dedos. Kalia acercó sus manos al fuego y las frotó como solo ella sabe, mientras su mirada perturbadora y ascendente acariciaba los ojos de su amante. Sin levantarse, introdujo sus manos pequeñas y ardientes bajo el kimono que le había regalado. Con suma lentitud recorrió sus hombros y después su pecho. Su respiración era apenas imperceptible, pero sus pezones reaccionaron rápidamente al contacto de las yemas suaves y templadas. Kalia se colocó de rodillas entre sus piernas y abrazada a su torso besó con dulzura sus labios cerrados, su cuello, su pecho…en un río descendente de besos… Nadie lo hacía como ella, tenía ese don especial de transmitir el placer al espíritu.
A trescientos kilómetros, en su habitación de siempre, un calor de chimenea empezó a invadir sus muslos. Hari, suspendido en su mundo astral, observaba.
Kalia en la fuente de sus sueños, acarició sus muslos amantes y, después de humedecer sus dedos entre sus labios, frotó esa protuberancia incandescente imaginando su boca. Su cuerpo se arqueó elevando sus pechos al cielo y su respiración se agitó más y más, hasta que un temblor incontrolable sacudió su cuerpo.
Después, cada uno en su cama, lejos pero abrazados, henchidos de placer astral,
se entregaron a Morfeo.
M. Sender

Amor de la morería.

AMOR DE LA MORERÍA (El caballero Nalvillos y Axa Galiana).

Brillaba aún el rocío sobre los muros de la muralla y Nalvillos con el nerviosismo de quién se dirige hacia lo desconocido, preparaba los enseres y ropajes de su señor, el Conde Don Ramón, al que servía de “Page de Cámara”.

“Galicia quedará lejos…”, pensó. Así estaba, faenando, cuando vio por primera vez a Axa, quedando prendido de sus ojos.

Muerto su padre, Cahabit Almenon, Axa quedó, ella y su hacienda al cuidado de la Infanta Doña Urraca, en la ciudad de Ávila, por la amistad con el Rey Don Alfonso Sexto.
Y fue así como Nalvillos y Axa, camino de Galicia, empezaron a rondarse:

Un atardecer en una tienda del perímetro del campamento, dos figuras se recortaban contra la luz de las antorchas. Nalvillos, enamorado, ofrecía su corazón a la bella mora, Axa Galiana, quien aún no exenta de sentimientos hacia el joven, le procuró muchos impedimentos. Su profesión de la fe en Ala y su no olvido del que fuera su pretendiente, allá en Toledo, hacían que su corazón, aún seguiera latiendo al ritmo de los dedos del moro Jezmín.
Pero, ya se sabe, la distancia es el olvido …y las jornadas interminables o quizá el embrujo de esas tierras de meigas o la persistencia del caballero cristiano, terminaron por vencer la voluntad de la bella Axa, quien para evitar los inconvenientes del matrimonio con Nalvillos, abrazó la religión de Cristo.

De vuelta a la ciudad, con el consentimiento de La Infanta, fueron fijadas las galas para la boda. Antes, por supuesto, Axa fue bautizada por el Abad de San Martín, tomando como nombre cristiano Urraca, en deferencia a su protectora. Al mismo tiempo el Conde Don Ramón armaba Caballero a Nalvillos Blázquez (llegaría a ser Alcalde de la ciudad).
Los festejos duraron varios días. Toros, justas y grandes pompas se sucedieron sin parar, corriendo de boca en boca por todo el reino. Y, así, llegó a oídos de Jezmín, la traición de su amada. Aquella que le juró amor eterno en Toledo, no sólo le destrozó el corazón, si no que había abjurado de su fe.

“Juro por Alá, que recuperaré a Axa y acabaré con ese infiel traicionero”.

Jezmín esperó paciente los informes de sus fieles en Ávila, aquellos que partieron con su amada desde Toledo y que nunca perdonaron su conversión. Hasta que una noche, mientras la ciudad dormía, un grupo de moriscos organizó una incursión que terminó con el secuestro de Doña Urraca “la mora”.

El Caballero Blázquez, estando batallando fuera de la ciudad, se enteró días después de la afrenta de aquel “Jezmín el moro”, antiguo amante de su querida esposa, jurando por Cristo luchar sin desempeñó contra los infieles hasta recuperar lo que tanto le había costado conseguir.
No sabía el pobre Nalvillos que Axa disfrutaba de su encuentro con Jezmín, de su nueva vida, de su nuevo matrimonio y otras “grandes” virtudes del sarraceno. Ni podía imaginar que la “cristiana” Urraca, jamás había dejado de sentir la pasión irrefrenable de aquel amor de juventud.
El deseo de venganza de Nalvillos siguió creciendo y con unos cuantos fieles guerreros, planeo recuperar a su esposa en la misma ciudad de Medina de Talavera.

Era día de mercado. El hombre, cubierto con un sombrero de ala ancha y las típicas ropas de pechero, recorrió las callejuelas ofreciendo sus hierbas curativas, mientras preguntaba dónde quedaba el Alcázar del nuevo gobernador Jezmín. Al final de la tarde llegó ante el portalón e hizo golpear las aldabas. No tardó en abrir una sirvienta que quiso echarle sin más, pero ante la insistencia y alabanza de las virtudes de su elixir, terminó por acceder a llamar a su señora. Era bella, muy bella; aún más de lo que recordaba. Estaba delante de él. Allí, en el suntuoso palacio, ante una humeante té y la fragancia del aceite de olor, Axa le preguntó:

“¿Que le trae por aquí buen hombre?, mi doncella dice que ofrece un extraordinario elixir de juventud…”

El hombre se descubrió y miró los negros ojos que tantas noches reflejaron los suyos. Le suplicó, le rogó, le prometió perdón, a cambio de que regresara con él. Axa, sorprendida, se quedó sin respuesta, mientras las volutas de vapor parecían acariciar su rostro.

“Sal de aquí, rápido, Jezmín está a punto de llegar de…”

No pudo terminar la frase. El apuesto noble entraba en la estancia, vestido aún con su ropa de caza. Mandó apresar de inmediato a Nalvillos, quien en un ataque de honor conminó a Jezmín a proceder de igual modo que él habría hecho.
Jezmín, sin dudarlo, le condenó a morir en la hoguera en las primeras horas de la mañana.

En los alrededores de la ciudad, ateridos de frío e impacientes, el medio centenar de soldados esperaba la señal convenida con su capitán.
Jezmín, luchando entre sus sentimientos de odio y nobleza, con Nalvillos en la pira, tuvo un gesto con el condenado, que no volvería a repetir si viviera:

“¿Un último deseo infiel?”
“Quiero hacer sonar por última vez mi trompa” -respondió.

Los soldados apostados cerca del lugar, al escuchar el sonido de la cuerna, actuaron con diligencia para liberar a su capitán, dando muerte a muchos sarracenos y haciendo presos a Jazmín y su esposa Axa.

“Es tanto el amor que te he tenido como el dolor infligido. Y sólo el fuego compensará la balanza de mi corazón. Si tanto le has querido, tu vida con él partirá en el humo que aspira tu Dios. Alá sea con vosotros”.

Al atardecer, sobre Medina de Talavera, el cielo se cubrió de nubes, mientras la media luna se escondía entre dos amores. Las ascuas de los cuerpos de Jezmín y Axa, se dieron el último beso.

(Una historia novelada sobre la leyenda del “rey Nalvillos”, azote de la morería).
M. Sender