El viajero estelar. El principio.

Fue un día como hoy. Las nubes grises y panzudas amenazaban con invadir la tierra, difuminando el horizonte. Daba la sensación de que, de un momento a otro, abrirían las compuertas del cielo descargando toneladas de lágrimas. Los cipreses hacían reverencias y los pinos arriaban las velas ante el soplido implacable de Eolo.
Avivé el fuego y miré a mi gente. Era la primera vez que me sentía feliz. Su cara iluminada por las llamas era diferente. Habían desaparecido sus muecas de miedo y sus miradas recorrían las sombras proyectadas sobre la bóveda de la cueva.  Me llevé un dedo a los labios mientras señalaba la enorme cavidad de la entrada. La luz infernal cruzó el espacio iluminando todo. Fue mi primer truco de magia. ¡Boom….! Grite!. El estruendo que vino a continuación les dejo helados. Cogí un tizón y perfilé el contorno de la sombra de mi propia mano. Pronto todos me imitaron y la pared de roca caliza se convirtió en la primera obra de arte de la historia.
No sé bien cuántos cientos de miles de años han pasado desde entonces. Sólo siento, de vez en cuando, ese recuerdo navegando por mi mente, y los ojos profundos y animales de aquella mujer que fue el principio de todo. Con el tiempo, aún me queda la duda sobre la conveniencia de haber prestado a esos seres primitivos un poco de inteligencia.
Cuando miro esa pequeña bola azul y las imágenes que mis sondas me traen cada cinco mil años terrestres, pienso si buena idea despertar a esos primitivos seres.
Me pregunto cuantos miles de años más conseguirán sobrevivir sin destruirse unos a otros. ¿Aún queda esperanza?.
La brisa pastoreó las nubes y el astro rey se reflejó en los edificios de cristal, mientras pensaba si no sería necesario un poco más de “magia” para esas mentes atrofiadas.
M. Sender

NO TE RINDAS

NO TE RINDAS.
Hacía tiempo que no tenía motivos para escribir de cine, quizá porque ninguna de las últimas películas me habían despertado el deseo de hacerlo. Ninguna había conseguido emocionarme. Hoy, por casualidad, he visto una de esas que te hacen humedecer los ojos. Es raro que no la hubiera visto antes. Dirigida por Spielberg. Otra de esas que le convierten en un director capacitado para cualquier cosa, lo que quiera, lo que le dé la gana.
Habla de la amistad entre los seres, no sólo de los humanos, también de otros seres más “animales”. Del honor, de la resignación al destino y de la lucha por cambiarlo. Cuenta como la rendición, no es una opción. De la fe un nuestras capacidades, de la casualidad, de la intuición y de cómo dejar atrás el odio. Del perdón, de la guerra sin sentido. Sin sentido en su comienzo y sin sentido en su final.
Con una extraordinaria fotografía, narra la historia de un hombre vulgar, de una granja pobre labrada con la tozudez con la que algunos afrontan la vida. Sin rendirse. Las vicisitudes de un caballo dispuesto a darlo todo por su amigo, si, su amigo, no su dueño. La bondad de un ser vivo en manos de otros para los cuales solo es un animal de carga. Y, también, y no es un mito, trata del sentimiento incomprendido de esos seres que nos acompañan, que viven entre nosotros, que se tumban a nuestros pies, que nos hacen felices desde tiempos inmemoriales, de esos otros seres que llamamos animales y que, a veces nos sorprenden. También existe la amistad entre ellos.
La narración comienza poco antes del comienzo de la primera guerra mundial y nos enseña el horror y la crudeza de un conflicto infame, donde nadie sabe bien por qué lucha. Unos por el Rey y otros por el Kaiser. No hace referencia a ningún otro motivo, porque en realidad, nunca hay motivos para la guerra. Sin duda, la tregua entre trincheras para liberar a Joey, atrapado entre las alambradas, en tierra de nadie, está inspirada en un hecho real: la tregua de Navidad de 1914.
Es difícil no emocionarse. Spielberg utiliza todos los elementos para hacer amar, odiar y alegrarse, a cualquiera que tenga sentimientos. Una de esas películas por las que merece la pena ir al cine o verla desde la comodidad del sofá de tu casa.

No he dicho el título:
WAR HORSE
Dirección: Steven Spielberg
Fotografía: Janusz Kaminski
Música: John Williams
Con ellos tres, sería suficiente para no perderla, pero además,
Peter Mullan, Emily Watson, Benedict Cumberbacht y Jeremy Irvine, se salen de la pantalla.
Algunas de las mejores frases:

-“Puede que te odie más, pero nunca te querré menos”, diálogo entre los padres de Albert.

-“Te imaginas sobrevolar una guerra y saber que no puedes mirar hacia abajo, que tienes que mirar hacia adelante o nunca volverás a casa.”. Ejemplo sobre el valor del abuelo a su nieta.

-“Yo no sé mucho sobre la vida. Pero si sé que hay días grandes y días pequeños. La mayoría son días pequeños y no le importan mucho a nadie, pero hoy, hoy es un gran día, hoy es nuestro gran día.”. Diálogo de Albert con su caballo .

-“La guerra se lo quita todo a todo el mundo.” Frase de Brandt.

Si queréis disfrutar de una tarde de emoción, no os la perdáis!!

M. Sender

Caminando con mi sombra.

Caminando con mi sombra.
Recordando viejos tiempos, bajo el suelo de Madrid, el metro me ha vomitado en Chueca. La plaza, otrora solitaria, rebosa. Las tiras de colores le dan un aspecto singular, de verbena de capital. Gentes multiétnicosexual devoran viandas, licores, bocas y ojos. Madrid tiene algo especial. Es un aroma único, de ciudad cosmopolita y pueblerina, acogedora como ninguna. Tengo la impresión de que nos toca recuperar aquel ambiente inigualable de “la movida”. Coinciden algunas cosas: Dos apellidos, Tierno y Carmena, ambos con muchos años, ambos “jóvenes”, los dos sumamente independientes, capaces de transformar la ciudad para una generación perdida. Anteponiendo el interés general a los oscuros intereses de los poderosos. Creando una urbe para los peatones dispuestos a disfrutar de sus zapatos, que no pinchan, no hacen ruido y no contaminan. No estresan, no se aíslan y crean vida a tu alrededor.
Tierno, el viejo profesor, decidió dar la ciudad a los jóvenes. Les dió libertad, les creo expectativas, les dijo “el que no esté colocado, que se coloque”. Una frase con doble sentido, con furibundas críticas. Carmena se vuelve a presentar a la alcaldía, independiente, con su “valor bursátil” creciendo al mismo tiempo que su ciudad. Una ciudad de ciudadanos, no de coches, no de imperios. Seguro que no es perfecta, ni libre como quisiera, pero, sabiendo que sus años le amparan, que no necesita demostrar nada, que no tiene toda una vida por delante… Lo va a hacer. Otros lo intentaron -Gallardón-, pero, atado por su ambición, lo dejó a medias.
Y vuelvo a Chueca, a la calle Prim, Almirante, Barquillo… Un barrio en otros momentos decadente, transformado por ese colectivo admirable que son los considerados “diferentes”, sólo por qué no les gusta lo mismo que a ti. No solo ha resucitado, sino que ha mantenido el sabor que hizo de este barrio un lugar único. Paso delante del teatro Marquina y el desaparecido Pub Rey Fernando. Doblo la esquina en Prim y allí está: el Café Gijón. Un emblema de la ciudad, cuna de la cultura, de la bohemia. Un lugar que crea adictos. Hubo un tiempo en el que lo visitaba cada jueves, como una dosis necesaria para vivir. Guillermo Hurtado, José Luis Barbod, Floreal, Luis Valencia, Joseba, Perellón, Roldán, la “pantera rosa”, el capitán Rodrigo…y muchos otros personajes anónimos de una cultura sin igual. Allí horas y horas, podíamos discutir de lo divino y lo humano, intentando cada cual imponer su razón, con o sin argumentos, que de eso se trataba. ¡Que cenas aquellas en “el guarro”!. Noches enteras en Toni’s, escuchando a Pablo Sebastián, a cantantes anónimos con una copa de más, flirteos de madrugón, callos en vez de churros… antes de amanecer.
Ahora muchos años después, recorro el barrio, sólo, entre rincones prohibidos, besos escondidos y luces de neón que alumbran el camino. Es curioso, pero me gustaba ese ambiente decadente, de putas en las esquinas, chaperos adictos, buscavidas de la noche, pregoneros de “tengo tema”, la adrenalina de madrugada y las frustraciones de expectativas. Eran los años 80 y y las terrazas de verano se extendían desde Atocha hasta plaza de Castilla. Era joven, tenía dinero, prestigio, y me sentía “un dios”. Podía llegar a cualquier discoteca de moda, dar las llaves al aparcacoches y entrar sin que nadie se opusiera… mientras los demás sufrían una fila interminable. No me siento orgulloso de aquello, pero, entonces… Sí. Te sirve para conocer a la gente. Sus peores instintos, sus debilidades, hasta donde están dispuestos a llegar. No es crítica, es la realidad de la vida. Pero hay líneas que no debes sobrepasar: las drogas y la humillación. La primera por incontrolable, la segunda por dignidad. La dignidad es lo primero, si hubiera renunciado a ella, ahora sería multimillonario… Pero un pobre hombre.
Madrid. Ciudad que vive de noche, que te habla, te mira, te tienta, te embriaga y te manda a mil demonios dispuestos a llevarte al infierno.
Si sales por la noche, ponte tú mejor traje, tu mejor perfume, una tarjeta de crédito sin límite, una dosis de autoestima que rebose por tus ojos, tu otro yo, el mejor discurso, seguridad, decisión, un argumento irrebatible….y los lugares míticos, aquellos de siempre, volverán a lucir sus mejores galas para ti. Así, como el regalo de una amante, fue Madrid
No sé quién lo acuñó, pero es cierto “de Madrid al cielo”. Vuelve.
M. Sender

LA NOCHE DEL DÍA (Los ojos que me salvan)

Suele ser casi siempre igual. Rutinario. Los días se suceden cumpliendo un patrón: casa-trabajo-casa. Un triángulo nada amoroso, necesario para sobrevivir. Y es muy importante, como a un plato soso y vulgar, añadirle un condimento que te devuelva la sonrisa, excite tu imaginación y despierte tus ganas de vivir. Esto es lo que no ves, el aliño especial que hace de un minuto vulgar un momento excepcional.

LA NOCHE DEL DÍA (Los ojos que me salvan)
A veces, empieza muy pronto. En la ducha. Consciente del paso del tiempo, dejo correr el agua por mi cuerpo con mis ojos mirándote. Allí dentro de mi mente. Sintiendo tus preciosas manos recorriendo mi piel. Con esa cara de estar conmigo. El agua caliente como tú sexo y el susurro de tus versos. Elijo una camisa recién planchada, de esa tela que siempre te gusta, que se desliza con gemidos abrochada como la última tarde. Aún huele a ti por encima de mi perfume. Es difícil aceptar otra noche en el día. Así, te veo en cada esquina, en los labios de alguna mujer, en algunos ojos que me miran, en la cercanía, en olores mezclados, en sonrisas. Invisible e inimaginable excepto para mí.
Mientras pasan las horas y el trabajo devora frágiles neuronas, miro a mi alrededor e imagino esas noches en el día. Hombres ciegos con la luz de los ventanales, mujeres viudas de amor, ilusiones escondidas, besos sin labios, vicios ocultos y penas gloriosas.
También adivino enfermedades del alma frustraciones y mala fortuna. Traiciones y mentiras. Poder que no se tiene pero se cree tener, sumisión inconsciente, sacrificio necesario, rutina.  Pecados inconfesables que si fuera de noche no se verían.
Y pasa el día inmisericorde y espera la casa caliente/fría/soñada/terrible/dulce/amor/sexo/nada.
Y me quedo con ella, mi noche en el día, dentro de mi, agua caliente que transforma la fría rutina, en vida.

Mario Sender

Felicidad en un cajón de la inconsciencia.

FELICIDAD en un cajón de la inconsciencia.
Diecisiete. Faltan trece. Lo pienso y me parece un número bonito. Siempre me dice que el 13 trae suerte. La verdad es que el tiempo no me preocupa aunque no pare de avanzar hacia adelante. Si un día los seres humanos conseguimos dominar el tiempo, tendremos un grave problema: nos quedaríamos inmóviles en un momento de felicidad. Quizá en un beso, una caricia, un orgasmo eterno, un paseo agarrados de una sola mano…
Es lo que me pasa con Celia. Consigue lo imposible, parar el tiempo. Regresar a ese instante congelado. Y, como son tantos esos momentos, tan inolvidables, juntos forman otro universo. Fotogramas aislados, discontinuos, dónde la ropa es distinta, los ojos, el pelo de diferentes colores, el perfume , el sabor de la piel… pero todo unido…uf.
Sí, en la vida hay momentos duros, trágicos, desesperantes, nos enfermamos y curamos, reímos y lloramos, sufrimos, disfrutamos y a veces, muchas, no entendemos el motivo. Ahí está el misterio. Nuestra incapacidad para comprenderlo. Sólo, contigo mismo, como el montador que convierte horas de filmación en una obra maestra, debes ser capaz de extraer los momentos importantes; los que te hacen tan feliz que desearías que no acabaran nunca. Así que, dentro de trece días, otra vez, guardaré los fotogramas intrascendentes en un cajón y me quedaré con un instante.

M. Sender

Lovers in Paris

Cuantos años soñando. Le había hablado cientos de veces de aquella ciudad para pasear y recorrer las riberas del Sena cogidos de la mano, con la brisa en el rostro. Soñó con esa torre iluminada, entre sus brazos, mirando desde Los Campos de Marte, mientras sentía sus labios cálidos acariciando su cuello. No sabe cuándo, pero está segura que algún día llegará. Y cierra la ojos e imagina las calles impresionistas de Montmartre a los pies del Sacre Coeur. Incluso siente los pasos de su amante observándola. Sonríe recordando lo que siempre le decía: “andas de una manera especial”.

Ya casi puede verle, allí, bajo el ala del “pájaro de hierro”, la ciudad se dibuja esperando. Se impacienta por encender su móvil, cuando el caucho chirría sobre la pista. Nerviosa conecta su teléfono y mira los mensajes:

-“Hemos tardado mucho, pero sigo esperando. París siempre espera mi amor…a los amantes”

Esta vez también se le escapó una lágrima, igual que aquel día en la cama. Una lágrima de felicidad.

-“Ahora, el “cabify” te espera. Hotel Lamarck.”

Celia conectó sus cascos y, con las manos entre sus piernas, puso su tema preferido:

Cerró los ojos y repasó sus recuerdos entre los brazos de su amante. El que siempre la quiere llevar a París.

M. Sender

LECHE EN POLVO

Dibujo de J.L. Herrero

Dibujo de J.L. Herreros

LECHE EN POLVO
Hoy pensaba que soy de pueblo. Muy de pueblo, a pesar de vivir en una gran ciudad. Creo que los que somos “de pueblo” tenemos algo especial. No es necesario haber vivido muchos años allí, es suficiente haber nacido y vivido un poquito de nuestra infancia. -Que suerte tú que tienes pueblo-, me dicen a veces. Y si, es cierto. La infancia en un pueblo es incomparable.

El invierno en La Moraña es duro. El pueblo se cubre de nieve y el viento dibuja una cruz en las cuatro calles.

-No vayas hoy al colegio -dice su madre-. Pero el pequeño insiste y abrigado hasta los ojos, camina con sus botas hundiéndose en la nieve. El colegio está a la otra punta del pueblo. Su cuerpo aún esta caliente después de haber pasado por el balde de agua calentado en la lumbre. Me pongo en su lugar, a un metro escaso de altura. Todo es diferente. Gigantescos álamos bordean el regato, que tarda cinco pasos en cruzar, mientras observa el ya inexistente potro de herrar. Algún día imitará a “los mayores” colgándose de sus barras. Pero aún queda tiempo. No hay gente en la calle, aunque al pasar por las ventanas, de puntillas, puede ver el resplandor de la lumbre ya encendida. Mira el Torreón por encima de la visera de su gorra de orejeras. Inmenso y firme. Como una muralla de entrada a las cuatro calles.

-¡Que frío!, razón tenía mi mamá -piensa-.

Cruza con la cabeza gacha resguardándose del viento, delante del viejo cine, donde a veces toca su abuelo, cuando recogen las sillas para el baile. A pesar del temporal, siempre, cuando pasa por aquí, respira hondo el olor a pan recién hecho proveniente de la cercana tahona.

-Tengo que venir a poner punta al peón a la fragua -recuerda según camina-.

Y, allí en la plaza, el Santo. Impasible, abrazado a su cruz, enrejado, como encarcelado en un pueblo que le debe tanto. Como si tuvieran miedo a que pudiera escapar de su letargo.
Casablanca, el bar de los bocadillos de mejillones, de las señoras amables, de la foto de Rocío Dúrcal. Que dice mi abuelo, que no hay mujer más guapa en el mundo. Del aguardiente y los golpes de dominó. Tantos años después y aún se pregunta, -entonces ni tan siquiera se le pasaba por su mente-, si es por la inmortal película o simplemente por su color.

-Ya queda poco -se dice al cruzar la plaza-.

La ermita del Santo, con su Vía Crucis, donde dan el chocolate de las comuniones. Se acerca al colegio. Es un chico tímido, con pocos amigos, amigos. Quizá él no sea tan niño. Ensimismado en sus lecturas y con una habilidad innata para el dibujo, no es precisamente el chico travieso e inquieto que debería ser para su edad. Hoy toca Evangelio. Parábola de las bodas de Caná. Le gusta dibujar en la pizarra. Sus tizas de colores ilustran el tema. Es sábado y luego irá con su amigo Deme a la casa de su abuela a cambiarse los tebeos del Capitán Trueno.

El patio, a la hora del recreo, aún tiene charcos helados. Es una hora feliz. La fila de niños espera impaciente para llenar su vaso de plástico, de leche en polvo americana.

Si, seguramente no fueran buenos tiempos, pero, ¿quien que no sea de pueblo, ha pisado garbanzos verdes, subido a un trillo, echar de comer a los cerdos, comprar un cuartillo de leche, comido espigas tiernas, entrar en un palomar, ver Bonanza desde la ventana, besar el anillo al cura, tomar leche en polvo o coger renacuajos en la laguna?
Si, soy de pueblo y sé lo que es una fanega.
La gran ciudad es un cine de ilusiones y esperanzas, un escaparate inmenso de proyectos de vida…que se ha llevado a muchos niños como yo, de pueblos como el mío. Algún día, seguro que dentro de muchos, muchos años, volverán. Es un deseo.
Mientras tanto, en cada pueblito, algunos héroes luchan contra molinos de viento.

Mario Sender

El otro lado.

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EL OTRO LADO
Todos esperaban impacientes. Sin verse, sin sentirse, sin moverse, sin ser nada. Negrura. No son tinieblas. Es falta de luz. Oscuridad total. Ni tan siquiera recuerdos. Sólo el tiempo inexorable que les había llevado hasta allí. A este lado, también pasaba el tiempo. Siempre hacia adelante, medido con precisión atómica. Mientras tanto, todos pensando en lo mismo: vivir. Sin darse cuenta que cada minuto cuenta, que lo pasado no volverá a existir, y, atrapados en la vorágine de la rutina diaria, contemplan sin compasión las desgracias que vomitan los telediarios, las redes sociales, la prensa. ¡Infelices!… Que no saben lo que vale un solo día, 24 horas de vida que para muchos seres serán los últimos, antes de que la luz se apague tras sus ojos, su corazón deje de amar y su piel solo sienta el frío acero aséptico de la morgue. Todo para tener un solo día de gloria al año.
Y llegó la hora, todos los inexistentes ojos recorriendo aquellos lugares de la tierra que les vio nacer. Sus nombres en la lápida de los miles de cementerios, algunos con letras de oro, otros escritos en una simple cruz de madera, muchos perdidos en alguna fosa junto a la cuneta y muchísimos deambulando sin saber ni tan siquiera como se llaman, que hacen o porqué siguen en este mundo.
Es la noche de los difuntos, uno de noviembre. Se dice que algunos los han visto, que vuelven a saldar cuentas pendientes, pero, la realidad es muy distinta. Los fantasmas no existen excepto en nuestra mente. Las cuentas pendientes son cosa de los vivos. El remordimiento; ese es el fantasma que habita en muchos de nosotros. Quizá sea posible expiarlo… cuando lo veamos desde “el otro lado”.
Mario Sender

Te regalo…

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Cincuenta años. Cuando salió le había dicho que quizá no volviera. Cincuenta años era mucho tiempo, aunque para él no existiría el tiempo.
“Ya te echo de menos”, le dijo en la primera órbita, peleando contra la ingravidez, al igual que hacía contra sus piernas inquietas, en esas camas secretas. Un día le había dicho que si pudiera le traería la luna para encerrarla en sus ojos. Ahora estaría muy cerca. Cada minuto, la rotación de su cápsula le permitía ver el disco plateado a través de la ventana. Parpadeó y la imagen quedó grabada en su ojo biónico. No le fue complicado realizar la composición. Luego la proyectó sobre la interface de comunicación y la envió directamente a casa, con prioridad en las noticias del día. La microcápsula abandonó la nave impulsada por la explosión controlada del propulsor de iones. Reducido al tamaño de un átomo, tenía por delante cincuenta años terrestres hasta el último universo conocido: Galileo; bautizado así en honor del gran astrónomo. Galileo estaba a la distancia de Planck y nadie podía imaginar que efectos tendría la gravedad cuántica sobre las partículas.
Celia se miró al espejo, acercó sus ojos a la pantalla de inserción y de forma instantánea las lentes dieron luz a sus ojos. No tardaba más de una décima de segundo en recuperar la visión. Se acercó un poco más…tenía una sensación extraña. Enfocó la mirada y se le aceleró el corazón. Allí, justo en el centro de su pupila color lluvia, estaba la luna.
Él tenía el secreto, el universo estaba en sus ojos.
M. Sender y la chica de los ojos verde lluvia.

LA CUEVA ARDIENTE (En la mente del asesino)

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LA CUEVA ARDIENTE.
El bar estaba abarrotado. Era viernes noche. Juan acudía allí cada semana, solo, esperando encontrar alguien conocido. Al día siguiente vería a sus hijas. Le tocaba. Estaba deseando volver a abrazarlas. Era el único vínculo que le quedaba con su ex. Aún a sabiendas de que élla, siempre les hablaba de él con desprecio, procuraba hacerles el día lo más feliz posible.
Sentado en el taburete, apoyado en la barra, consumía su tercer wiski. Fue como un relámpago. Algo indescriptible e imposible de comprender. El bar desapareció ante sus ojos y la oscuridad apagó los colores. Las paredes rugosas desprendían un extraño resplandor, semejante a la luz de las hogueras. Pero no había fuego. En un rincón, unos pequeños paquetes con forma humana se movían. Estaban sobre una rampa, una especie de cinta transportadora, cuyo fin era un pozo del que no se veía el fondo. No tardó mucho en sentirlo. El calor empezó a hacerse evidente. Su ropa estaba caliente, parecía recién planchada. La camisa se adhería a su piel y la suela de sus zapatos se fundía en el suelo de esa especie de cueva. Los paquetes seguían cayendo uno a uno al fondo del pozo.
Cuándo sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y la temperatura se volvió insoportable, alzó la vista y los vio. Ahora iluminaban el techo. Chillaban y colgaban boca abajo. Los cuerpos incandescentes alcanzaban el rojo blanco a medida que los paquetes caían al fondo del foso. Todos los colgajos tenían la cara de su ex. Horrorizado, corrió como pudo al principio de la cinta, intentando parar aquella pesadilla. Eran pequeños seres sin rostro, como si les hubieran borrado la cara. Fue insoportable.
– ¡Salvanos papá! -susurraban con un hilo de voz-.
Según caía, pensaba en el dolor. El fondo del pozo se iluminó y observó a los peatones los coches detenidos en el semáforo y, por último, el dibujo de los adoquines. Después nada. Dejó de existir.

“Ayer, un hombre ha incendiado el domicilio de su ex pareja. Los bomberos han rescatado el cuerpo de la madre y sus dos hijas. Las tres víctimas estaban atadas por los pies a una de las vigas del techo. Al parecer, el que fuera su marido, se ha arrojado por la ventana del quinto piso, falleciendo en el acto”.

M. Sender