Yo, elijo como vivir la vida.

shareVIVIR LA VIDA
Muchas veces he oído quejas sobre la mala suerte, la desgracia sobrevenida, la injusticia, etc. Es la vida. Una asignatura que no todos conseguimos superar con aprobado. La vida no es dejar pasar el tiempo, cumplir años, tener dinero, no trabajar y soñar, o envidiar esas otras vidas que creemos “de película”. La vida es otra cosa.
Para poder valorar nuestra existencia, se necesitan años de experiencia, de sufrimientos, de desengaños, de amores platónicos, de renuncias, de identificación con determinados valores…y aún así, resulta difícil.
Con el tiempo, bastante tiempo, empiezas a ver cosas que antes ni tan siquiera llamaban tu atención y empiezas a valorarlas. A cierta edad te importa lo que piensen de ti, te preocupa el reconocimiento, no profesional, que también, sino la imagen que trasmites a los demás. En el fondo es un pensamiento muy egoísta. Necesitas que te quieran, te aprecien y, de la misma forma, que sientan que “tu vida” es parte de la suya.
Así, hay ciertas personas que son capaces de transmitir una serie de sentimientos, de actitudes, de seguridad en sí mismas, de admiración, que no pasan desapercibidas. Cuando has pasado el ecuador de tu existencia, esa preocupación te embarga. Te preocupa dejar huella, que algo de ti quede impreso en el tiempo que te ha tocado vivir.  Un recuerdo positivo, que tenga valor, que haya servido para algo, calando en otros seres que como tú, algún día ya no estarán. Es la evolución, la construcción de la humanidad, los cimientos que cada uno, con su granito de arena, construimos.
Es un misterio pero también un sueño. Y, cuando descubres de que va esto de vivir, te das cuenta de que eres tú el que dibujas cada página de tu vida. Que puede ser cualquier cosa, incluso muy diferente a como la percibes. Porque en el fondo, si no eres consciente, tus actos serán reflejo de lo que los demás quieran.
Te pondrán un baby en el colegio, del color que tú no has elegido, te educarán según las normas establecidas, comerás alimentos que, según dicen, están riquísimos, trabajarás, tendrás amigos, iras de vacaciones, te encantarán con palabras como estas, te casarás, te divorciarás y, en fin, serás un ser creado a imagen y semejanza de una sociedad estandarizada. ¡Te dirán que vives en la civilización!… Como si alguien lo hubiera decidido. Y si, realmente casi no decidimos nada. No aprendemos nada de nosotros mismos, somos lo que nos han dicho que debemos ser. Correctos, educados, buenos, generosos,…y si no, ¡lo que Dios quiera!. En realidad, excepto cuando dejamos a un lado todos esos convencionalismos, es una vida muy aburrida. Ocho o diez horas trabajando, pensando en competir con otros, atareados en labores estúpidas, convenciendo a otros de que lo inútil es útil, otras ocho en el mundo de los sueños, unas cuantas más metidos en el bullicio del tráfico…¿Esto es la vida? ¿Dejar pasar días, meses, años? ¿Repitiendo como una hormiga el mismo camino desde el hormiguero hasta encontrar el alimento y vuelta a empezar?
Entonces, me surge una pregunta: ¿De verdad hay alguna diferencia entre todos los seres que pueblan la tierra?. Es posible que si, pero también que no. Cada uno ocupa su lugar. Nosotros, tan solo somos un animal más. Con una gran diferencia: podemos cambiar el mundo. Siempre pensamos que para eso hace falta una conciencia universal, pero no necesariamente. “Hay muchos mundos, pero están en éste. Hay otras vidas, pero están en ti…”. Esta frase del poeta Paul Éluard, describe mejor que nada, un pensamiento surrealista que me fascina: el poder ser quien quieras y como quieras, en tu mundo, el que elijas.
Así, un día, cuando tuve consciencia de todo ello, decidí que viviría en dos  mundos diferentes: el de todos y el que a mí me gusta.

Mario Sender

FontAna, la revista de Fontiveros.

FontAna, la nueva revista de Fontiveros, pone su primera piedra.

Con el mecenazgo del grupo hotelero Fontecruz, un grupo de fontivereños presenta el proyecto de una nueva revista de cultura, arte, fotografía y literatura sobre la historia, vida cotidiana e inquietudes, que recogerá para la posteridad el esfuerzo de todos los habitantes de este pueblo, cuna del místico universal San Juan de la Cruz.

En la recientemente restaurada Ermita de Santa Ana, también llamada de “la banderas”, con la asistencia de las distintas asociaciones culturales de la localidad,la Corporación Municipal  y  colaboradores hijos de Fontiveros, llegados de más allá de los mares morañegos, se presentó el proyecto de esta nueva iniciativa, abierta a todos.

El sol brillaba, los ojos aún más, y, bajo la protección de la preciosa talla de Santa Ana, la bóveda hizo resonar las palabras de ilusión de estas gentes que luchan contra el olvido y la despoblación que azota Castilla; otrora capital del mundo conocido.

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Después de reponer fuerzas en el mesón Juan de Yepes, dónde el cocino morañego, alimenta el espíritu, se celebró asamblea en el Espacio de San Juan de la Cruz, dónde se dió a conocer, a todos los asistentes, la filosofía y el deseo que impulsan está nueva andadura: la participación de todos los hijos de Fontiveros. Con sus ideas, sus inquietudes, sus sentimientos e ilusiones.
Especial mención a los quintos del 48. Su asistencia a los actos, representa la “llama viva” de un pueblo que fue y seguirá siendo referencia en este inmenso mar de nuestra comarca: La Moraña. Ellos son nuestra memoria y nuestra fuerza.
Fuimos lugar de místicos y conquistadores, de nobles y clérigos, de soldados y campesinos… lugar que pisó la realeza…y volveremos al lugar que nos corresponde siendo iguales, pero diferentes.

Mario Sender

El té de loto

El té de loto de Jeong Kwan 
Cuerpo, sensación, percepción, intención y conciencia. Estos son los cinco sentidos, según dice la monja budista Jeong Kwan. Así, también existe otro mundo. El que ella percibe muy lejos de nuestro concepto atropellado, histérico y materialista. Un mundo donde habita el espíritu.

En las montañas de Korea, entre la verde vegetación, en un claro del bosque, habita una monja. Es alguien muy especial, quizá una de esas pocas personas que ha logrado encontrar su razón de ser.  Allí, en el pequeño monasterio, existe un mundo diferente. Libre de egos y lleno de estrellas. Un mundo de ríos que son como una orquesta, de sonidos del alma, de paz. Un lugar donde todo está en armonía, dónde los insectos forman parte de ti, se alimentan de lo mismo que tú, y, de igual forma, eres parte del todo.  No hace falta que el huerto esté perfecto, ni las hojas de las hortalizas intactas, es bello, armonioso e impactante. Es su alimento. La comida imbuida del espíritu del budismo. Es filosofía, el alimento del alma. El ingrediente principal de la maravillosa cocina de monasterio.
Un día, con 17 años, Jeong desapareció sin decir nada. Con tan sólo el billete de autobús, con sus manos vacías, subió despacio la montaña para, como ella dice, ser libre. Sentirse en libertad a través del budismo.  Quizá la única religión no-teista, dónde Dios no es importante. Ser Buda, alcanzar el conocimiento y la comprensión del todo; esa es la meta.
Hay una preparación que me conmocionó al observar a Jeon Kwan llevarla a cabo: el té de loto. Realmente es impresionante por su sencillez y el resultado.
La flor, de unos 23cm de diámetro, reposa cerrada en un cuenco de madera, lleno de agua clara. Es como la vida, limitada y encerrada en si misma. Navegando a la deriva en ese pequeño mundo acuático. Vulgar y encogida, oculta, egoísta, secreta.
Todo cambia en pocos instantes, eternos para nosotros, habitantes de ese mundo donde dicen que el tiempo es oro.  Los dos dedos de madera de Jeong, levantan con lentitud la encogida flor, que llora agua, hasta la última gota, y, como si de otro universo se tratara, la transporta hasta otro recipiente tres veces más grande. Son momentos de una levedad eterna. Sus expertos dedos comienzan a desplegar uno a uno sus pétalos, transparentes, frágiles como alas de mariposas. Uno a uno inundan su nuevo mundo, hasta descubrir el corazón oculto, sus pistilos pintan de color el aire, su perfume cambia el sabor del agua como un milagro. El té, de una transparencia total, es agua, pero no es agua, sabe como si tú vida hubiera cambiado. Un sabor indescriptible que no puedes dejar de beber.  Es el té de la vida. Tan sutil, que casi no hay diferencia. Ese mínimo cambio que, a veces, también hace que nuestras vidas sean de una manera u otra.
Creo que, más de una vez lo he pensado, esa es la verdadera religión. La búsqueda de la paz interior, de la verdad, de la renuncia a lo superfluo, de la libertad individual. Un mundo sin egos.
M. Sender

Caminando con mi sombra.

Caminando con mi sombra.
Recordando viejos tiempos, bajo el suelo de Madrid, el metro me ha vomitado en Chueca. La plaza, otrora solitaria, rebosa. Las tiras de colores le dan un aspecto singular, de verbena de capital. Gentes multiétnicosexual devoran viandas, licores, bocas y ojos. Madrid tiene algo especial. Es un aroma único, de ciudad cosmopolita y pueblerina, acogedora como ninguna. Tengo la impresión de que nos toca recuperar aquel ambiente inigualable de “la movida”. Coinciden algunas cosas: Dos apellidos, Tierno y Carmena, ambos con muchos años, ambos “jóvenes”, los dos sumamente independientes, capaces de transformar la ciudad para una generación perdida. Anteponiendo el interés general a los oscuros intereses de los poderosos. Creando una urbe para los peatones dispuestos a disfrutar de sus zapatos, que no pinchan, no hacen ruido y no contaminan. No estresan, no se aíslan y crean vida a tu alrededor.
Tierno, el viejo profesor, decidió dar la ciudad a los jóvenes. Les dió libertad, les creo expectativas, les dijo “el que no esté colocado, que se coloque”. Una frase con doble sentido, con furibundas críticas. Carmena se vuelve a presentar a la alcaldía, independiente, con su “valor bursátil” creciendo al mismo tiempo que su ciudad. Una ciudad de ciudadanos, no de coches, no de imperios. Seguro que no es perfecta, ni libre como quisiera, pero, sabiendo que sus años le amparan, que no necesita demostrar nada, que no tiene toda una vida por delante… Lo va a hacer. Otros lo intentaron -Gallardón-, pero, atado por su ambición, lo dejó a medias.
Y vuelvo a Chueca, a la calle Prim, Almirante, Barquillo… Un barrio en otros momentos decadente, transformado por ese colectivo admirable que son los considerados “diferentes”, sólo por qué no les gusta lo mismo que a ti. No solo ha resucitado, sino que ha mantenido el sabor que hizo de este barrio un lugar único. Paso delante del teatro Marquina y el desaparecido Pub Rey Fernando. Doblo la esquina en Prim y allí está: el Café Gijón. Un emblema de la ciudad, cuna de la cultura, de la bohemia. Un lugar que crea adictos. Hubo un tiempo en el que lo visitaba cada jueves, como una dosis necesaria para vivir. Guillermo Hurtado, José Luis Barbod, Floreal, Luis Valencia, Joseba, Perellón, Roldán, la “pantera rosa”, el capitán Rodrigo…y muchos otros personajes anónimos de una cultura sin igual. Allí horas y horas, podíamos discutir de lo divino y lo humano, intentando cada cual imponer su razón, con o sin argumentos, que de eso se trataba. ¡Que cenas aquellas en “el guarro”!. Noches enteras en Toni’s, escuchando a Pablo Sebastián, a cantantes anónimos con una copa de más, flirteos de madrugón, callos en vez de churros… antes de amanecer.
Ahora muchos años después, recorro el barrio, sólo, entre rincones prohibidos, besos escondidos y luces de neón que alumbran el camino. Es curioso, pero me gustaba ese ambiente decadente, de putas en las esquinas, chaperos adictos, buscavidas de la noche, pregoneros de “tengo tema”, la adrenalina de madrugada y las frustraciones de expectativas. Eran los años 80 y y las terrazas de verano se extendían desde Atocha hasta plaza de Castilla. Era joven, tenía dinero, prestigio, y me sentía “un dios”. Podía llegar a cualquier discoteca de moda, dar las llaves al aparcacoches y entrar sin que nadie se opusiera… mientras los demás sufrían una fila interminable. No me siento orgulloso de aquello, pero, entonces… Sí. Te sirve para conocer a la gente. Sus peores instintos, sus debilidades, hasta donde están dispuestos a llegar. No es crítica, es la realidad de la vida. Pero hay líneas que no debes sobrepasar: las drogas y la humillación. La primera por incontrolable, la segunda por dignidad. La dignidad es lo primero, si hubiera renunciado a ella, ahora sería multimillonario… Pero un pobre hombre.
Madrid. Ciudad que vive de noche, que te habla, te mira, te tienta, te embriaga y te manda a mil demonios dispuestos a llevarte al infierno.
Si sales por la noche, ponte tú mejor traje, tu mejor perfume, una tarjeta de crédito sin límite, una dosis de autoestima que rebose por tus ojos, tu otro yo, el mejor discurso, seguridad, decisión, un argumento irrebatible….y los lugares míticos, aquellos de siempre, volverán a lucir sus mejores galas para ti. Así, como el regalo de una amante, fue Madrid
No sé quién lo acuñó, pero es cierto “de Madrid al cielo”. Vuelve.
M. Sender

LA NOCHE DEL DÍA (Los ojos que me salvan)

Suele ser casi siempre igual. Rutinario. Los días se suceden cumpliendo un patrón: casa-trabajo-casa. Un triángulo nada amoroso, necesario para sobrevivir. Y es muy importante, como a un plato soso y vulgar, añadirle un condimento que te devuelva la sonrisa, excite tu imaginación y despierte tus ganas de vivir. Esto es lo que no ves, el aliño especial que hace de un minuto vulgar un momento excepcional.

LA NOCHE DEL DÍA (Los ojos que me salvan)
A veces, empieza muy pronto. En la ducha. Consciente del paso del tiempo, dejo correr el agua por mi cuerpo con mis ojos mirándote. Allí dentro de mi mente. Sintiendo tus preciosas manos recorriendo mi piel. Con esa cara de estar conmigo. El agua caliente como tú sexo y el susurro de tus versos. Elijo una camisa recién planchada, de esa tela que siempre te gusta, que se desliza con gemidos abrochada como la última tarde. Aún huele a ti por encima de mi perfume. Es difícil aceptar otra noche en el día. Así, te veo en cada esquina, en los labios de alguna mujer, en algunos ojos que me miran, en la cercanía, en olores mezclados, en sonrisas. Invisible e inimaginable excepto para mí.
Mientras pasan las horas y el trabajo devora frágiles neuronas, miro a mi alrededor e imagino esas noches en el día. Hombres ciegos con la luz de los ventanales, mujeres viudas de amor, ilusiones escondidas, besos sin labios, vicios ocultos y penas gloriosas.
También adivino enfermedades del alma frustraciones y mala fortuna. Traiciones y mentiras. Poder que no se tiene pero se cree tener, sumisión inconsciente, sacrificio necesario, rutina.  Pecados inconfesables que si fuera de noche no se verían.
Y pasa el día inmisericorde y espera la casa caliente/fría/soñada/terrible/dulce/amor/sexo/nada.
Y me quedo con ella, mi noche en el día, dentro de mi, agua caliente que transforma la fría rutina, en vida.

Mario Sender

Lovers in Paris

Cuantos años soñando. Le había hablado cientos de veces de aquella ciudad para pasear y recorrer las riberas del Sena cogidos de la mano, con la brisa en el rostro. Soñó con esa torre iluminada, entre sus brazos, mirando desde Los Campos de Marte, mientras sentía sus labios cálidos acariciando su cuello. No sabe cuándo, pero está segura que algún día llegará. Y cierra la ojos e imagina las calles impresionistas de Montmartre a los pies del Sacre Coeur. Incluso siente los pasos de su amante observándola. Sonríe recordando lo que siempre le decía: “andas de una manera especial”.

Ya casi puede verle, allí, bajo el ala del “pájaro de hierro”, la ciudad se dibuja esperando. Se impacienta por encender su móvil, cuando el caucho chirría sobre la pista. Nerviosa conecta su teléfono y mira los mensajes:

-“Hemos tardado mucho, pero sigo esperando. París siempre espera mi amor…a los amantes”

Esta vez también se le escapó una lágrima, igual que aquel día en la cama. Una lágrima de felicidad.

-“Ahora, el “cabify” te espera. Hotel Lamarck.”

Celia conectó sus cascos y, con las manos entre sus piernas, puso su tema preferido:

Cerró los ojos y repasó sus recuerdos entre los brazos de su amante. El que siempre la quiere llevar a París.

M. Sender

LECHE EN POLVO

Dibujo de J.L. Herrero

Dibujo de J.L. Herreros

LECHE EN POLVO
Hoy pensaba que soy de pueblo. Muy de pueblo, a pesar de vivir en una gran ciudad. Creo que los que somos “de pueblo” tenemos algo especial. No es necesario haber vivido muchos años allí, es suficiente haber nacido y vivido un poquito de nuestra infancia. -Que suerte tú que tienes pueblo-, me dicen a veces. Y si, es cierto. La infancia en un pueblo es incomparable.

El invierno en La Moraña es duro. El pueblo se cubre de nieve y el viento dibuja una cruz en las cuatro calles.

-No vayas hoy al colegio -dice su madre-. Pero el pequeño insiste y abrigado hasta los ojos, camina con sus botas hundiéndose en la nieve. El colegio está a la otra punta del pueblo. Su cuerpo aún esta caliente después de haber pasado por el balde de agua calentado en la lumbre. Me pongo en su lugar, a un metro escaso de altura. Todo es diferente. Gigantescos álamos bordean el regato, que tarda cinco pasos en cruzar, mientras observa el ya inexistente potro de herrar. Algún día imitará a “los mayores” colgándose de sus barras. Pero aún queda tiempo. No hay gente en la calle, aunque al pasar por las ventanas, de puntillas, puede ver el resplandor de la lumbre ya encendida. Mira el Torreón por encima de la visera de su gorra de orejeras. Inmenso y firme. Como una muralla de entrada a las cuatro calles.

-¡Que frío!, razón tenía mi mamá -piensa-.

Cruza con la cabeza gacha resguardándose del viento, delante del viejo cine, donde a veces toca su abuelo, cuando recogen las sillas para el baile. A pesar del temporal, siempre, cuando pasa por aquí, respira hondo el olor a pan recién hecho proveniente de la cercana tahona.

-Tengo que venir a poner punta al peón a la fragua -recuerda según camina-.

Y, allí en la plaza, el Santo. Impasible, abrazado a su cruz, enrejado, como encarcelado en un pueblo que le debe tanto. Como si tuvieran miedo a que pudiera escapar de su letargo.
Casablanca, el bar de los bocadillos de mejillones, de las señoras amables, de la foto de Rocío Dúrcal. Que dice mi abuelo, que no hay mujer más guapa en el mundo. Del aguardiente y los golpes de dominó. Tantos años después y aún se pregunta, -entonces ni tan siquiera se le pasaba por su mente-, si es por la inmortal película o simplemente por su color.

-Ya queda poco -se dice al cruzar la plaza-.

La ermita del Santo, con su Vía Crucis, donde dan el chocolate de las comuniones. Se acerca al colegio. Es un chico tímido, con pocos amigos, amigos. Quizá él no sea tan niño. Ensimismado en sus lecturas y con una habilidad innata para el dibujo, no es precisamente el chico travieso e inquieto que debería ser para su edad. Hoy toca Evangelio. Parábola de las bodas de Caná. Le gusta dibujar en la pizarra. Sus tizas de colores ilustran el tema. Es sábado y luego irá con su amigo Deme a la casa de su abuela a cambiarse los tebeos del Capitán Trueno.

El patio, a la hora del recreo, aún tiene charcos helados. Es una hora feliz. La fila de niños espera impaciente para llenar su vaso de plástico, de leche en polvo americana.

Si, seguramente no fueran buenos tiempos, pero, ¿quien que no sea de pueblo, ha pisado garbanzos verdes, subido a un trillo, echar de comer a los cerdos, comprar un cuartillo de leche, comido espigas tiernas, entrar en un palomar, ver Bonanza desde la ventana, besar el anillo al cura, tomar leche en polvo o coger renacuajos en la laguna?
Si, soy de pueblo y sé lo que es una fanega.
La gran ciudad es un cine de ilusiones y esperanzas, un escaparate inmenso de proyectos de vida…que se ha llevado a muchos niños como yo, de pueblos como el mío. Algún día, seguro que dentro de muchos, muchos años, volverán. Es un deseo.
Mientras tanto, en cada pueblito, algunos héroes luchan contra molinos de viento.

Mario Sender

El otro lado.

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EL OTRO LADO
Todos esperaban impacientes. Sin verse, sin sentirse, sin moverse, sin ser nada. Negrura. No son tinieblas. Es falta de luz. Oscuridad total. Ni tan siquiera recuerdos. Sólo el tiempo inexorable que les había llevado hasta allí. A este lado, también pasaba el tiempo. Siempre hacia adelante, medido con precisión atómica. Mientras tanto, todos pensando en lo mismo: vivir. Sin darse cuenta que cada minuto cuenta, que lo pasado no volverá a existir, y, atrapados en la vorágine de la rutina diaria, contemplan sin compasión las desgracias que vomitan los telediarios, las redes sociales, la prensa. ¡Infelices!… Que no saben lo que vale un solo día, 24 horas de vida que para muchos seres serán los últimos, antes de que la luz se apague tras sus ojos, su corazón deje de amar y su piel solo sienta el frío acero aséptico de la morgue. Todo para tener un solo día de gloria al año.
Y llegó la hora, todos los inexistentes ojos recorriendo aquellos lugares de la tierra que les vio nacer. Sus nombres en la lápida de los miles de cementerios, algunos con letras de oro, otros escritos en una simple cruz de madera, muchos perdidos en alguna fosa junto a la cuneta y muchísimos deambulando sin saber ni tan siquiera como se llaman, que hacen o porqué siguen en este mundo.
Es la noche de los difuntos, uno de noviembre. Se dice que algunos los han visto, que vuelven a saldar cuentas pendientes, pero, la realidad es muy distinta. Los fantasmas no existen excepto en nuestra mente. Las cuentas pendientes son cosa de los vivos. El remordimiento; ese es el fantasma que habita en muchos de nosotros. Quizá sea posible expiarlo… cuando lo veamos desde “el otro lado”.
Mario Sender

EL BOSQUE SILENCIOSO

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EL BOSQUE SILENCIOSO
Galicia, Moraña, tarde luminosa. Aún quedan dos o tres horas de luz. Una más que en la meseta castellana. El camino es angosto, tapizado a derecha e izquierda por verdes helechos y, de vez en cuando, alguna zarza que intenta detenerte con sus afiladas púas, quizá para que pruebes la delicia de sus frutos; pero aún es pronto para la zarzamora. Los líquenes y musgos parecen abrazar los troncos con la delicadeza de un amante. Impresionan los robles y eucaliptos con su altura de más de treinta metros. Son los guardianes del bosque. Filtran el sol y la lluvia, sujetan la tierra y dan cobijo a un sinfín de especies de menor porte. El sendero serpentea con el sonido del río Umia a mi izquierda. Es el ruido del silencio, al que, de vez en cuando, pone ritmo el trinar de un pájaro. Avanzo con la mirada perdida entre la flora singular de estos bosques. Levanto la vista. El sol intenta buscar un resquicio entre las copas pintando matices verdes. Mi perro olisquea el sendero y, como yo, se para en las intersecciones esperando que le guíe por uno u otro camino. En la espesura, algunos robles descansan tendidos. Su larga vida ha terminado para formar parte de esa alfombra paseada por los habitantes sigilosos de la umbría.
Desde la parte alta del arbolado, abajo, el río Umia continua su centenario serpentear horadando el lecho de rocas milenarias. Las cascadas hablan de rumores, tocando la melodía de las aguas vírgenes. Escucho el silencio del brillo plateado del líquido creador de vida, mientras mi mente descansa como un ancestro pensante, cuando la naturaleza lo era todo.
En otro lugar, el agua se detiene. Es el embalse del Umia. La estrecha carretera en pendiente, desaparece entre las verdes aguas. Apenas se divisa algún resto del viejo puente, sustituido por la modernidad. Cruzamos el embalse, maravilloso entorno, por el camino peatonal del viaducto. Un cartel amarillento, parece la pista de un oscuro secreto. Es la advertencia de la condición humana: crimen, envidia, ambición o venganza. Un nombre y una cara que no me dicen nada. Tan sólo silencio.

img_20180722_105820.jpgDe vuelta a la casa del bosque, la Iglesia y su cementerio, de belleza simple y perfecta, preside la pequeña aldea. Durante una semana ha sido nuestro hogar, gracias a la amabilidad de sus dueños. Su alegría contagia, el entorno enamora. Sólo si miras a los ojos de una madre, adivinas ese punto de tristeza infinita y dolor irreparable que un día, en la cola del embalse, un desdichado suceso le arrebató media vida.
El silencio del bosque, los murmullos del agua, las algas mudas, guardan la verdad, pero no hablan.
La vida continúa y volvemos a la rutina de la gran ciudad, con tristeza y envidia, pensando en volver algún día.

Mario Sender
(dedicado a Isabel, Ramiro, Sara y Luis).

Primera batalla contra las máquinas.

Kaspárov VS DeepBlue (IBM computer)LA PRIMERA BATALLA CONTRA LAS MÁQUINAS.
Hemos visto muchas películas donde los humanos luchamos contra las máquinas. Futuros imaginarios en los cuales las máquinas creadas por el hombre han tomado el control. Las consecuencias serán impredecibles.
Hace tiempo que ésto comenzó. La primera de estas batallas sucedió hace t más de una década. Fue un enfrentamiento incruento, con los contendientes frente a frente, separados por un tablero de ajedrez. Los protagonistas: Kaspárov, campeón del mundo de ajedrez y DeepBlue, el superordenador de IBM capaz de calcular 100 millones de posiciones por segundo.

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Gary Kaspárov, nacido en Baku, de padre ruso y madre Armenia fue el campeón del mundo más joven de la historia. En su primer enfrentamiento con la supermáquina DeepBlue,  Kaspárov fue derrotado, recuperando en las siguientes partidas la supremacía para la raza humana. Resultado final 4-2, para Gary.
Años más tarde, en 1997, una máquina más evolucionada, Deeperblue(DeepBlueII), derrotó al cerebro humano a 6 partidas, con ritmo de torneo oficial, por 3,5-2,5. Fue la primera supermáquina que derrotó a un campeón del mundo. La capacidad de cómputo era de 200 millones de posiciones por segundo.
Kaspárov, un genio del ajedrez, con un juego agresivo e imaginativo, desafío a IBM a presentar a DeepBlue en competición oficial, garantizando que “destrozaría” a la máquina. Durante sus enfrentamientos, acusó a IBM de hacer trampas. Gran conocedor del comportamiento del contrario, en la segunda partida contra DeepBlue, le preparó una encelada (un sacrificio de peón), que la máquina rechazó. Un comportamiento no habitual en los programas matemáticos de las máquinas, lo que le hizo sospechar que alguien corregía el comportamiento “no humano” de la máquina.
Kaspárov solicito todo el proceso informático y procedimentos escritos de las partidas, que, finalmente, le fueron negados por parte de IBM.
Hasta la llegada de Carlsen (2872 puntos), Kaspárov ostentaba el récord de puntos ELO, con 2851.

Kasparov-12.jpgSu partida número 16, con negras, en su enfrentamiento a 24, contra Karpov, está considerada como una de las obras maestras de la historia del ajedrez.

(dedicado a todos los jugadores anónimos de ajedrez, que,  como yo, nunca seremos Kaspárov, pero amamos este juego)
Algún día, cuando los necesitemos, estos genios de la estrategia, nos ayudarán a vencer a las máquinas
M. Sender