La tía Costa.

LA TÍA COSTA
Si te levantabas muy temprano, allí en la calle que bordea los chorrillos, podías verla con su eterna sonrisa de mal genio, su escoba y el balde de agua. Dejando todo más limpio que la cocina de su casa. A la lumbre, los pucheros y agua caliente, en su lento cocer como la vida del pueblo.

¡Niños! que acabo de barrer la puerta.

Era como una letanía del rosario de las ocho. Y, ¡ojo! que no soltaba la escoba. Era yo muy pequeño cuando jugaba con mis primos, saltando sobre los juncales de los chorrillos, entre carreras y juncos atados a modo de trampas que, más de una vez, hacían que cayera de bruces.

– ¡Pero es que no podéis ser más bobos!

Como aquel día, sentados en la cocina, su marido y mis primos hablando de la luna. -Que no, que no, – decía Cipriano-, ¡Como van a ir los americanos a la luna! mientras mi primo Pablo intentaba convencer a su padre del intento. Y entre tanto,l pucheros al calor del fuego.

Pasó el tiempo, mi pueblo quedó lejos en mi recuerdo. Algunos de mis primos pusieron un puente hasta Mallorca y otros cambiaron la alameda de nuestros juegos por la jungla de cristal. Cipriano no llegó a cansarse de mirar a la luna, negando con la cabeza, hasta que un día desapareció; seguramente para comprobar por si mismo, si de verdad aquellos americanos locos estuvieron allí. El progreso hizo desaparecer a la noria, la alameda pasó a mejor vida y los cerdos de Benito se extinguieron. Pero, la tía Costa, siguió barriendo su puerta impasible. Vestida de negro, con la sonrisa blanca, su escoba, el balde de agua y los granos de arena ordenados como las pipas de un girasol. Hasta que, un día, se cansó de estar sola. Los niños ya no pisaban su puerta, y su letanía sólo la escuchaba el viento de invierno.

¡Pero mira que soy boba! ¿que hago aquí?.

Lo supe aquel día, cuando mirando la luna, la vi, montada en su escoba, sobrevolando la alameda, de la mano de Cipriano.

-Ven Costa, que sí, que en la luna hay algo.

Cuando paso por delante de la puerta,  dónde ya no pisan los carros, veo a mi tía Costa barrer las marcas de mis neumáticos. Ya no está, pero en las noches de luna llena, sobre los pilones, si prestas atención, su reflejo tiene escoba.

Mario SenderIMG_20190907_111359

(Para mis primos, a los que, a pesar de la distancia y del tiempo pasado, nunca olvido).

Hideki y el último té

Ese día Marita se encontraba perdida en alguna página de “Retrato de una Dama”, de Henry James. Fue una primavera de esas, donde los cerezos florecen antes y el sol dibuja claros entre las flores, sobre la alfombra verde de los arrozales. Todo parecía una pintura de Monet, cuando el timbre la sacó de sus pensamientos. El mensajero extendió la tablet y firmó el recibí a cambio de un pequeño paquete. Su origen no le resultó desconocido al estar escrito en japonés, un idioma que le parecía imposible aprender. Su olor sobresalía a través de los poros del delicado envoltorio; un precioso papel de arroz decorado a mano con flores de cerezo. Lo acercó a su nariz y el aroma dulce e intenso le hizo volar sobre las montañas de Kioto. Sobre la cuidada etiqueta, la caligrafía manuscrita indicaba el contenido: Té Ujicha (Kioto). Impaciente abrió el bote de bambú. Su color verde intenso y su finura eran exquisitos. Metió el meñique y lo saboreó. Era tal como lo recordaba, dulzón e inigualable. Desenrolló el pequeño pergamino escrito en un básico inglés, mientras el agua hervía:

“Mi querida okusan, no puedo olvidar aquel viaje hace ya muchos años. Entonces quizá fuera demasiado joven para apreciar tanta belleza, oculta por mi deseo. Ahora que la edad ha pintado mi cabello del color de esas flores, me arrepiento de no haber disfrutado de esos paseos iluminados por tu sonrisa, no haber besado el suelo que acariciaron tus pies y no haber sido capaz de abrir tu corazón para saborear tus sentimientos. Me queda poco tiempo y ha llegado el momento de aprovechar cada segundo de mi vida. Aquel día, cuando paseábamos por la senda que conduce a los recolectores de té, dónde se prepara el tencha, mientras admiraba tus piernas saltando de piedra en piedra, quizá fuera uno de los más felices. Era tu último día en Uji y tenía la esperanza de que la ceremonia del té ablandara tu corazón y nada acabara. Te escuché, intenté decirte lo que no pude, te ofrecí mi vida en aquel cuenco de té y no pude entender tu negativa. Después de tu marcha, hablé con nuestro amigo James san y lo entendí todo. Fue un impulso irrefrenable, cegado por los celos. Sé que fuiste feliz, incluso en tu soledad. Ahora que eres libre volvería a pintar tu cuerpo con un kimono de seda, a disfrutar de la sombra de tu cuerpo y probar esos labios con el sabor del Matcha. Pero ya es tarde mi amor. Éste es nuestro último té juntos”.

Marita, no pudo reprimir una lágrima. El silbido de la tetera inundó la cocina. La retiró del fuego y se dirigió al precioso aparador japonés que recibía los invitados a su casa. Dentro, en una caja de madera tallada a mano, reposaba desde su viaje a Uji, el juego de té Matcha. Vertió el agua, a la temperatura exacta en el chawan y lo removió con el chase hasta formar una espuma consistente. Lo depositó sobre la bandeja y lo dejó reposar un par de minutos, el tiempo necesario para desnudarse por completo y vestirse el kimono azul eléctrico de seda.
Se sentó de nuevo en la mesa de su jardín, frente al sol primaveral, mientras la taza humeante dibujaba la neblina del monte Fuji y dos lágrimas recorrían sus mejillas hasta la comisura de su sonrisa. Respiró profundamente y cerró los ojos mientras se acercaba el cuenco a sus labios.

“Mi querido Hideki, a veces un momento hace que la vida cambie. Este té, nuestro último té, me hace tan feliz ahora… Qué todo este tiempo pasado, desde aquel día que te dije no, te he querido, aún sin saberlo…”

Marita acarició sus piernas, pensando en la atenta mirada de Hideki; en aquellos ojos oblicuos y risueños, mientras que el kimono acariciaba su piel desnuda, agitado por la brisa. Se pintó sus labios maduros del verde único del Ujicha y dejó que el placer le llevará hasta sus brazos. En el horizonte, los cerezos se fueron cubriendo de deseo.

Cosme García López

 

EL COJO DE CALANDA.

EL “MILAGRO” MEJOR DOCUMENTADO: EL COJO DE CALANDA.

Miguel Juan Pellicer Blasco nació en marzo de 1.617 en la población aragonesa de Calanda, también lugar de origen del gran cineasta Luis Buñuel. Era el segundo de ocho hermanos de una familia de labradores. El suceso que os voy a narrar sucedió cuando Miguel “el Cojo” tenía tan solo 19 años. Durante el trabajo que desarrollaba con un hermano de su madre en Castellón de la Plana, fue atropellado por un carro que transportaba trigo, las ruedas pasaron por encima de la tibia derecha provocándole tremendas heridas. El día 03 de Agosto de 1637 según consta en el Registro fue ingresado en el  Hospital Real y General de Valencia, donde sólo permanece cinco días. Dos meses después de un tortuoso viaje acude al Hospital de Zaragoza donde es atendido por el cirujano Juan de Estanga, Catedrático de la Universidad. Examinado comprueba que la gangrena a empezado a afectar los tejidos y decide amputarle la pierna por debajo de la rodilla, no sin antes consultar con los cirujanos Miguel Beltrán y Diego Millaruelo. Realizada la operación la pierna es enterrada en el cementerio del mismo Hospital.

miguel pillecer

En la primavera de 1638 se le dió el alta, se le colocó una prótesis de madera y se le proporcionó una muleta. Mutilado, su existencia transcurre mendigando por la Basílica del Pilar. Durante meses reza y se encomienda a la Pilarica, con devoción extrema. Todos los días se unta el muñón de su pierna con el aceite de las lámparas del interior del templo. Después de dos años practicando la mendicidad por las calles de la ciudad, en 1.640 regresa a su pueblo natal, Calanda. Allí, en casa de sus padres, sucedería algo que cambiaría su vida para siempre.

Una noche, yaciendo sobre el suelo en un improvisado camastro, en la habitación de sus padres -su habitación estaba ocupada por un huesped- estos entraron  para cerciorarse de que estaba bien acomodado. Un agradable olor llamó su atención. Al arropar sus piernas con la manta o cubierta, su madre, sorprendida, ñno daba crédito a lo que veía. Miguel tenía sus dos piernas intactas. Intentó despertarle de lo que parecía un profundo sueño. Cuando lo consiguió, tan sorprendido como sus padres, les contó que estaba soñando que se encontraba en el interior de la Basílica untándose su pierna de aceite como tantas veces había hecho.

En la pierna “reconstruida” se podían apreciar las marcas cicatrizadas de las ruedas del carro, una mordedura de perro y un grano mal curado. La pierna renacida era más corta que la otra y ésto le provocó siempre una ligera cojera durante unos meses, hasta que finalmente pudo andar perfectamente.

Este sorprendente “milagro” es uno de los más documentados, con testimonios de muchas personas involucradas, médicos y cirujanos, sin que haya podido determinarse nada que explique el fenómeno. Quizás en la actualidad sería sencillo: una reimplantación de un miembro amputado, hasta cierto punto, sencillo en el siglo XXI. Pero… ¿era la misma pierna enterrada en el cementerio del Hospital de Zaragoza ?. Lógicamente no podría ser la misma, ya que entre la amputación y el implante habían transcurrido años. Entonces ¿a quien pertenecía la pierna donada?, ¿quién realizó tan extraordinaria intervención?

Quizás si. Pudo ser un milagro. Algo inexplicable o algo que no entendemos.

El día 2 de abril, cinco días después D. Miguel Andreu  notario de Mazaleón, levanta acta notarial de “tan impresionante hecho”. El original de esta Acta con todo el protocolo del año 1640, se conserva en el Archivo del Ayuntamiento de Zaragoza, el 25 de abril Miguel Juan y sus padres llegan a Zaragoza para dar gracias a la Virgen del Pilar.  El Cabildo de Zaragoza remitió al Conde-Duque de Olivares la información del hecho para que, a su vez, la pusiera en conocimiento del Rey Felipe IV. Declaran en dicho proceso: Facultativos y sanitarios (5 personas), entre ellos el cirujano que le amputó la pierna, familiares y vecinos (5 personas), autoridades locales (4 personas), autoridades eclesiásticas (4 personas), personajes diversos (6 personas, destacando a dos mesoneros de Samper de Calanda y de Zaragoza).

protocolo
acta notarial calanda

Acta Notarial

El pañuelo.

EL PAÑUELO

Hacía mucho tiempo que soñaba en blanco y negro. Aquel día vagaba perdido y desorientado por el centro de la ciudad mientras sus pensamientos se inundaban de matices entre el blanco y el negro: edificios, automóviles, árboles, personas…incluso la luz resplandeciente del sol.
Intentó recordar algo que le liberará de aquel inquietante sueño, algo que le devolviera a la vida en colores. Buscó entre los recuerdos de su infancia convencido de que allí hallaría algo diferente, pero no consiguió nada. Todo era en blanco y negro. Había perdido sus coloridos recuerdos y con ellos una parte de su vida. Delante de sus párpados cerrados pasaron los años rápidamente, al igual que sucede en los sueños, en las situaciones de angustia y ante cualquier peligro. El tiempo se expande y se detiene a la vez y sólo en un par de ocasiones tuvo la fortuna de atisbar un fugaz resplandor irisado. La angustia le invadía al sospechar que nunca volvería a deleitarse con idílicos paisajes, atardeceres, flores de mil colores o aquellos días de otoño pintados de bellos tonos dorados. Es verdad que los grises pueden ser seductores, incluso un espectáculo, sin embargo no emocionan, son monocromáticos, monótonos y, comparados con el color… no son nada.
Estaba tan ensimismado que, a la vuelta de una esquina, tropezó con un niño de unos doce años. Llevaba pantalones y camiseta blancos. Le pidió perdón por el atropello y haberle manchado, al hacerle caer al suelo.
-¿De que color es tu ropa? -le preguntó-
-Blanca…¿Es que no lo ve?
-Si amigo…lo veo todo en blanco y negro.
-Soy un niño negro, es normal que me vea así.
-Mi vida es como tú…perdona.
-Quizás no mire usted bien…
Continúo su camino hasta llegar a su coche. Gracias a la posición de las luces podía distinguir el estado de los semáforos. Encerrado en sus pensamientos, miraba a derecha e izquierda buscando cualquier detalle de color. De repente, en la acera de su derecha, observó a una mujer de aspecto frágil, parecía melancólica y caminaba con pasos cortos, aunque aparentaba firmeza y decisión en su mirada. La adelantó y paró el coche. Se bajó y la observó caminando hacía donde él se encontraba. Parecía tener los ojos claros aunque le era imposible determinar su tono. Entonces ocurrió algo extraordinario. Cuando estaba a muy pocos pasos se pintaron de color sus ojos y, a continuación, el pañuelo que llevaba anudado al cuello. La abordó.
-Disculpa, ¿Puedo preguntarte algo?
-Claro. Dígame…
-¿De que color es la ropa que llevas?
-Vaya pregunta, es que no lo ve usted…negra.
-¿El pañuelo también…?
-Bueno… no me creerá, el pañuelo cambia de color dependiendo de quien lo mire…es un regalo de mi abuela. Cuando yo era pequeña, un día, revolviendo en un cajón, cogí este pañuelo para jugar. Ella se enfadó muchísimo. Me dijo que era su pañuelo mágico. Que había pintado su vida de mil colores hasta hacerla inmensamente feliz. Pocos días antes de morir me lo regaló.
-¿Puedo verlo…tocarlo?
-Claro que si.
Cuando tuvo el pañuelo entre sus manos, todo volvió a ser de maravillosos colores. Incluso su cara se iluminó y su carácter agrio y taciturno se volvió jovial por momentos.
-Tu abuela tenía razón, es un pañuelo increíble. ¿No te dijo como lo consiguió?
-Me contó una extraña historia:
Un día tedioso, rutinario, cuando ya tenía cierta edad, absorta en sus pensamientos sobre el deseo y el cariño que tanto añoraba de sus días de felicidad, se encontraba en la terraza tomando el sol del atardecer. Debió quedarse dormida y cuando despertó estaba cubierta por el pañuelo. Tuvo un sueño maravilloso inundado de amor y pasión con un caballero. Lo más increíble es, según me contó, que aquel hombre le regaló este pañuelo en su sueño.
Se pasaba muchas tardes con el pañuelo alrededor de su cuello. Parece ser, que cada día, le transportaba de nuevo junto a su onírico amante. Yo, la verdad, hasta encontrarme con usted no he notado nada raro.
Fue como una revelación divina. Una explosión de fuegos artificiales. Como la adrenalina del primer beso. Igual que si tuviera de nuevo 15 años.
-Gracias, muchas gracias. Guárdalo muchos años. Sin duda es un pañuelo mágico.
Habían pasado muchos años. Seguramente le quedaban pocos de vida, pero, ahora, después de saber que nunca le olvidó, no pasarían como un sueño en blanco y negro.

Fue por casualidad.

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FUE POR CASUALIDAD
Sería muy difícil, imposible, volver y hacerle entender cómo había sido aquella vida juntos, que ella no recordaba.
En el mismo lugar, a la misma hora. Con el mismo café americano, con los mismos latidos, con sol o lluvia, miró cada vagón detenido, en busca de sus ojos y sus latidos.
Cincuenta años después, perdida la esperanza, olvidada en un rincón de su memoria, aquella vida juntos ya no existía. Desapareció el sabor de sus besos, el calor de su piel, las palabras con gemidos, la nerviosa impaciencia del encuentro, el placer del sexo. Ya ni tan siquiera pensó que hubiera existido.
La tormenta empezó de repente. Primero fueron gotas de lluvia que las escobillas convertían en ríos laterales sobre el cristal. Luego granizo. Bajó la música de su radio intentando concentrarse en la carretera. Los pequeños trozos de hielo repiqueteaban sobre el techo metálico. Tardó un rato en darse cuenta, aunque quizá se debiera a su imaginación, aquel sonido le recordaba a algo. La tarde se convirtió en noche y la lluvia, el viento y el granizo, limitó la visibilidad a un metro. Nunca había visto nada igual y decidió parar bajo el puente de la autopista. Refugiado y a salvo del tremendo temporal, paró el coche y conectó de nuevo la radio. Aerosmith sonaba alto y claro ” I don’t want to miss a thing…” . Se sorprendió al identificar el sonido del pedrisco con la melodía de la canción, mientras relajado y a cobijo escuchaba los últimos acordes.
El Sol volvió a ganar la batalla y los claros de fueron abriendo entre las nubes. Arrancó de nuevo el coche y con incredulidad miró a su alrededor. El paisaje había cambiado y no reconocía nada. La carretera era de una sola dirección. Como un río imposible de remontar, el coche avanzaba sin pausa. No había señales que le guiaran, ni ninguna intersección que le permitiera un desvío. En el horizonte, sobre la torre, dos cigüeñas de cortejaban, mientras el café humeante calentaba sus manos. Miró por el cristal por última vez, sin duda eran sus ojos… Sin duda su sonrisa. Observó sus piernas delgadas e inquietas y cerró los ojos. Un último suspiro con sus labios en su boca y la paz de la casualidad.
Ahora sabía lo que era el cielo.
Mario Sender

El té de loto

El té de loto de Jeong Kwan 
Cuerpo, sensación, percepción, intención y conciencia. Estos son los cinco sentidos, según dice la monja budista Jeong Kwan. Así, también existe otro mundo. El que ella percibe muy lejos de nuestro concepto atropellado, histérico y materialista. Un mundo donde habita el espíritu.

En las montañas de Korea, entre la verde vegetación, en un claro del bosque, habita una monja. Es alguien muy especial, quizá una de esas pocas personas que ha logrado encontrar su razón de ser.  Allí, en el pequeño monasterio, existe un mundo diferente. Libre de egos y lleno de estrellas. Un mundo de ríos que son como una orquesta, de sonidos del alma, de paz. Un lugar donde todo está en armonía, dónde los insectos forman parte de ti, se alimentan de lo mismo que tú, y, de igual forma, eres parte del todo.  No hace falta que el huerto esté perfecto, ni las hojas de las hortalizas intactas, es bello, armonioso e impactante. Es su alimento. La comida imbuida del espíritu del budismo. Es filosofía, el alimento del alma. El ingrediente principal de la maravillosa cocina de monasterio.
Un día, con 17 años, Jeong desapareció sin decir nada. Con tan sólo el billete de autobús, con sus manos vacías, subió despacio la montaña para, como ella dice, ser libre. Sentirse en libertad a través del budismo.  Quizá la única religión no-teista, dónde Dios no es importante. Ser Buda, alcanzar el conocimiento y la comprensión del todo; esa es la meta.
Hay una preparación que me conmocionó al observar a Jeon Kwan llevarla a cabo: el té de loto. Realmente es impresionante por su sencillez y el resultado.
La flor, de unos 23cm de diámetro, reposa cerrada en un cuenco de madera, lleno de agua clara. Es como la vida, limitada y encerrada en si misma. Navegando a la deriva en ese pequeño mundo acuático. Vulgar y encogida, oculta, egoísta, secreta.
Todo cambia en pocos instantes, eternos para nosotros, habitantes de ese mundo donde dicen que el tiempo es oro.  Los dos dedos de madera de Jeong, levantan con lentitud la encogida flor, que llora agua, hasta la última gota, y, como si de otro universo se tratara, la transporta hasta otro recipiente tres veces más grande. Son momentos de una levedad eterna. Sus expertos dedos comienzan a desplegar uno a uno sus pétalos, transparentes, frágiles como alas de mariposas. Uno a uno inundan su nuevo mundo, hasta descubrir el corazón oculto, sus pistilos pintan de color el aire, su perfume cambia el sabor del agua como un milagro. El té, de una transparencia total, es agua, pero no es agua, sabe como si tú vida hubiera cambiado. Un sabor indescriptible que no puedes dejar de beber.  Es el té de la vida. Tan sutil, que casi no hay diferencia. Ese mínimo cambio que, a veces, también hace que nuestras vidas sean de una manera u otra.
Creo que, más de una vez lo he pensado, esa es la verdadera religión. La búsqueda de la paz interior, de la verdad, de la renuncia a lo superfluo, de la libertad individual. Un mundo sin egos.
M. Sender

Amor de la morería.

AMOR DE LA MORERÍA (El caballero Nalvillos y Axa Galiana).

Brillaba aún el rocío sobre los muros de la muralla y Nalvillos con el nerviosismo de quién se dirige hacia lo desconocido, preparaba los enseres y ropajes de su señor, el Conde Don Ramón, al que servía de “Page de Cámara”.

“Galicia quedará lejos…”, pensó. Así estaba, faenando, cuando vio por primera vez a Axa, quedando prendido de sus ojos.

Muerto su padre, Cahabit Almenon, Axa quedó, ella y su hacienda al cuidado de la Infanta Doña Urraca, en la ciudad de Ávila, por la amistad con el Rey Don Alfonso Sexto.
Y fue así como Nalvillos y Axa, camino de Galicia, empezaron a rondarse:

Un atardecer en una tienda del perímetro del campamento, dos figuras se recortaban contra la luz de las antorchas. Nalvillos, enamorado, ofrecía su corazón a la bella mora, Axa Galiana, quien aún no exenta de sentimientos hacia el joven, le procuró muchos impedimentos. Su profesión de la fe en Ala y su no olvido del que fuera su pretendiente, allá en Toledo, hacían que su corazón, aún seguiera latiendo al ritmo de los dedos del moro Jezmín.
Pero, ya se sabe, la distancia es el olvido …y las jornadas interminables o quizá el embrujo de esas tierras de meigas o la persistencia del caballero cristiano, terminaron por vencer la voluntad de la bella Axa, quien para evitar los inconvenientes del matrimonio con Nalvillos, abrazó la religión de Cristo.

De vuelta a la ciudad, con el consentimiento de La Infanta, fueron fijadas las galas para la boda. Antes, por supuesto, Axa fue bautizada por el Abad de San Martín, tomando como nombre cristiano Urraca, en deferencia a su protectora. Al mismo tiempo el Conde Don Ramón armaba Caballero a Nalvillos Blázquez (llegaría a ser Alcalde de la ciudad).
Los festejos duraron varios días. Toros, justas y grandes pompas se sucedieron sin parar, corriendo de boca en boca por todo el reino. Y, así, llegó a oídos de Jezmín, la traición de su amada. Aquella que le juró amor eterno en Toledo, no sólo le destrozó el corazón, si no que había abjurado de su fe.

“Juro por Alá, que recuperaré a Axa y acabaré con ese infiel traicionero”.

Jezmín esperó paciente los informes de sus fieles en Ávila, aquellos que partieron con su amada desde Toledo y que nunca perdonaron su conversión. Hasta que una noche, mientras la ciudad dormía, un grupo de moriscos organizó una incursión que terminó con el secuestro de Doña Urraca “la mora”.

El Caballero Blázquez, estando batallando fuera de la ciudad, se enteró días después de la afrenta de aquel “Jezmín el moro”, antiguo amante de su querida esposa, jurando por Cristo luchar sin desempeñó contra los infieles hasta recuperar lo que tanto le había costado conseguir.
No sabía el pobre Nalvillos que Axa disfrutaba de su encuentro con Jezmín, de su nueva vida, de su nuevo matrimonio y otras “grandes” virtudes del sarraceno. Ni podía imaginar que la “cristiana” Urraca, jamás había dejado de sentir la pasión irrefrenable de aquel amor de juventud.
El deseo de venganza de Nalvillos siguió creciendo y con unos cuantos fieles guerreros, planeo recuperar a su esposa en la misma ciudad de Medina de Talavera.

Era día de mercado. El hombre, cubierto con un sombrero de ala ancha y las típicas ropas de pechero, recorrió las callejuelas ofreciendo sus hierbas curativas, mientras preguntaba dónde quedaba el Alcázar del nuevo gobernador Jezmín. Al final de la tarde llegó ante el portalón e hizo golpear las aldabas. No tardó en abrir una sirvienta que quiso echarle sin más, pero ante la insistencia y alabanza de las virtudes de su elixir, terminó por acceder a llamar a su señora. Era bella, muy bella; aún más de lo que recordaba. Estaba delante de él. Allí, en el suntuoso palacio, ante una humeante té y la fragancia del aceite de olor, Axa le preguntó:

“¿Que le trae por aquí buen hombre?, mi doncella dice que ofrece un extraordinario elixir de juventud…”

El hombre se descubrió y miró los negros ojos que tantas noches reflejaron los suyos. Le suplicó, le rogó, le prometió perdón, a cambio de que regresara con él. Axa, sorprendida, se quedó sin respuesta, mientras las volutas de vapor parecían acariciar su rostro.

“Sal de aquí, rápido, Jezmín está a punto de llegar de…”

No pudo terminar la frase. El apuesto noble entraba en la estancia, vestido aún con su ropa de caza. Mandó apresar de inmediato a Nalvillos, quien en un ataque de honor conminó a Jezmín a proceder de igual modo que él habría hecho.
Jezmín, sin dudarlo, le condenó a morir en la hoguera en las primeras horas de la mañana.

En los alrededores de la ciudad, ateridos de frío e impacientes, el medio centenar de soldados esperaba la señal convenida con su capitán.
Jezmín, luchando entre sus sentimientos de odio y nobleza, con Nalvillos en la pira, tuvo un gesto con el condenado, que no volvería a repetir si viviera:

“¿Un último deseo infiel?”
“Quiero hacer sonar por última vez mi trompa” -respondió.

Los soldados apostados cerca del lugar, al escuchar el sonido de la cuerna, actuaron con diligencia para liberar a su capitán, dando muerte a muchos sarracenos y haciendo presos a Jazmín y su esposa Axa.

“Es tanto el amor que te he tenido como el dolor infligido. Y sólo el fuego compensará la balanza de mi corazón. Si tanto le has querido, tu vida con él partirá en el humo que aspira tu Dios. Alá sea con vosotros”.

Al atardecer, sobre Medina de Talavera, el cielo se cubrió de nubes, mientras la media luna se escondía entre dos amores. Las ascuas de los cuerpos de Jezmín y Axa, se dieron el último beso.

(Una historia novelada sobre la leyenda del “rey Nalvillos”, azote de la morería).
M. Sender

El viajero estelar. El principio.

Fue un día como hoy. Las nubes grises y panzudas amenazaban con invadir la tierra, difuminando el horizonte. Daba la sensación de que, de un momento a otro, abrirían las compuertas del cielo descargando toneladas de lágrimas. Los cipreses hacían reverencias y los pinos arriaban las velas ante el soplido implacable de Eolo.
Avivé el fuego y miré a mi gente. Era la primera vez que me sentía feliz. Su cara iluminada por las llamas era diferente. Habían desaparecido sus muecas de miedo y sus miradas recorrían las sombras proyectadas sobre la bóveda de la cueva.  Me llevé un dedo a los labios mientras señalaba la enorme cavidad de la entrada. La luz infernal cruzó el espacio iluminando todo. Fue mi primer truco de magia. ¡Boom….! Grite!. El estruendo que vino a continuación les dejo helados. Cogí un tizón y perfilé el contorno de la sombra de mi propia mano. Pronto todos me imitaron y la pared de roca caliza se convirtió en la primera obra de arte de la historia.
No sé bien cuántos cientos de miles de años han pasado desde entonces. Sólo siento, de vez en cuando, ese recuerdo navegando por mi mente, y los ojos profundos y animales de aquella mujer que fue el principio de todo. Con el tiempo, aún me queda la duda sobre la conveniencia de haber prestado a esos seres primitivos un poco de inteligencia.
Cuando miro esa pequeña bola azul y las imágenes que mis sondas me traen cada cinco mil años terrestres, pienso si buena idea despertar a esos primitivos seres.
Me pregunto cuantos miles de años más conseguirán sobrevivir sin destruirse unos a otros. ¿Aún queda esperanza?.
La brisa pastoreó las nubes y el astro rey se reflejó en los edificios de cristal, mientras pensaba si no sería necesario un poco más de “magia” para esas mentes atrofiadas.
M. Sender

Caminando con mi sombra.

Caminando con mi sombra.
Recordando viejos tiempos, bajo el suelo de Madrid, el metro me ha vomitado en Chueca. La plaza, otrora solitaria, rebosa. Las tiras de colores le dan un aspecto singular, de verbena de capital. Gentes multiétnicosexual devoran viandas, licores, bocas y ojos. Madrid tiene algo especial. Es un aroma único, de ciudad cosmopolita y pueblerina, acogedora como ninguna. Tengo la impresión de que nos toca recuperar aquel ambiente inigualable de “la movida”. Coinciden algunas cosas: Dos apellidos, Tierno y Carmena, ambos con muchos años, ambos “jóvenes”, los dos sumamente independientes, capaces de transformar la ciudad para una generación perdida. Anteponiendo el interés general a los oscuros intereses de los poderosos. Creando una urbe para los peatones dispuestos a disfrutar de sus zapatos, que no pinchan, no hacen ruido y no contaminan. No estresan, no se aíslan y crean vida a tu alrededor.
Tierno, el viejo profesor, decidió dar la ciudad a los jóvenes. Les dió libertad, les creo expectativas, les dijo “el que no esté colocado, que se coloque”. Una frase con doble sentido, con furibundas críticas. Carmena se vuelve a presentar a la alcaldía, independiente, con su “valor bursátil” creciendo al mismo tiempo que su ciudad. Una ciudad de ciudadanos, no de coches, no de imperios. Seguro que no es perfecta, ni libre como quisiera, pero, sabiendo que sus años le amparan, que no necesita demostrar nada, que no tiene toda una vida por delante… Lo va a hacer. Otros lo intentaron -Gallardón-, pero, atado por su ambición, lo dejó a medias.
Y vuelvo a Chueca, a la calle Prim, Almirante, Barquillo… Un barrio en otros momentos decadente, transformado por ese colectivo admirable que son los considerados “diferentes”, sólo por qué no les gusta lo mismo que a ti. No solo ha resucitado, sino que ha mantenido el sabor que hizo de este barrio un lugar único. Paso delante del teatro Marquina y el desaparecido Pub Rey Fernando. Doblo la esquina en Prim y allí está: el Café Gijón. Un emblema de la ciudad, cuna de la cultura, de la bohemia. Un lugar que crea adictos. Hubo un tiempo en el que lo visitaba cada jueves, como una dosis necesaria para vivir. Guillermo Hurtado, José Luis Barbod, Floreal, Luis Valencia, Joseba, Perellón, Roldán, la “pantera rosa”, el capitán Rodrigo…y muchos otros personajes anónimos de una cultura sin igual. Allí horas y horas, podíamos discutir de lo divino y lo humano, intentando cada cual imponer su razón, con o sin argumentos, que de eso se trataba. ¡Que cenas aquellas en “el guarro”!. Noches enteras en Toni’s, escuchando a Pablo Sebastián, a cantantes anónimos con una copa de más, flirteos de madrugón, callos en vez de churros… antes de amanecer.
Ahora muchos años después, recorro el barrio, sólo, entre rincones prohibidos, besos escondidos y luces de neón que alumbran el camino. Es curioso, pero me gustaba ese ambiente decadente, de putas en las esquinas, chaperos adictos, buscavidas de la noche, pregoneros de “tengo tema”, la adrenalina de madrugada y las frustraciones de expectativas. Eran los años 80 y y las terrazas de verano se extendían desde Atocha hasta plaza de Castilla. Era joven, tenía dinero, prestigio, y me sentía “un dios”. Podía llegar a cualquier discoteca de moda, dar las llaves al aparcacoches y entrar sin que nadie se opusiera… mientras los demás sufrían una fila interminable. No me siento orgulloso de aquello, pero, entonces… Sí. Te sirve para conocer a la gente. Sus peores instintos, sus debilidades, hasta donde están dispuestos a llegar. No es crítica, es la realidad de la vida. Pero hay líneas que no debes sobrepasar: las drogas y la humillación. La primera por incontrolable, la segunda por dignidad. La dignidad es lo primero, si hubiera renunciado a ella, ahora sería multimillonario… Pero un pobre hombre.
Madrid. Ciudad que vive de noche, que te habla, te mira, te tienta, te embriaga y te manda a mil demonios dispuestos a llevarte al infierno.
Si sales por la noche, ponte tú mejor traje, tu mejor perfume, una tarjeta de crédito sin límite, una dosis de autoestima que rebose por tus ojos, tu otro yo, el mejor discurso, seguridad, decisión, un argumento irrebatible….y los lugares míticos, aquellos de siempre, volverán a lucir sus mejores galas para ti. Así, como el regalo de una amante, fue Madrid
No sé quién lo acuñó, pero es cierto “de Madrid al cielo”. Vuelve.
M. Sender

LA NOCHE DEL DÍA (Los ojos que me salvan)

Suele ser casi siempre igual. Rutinario. Los días se suceden cumpliendo un patrón: casa-trabajo-casa. Un triángulo nada amoroso, necesario para sobrevivir. Y es muy importante, como a un plato soso y vulgar, añadirle un condimento que te devuelva la sonrisa, excite tu imaginación y despierte tus ganas de vivir. Esto es lo que no ves, el aliño especial que hace de un minuto vulgar un momento excepcional.

LA NOCHE DEL DÍA (Los ojos que me salvan)
A veces, empieza muy pronto. En la ducha. Consciente del paso del tiempo, dejo correr el agua por mi cuerpo con mis ojos mirándote. Allí dentro de mi mente. Sintiendo tus preciosas manos recorriendo mi piel. Con esa cara de estar conmigo. El agua caliente como tú sexo y el susurro de tus versos. Elijo una camisa recién planchada, de esa tela que siempre te gusta, que se desliza con gemidos abrochada como la última tarde. Aún huele a ti por encima de mi perfume. Es difícil aceptar otra noche en el día. Así, te veo en cada esquina, en los labios de alguna mujer, en algunos ojos que me miran, en la cercanía, en olores mezclados, en sonrisas. Invisible e inimaginable excepto para mí.
Mientras pasan las horas y el trabajo devora frágiles neuronas, miro a mi alrededor e imagino esas noches en el día. Hombres ciegos con la luz de los ventanales, mujeres viudas de amor, ilusiones escondidas, besos sin labios, vicios ocultos y penas gloriosas.
También adivino enfermedades del alma frustraciones y mala fortuna. Traiciones y mentiras. Poder que no se tiene pero se cree tener, sumisión inconsciente, sacrificio necesario, rutina.  Pecados inconfesables que si fuera de noche no se verían.
Y pasa el día inmisericorde y espera la casa caliente/fría/soñada/terrible/dulce/amor/sexo/nada.
Y me quedo con ella, mi noche en el día, dentro de mi, agua caliente que transforma la fría rutina, en vida.

Mario Sender