El té de loto

El té de loto de Jeong Kwan 
Cuerpo, sensación, percepción, intención y conciencia. Estos son los cinco sentidos, según dice la monja budista Jeong Kwan. Así, también existe otro mundo. El que ella percibe muy lejos de nuestro concepto atropellado, histérico y materialista. Un mundo donde habita el espíritu.

En las montañas de Korea, entre la verde vegetación, en un claro del bosque, habita una monja. Es alguien muy especial, quizá una de esas pocas personas que ha logrado encontrar su razón de ser.  Allí, en el pequeño monasterio, existe un mundo diferente. Libre de egos y lleno de estrellas. Un mundo de ríos que son como una orquesta, de sonidos del alma, de paz. Un lugar donde todo está en armonía, dónde los insectos forman parte de ti, se alimentan de lo mismo que tú, y, de igual forma, eres parte del todo.  No hace falta que el huerto esté perfecto, ni las hojas de las hortalizas intactas, es bello, armonioso e impactante. Es su alimento. La comida imbuida del espíritu del budismo. Es filosofía, el alimento del alma. El ingrediente principal de la maravillosa cocina de monasterio.
Un día, con 17 años, Jeong desapareció sin decir nada. Con tan sólo el billete de autobús, con sus manos vacías, subió despacio la montaña para, como ella dice, ser libre. Sentirse en libertad a través del budismo.  Quizá la única religión no-teista, dónde Dios no es importante. Ser Buda, alcanzar el conocimiento y la comprensión del todo; esa es la meta.
Hay una preparación que me conmocionó al observar a Jeon Kwan llevarla a cabo: el té de loto. Realmente es impresionante por su sencillez y el resultado.
La flor, de unos 23cm de diámetro, reposa cerrada en un cuenco de madera, lleno de agua clara. Es como la vida, limitada y encerrada en si misma. Navegando a la deriva en ese pequeño mundo acuático. Vulgar y encogida, oculta, egoísta, secreta.
Todo cambia en pocos instantes, eternos para nosotros, habitantes de ese mundo donde dicen que el tiempo es oro.  Los dos dedos de madera de Jeong, levantan con lentitud la encogida flor, que llora agua, hasta la última gota, y, como si de otro universo se tratara, la transporta hasta otro recipiente tres veces más grande. Son momentos de una levedad eterna. Sus expertos dedos comienzan a desplegar uno a uno sus pétalos, transparentes, frágiles como alas de mariposas. Uno a uno inundan su nuevo mundo, hasta descubrir el corazón oculto, sus pistilos pintan de color el aire, su perfume cambia el sabor del agua como un milagro. El té, de una transparencia total, es agua, pero no es agua, sabe como si tú vida hubiera cambiado. Un sabor indescriptible que no puedes dejar de beber.  Es el té de la vida. Tan sutil, que casi no hay diferencia. Ese mínimo cambio que, a veces, también hace que nuestras vidas sean de una manera u otra.
Creo que, más de una vez lo he pensado, esa es la verdadera religión. La búsqueda de la paz interior, de la verdad, de la renuncia a lo superfluo, de la libertad individual. Un mundo sin egos.
M. Sender

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