El pañuelo.

EL PAÑUELO

Hacía mucho tiempo que soñaba en blanco y negro. Aquel día vagaba perdido y desorientado por el centro de la ciudad mientras sus pensamientos se inundaban de matices entre el blanco y el negro: edificios, automóviles, árboles, personas…incluso la luz resplandeciente del sol.
Intentó recordar algo que le liberará de aquel inquietante sueño, algo que le devolviera a la vida en colores. Buscó entre los recuerdos de su infancia convencido de que allí hallaría algo diferente, pero no consiguió nada. Todo era en blanco y negro. Había perdido sus coloridos recuerdos y con ellos una parte de su vida. Delante de sus párpados cerrados pasaron los años rápidamente, al igual que sucede en los sueños, en las situaciones de angustia y ante cualquier peligro. El tiempo se expande y se detiene a la vez y sólo en un par de ocasiones tuvo la fortuna de atisbar un fugaz resplandor irisado. La angustia le invadía al sospechar que nunca volvería a deleitarse con idílicos paisajes, atardeceres, flores de mil colores o aquellos días de otoño pintados de bellos tonos dorados. Es verdad que los grises pueden ser seductores, incluso un espectáculo, sin embargo no emocionan, son monocromáticos, monótonos y, comparados con el color… no son nada.
Estaba tan ensimismado que, a la vuelta de una esquina, tropezó con un niño de unos doce años. Llevaba pantalones y camiseta blancos. Le pidió perdón por el atropello y haberle manchado, al hacerle caer al suelo.
-¿De que color es tu ropa? -le preguntó-
-Blanca…¿Es que no lo ve?
-Si amigo…lo veo todo en blanco y negro.
-Soy un niño negro, es normal que me vea así.
-Mi vida es como tú…perdona.
-Quizás no mire usted bien…
Continúo su camino hasta llegar a su coche. Gracias a la posición de las luces podía distinguir el estado de los semáforos. Encerrado en sus pensamientos, miraba a derecha e izquierda buscando cualquier detalle de color. De repente, en la acera de su derecha, observó a una mujer de aspecto frágil, parecía melancólica y caminaba con pasos cortos, aunque aparentaba firmeza y decisión en su mirada. La adelantó y paró el coche. Se bajó y la observó caminando hacía donde él se encontraba. Parecía tener los ojos claros aunque le era imposible determinar su tono. Entonces ocurrió algo extraordinario. Cuando estaba a muy pocos pasos se pintaron de color sus ojos y, a continuación, el pañuelo que llevaba anudado al cuello. La abordó.
-Disculpa, ¿Puedo preguntarte algo?
-Claro. Dígame…
-¿De que color es la ropa que llevas?
-Vaya pregunta, es que no lo ve usted…negra.
-¿El pañuelo también…?
-Bueno… no me creerá, el pañuelo cambia de color dependiendo de quien lo mire…es un regalo de mi abuela. Cuando yo era pequeña, un día, revolviendo en un cajón, cogí este pañuelo para jugar. Ella se enfadó muchísimo. Me dijo que era su pañuelo mágico. Que había pintado su vida de mil colores hasta hacerla inmensamente feliz. Pocos días antes de morir me lo regaló.
-¿Puedo verlo…tocarlo?
-Claro que si.
Cuando tuvo el pañuelo entre sus manos, todo volvió a ser de maravillosos colores. Incluso su cara se iluminó y su carácter agrio y taciturno se volvió jovial por momentos.
-Tu abuela tenía razón, es un pañuelo increíble. ¿No te dijo como lo consiguió?
-Me contó una extraña historia:
Un día tedioso, rutinario, cuando ya tenía cierta edad, absorta en sus pensamientos sobre el deseo y el cariño que tanto añoraba de sus días de felicidad, se encontraba en la terraza tomando el sol del atardecer. Debió quedarse dormida y cuando despertó estaba cubierta por el pañuelo. Tuvo un sueño maravilloso inundado de amor y pasión con un caballero. Lo más increíble es, según me contó, que aquel hombre le regaló este pañuelo en su sueño.
Se pasaba muchas tardes con el pañuelo alrededor de su cuello. Parece ser, que cada día, le transportaba de nuevo junto a su onírico amante. Yo, la verdad, hasta encontrarme con usted no he notado nada raro.
Fue como una revelación divina. Una explosión de fuegos artificiales. Como la adrenalina del primer beso. Igual que si tuviera de nuevo 15 años.
-Gracias, muchas gracias. Guárdalo muchos años. Sin duda es un pañuelo mágico.
Habían pasado muchos años. Seguramente le quedaban pocos de vida, pero, ahora, después de saber que nunca le olvidó, no pasarían como un sueño en blanco y negro.

Yo, elijo como vivir la vida.

shareVIVIR LA VIDA
Muchas veces he oído quejas sobre la mala suerte, la desgracia sobrevenida, la injusticia, etc. Es la vida. Una asignatura que no todos conseguimos superar con aprobado. La vida no es dejar pasar el tiempo, cumplir años, tener dinero, no trabajar y soñar, o envidiar esas otras vidas que creemos “de película”. La vida es otra cosa.
Para poder valorar nuestra existencia, se necesitan años de experiencia, de sufrimientos, de desengaños, de amores platónicos, de renuncias, de identificación con determinados valores…y aún así, resulta difícil.
Con el tiempo, bastante tiempo, empiezas a ver cosas que antes ni tan siquiera llamaban tu atención y empiezas a valorarlas. A cierta edad te importa lo que piensen de ti, te preocupa el reconocimiento, no profesional, que también, sino la imagen que trasmites a los demás. En el fondo es un pensamiento muy egoísta. Necesitas que te quieran, te aprecien y, de la misma forma, que sientan que “tu vida” es parte de la suya.
Así, hay ciertas personas que son capaces de transmitir una serie de sentimientos, de actitudes, de seguridad en sí mismas, de admiración, que no pasan desapercibidas. Cuando has pasado el ecuador de tu existencia, esa preocupación te embarga. Te preocupa dejar huella, que algo de ti quede impreso en el tiempo que te ha tocado vivir.  Un recuerdo positivo, que tenga valor, que haya servido para algo, calando en otros seres que como tú, algún día ya no estarán. Es la evolución, la construcción de la humanidad, los cimientos que cada uno, con su granito de arena, construimos.
Es un misterio pero también un sueño. Y, cuando descubres de que va esto de vivir, te das cuenta de que eres tú el que dibujas cada página de tu vida. Que puede ser cualquier cosa, incluso muy diferente a como la percibes. Porque en el fondo, si no eres consciente, tus actos serán reflejo de lo que los demás quieran.
Te pondrán un baby en el colegio, del color que tú no has elegido, te educarán según las normas establecidas, comerás alimentos que, según dicen, están riquísimos, trabajarás, tendrás amigos, iras de vacaciones, te encantarán con palabras como estas, te casarás, te divorciarás y, en fin, serás un ser creado a imagen y semejanza de una sociedad estandarizada. ¡Te dirán que vives en la civilización!… Como si alguien lo hubiera decidido. Y si, realmente casi no decidimos nada. No aprendemos nada de nosotros mismos, somos lo que nos han dicho que debemos ser. Correctos, educados, buenos, generosos,…y si no, ¡lo que Dios quiera!. En realidad, excepto cuando dejamos a un lado todos esos convencionalismos, es una vida muy aburrida. Ocho o diez horas trabajando, pensando en competir con otros, atareados en labores estúpidas, convenciendo a otros de que lo inútil es útil, otras ocho en el mundo de los sueños, unas cuantas más metidos en el bullicio del tráfico…¿Esto es la vida? ¿Dejar pasar días, meses, años? ¿Repitiendo como una hormiga el mismo camino desde el hormiguero hasta encontrar el alimento y vuelta a empezar?
Entonces, me surge una pregunta: ¿De verdad hay alguna diferencia entre todos los seres que pueblan la tierra?. Es posible que si, pero también que no. Cada uno ocupa su lugar. Nosotros, tan solo somos un animal más. Con una gran diferencia: podemos cambiar el mundo. Siempre pensamos que para eso hace falta una conciencia universal, pero no necesariamente. “Hay muchos mundos, pero están en éste. Hay otras vidas, pero están en ti…”. Esta frase del poeta Paul Éluard, describe mejor que nada, un pensamiento surrealista que me fascina: el poder ser quien quieras y como quieras, en tu mundo, el que elijas.
Así, un día, cuando tuve consciencia de todo ello, decidí que viviría en dos  mundos diferentes: el de todos y el que a mí me gusta.

Mario Sender

Fue por casualidad.

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FUE POR CASUALIDAD
Sería muy difícil, imposible, volver y hacerle entender cómo había sido aquella vida juntos, que ella no recordaba.
En el mismo lugar, a la misma hora. Con el mismo café americano, con los mismos latidos, con sol o lluvia, miró cada vagón detenido, en busca de sus ojos y sus latidos.
Cincuenta años después, perdida la esperanza, olvidada en un rincón de su memoria, aquella vida juntos ya no existía. Desapareció el sabor de sus besos, el calor de su piel, las palabras con gemidos, la nerviosa impaciencia del encuentro, el placer del sexo. Ya ni tan siquiera pensó que hubiera existido.
La tormenta empezó de repente. Primero fueron gotas de lluvia que las escobillas convertían en ríos laterales sobre el cristal. Luego granizo. Bajó la música de su radio intentando concentrarse en la carretera. Los pequeños trozos de hielo repiqueteaban sobre el techo metálico. Tardó un rato en darse cuenta, aunque quizá se debiera a su imaginación, aquel sonido le recordaba a algo. La tarde se convirtió en noche y la lluvia, el viento y el granizo, limitó la visibilidad a un metro. Nunca había visto nada igual y decidió parar bajo el puente de la autopista. Refugiado y a salvo del tremendo temporal, paró el coche y conectó de nuevo la radio. Aerosmith sonaba alto y claro ” I don’t want to miss a thing…” . Se sorprendió al identificar el sonido del pedrisco con la melodía de la canción, mientras relajado y a cobijo escuchaba los últimos acordes.
El Sol volvió a ganar la batalla y los claros de fueron abriendo entre las nubes. Arrancó de nuevo el coche y con incredulidad miró a su alrededor. El paisaje había cambiado y no reconocía nada. La carretera era de una sola dirección. Como un río imposible de remontar, el coche avanzaba sin pausa. No había señales que le guiaran, ni ninguna intersección que le permitiera un desvío. En el horizonte, sobre la torre, dos cigüeñas de cortejaban, mientras el café humeante calentaba sus manos. Miró por el cristal por última vez, sin duda eran sus ojos… Sin duda su sonrisa. Observó sus piernas delgadas e inquietas y cerró los ojos. Un último suspiro con sus labios en su boca y la paz de la casualidad.
Ahora sabía lo que era el cielo.
Mario Sender

El té de loto

El té de loto de Jeong Kwan 
Cuerpo, sensación, percepción, intención y conciencia. Estos son los cinco sentidos, según dice la monja budista Jeong Kwan. Así, también existe otro mundo. El que ella percibe muy lejos de nuestro concepto atropellado, histérico y materialista. Un mundo donde habita el espíritu.

En las montañas de Korea, entre la verde vegetación, en un claro del bosque, habita una monja. Es alguien muy especial, quizá una de esas pocas personas que ha logrado encontrar su razón de ser.  Allí, en el pequeño monasterio, existe un mundo diferente. Libre de egos y lleno de estrellas. Un mundo de ríos que son como una orquesta, de sonidos del alma, de paz. Un lugar donde todo está en armonía, dónde los insectos forman parte de ti, se alimentan de lo mismo que tú, y, de igual forma, eres parte del todo.  No hace falta que el huerto esté perfecto, ni las hojas de las hortalizas intactas, es bello, armonioso e impactante. Es su alimento. La comida imbuida del espíritu del budismo. Es filosofía, el alimento del alma. El ingrediente principal de la maravillosa cocina de monasterio.
Un día, con 17 años, Jeong desapareció sin decir nada. Con tan sólo el billete de autobús, con sus manos vacías, subió despacio la montaña para, como ella dice, ser libre. Sentirse en libertad a través del budismo.  Quizá la única religión no-teista, dónde Dios no es importante. Ser Buda, alcanzar el conocimiento y la comprensión del todo; esa es la meta.
Hay una preparación que me conmocionó al observar a Jeon Kwan llevarla a cabo: el té de loto. Realmente es impresionante por su sencillez y el resultado.
La flor, de unos 23cm de diámetro, reposa cerrada en un cuenco de madera, lleno de agua clara. Es como la vida, limitada y encerrada en si misma. Navegando a la deriva en ese pequeño mundo acuático. Vulgar y encogida, oculta, egoísta, secreta.
Todo cambia en pocos instantes, eternos para nosotros, habitantes de ese mundo donde dicen que el tiempo es oro.  Los dos dedos de madera de Jeong, levantan con lentitud la encogida flor, que llora agua, hasta la última gota, y, como si de otro universo se tratara, la transporta hasta otro recipiente tres veces más grande. Son momentos de una levedad eterna. Sus expertos dedos comienzan a desplegar uno a uno sus pétalos, transparentes, frágiles como alas de mariposas. Uno a uno inundan su nuevo mundo, hasta descubrir el corazón oculto, sus pistilos pintan de color el aire, su perfume cambia el sabor del agua como un milagro. El té, de una transparencia total, es agua, pero no es agua, sabe como si tú vida hubiera cambiado. Un sabor indescriptible que no puedes dejar de beber.  Es el té de la vida. Tan sutil, que casi no hay diferencia. Ese mínimo cambio que, a veces, también hace que nuestras vidas sean de una manera u otra.
Creo que, más de una vez lo he pensado, esa es la verdadera religión. La búsqueda de la paz interior, de la verdad, de la renuncia a lo superfluo, de la libertad individual. Un mundo sin egos.
M. Sender

El viajero estelar. El principio.

Fue un día como hoy. Las nubes grises y panzudas amenazaban con invadir la tierra, difuminando el horizonte. Daba la sensación de que, de un momento a otro, abrirían las compuertas del cielo descargando toneladas de lágrimas. Los cipreses hacían reverencias y los pinos arriaban las velas ante el soplido implacable de Eolo.
Avivé el fuego y miré a mi gente. Era la primera vez que me sentía feliz. Su cara iluminada por las llamas era diferente. Habían desaparecido sus muecas de miedo y sus miradas recorrían las sombras proyectadas sobre la bóveda de la cueva.  Me llevé un dedo a los labios mientras señalaba la enorme cavidad de la entrada. La luz infernal cruzó el espacio iluminando todo. Fue mi primer truco de magia. ¡Boom….! Grite!. El estruendo que vino a continuación les dejo helados. Cogí un tizón y perfilé el contorno de la sombra de mi propia mano. Pronto todos me imitaron y la pared de roca caliza se convirtió en la primera obra de arte de la historia.
No sé bien cuántos cientos de miles de años han pasado desde entonces. Sólo siento, de vez en cuando, ese recuerdo navegando por mi mente, y los ojos profundos y animales de aquella mujer que fue el principio de todo. Con el tiempo, aún me queda la duda sobre la conveniencia de haber prestado a esos seres primitivos un poco de inteligencia.
Cuando miro esa pequeña bola azul y las imágenes que mis sondas me traen cada cinco mil años terrestres, pienso si buena idea despertar a esos primitivos seres.
Me pregunto cuantos miles de años más conseguirán sobrevivir sin destruirse unos a otros. ¿Aún queda esperanza?.
La brisa pastoreó las nubes y el astro rey se reflejó en los edificios de cristal, mientras pensaba si no sería necesario un poco más de “magia” para esas mentes atrofiadas.
M. Sender

El otro lado.

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EL OTRO LADO
Todos esperaban impacientes. Sin verse, sin sentirse, sin moverse, sin ser nada. Negrura. No son tinieblas. Es falta de luz. Oscuridad total. Ni tan siquiera recuerdos. Sólo el tiempo inexorable que les había llevado hasta allí. A este lado, también pasaba el tiempo. Siempre hacia adelante, medido con precisión atómica. Mientras tanto, todos pensando en lo mismo: vivir. Sin darse cuenta que cada minuto cuenta, que lo pasado no volverá a existir, y, atrapados en la vorágine de la rutina diaria, contemplan sin compasión las desgracias que vomitan los telediarios, las redes sociales, la prensa. ¡Infelices!… Que no saben lo que vale un solo día, 24 horas de vida que para muchos seres serán los últimos, antes de que la luz se apague tras sus ojos, su corazón deje de amar y su piel solo sienta el frío acero aséptico de la morgue. Todo para tener un solo día de gloria al año.
Y llegó la hora, todos los inexistentes ojos recorriendo aquellos lugares de la tierra que les vio nacer. Sus nombres en la lápida de los miles de cementerios, algunos con letras de oro, otros escritos en una simple cruz de madera, muchos perdidos en alguna fosa junto a la cuneta y muchísimos deambulando sin saber ni tan siquiera como se llaman, que hacen o porqué siguen en este mundo.
Es la noche de los difuntos, uno de noviembre. Se dice que algunos los han visto, que vuelven a saldar cuentas pendientes, pero, la realidad es muy distinta. Los fantasmas no existen excepto en nuestra mente. Las cuentas pendientes son cosa de los vivos. El remordimiento; ese es el fantasma que habita en muchos de nosotros. Quizá sea posible expiarlo… cuando lo veamos desde “el otro lado”.
Mario Sender

Te regalo…

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Cincuenta años. Cuando salió le había dicho que quizá no volviera. Cincuenta años era mucho tiempo, aunque para él no existiría el tiempo.
“Ya te echo de menos”, le dijo en la primera órbita, peleando contra la ingravidez, al igual que hacía contra sus piernas inquietas, en esas camas secretas. Un día le había dicho que si pudiera le traería la luna para encerrarla en sus ojos. Ahora estaría muy cerca. Cada minuto, la rotación de su cápsula le permitía ver el disco plateado a través de la ventana. Parpadeó y la imagen quedó grabada en su ojo biónico. No le fue complicado realizar la composición. Luego la proyectó sobre la interface de comunicación y la envió directamente a casa, con prioridad en las noticias del día. La microcápsula abandonó la nave impulsada por la explosión controlada del propulsor de iones. Reducido al tamaño de un átomo, tenía por delante cincuenta años terrestres hasta el último universo conocido: Galileo; bautizado así en honor del gran astrónomo. Galileo estaba a la distancia de Planck y nadie podía imaginar que efectos tendría la gravedad cuántica sobre las partículas.
Celia se miró al espejo, acercó sus ojos a la pantalla de inserción y de forma instantánea las lentes dieron luz a sus ojos. No tardaba más de una décima de segundo en recuperar la visión. Se acercó un poco más…tenía una sensación extraña. Enfocó la mirada y se le aceleró el corazón. Allí, justo en el centro de su pupila color lluvia, estaba la luna.
Él tenía el secreto, el universo estaba en sus ojos.
M. Sender y la chica de los ojos verde lluvia.

Con “J” de Aragón

 

Dibujo a pluma de Miguel Brunet

Dibujo a pluma de Miguel Brunet

Con “J” de Aragón

La Almunia ha sido un Jalón en mis últimos años. Un punto de partida hacia ese mundo de palabras encadenadas. Jamas pensé que una simple parada, pudiera cambiar la forma en la que se mira la vida.
Hace muchos años, mi tío, camionero profesional, recorría España en duras jornadas, llevando y trayendo mercancías. Y yo, aún muy pequeño, de vez en cuando recibía algún recuerdo de los lugares por donde pasaba.
Con el tiempo, yo también seguí esas intermitentes líneas blancas, como un viajante de otras épocas, donde los muestrarios ocupaban el lugar de los acompañantes. Y, casualmente, termine trabajando como delegado comercial de una empresa con sede en Zaragoza. Eran otros tiempos y uno tras otro, se sucedían los pueblos divididos por la carretera nacional. De entre todos, dos eran mis preferidos. Y uno, en especial: La Almunia de Doña Godina, cuyo nombre, sin razón alguna, me sonaba a princesa “medieval”.
No, no me he olvidado de mí tío, culpable en parte de ese Júbilo que despertaban en mi los pueblos de Aragón. Porque Aragón, siempre me suena con “J”, y no por su famosa tradición jotera, sino por que sí. Allá, en Castilla, en un pequeño pueblo, lugar de paso de la futura reina de España,  un niño tenía algo que pocos habían visto nunca: unos enormes caramelos, llamados adoquines, que mi tío me traía de Zaragoza. Ya de por sí eran una rareza por aquellos lares, pero, la sorpresa no era su dulzor, sino la leyenda que se escondía en su envoltura. Así, lo primero que hacía, era desenvolverlos todos para leer las “Jotas de picadillo” que tanta gracia me hacían.
Y jota a jota, entre las heroicidades de Agustina, mi curiosidad por saber quién era esa “Dolores” de la que hablaba mi tío, allá en Calatayud, un trocito de mi infancia, fue con “J” de Aragón.
Siempre entre Jaleos de acero, obligadas Jaranas nocturnas y visitas turísticas a la AlJafería.
En fin, no tendría nada de extraordinario, hasta muchos años después, que, recordando aquellas paradas un día me dió por volver a pasar por el mismo lugar. Así empezó el Juego, sin Jotas, con erotismo singular,
Fue una Jacilla, sin duda, que me mostró otro sendero de mi vida, hasta entonces sin explorar. Quizá la verdadera intención fuera la seducción, entre una reina de Castilla y un rey de Aragón o, un milagro de Santa Pantaria, reina de las 11.000 vírgenes.

Si me ves que me mareo

no le avises al medico;

qu’es que me ha hecho mal el agua

el agua que lleva el vino.

 

En la estación de tu pueblo

pocos forasteros bajan

porque los mozos son brutos

y las mozas descaradas.

 

De moza que se santigua

cuando un mozo se le acerca

librate…, que esas te cojen

y te casan a la fuerza.

 

A esos que a la luna suben

no les envidias tu nada

pues tu estas siempre en la luna,

según dicen en tu casa.

 

Arroz con leche es tu nombre

cuando lo llevo en mis labios

y cuando suena en mi oído

encanto de los encantos.

 

Lleva mi mañica el moño

de rosca de picaporte

paice una torta gaitera

o un cimborrio de la torre.

 

Me cogio un agua en el campo

y me refugie en tu casa;

dende aquella hora y seguido

tronada tras de tronada.

 

En la calle de San Gil

ves abanicos a pares

pal que le asustan los precios

que hay en los escaparates.

 

Tres por siete, diecinueve;

seis por ocho, veinticinco…

¡que bien me salen las cuentas,

las cuentas de tu cariño!.

Dende que tú mi “sol” eres

me ha dicho más de un guasón:

que estoy hecho un “satélite”

dando gueltas tras el sol.

 

Ya no me saben a dulce

ni el arrope ni el mostillo

después de pasar dos horas

de estar hablando contigo.

 

Mudo me quede de un tiro

y de un atropello cojo,

si te pido relaciones

no me desgracies del todo.

 

Maña, no es que no te quiera

porque festeje y festeje…,

que a gusto me casaría

si pudieras mantenerte.

 

Que tal ando me preguntas

y eso ya lo puedes ver:

unos raticos “a pata”

y otros raticos “a pie”.

 

Los panaderos del barrio

anoche tuvieron bronca;

dicen que la panadera

le dio al hombre un par de tortas.

 

Me preguntan que tal andas

y yo digo que andas bien,

que aun conservas las dos piernas

y aun no te han cortao los pies.

 

Que me quies más que a ninguno

pregonas mañana y noche,

no es la que más cacarea

la gallina que más pone.

 

La navaja del barbero

yo no se con que la afila

que en llevándola en la mano

ya ninguno le relincha.

 

Dice orgulloso tu padre

que le entiendo a la primera,

¿cómo no voy a entenderlo

con esa tranca que lleva?.

Ido a cazar con tu primo

por trair una guena caza,

pero maña, me ha salido

en tiro por la culata.

 

Esta tan lejos tu casa

que, cuando te vengo a ver

por fuerza hi de “cair” rendido

¡pero, rendido! a tus pies.

 

Y hoy te aupo a coger los higos,

con la sola condición:

de que de diez me des ocho

y de treinta veintidós.

 

Se que murmuran algunos

que tengo cosas mu raras

porque bebo en vino en vaso

pero el agua… a cucharadas.

 

Fumando y con pantalones

tu mujer me ha parecido

un señor que conocía

y que era tonto perdido.

 

Migas en el campo hicimos

pa obsequiar a tu familia,

y ya van diciendo todos

que hacemos muy buenas migas.

 

Ya se que ties facultades

pa llegar a ser tenor,

pero quies “subir tan alto”

que se te “cuerta” la voz.

 

Tomas miel al desayuno

y mostillo al merendar;

el que guste de los tuyos

¡que morricos se pondrá!

 

Estos días hi de échame

una novia cada día

pa tener pagau el cine

las ferias y las corridas.

 

Ya tenemos “majorettes”

al estilo de Paris;

a ver si dentro de poco

tienen baturros allí.

 

En mi pueblo un vanidoso

que vive de la apariencia

se ha puesto los dientes de oro

pa estar con la boca abierta.

Después de llamarme seco

de rancio me pones fama,

pero se lo que te gustan

el seco y el rancio maña.

Fuente: Palabras al consonante.

 

 

Los ojos cerrados

El mundo de los ojos cerrados.

My picture e285a763-df0c-4019-ad1f-5d6da3c098dfEs como mirar a las estrellas. Tu mente llena de puntos con distinto brillo, agrupados o distantes, rodeados de negrura, que te invitan a formar figuras.
Cierras los ojos y el mundo no existe. Si no oyeras, inmóvil, sin tacto, en el vacío, sin la luz de esos puntitos celestes, no habría nada. Sería lo más parecido a la muerte. Quizá eso sea la muerte: la privación de todos los sentidos que nos unen a este mundo. En realidad, un mundo creado por nuestra existencia. Por eso jamás podremos comprender que hubo antes de eso que nosotros llamamos “Big Bang”. Antes, ni la luz, ni la materia, ni el espacio ni el tiempo existieron. Era un mundo de los ojos cerrados, un “mundo” sin sentidos. Un “ser” solo, único, inimaginable, sin apariencia, sin cuerpo ni mente, sin conciencia, sin nada de lo que nosotros conocemos. Durante miles de años, los seres que habitamos este insignificante “punto brillante” lo hemos llamado Dios, de una u otra manera. Ahora los sabios de nuestro tiempo lo llaman “bigbang”, un nombre como cualquier otro.
Todos los años, la materia desaparece en sus múltiples formas. Y así, regresa a ese mundo de los “ojos cerrados”, milenio tras milenio.
Nacemos al abrir los ojos y nos vamos cuando volvemos a cerrarlos. Entre estos dos momentos existe la vida. Casi siempre incuestionable para la mayoría, que ni tan siquiera se pregunta lo más básico: ¿Que es la vida?. Es sencillo: lo que vemos, oímos, tocamos, sentimos, pensamos e imaginamos. Nada más, para casi todos. Aún así, algunos seres, los llamados a si mismos “humanos”, son conscientes de ello. Y entre esos “algunos”, muy pocos se cuestionan el motivo de su existencia. 7.500 millones de seres luchando por sobrevivir en un mundo ficticio, creado al abrir los ojos. Un mundo fantástico, diferente para cada uno, por motivos de raza, sexo, país, estatus social, riqueza o pobreza.
Abre los ojos y vive. Con los “ojos” cerrados, la vida será otra cosa, imposible de describir.
Mario Sender

El hombre del billón de dólares.

 

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Cada día escalaba la montaña. Sus viejas botas dejaban traslucir el color de sus calcetines arco iris. Desde la cúspide, unas decenas de metros más abajo, los pequeños cuerpos removían el suelo con sus palos. Algunos cargaban grandes bolsas a su espalda, como sherpas escalando el Himalaya. A veces se sentaba y miraba la ciudad, tan cerca y a la vez tan lejos. En los días de sol, cuando las humeantes chimeneas lo permitían, los cristales de los enormes rascacielos parecían joyas talladas por las gigantes y poderosas corporaciones. Un bosque imponente e inamovible, donde cada árbol lleva escrito su nombre, luchando por ser el más alto en el Skyline del gráfico de la bolsa inmisericorde. Se puso la mano a modo de visera sobre la frente y dividió ese paisaje en dos. Abajo, a la sombra de las torres, las humildes casuchas se extendían como setas escondidas entre ramas podridas, humedades perpetuas y alimañas supervivientes. El paisaje, ahora, le parecía muy diferente, aún siendo la misma hora y la misma ciudad.
-¿Qué tal, Sr. Peric?… ¿Se ha dado cuenta de que el sol brilla hoy?
-Claro Tim, el sol brilla siempre, aunque no lo veamos. Sabes, a veces, para poder apreciarlo, hay que mirar por encima de las nubes. ¿Ves aquel rascacielos, el que tiene una estrella sobre la antena?
-Si Sr. Peric, es uno de mis favoritos. Mi papá trabajaba en la fábrica esa, la que tiene una estrella igual en la fachada.
-Pues hasta allá arriba, hasta la cúpula dorada, hay más de 1000 m. Desde sus ventanas siempre se ve brillar el sol. Había un hombre que sentado frente a su mesa, como estamos tu y yo ahora mismo, cegado por el sol y separado por las nubes de la realidad que tú y yo conocemos, vivía feliz. Al menos eso creía.
-Y ..¿Era rico Sr. Peric?
-Si Tim, muy rico. Era el hombre del billón de dólares. Una cantidad inmensa.
-Mi papá decía que en la fábrica de la estrella lo pasaban mal. Que no querría que yo trabajara allí. Quería que estudiara y ahorrar para que pudiera ir a la escuela. No pudo ser Sr. Peric. Usted ha debido estudiar. Por eso me gusta venir a verle. Sabe muchas cosas Sr. Peric. ¿Alguna vez ha subido a alguna de esas torres?.
-Si Tim. ¿Qué le pasó a tu papá?.
-Un accidente. Dicen que fue debido al cansancio. Trabajaba casi doce horas al día y ese sábado, en el tren de laminación, tuvo un descuido. Se enganchó una mano al desatascar un lingote y los rodillos le destrozaron. Siempre me decía que algún día habría un accidente. Que los sistemas de seguridad estaban desactivados para aumentar la producción.
-A veces pasan esas cosas Tim. Esas gentes que viven por encima de las nubes, nunca ven lo que sucede en el tapiz del bosque. Sólo piensan en ellos mismos.
-Sr. Peric, y…ese hombre del billón de dólares, ¿aún vive?.
-No Tim. Aquel hombre murió hace años. Su vida sólo valía esa cantidad ingente de dinero, cuando no tuvo nada, con el último centavo, se extinguió. Igual que su dinero. Sabes Tim, ese hombre, un día, me recibió en su mirador por encima de las nubes…
-¡De verdad! Sr.Peric.
-Si. Ambos miramos por la ventana. Era un día como hoy, sin nubes, el sol iluminaba toda la ciudad. Se veía perfectamente este montículo. Los niños luchaban por encontrar algo para subsistir; plásticos, vidrios, desechos que no sirven para otros. Él nunca había mirado hacia abajo, jamás hasta ese día. No puedo olvidar su cara. Se giraba y volvía los ojos hacia su lujoso despacho. Los paneles electrónicos bailaban. Las cifras se sucedían en colores rojo o verde y los gráficos dibujaban montañas y valles. De nuevo observó por la ventana. Pude ver sus lágrimas reflejadas en el cristal.
-¿Y porqué lloraba Sr. Peric?. No lo entiendo. Es un hombre rico, tiene fábricas, coches … Incluso gente que le sirve. Lo tiene todo. A mí me gustaría ser como él.
-Ten cuidado mi pequeño amigo. Hoy ves ese edificio que tanto te gusta. No hay nubes. Pero en los días nublados, desde aquí, desde la cúspide de este montículo, no ves lo que sucede allá arriba.
-Bueno Sr. Peric, que más pasó aquel día…
– Se sentó de nuevo en su sillón y escribió y escribió…durante horas. Me enseñaba cada página, pedía mi opinión y ninguna me gustaba.
-Opinión sobre qué Sr. Peric.
-Sobre la vida. Le pregunté si había amado a alguien. -no- me dijo. ¿Has tenido amigos? -no- contestó de nuevo. ¿Con tanto dinero habrás tenido la satisfacción de ayudar a alguien? -.. No!. Lástima -le dije-, es una de las pocas cosas que se pueden hacer con dinero. ¿Que tienes que puedas ofrecerme que no sean riquezas? ¿Qué piensas que podría interesarme de ti?. No hubo respuesta.
– ¿Y qué le pasó? Dijiste que había muerto.
-Así es, Tim. De hecho vas a ser el primero en saberlo. Yo mismo acabé con su vida. Y tienes la posibilidad de ser el nuevo propietario de la Torre y la fábrica de estrella. Puedes ser el Hombre del Billón de Dólares. He subido mil veces esta montaña de basura y desechos intentando encontrar a alguien que me libere de esa carga. Quizá tú puedas ayudarme. Aquí tengo todos los papeles que te convertirán en el hombre más rico. Pero antes de tomar esa decisión, deberás renunciar a todo.
-¿A todo Sr. Peric?
-A todo Tim. Sólo tendrás su dinero.
-Pero…y usted?
-No volverás a verme, no podrás hablar conmigo. No verás más a estos amigos que rebuscan entre la basura. Tendrás que asumir las desgracias de tu decisión. Explotar a tus trabajadores, olvidarte de sus familias, las mujeres te querrán por tu dinero, los amigos serán interesados, las gentes te odiarán y envidiaran y un día, verás tus lágrimas reflejadas en el cristal de la Torre de la estrella. Eso vale un billón de dólares.
Tim se sentó con la cabeza gacha, urgando con su palito entre la basura.
El Sr. Peric, le levanto la cabeza y le miró a los ojos, mientras una lágrima le resbalaba por el corazón.
-Tim, un día quise tanto a una mujer, que lo hubiera dado todo por ella, pero ni todo mi dinero fue suficiente para que me amara. Lo único que de verdad deseaba no pude conseguirlo.
Pasaron muchos años y, un día, Tim fue con Missa a ver la Torre de la estrella. La entrada era libre. La chapa ondulada resplandecía bajo el sol y los niños subían y bajaban por las escaleras. Al fondo del inmenso vestíbulo, a través de la plásticos traslúcidos, cientos de personas comían y reían. Las tiendas de ropa y calzado era un hervidero de pequeños correteando.
-Ven Missa, quiero enseñarte algo.
Tim la condujo de la mano hasta una especie de máquina.
-Mira. Si metes una botella de plástico, una bolsa, pilas, o cualquier cosa de las que la gente tira a la basura, siempre que te reconozca como un niño y contestes adecuadamente, te da un billete de 5 dólares. Tiene un billón de dólares para repartir.
-Y …¿Que haces con todo eso?
-Es fácil. ¿Te acuerdas de aquel montículo de basura donde conocí al Sr. Peric?. Lo llevo allí de nuevo y mis niños lo vuelven a recoger de nuevo.

-¿Eres rico Tim?
Siiii, ¡¡Soy rico… porque me amas!!!

Mario Sender