La tía Costa.

LA TÍA COSTA
Si te levantabas muy temprano, allí en la calle que bordea los chorrillos, podías verla con su eterna sonrisa de mal genio, su escoba y el balde de agua. Dejando todo más limpio que la cocina de su casa. A la lumbre, los pucheros y agua caliente, en su lento cocer como la vida del pueblo.

¡Niños! que acabo de barrer la puerta.

Era como una letanía del rosario de las ocho. Y, ¡ojo! que no soltaba la escoba. Era yo muy pequeño cuando jugaba con mis primos, saltando sobre los juncales de los chorrillos, entre carreras y juncos atados a modo de trampas que, más de una vez, hacían que cayera de bruces.

– ¡Pero es que no podéis ser más bobos!

Como aquel día, sentados en la cocina, su marido y mis primos hablando de la luna. -Que no, que no, – decía Cipriano-, ¡Como van a ir los americanos a la luna! mientras mi primo Pablo intentaba convencer a su padre del intento. Y entre tanto,l pucheros al calor del fuego.

Pasó el tiempo, mi pueblo quedó lejos en mi recuerdo. Algunos de mis primos pusieron un puente hasta Mallorca y otros cambiaron la alameda de nuestros juegos por la jungla de cristal. Cipriano no llegó a cansarse de mirar a la luna, negando con la cabeza, hasta que un día desapareció; seguramente para comprobar por si mismo, si de verdad aquellos americanos locos estuvieron allí. El progreso hizo desaparecer a la noria, la alameda pasó a mejor vida y los cerdos de Benito se extinguieron. Pero, la tía Costa, siguió barriendo su puerta impasible. Vestida de negro, con la sonrisa blanca, su escoba, el balde de agua y los granos de arena ordenados como las pipas de un girasol. Hasta que, un día, se cansó de estar sola. Los niños ya no pisaban su puerta, y su letanía sólo la escuchaba el viento de invierno.

¡Pero mira que soy boba! ¿que hago aquí?.

Lo supe aquel día, cuando mirando la luna, la vi, montada en su escoba, sobrevolando la alameda, de la mano de Cipriano.

-Ven Costa, que sí, que en la luna hay algo.

Cuando paso por delante de la puerta,  dónde ya no pisan los carros, veo a mi tía Costa barrer las marcas de mis neumáticos. Ya no está, pero en las noches de luna llena, sobre los pilones, si prestas atención, su reflejo tiene escoba.

Mario SenderIMG_20190907_111359

(Para mis primos, a los que, a pesar de la distancia y del tiempo pasado, nunca olvido).